La política de ¿dónde vamos? o la de ¿cómo manejas?

13 de julio de 2013

Por Carlos Leyba

El discurso de la oposición, con contadas excepciones, y como consecuencia del markenting político se está encerrando en el debate de “la gestión”. Debate que fluctúa entre la eficiencia y la moral. Ambos extremos son imprescindibles. Bien entendido, no es posible hablar de política sino damos por supuesto que no nos gobierna, ni nadie promueve ni aún por omisión,la ineficiencia y la inmoralidad. El oficialismo tiene como discurso el monologo y la desviación del foco. Estamos mal, porque, la discusión política, que supone que todos los interlocutores tienen como valor la eficiencia y la moral, debe partir del inventario jerarquizado de los problemas, el diagnóstico de los males, las herramientas para resolverlos y los objetivos finales.  No se trata de no juzgar al otro, se trata de hacerlo con el inventario, el diagnóstico y la propuesta.  Y es obligatorio responder de eso. Sino no estamos hablando de política.

“La  Argentina no tiene problemas estructurales” Esto es lo que declaró, a la híper K “Agencia Paco Urondo”, quien funge como el principal economista, lo que se llama “el referente”, de Sergio Massa.

Para este Licenciado los problemas nacionales en materia económica, y porque no en todos los demás aspectos de la vida social, son coyunturales. Y por lo tanto problemas de administración, de gestión, “de que algunas cosas se hacen mal” pudiéndose hacer mejor. Pero que nada grave, estructural, hay detrás.

Esta referencia a quien expone, hasta ahora, el pensamiento de Massa que es – sin lugar a dudas – el oponente principal al candidato en la provincia de Buenos Aires de Cristina Kirchner, apunta a revelar una cuestión principal. Me explico.

No es que sea relevante que el futuro candidato a presidente de la Nación o mejor que el que pareciera ser el futuro candidato a conductor de la economía, si Massa logrará posicionarse para competir en las grandes ligas, diagnostique que los problemas son sólo “de gestión”. No. Lo relevante y grave, es que en casi todos los sectores de oposición – dejando de lado a la izquierda militante –,  hay una coincidencia básica que consiste en no enfocar los problemas argentinos desde la perspectiva estructural. Hay excepciones. Pero no hacen sombra.

Para ponerlo claro. Cuando se desiste del análisis basado en el carácter de las estructuras vigentes y dominantes, lo que se hace es concentrase en tratar todos y cada uno de los problemas, como si su esencia fuera un problema de “agregación”. Traduzcamos. Enfocar un problema con la visión de agregación consiste en, por ejemplo, sostener que las variables económicas, que habitualmente analizamos para dar un panorama del estado de la situación tienen valores insatisfactorios. Por ejemplo “la inflación es alta”; “el crecimiento del PBI es bajo”; “el desempleo es elevado”; “el déficit fiscal es alto”;  “el superávit comercial es bajo”.

Es cierto que para cada una de esas variables hay, para cada quien, un valor “objetivo “o un “valor meta”. Y cada vez que los valores reales se diferencian del “valor meta u objetivo” de cada quien, surge la crítica de la situación. Y eso es ciertamente normal, lógico, sensato.  Pero, en definitiva, se trata de resultados. Todas esas variables reflejan resultados; y proponerse mejorarlos es obvio. Lo que no es obvio es identificar las causas originantes de lo insatisfactorio de esos resultados. Hay políticas de “maquillar resultados” o políticas de fondo. Ejemplos: la “estabilidad” de la convertibilidad fue un maquillaje; la mejora en la distribución del ingreso de la industrializacion fue una política de fondo.

El problema comienza cuando quien realiza la observación crítica-la inflación es alta, el crecimiento escaso, el desempleo elevado, etc.- entiende que resolver el problema es una cuestión de administración, de buenas prácticas, de mejor gerencia. Es decir que considera que esos problemas no surgen de una “estructura” que los genera; y que la gestión administrativa, que sólo puede maquillar por un tiempo, es suficiente.

¿Por qué ese diagnóstico implícito, “no hay problema estructural”, es un problema mayor? Esencialmente porque el conjunto de los problemas económicos (y sociales) de nuestro país, hoy, tienen carácter estructural.  Y tratarlos como problemas de administración – en cualquiera de las direcciones alternativas – lleva inexorablemente a una profundización sistémica de los problemas.

