GRAN ENCUESTA ELECTORAL GRAN

10 de agosto de 2013

Una versión abreviada ha sido publicada en El Economista

Por Carlos Leyba

Las PASO son una manifestación propia de la crisis multidimensional del 2001 que, como resultado de los estragos económicos y sociales producidos por la convertibilidad y el neoliberalismo criollo, le propino un golpe de difícil recuperación a la inteligencia de las ya desvencijadas estructuras de los partidos políticos tradicionales que habían sobrevivido a la dictadura.

Como se recordará, en 2003, la primera vuelta eleccionaria se realizó entre tres versiones del radicalismo (Elisa Carrió, Ricardo López Murphy y Leopoldo Moreau) y tres versiones del peronismo (Carlos Menem, Néstor Kirchner y Adolfo Rodríguez Saa).

Ese proceso puso en blanco y negro el certificado de incapacidad de constituir una voluntad en las que fueron las principales estructuras partidarias de la etapa democrática inaugurada en 1983.

Aquella ausencia de voluntad, en esas estructuras, generó la mutación de la política de partidos (tradiciones, visiones, proyectos) hacia la excluyente de los personalismos mediáticos.

Hoy estamos en tiempos de redefinición de esos personalismos mediáticos; los mismos tienden a insinuar el curso de una etapa superior de degradación de la política que ha sido traducida en “gerencia y gestión”.

“Traduttore, traditore”. En este caso se aplica que esa traducción de la política, convirtiendo la exigencia de tradición, visión y proyecto, en la simplificación del “master de gerencia y gestión”, es una traición aunque, por la publicidad emitida, se pretenda argüir que “quien avisa no traiciona”. Es que, los más probables ganadores, se postulan con aire de dentífrico.

Veamos. La mayoría de los protagonistas de la “década ganada” han sido actores de la  segunda “década infame” de los 90. Y también muchos de los protagonistas de esta década (la ganada) se postulan para la próxima década,  luego de haber desembarcado de esta que cronológicamente está terminando.

Entre los candidatos de hoy, los hay que han estado en el oficialismo de las dos décadas anteriores; y aspiran a estar en la tercera.

A “la política” se la está haciendo descender – siempre hay excepciones – a la categoría de gestión; y por eso en esta campaña – en lugar de tradiciones, visiones, proyectos –  “se venden” experiencias de gestión. Es que, para tener “gestión” hay que haber sido oficialista  por lo menos en una de estas décadas; y lo notable es que el máximo se logra si uno ha estado en las dos. Hay, entre estos, ejemplos notables de marxismo a la Groucho. “Soy un hombre de principios, si no le gustan estos tengo estos otros” .

Es que para superar la evidencia de la “contradicción” se apela, entonces, a reducir la política a “gestión”. Si no hay tradición, visión y proyecto, no hay pedagogía política y la función esclarecedora de una campaña se abandona. En su lugar se construyen imágenes en base a las encuestas de opinión, se pone el carro delante del caballo; y el vaciamiento de la política se publicita con lemas como “juntos”, “elijamos”, “unidos”, etc. Marketing de jabón que al igual que el producto desaparece al correr del agua.

¿Juntos para qué? ¿Elijamos para dónde? ¿Unidos en qué dirección?

Se propone “gestión”. Ni dirección ni camino. El contenido de la política – que siempre existe aun por omisión – deja de ser transparente.

Las estructuras políticas se convierten en zombies. La manifestación máxima de ese estado es la pérdida de personería jurídica del peronismo de la provincia de Buenos Aires. El viejo titán aplastado por un reglamento.

El “que se vayan todos”  (Daniel Scioli , por ejemplo, en aquél entonces renunció solemnemente a no volver a postularse a un cargo electivo) finalmente se leyó como “no nos vamos porque no hacemos política, hacemos gestión”. En lugar de escuchar la condena al fracaso de la dirección de las políticas, se reinterpretó como condena a las opciones de la política y se optó por procurar prestar servicios que podrían brindarlos más eficientemente MBA contratados. Los que naufragarían con eficiencia ya que las cuestiones del Estado y la sociedad sólo navegan con “rumbo” aunque soplen vientos favorables y la tripulen marinos eficientes. La política es rumbo y la ausencia de discusión esclarecedora acerca del mismo, es la causa eficiente de viajar tantos años a los tumbos.

