¿Qué hicimos con el maná?

19 de julio de 2013

Un resumen de esta nota fue publicado en  El Economista

Por Carlos Leyba

¿Tenemos incapacidad de convertir excedente en inversión reproductiva? ¿Y si es así por qué? Los “precios de mercado” no orientan para invertir en la transformación de la estructura productiva. Y el excedente se fuga. Durante la convertibilidad a la fuga la financió la deuda; durante la economía K, la fuga continúo y la financió la mejora de los términos del intercambio. La fuga, en la convertibilidad, nos dejó además la deuda social. Ahora, en la era K, a pesar de la fuga se detuvo el deterioro, pero no resolvieron los problemas de acumulación ni los estructurales. ¿Cuándo hablaremos del consenso para superar esos verdaderos problemas?

El Antiguo Testamento relata la milagrosa lluvia de maná que, en el desierto, alimentó durante cuarenta años al Pueblo de Dios. Su uso estaba sujeto a reglas de equidad y acumulación.

De 1975 en adelante, estuvimos sin reglas exitosas de equidad y acumulación. Atravesamos un desierto de paradigmas económicos productivos y desaprovechamos las lluvias bien diferentes que nos acompañaron. Las ideas cuentan. Para John Kenneth Galbraith la pérdida del progreso (equidad y acumulación) posterior a los 30 años gloriosos (1945/1975) tuvo origen en que “la generación  de economistas responsables de todo lo bueno (fue sucedida) por una generación … menos capacitada”.

Los últimos casi 40 años, bien diferentes, sin embargo tienen en común la ausencia de ideas productivas capaces de transformar esos maná – ya veremos cuáles – en equidad y acumulación. Veamos.

Entre 1991 y el primer trimestre de 2001, el incremento de la deuda externa (maná de dólares) representó el 150 por ciento del crecimiento del PBI. Sin la deuda no se explica el escaso crecimiento de ese período. Pero la deuda no sirvió para la acumulación productiva y produjo una escandalosa inequidad. El resultado – en ausencia de ideas productivas – fue el escandaloso despilfarro del maná-dólares.

Entre 2003 y 2012, las ganancias de los términos del intercambio, “la soja”, representaron el equivalente al 56 por ciento del crecimiento del PBI. Los precios de las materias primas fueron los dólares-maná de esta década.  Sin embargó la pobreza se estancó en 29 por ciento de la población (OS, UCA) y no hubo acumulación transformadora. ¿Qué pasó?

En ambos casos la ausencia de ideas productivas integradas de equidad y acumulación, es responsable de “la fuga” No hay misterio: en ambos casos el milagro del maná se fugó. Veamos.

Desde la dictadura y hasta el default, la fuga de capitales se financió con deuda externa. Después del default la fuga continuó. La deuda no aumentó. Durante la primera presidencia de Cristina Kirchner, esos cuatro años, se fugaron 80 mil millones de dólares que se financiaron con la balanza comercial favorable.

Ambos procesos hablan de capacidad de generar recursos externos – sea por deuda o por el excedente comercial -. Pero también de incapacidad de convertirlos en inversión reproductiva.

Capacidad de generar recursos e incapacidad de inversión, son las dos patas necesarias para que la fuga camine.

Hoy – felizmente – la fuga está contenida. Pero la inversión – desgraciadamente – sigue ausente.

¿Porqué esos recursos no se invirtieron? Inspirémonos en Galbraith.

Resumiendo hay disponibles, al menos, dos respuestas políticas.

Una es la respuesta filosófica liberal que dice: no se deja actuar a los mercados. Estos filósofos, los ideólogos del liberalismo, no se desdicen ni ante la evidencia de que los precios de mercado orientan la inversión hacia la explotación de recursos naturales. Los capitales fluyen hacia allí: a explotar lo que hay, a aprovechar las ventajas, no a generarlas. Sin embargo el desarrollo está asociado a generar “nuevas ventajas”. Los “precios de mercado” no orientan  a invertir en la transformación de la estructura productiva.  Y la inversión en explotación de recursos naturales ha sido y es, esto: toco y me voy. Llevo sin transformar. Los mercados por sí solos, dada la dotación de factores productivos, confirman estructuras y las agotan.