Antes de seguir, aclaremos una vez más que hay entre políticos – oficialistas y opositores – y sus referentes económicos, quienes realmente apuntan a la existencia de gravísimos problemas estructurales. Pero ninguno de estos tiene posiciones dominantes ni en el oficialismo ni en la oposición. No logran instalar el debate. Con lo cual el debate político argentino, de cara al proceso electoral, corre el riesgo de reducirse a la discusión marketinera de quién puede administra mejor. Y, en ese caso, la arena política se convierte en una disputa por  demostrar la eficiencia de manejo. Y no por discutir “dirección”, estructuras, “proyectos”. Se puede ser eficiente para ir en la dirección equivocada. O perder horas marchando a “un cul de sac”.

Hay riesgo en no tener discusiones sobre problemas estructurales. Sea porque, por ejemplo, para el economista  de Massa, no los hay; o porque en el oficialismo cree que están resueltos o en camino de resolverse. En ambos casos el riesgo es que, en la discusión política, se evada el inventario de los problemas; el diagnóstico de los mismos; y el método y las herramientas de la solución. La política se constituye entonces en una discusión de maneras.

Es cierto que la política, en el sentido de oferta de ideas y programas para construir, desde el Estado, un proyecto de Nación, está fuera de onda. No esta a la moda. Y no lo está esencialmente por falta de oferta: los políticos e intelectuales de envergadura, están fuera del ángulo de la visión colectiva. De alguna manera si no han desaparecido, están borroneados, fuera de foco. En ese ocaso, lamentable, han sido reemplazados por el marketing político y las encuestas. Donde había una necesidad, la política magna, se instaló un negocio: la consultoría. Por eso es que gran parte de la política mediática tiene aire de dentífrico: lo mejor es más frescura y más brillo.

Seguramente esto responde a que, lamentablemente, hay un agotamiento de las grandes mayorías respecto de las totalizaciones críticas o defensivas. El marketing ha descubierto la bonanza de las visiones comprensivas del tipo “hay que terminar con la política del péndulo”. Esto significa reducir todo a más “agregación”. Es decir “hay que disminuir el curso de lo que se hace mal y aumentar el curso de lo que se hace bien”.  En otros términos, la discusión se reduce a colocar “las cargas en el lugar adecuado”. No a modificar rumbos. Es otra manera de referir que sólo hay en juego cuestiones coyunturales; y por lo tanto de administración. Pero en realidad nada es más falso. Y menos socialmente productivo.

Dejemos de lado lo que se ha hecho hasta ahora en esta gestión de gobierno. Podemos incluir en ella el período de Adolfo Rodríguez Saa, Eduardo Duhalde, Néstor y Cristina. Todos estos gobiernos de distinta duración, del mismo origen y sí de diferente estilo, abordaron los problemas, cada uno de ellos, como una cuestión de “agregación” (detener el pago de la deuda pública con el sector privado; acomodar el tipo de cambio, pesificar la economía y rescatar el sistema financiero; reducir, reprogramar y pesificar la deuda, resolver los problemas sociales mediante acciones de transferencia, impulsar la demanda para sostener el mercado interno y el empleo). Nadie puede discutir lo inevitable, lo apropiado y lo virtuoso, de todas y cada una de esas medidas. Se puede discutir, sostener y criticar, la eficiencia gerencial de todas las políticas aplicadas. Los costos y beneficios.

Pero tampoco nadie puede discutir que las “estructuras” productivas no se han modificado. Es más, nadie puede discutir que no se pusieron a disposición medidas destinadas a procurar las transformaciones estructurales necesarias. Veamos.

Un ejemplo social: es excelente, saludable, positiva, la idea de la Asignación Universal por Hijo. Pero no es menos cierto que no sería un medida consistente si el 100 por ciento de los trabajadores estuvieran en blanco; o si el desempleo sólo fuera realmente friccional. Hay más cosas sobre este tema (monotributistas, etc.) pero básicamente lo que aparece como un logro, por cierto coyuntural –  porque nadie tiene como objetivo mantener el trabajo en negro – en la dimensión estructural, denuncia que no se ha hecho lo suficiente. Entonces no se trata de comprometerse a mantener  la AUH. Se trata de comprometerse con una política económica estructural que no la haga necesaria. Y esto es justamente lo que no está en el debate. Una diferencia abismal entre coyuntura y estructura. Oficialistas y oposición se felicitan de la medida. Algunos proponen cambios. Pero ¿cuál es el programa para hacerla innecesaria?