Las PASO tiene sentido cuando hay estructuras partidarias con contenidos propio; y, cuando, entre los que comparten lo básico, se postulan acentos, características y estilos diferentes de una propuesta de rumbo.

Las PASO tienen por misión elegir acentos, características y estilos dentro de un rumbo. Si los partidos están vaciados, las PASO también lo están. Y se convierten en un gasto exagerado de energía. Claro que siempre hay excepciones. Hoy la principal es la de UNEN a dirimir  entre los porteños. Hay otras, por ejemplo, la disputa al interior del  FPV entrerriano.

Las PASO (con una política reducida a marketing de gerencia) se han convertido en la GEEG que es una simulación carísima.

¿Qué pasará en ella?

El clima de decisiones, como siempre,  estará influido por la percepción colectiva del nivel de  prosperidad en el que estamos; y que depende de la percepción de cada uno.

Las estimaciones le dan al oficialismo, sumando todos sus votos, una primera minoría lejana de una voluntad mayoritaria. Las oposiciones, sumando votos contradictorios entre sí, resumen una mayoría crítica. Pero eso no es una fuerza de reemplazo. La noticia más probable del día lunes es que los próximos dos meses serán un tránsito de preocupante debilidad política de ambos lados de la soga. Y en un período de complejos problemas económicos y sociales.

La debilidad del oficialismo, en ese caso, es una debilidad que cuenta con el aparato del Estado y una demostrada capacidad de, con ese punto de apoyo, tratar de mover montañas. No todas se mueven. Pero el oficialismo no renuncia, ni renunciara, a intentarlo. Las oposiciones no amenazan fuerza de reemplazo porque para serlo es necesario construir un consenso sobre el futuro. Consenso es cesión ; condición necesaria – no suficiente – para construir. El eje del consenso es la esperanza de precisar algo mejor y posible.

¿Están las oposiciones cerca o lejos? El discurso, con pocas excepciones, está centrado sobre el “estilo de la gerencia”: se ha llegado a afirmar que el “problema es Guillermo Moreno”. Si ese es “el problema” identificado, entonces, la declinación de la política estaría garantizada.

Afortunadamente sobreviven a estas mañas juveniles algunos dirigentes añosos que aún manifiestan ideas y proyectos para, desde el Estado, construir un proyecto sugestivo de vida en común. La idea es construir “prosperidad”.

Prosperidad  implica, el futuro y la espera; la esperanza; expectativas favorables.

Justamente, el mejor clima para una encuesta como la de hoy, sería uno en el que el futuro ilumina. En este caso, la voluntad popular se hace, oficialista u opositora, en función de quien descorra el velo del futuro. ¿Percibe Usted que esta mañana se ha descubierto el velo del futuro?

La palabra prosperidad también está vinculada a “éxito” que sugiere un camino despejado. Sin barreras. Si se percibe un camino libre y despejado, entonces, lo que suma voluntades es el oficialismo. ¿Usted percibe que estamos ahí?

Pero cotidianamente, prosperidad vincula con crecimiento alcanzado; acumulación de bienes y estado de bienestar. Esa prosperidad presente está asociada al pasado y a la intensidad del crecimiento ocurrido. Si esa es la percepción las voluntades, con mirada retrospectiva, fluyen hacia quién está a cargo del poder. ¿Es éste el clima?

Analicemos las versiones de “prosperidad” y la GEEG.

El gobierno promociona la idea de “estado de prosperidad” como resultado del crecimiento respecto del pasado. Lo llama “la década ganada”. Hace un tiempo, el oficialismo, percibió que había agotado la posibilidad de explotación electoral de las tasas chinas; y que “la prosperidad”, montada sobre los logros del pasado, se había saturado al tiempo que ese crecimiento estaba en retirada. Dejó de comunicar los avances sobre el pasado como prosperidad presente. Y – en el discurso y en la acción  – sustituyo el pasado por las “reformas”: Justicia; potencial reforma constitucional; control del poder económico vía las nuevas facultades de la Comisión de Valores, etc. Con ello logró una nueva energía discursiva que cohesionó al núcleo duro con una idea de “futuro”; futuro que la economía había dejado de brindar.

Esas reformas – y sobre todo sus bloqueos – despegaron del núcleo a parte de las periferias cuyo principal exponente es hoy Sergio Massa, pero ayer pudo haber sido Daniel Scioli.