La otra respuesta es una de orden práctico basada en las experiencias reales del desarrollo económico exitoso en términos de acumulación y equidad. Esa respuesta es que los precios de mercado no ofrecen oportunidades de ganancia a las inversiones reproductivas que no se basan exclusivamente en nuestras ventajas naturales.

En casi cuatro décadas no ha habido ninguna estrategia destinada a generar ventajas para las inversiones no destinadas a explotar recursos naturales. La ausencia de “precios estratégicos” ahuyentó la inversión reproductiva en las áreas transformadoras. Esto se refleja en la inmensidad del saldo negativo del comercio industrial.

Hoy no se habla a favor del mercado. Se actúa a favor de él. Es más concreto.

La segunda pregunta es ¿por qué aquello que no se invierte, finalmente se fuga?

Es que no tenemos una moneda que atesore valor. Fugar es atesorar en otra moneda y hacerlo fuera de nuestro sistema financiero.

Es que aquí la tasa inflación supera a la tasa de interés; y una tasa de interés que superara a la inflación generaría la parálisis del aparato económico. Hay que neutralizar, en la moneda, a la tasa de inflación; y lograr una tasa de inversión suficiente para incrementar la productividad del sector transable no primario para revertir el balance comercial negativo de bienes industriales. Al respecto cabe un comentario.

El Banco Ciudad anunció créditos a largo plazo indexados por los Precios de la Ciudad y al 5 por ciento de interés anual. La fuente es un fideicomiso que recibirá inversores dispuestos a indexar sus ahorros. Este camino lo transitó Chile con éxito. Para bancarizar este esquema es necesario, primero un Índice e precios confiable y, segundo, terminar con la cláusula no indexatoria, que es una rémora de la convertibilidad. Aceptar la inflación para dar valor real a las variables es un paso decisivo en el camino de resolver la inflación de manera gradual. Volvemos a la fuga respecto de la cual la cláusula desindexatoria no es ajena.

Dada nuestra dotación de factores primarios, toda fuga, es un suicidio económico en cámara lenta. ¿Por qué?

El desarrollo de las fuerzas productivas es condición necesaria para la realización de la prosperidad; la fuga instala la tendencia al subdesarrollo del potencial. Toda vez que el excedente que genera el potencial se deja de aplicar en el mismo, entonces el potencial dinámicamente declina.  Se alienta al conflicto como consecuencia del progresivo agotamiento de capacidades que implica una inversión menor al excedente. Podemos imaginar cuantiosas cuentas con depósitos de dineros fugados en el exterior, al tiempo que nuestras “cuentas y depósitos” de recursos naturales, tienden a agotarse. Todas las explotaciones de recursos, aún de los renovables, requieren de cuantiosas inversiones de compensación.  Volvamos a la historia.

En la primera etapa – los 30 años de gran endeudamiento – la fuga derivó en una carga espantosa para la sociedad. A la acumulación de deuda se sumó, en la vida cotidiana, desempleo, pobreza y desindustrialización. Y en la estructura de decisión pública, en la entrega vil del patrimonio del Estado que quedó pobre y dependiente. La deuda económica se hizo social y política.

En la etapa iniciada con el default y la renegociación de la deuda externa, la fuga continuó y se financió con el alza de precio y de producción de las materias primas; y también con la explotación de la mega minería de las increíbles leyes del menemismo.

La “primarización exitosa” financió la fuga. Pero, en esta etapa, en la vida cotidiana disminuyó el desempleo y la pobreza. Pero la desindustrialización se detuvo pero no se revirtió. Y la recuperación de la caja, en dólares y en pesos, permitió una mayor capacidad de decisión pública independiente. Esto esta etapa de maná dólares de la anterior, no sólo por el origen del mismo, que es abismal, sino por su aplicación.

La deuda externa, usada como maná, se desaprovechó para la acumulación por la fuga, pero además dejó una inmensa deuda social y política. La primarización, los términos del intercambio como maná, no generó acumulación productiva. Pero desandó la deuda social y política.

Pero en la primera presidencia de Cristina además de la fuga –el despilfarro de posibles inversiones – continuó el deterioro de la infraestructura energética y de transportes.

La segunda presidencia se inauguró con la saludable toma de conciencia de que la fuga, y el deterioro de la infraestructura, eran responsabilidad de la política.

Desde entonces la fuga se obliteró. Pero ni las reservas ni las inversiones aumentaron. Hubo un incremento del consumo privado cuya mayor expresión es el aumento de la venta anual de automotores deficitaria en materia de comercio exterior.

