Mirando el escenario

23 de agosto de 2013

Esta nota fue publicada en El Economista

Carlos Leyba

En la última década, la economía argentina, tuvo disponible un escenario económico internacional más que favorable. Los precios de las materias primas, que producimos de manera eficiente, experimentaron un crecimiento sostenido; y el promedio decenal de precios internacionales nos introdujo un bálsamo en la caja en dólares al que, decididamente no estábamos acostumbrados. Como consecuencia de la deriva de esos hechos externos, y de decisiones y situaciones internas no deseadas, nuestra economía vivió el serendipity de los superávit gemelos.

Vivimos un escenario extraordinariamente favorable de términos del intercambio. Esa fue la gran oportunidad de la década. Con el rendimiento de esa oportunidad se pudieron hacer y se hicieron muchas cosas. Pudimos aplicar recursos. En síntesis la parte favorable del escenario internacional fue el flujo positivo de recursos externos. Por ejemplo, en 2011, el balance de las partidas de comercio exterior más superavitarias, arrojó – teniendo en cuenta solamente productos primarios (incluyendo minerales de baja elaboración) – un excedente de 41 mil millones de dólares.

Además, en el arranque de la última década (2003/2013), dispusimos de un tipo de cambio alto (a causa de una devaluación no erosionada de inmediato por los precios internos) que, en su  momento, se convirtió en la política heredada y deseada por Néstor Kirchner, entonces presidente y ministro de las grandes decisiones económicas. Todos recordamos, por ejemplo,  una de las controversias de Néstor con Alfonso Prat Gay, entonces presidente del Banco Central. Este señalaba la conveniencia de dejar caer el tipo de cambio por debajo de 3 pesos; y fue expresa la resistencia de Néstor para mantener el tipo de cambio clavado allí. Por entonces, la cotización de nuestro peso, gozaba de la ventaja de estar pegada al curso del dólar americano que operaba como una mecánica de compensación del incremento de los costos internos. Esta era la segunda condición favorable del escenario internacional. Un dólar que cooperaba.

A ella se fue sumando la política cambiaria brasilera que también nos favorecía en la medida que contribuía a nuestra competitividad, marcando así un tercer elemento externo favorable.

El cuarto ítem positivo  – más allá de cuál fuera su origen – lo constituyó la expansión de la región y del conjunto de las economías emergentes las que generaron, entre sí, un proceso de retroalimentación positiva.

Finalmente, el contexto internacional de la década se resumió en uno de dinero barato y de materias primas caras que fue, en concreto, el escenario favorable para nuestras políticas.

Lo favorable se sintetiza en que, sin ese contexto internacional, nuestra década no hubiera sido lo que fue. Esta afirmación vale tanto para la acumulación de reservas como para la fuga de capitales; para la extraordinaria expansión del área sembrada con soja, como para el financiamiento de las consecuencias importadoras  de la pérdida de reservas hidrocarburíferas, o para los recursos que ayudaron a la drástica reducción de la indigencia.

¿Ese escenario internacional de esta última década seguirá siendo el mismo o el más probable para los próximos años? Es decir, ¿podremos seguir disponiendo de ese flujo de recursos, del escenario favorable, tanto para financiar las soluciones a los problemas sociales y estructurales, como para financiar las fugas financieras o energéticas?

Las exportaciones argentinas tienen como destino regional principal nuestra América Latina (41 por ciento) y le siguen el Asia (21  por ciento) y la Unión Europea (17 por ciento) : esas tres áreas absorben cuatro quintas partes de nuestras exportaciones. Nuestra clave en América Latina es Brasil (21 por ciento) y en el Asia lo es China (7 por ciento). América Latina es el destino del 75 por ciento de nuestras exportaciones de Manufacturas de Origen Industrial de las que el 60 por ciento es vehículos y partes.

De este breve pantallazo surge que nuestra primera preocupación debe ser el análisis estratégico de la evolución del precio de las materias primas: allí está nuestro excedente. En este caso no tenemos un problema de capacidad de oferta – más allá de problemas internos de costos y rentabilidad fácilmente conducibles – y seguramente tampoco uno de demanda, a pesar de los cambios probables en las economías de destino. Nuestro problema principal, en términos de caja externa, son los precios internacionales futuros de las materias primas. En este año, con la sola excepción del petróleo, todos los índices y en todas las monedas dan un resultado negativo para las materias primas. Los precios han retrocedido. ¿Es esto una tendencia?