La “prosperidad”, asociada al crecimiento, perdió vigencia en el discurso oficialista; y sustituir la idea de “futuro de lo económico” por “futuro de las reformas” ha generado fuga en su periferia.  Por eso, en los últimos tiempos, la Presidente intenta recuperar la “prosperidad del crecimiento” refiriéndola a números de expansión de la economía que no sólo no se compadecen con todas las variables de la economía sino que, además, no logran convencer. La arenga del crecimiento ya no le rinde electoralmente al oficialismo como “prosperidad”  a causa de las imprecisiones estadísticas.

Por otra parte los sectores vinculados a la estructura productiva, perciben que hay demasiadas barreras en el camino y amenaza de barreras en el camino a futuro.

¿Qué barreras? A cualquier ritmo de la economía, que no genere un problema global de empleo, las importaciones de combustibles no podrán bajar de 1.000 millones de dólares por mes. El ritmo de producción automotriz, que conserve el empleo, demandará importaciones netas sectoriales de 600 millones de dólares por mes. Si los precios de los cereales y oleaginosas se mantienen en los actuales y al mismo ritmo de producción, las exportaciones agrícolas pueden sufrir una merma de 400 millones de dólares mensuales.

¿Consecuencias de todas esas barreras? La presión externa se visualiza en la brecha cambiaria que se aproxima al 60 por ciento; y en la tendencia a la reducción de las reservas.

El camino no está despejado y la necesidad de sortear esas barreras no genera un clima de prosperidad. Ya no se genera clima de prosperidad – fuera del núcleo duro oficialista – referido al crecimiento pasado. Se agotó. Tampoco se genera clima de prosperidad como sinónimo de éxito: se percibe la existencia de enormes barreras en el camino. La salida no parece despejada.

La tercera mirada sobre la “prosperidad” es la que se refiere a la esperanza. Lo que el futuro nos promete.

Mientras el oficialismo ha procurado instalar la idea de la prosperidad como el crecimiento alcanzado (y ganó mientras fue convincente) o como “reformas” respecto del futuro (sólo convincente para el núcleo duro), la oposición se concentró en alertar acerca de las barreras en el camino.

No es menos cierto que ninguna de esas barreras – que son muchas más que las que hemos mencionado– ha detenido la marcha de la economía hasta el momento.

Por todo eso, sea por el agotamiento o bajo rendimiento del discurso oficialista, o sea por la no plena verificación de las consecuencias anunciadas por la oposición, lo que habrá de ser determinante de la “intensidad pro activa del voto” en la GEEG es el concepto de “la cualidad prosperidad como esperanza”.

Pero lo que no ha ocurrido hasta aquí es la verificación de la capacidad, ni del oficialismo ni de las oposiciones, para generar esperanza o una expectativa favorable hacia el futuro. No habrá entonces “intensidad pro activa del voto” sino “cumplimiento de una obligación”

Respecto del oficialismo esto sugiere agotamiento; y respecto de la oposición falta de capacidad de reemplazo.

¿Qué opina la sociedad? En Julio de 2013 una encuesta de Ipsos Mora y Araujo (y todas andan por los mismos valores) nos informa que el 68 por ciento de los encuestados, respecto del presente, considera que la economía es mala o muy mala. Y que los principales problemas del país, para esas mismas personas, son la inseguridad, el empleo (subiendo) y la inflación, en definitiva, una suma de temores.

Respecto del futuro del país y de la situación económica, la visión negativa supera consistentemente a la positiva. La UCA, en su Índice General de Expectativas, señala una declinación del 9 por ciento respecto de la situación futura comparada con la misma medición en el año pasado.

En la GEEG, la versión de la prosperidad como esperanza no logrará acumular voluntades porque, por ahora, ninguna voz, lo suficientemente fuerte, estuvo decidida o ha sido capaz de proclamarla. Grave. Si no se sueña la mente no anda correcta.

El oficialismo está encerrado en el pasado y negando las barreras del camino.

Las oposiciones – con excepciones – apuntando a los problemas gerenciales a los que atribuyen las barreras. Poco diagnóstico estructural a causa del vaciamiento de la política y a la perdida del sentido de rumbo.

La sociedad seguramente está a la espera de una oferta de esperanza para convertir a la GEEG en votos positivos por activos. Por ahora habrá que esperar a Octubre. Lo de hoy no pasará de la categoría de ensayo.

Pero cuando se abra el telón, nosotros el público, necesitamos la propuesta de prosperidad como esperanza. O el retorno de la política como tradición, visión y proyecto.

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10 agosto 2013

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