Un ejemplo económico: resolver el desquiciado sistema de transporte. El viernes hubo una noticia relevante y positiva desde el punto de vista estructural. Cristina Kirchner ha puesto en marcha la fabricación de 40 vagones de ferrocarril por parte de Fabricaciones Militares. Es un ejemplo mínimo que marca la posibilidad del redescubrimiento estructural de un problema y de su resolución sistémica y estratégica. La masacre de Once desnudó el estado patético de la administración y del material ferroviario. La decisión fue acelerar convenios preexistentes de importación por 4 mil millones de dólares de material ferroviario de origen chino. Esa es una típica decisión que apunta a resolver un problema (el desastroso estado y funcionamiento del material ferroviario urbano) con un enfoque “coyuntural”. Es que no se trata sólo de agregar material ferroviario. Sino de redescubrir el potencial industrial que hay detrás de la oferta del servicio de transporte y de su transformación radical. Estamos en el SXXI. A pesar de la modestia de la noticia de la fabricación de vagones por parte de Fabricaciones Militares, la decisión apunta a señalar que alguien, dentro del gobierno, ha descubierto la existencia de problemas y soluciones estructurales. Importar trenes, sin apreciar la densidad potencial de reindustrialización ferroviaria, que la solución del problema de transporte ofrece, es una lectura de administración. Descubrir el potencial de industrialización es una lectura política que apunta a la cuestión estructural. La reconstrucción de la industria ferroviaria es una herramienta que apunta a la vez al desarrollo tecnológico, al desarrollo industrial del interior, a la creación de empleo, a resolver problemas de ocupación territorial y potencialmente a reindustrializar nuestras exportaciones. Lo podemos hacer porque lo hicimos antes.

Dejar de lado la creación de trabajo productivo  para los sectores menos calificados – que es el caso de los trabajadores en negro – es lo que nos obliga a generar sistemas de transferencia como la AUH que son “remedio”, bienvenido en la enfermedad, pero que no la curan y sobre todo, no alimentan el proceso de genuina incorporación social.

Hemos puesto dos ejemplos que se vinculan con la trama geográfica del país. Un país inmenso que, en la medida que no adopte una agresiva política de transformación territorial – que debe ser traducida en términos demográficos, poblacionales, y de políticas de desarrollo, especialmente industrial – seguirá teniendo una estructura de transporte débil y cara. El huevo y la gallina. La estrategia de transporte y de la industria que lo provee, es un problema estructural y sólo una política de ese orden puede resolverlo. No se trata de hacer funcionar mejor lo que hay. Sino de transformarlo.

Porque si sólo apostamos a “lo que hay”, por más que lo mejoremos administrativamente, se han de profundizar las diferencias estructurales de la sociedad argentina entre regiones. Unas tienen ingresos con diferencias de 20 veces respecto de las otras. ¿Cómo hacer una Nación de diferencias abismales?

Y de la misma manera ¿cómo puede transformarse la vida cotidiana de las mayorías cuando sólo el 10 por ciento de los que trabajan lo hace en sectores con alta productividad? Y el resto está repartido en un 50 por ciento de productividad media; y un 40 por ciento de baja productividad. Esa es nuestra realidad que no se resuelve con mejor gestión porque es la consecuencia de problemas estructurales: de la estructura productiva y de la estructura social asociada. Atenderlos es necesario. Y las condiciones vigentes hacen que hacerlo sea posible.

Nadie puede hacer la tarea que no se propone. Y este es el problema del diagnóstico de la política en los días que corren. La política se está encerrando en el debate de “la gestión”. Para ponerlo en términos de los días que corren: unos creen que la mejor gestión es más controles y otros que es menos regulaciones. Más o menos control, no cambian la estructura; y ésta no cambia sino nos proponemos hacerlo. Y si no cambia, los problemas crecen aunque a veces parezcan disminuir por el efecto analgésico.

Y – en verdad – por ahora los opositores y los oficialistas nada dicen acerca de lo que importa. O no lo saben; o no lo quieren decir; o no creen que sea importante decirlo. Las tres opciones son malas.  ¿Cómo va a ser satisfactorio un viaje cuando el que se propone para manejar no sabe, no quiere, o no le importa dónde ir, pero nos asegura que va a manejar bien?

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13 julio 2013

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