En ausencia de paradigma de acumulación, respecto del problema del transporte se acudió primero a la importación de equipamiento chino. Recientemente, una decisión modesta pero de sentido nacional, se anunció la producción por Fabricaciones Militares de 40 vagones. Por ahora la mejora en transporte será una cuenta a pagar con producción primaria.

Ahora hay nuevos incentivos para resolver nuestro descomunal déficit energético: las inversiones de Chevron representan el 5 por ciento de las necesidades del Plan Gallucio.

El primer período de fuga, fue de franca desacumulación productiva con efectos sociales destructivos.

El segundo logró morigerar los efectos sociales negativos pero persistió en la dinámica de no acumulación productiva.

Al cabo de los dos primeros años del segundo período presidencial CFK la respuesta a los problemas se compone de cepo cambiario, importación de material de transporte chino, blanqueo de capitales  y ahora, el nuevo régimen de inversiones energéticas.

El cepo y el “blanqueo”, apuntan a convertir la “fuga” en entrada. Es decir, sobre un plano inclinado, se trata de evitar que la bola ruede hacia abajo (cepo); y de empujarla (blanqueo) arriba para que retorne. Un gasto de energía mayor que cambiar la inclinación del plano.

El material chino puede mejorar el sistema ferroviario. Pero la cuestión del transporte es otra. ¿Será necesario señalar que detrás de ella está la soberanía territorial, mandato de la independencia y de la conquista del territorio, que requiere de una política del espacio de la que la del transporte es sólo una parte; y de la que el tren sólo es una componente, si bien imprescindible y protagónica? Sin esa comprensión no habrá verdadero precios estratégicos y sin ellos no habrá inversión transformadora.

En los últimos días el tema es el convenio con Chevron y el Decreto. Falta una ley. Juan Perón en 1955 no logró que sus diputados avalaran un convenio con la antecesora de Chevron.

Pero con Chevron adentro y aún con otros inversores a favor, este año importaremos 13 millones de dólares en hidrocarburos. Y el deficit en el balance comercial será 9 mil millones.

¿Qué nos dice esto? Estamos en problemas. ¿Porqué?

Es que no hemos planificado y hemos perdido años de excedente e inversiones. No hemos explorado siendo que nuestra matriz eléctrica que se compone 2/3 de combustible fósil. No hemos invertido en la diversificación de fuentes de energía: sólo un poco más de 28 por ciento es hidraúlica, el 4 por ciento nuclear y 0,3 por ciento de otras energías renovables. Nuestra matriz devora divisas, ambiente y soberanía.

En escacez, el planeamiento a largo plazo es mandatorio y el marco de “precios estratégicos” también particularmente para la diversificación.  Necesitamos inversiones que hagan compatible el crecimiento con la provisión de energía requerida.

Los cálculos de las inversiones necesarias en energía, hasta el final de la década, representan sólo un  tercio de lo que fugó en 2008/2011. Un verdadero desaguisado.

Tenemos recursos naturales, tecnológicos y, si inclinamos el plano – si neutralizamos la inflación en la mondea- , tenemos ahorro nacional para transformar tambien la crisis energética y del transporte, en una oportunidad de desarrollo.

Con un plan estrategico, y el inventario de recursos reales, podemos discutir la cuestión Chevron y del shale, en una dimensión que contemple adecuadamente el medio ambiente y el papel del capital extranjero.

De la misma manera lo que cabe a la cuestión transporte y al “plano inclinado”.

Las cuestiones de infaestructura, gavísimas, son el anverso de la fuga del maná del cielo.

Y ambas la consecuencia de la ausencia de una estrategia de transformación que hace que tengamos un tenedor a la hora en que cae ese maná.

Maná que en los últimos años se dimensiona en los ochenta mil millones de dólares fugados.

No hay maná que alcance ni sirva, sin reglas de equidad y acumulación. Y no hay reglas sin ideas y paradigmas de bienestar: los ausentes de la política ahogada por el marketing.

Sin plan propio se trabaja para un plan ajeno. Eso rara vez es bueno.

La urgencia nunca ha sido buena consejera.

Y el marketing vende pero no acumula.

compartir nota
19 julio 2013

¿Qué hicimos con el maná?

Los comentarios están cerrados.