En primer lugar, según muchos de los estudios de los expertos en materias primas, el ciclo de las mismas dura 20 años. Se sostiene que en los primeros 10 años se encuentra la etapa del crecimiento de los precios, vigorosa hasta que se materializa la expansión de la capacidad de oferta y avances tecnológicos. Y a partir de allí comienza el fin del ciclo con caída y moderación, hasta el proceso de declinación. Los primeros diez años están acompañados por un ciclo de inversión; y los segundos por una disminución de la misma.  Todo este enfoque está intervenido (o cuestionado) por la aparición, en la escena mundial, de la integración de la economía china, a partir de la cuál todas estas afirmaciones deben ser relativizadas ya que “nada volverá a ser como antes”. Se ha incorporado a la economía mundial una enorme masa de consumidores de capas medias en un período demasiado breve que fue imprevisible y que ahora hay que sostener.

La etapa de crecimiento de los precios de las materias primas (y también de la soja) comenzó en 2003 en el mismo momento que comenzaba la economía K. Ya lo dijimos, en los últimos 12 meses, con la excepción del petróleo, todos los índices que capturan precios de materias primas – en particular las alimentarias – registran una disminución significativa. Pero al igual que en las cuestiones de clima, en este campo de las materias primas, están, por un lado, los pronósticos catastrofistas que estiman irreversible la vuelta de campana – para el caso de los precios de las materias primas esto se asimilaría al comienzo de la etapa declinante – ; y por otro lado, también están – en las cuestiones climáticas – los que descartan esa hipótesis de irreversibilidad catastrófica y la sustituyen por la de la variabilidad climática que, en el caso de las materias primas que nos ocupa, significa que los precios de las materias primas han interrumpido su etapa sistemáticamente  ascendente; y que de ahora en más las cotizaciones seguirán, sucesivamente, un curso variable descendente y ascendentes. Por otra parte, los valores medios – que son los que nos preocupan – se verán afectados por el desenganche de la corriente especulativa desalentada por la suba de las tasas de interés internacionales que afecta negativamente el valor de los activos.

Un resumen es que por el lado de los precios de nuestras exportaciones excedentarias – en el corto y mediano plazo – todo hace pensar que lo más probable es que los mejores tiempos ya pasaron. Y adicionalmente, por el lado de nuestras importaciones inevitables en el corto plazo, como es el caso de la energía, los precios han crecido de un año a esta parte y los conflictos en las áreas geográficas de producción amenazan con cargar más la cuenta. Riesgo de tijera.

Dejando de lado la cuenta energética,  en toda América Latina – nuestro principal destino de la exportación del trabajo urbano –, la cuestión de la declinación o variabilidad de la cotización de las materias primas tendrá consecuencias de sombra en el escenario que fuera favorable.

Por otro lado, la economía de la Unión Europea que absorbe el 17 por ciento de nuestras exportaciones, si bien todo indica que las cosas allí han dejado de empeorar, tampoco nos ofrece un panorama expansivo. Y además en la medida que la tasa de interés internacional crezca, la condición de economías fiscalmente endeudadas, nos anticipa una morigeración de las demandas de productos sustituibles.

Finalmente el gigante asiático y todas las economías emergentes, han estacionado sus  tasas de crecimiento en niveles altos pero menores a los de la década que culmina.

Todo señala que las tasas de crecimiento del mundo desarrollado mejoran levemente respecto de los niveles de crisis pasadas; y que, por el contrario, las tasas de expansión del mundo emergente, siendo el doble o más de las del mundo desarrollado, para este año y el que viene, han dejado de ser las tasas de boom como las que dominaron la década.

La tasa de interés internacional en suba, Brasil defendiendo su competitividad cambiaria, gran parte de la superdevaluación local agotada, un sustantivo déficit de competitividad dinámica como consecuencia de la ausencia de inversiones; y la fatídica fuga de excedentes, hacen un mix de escenario internacional e interno que, finalmente, ha hecho retornar la necesidad de abordar con mucha solidez la política macro y tomar la decisión de transformar la estructura exportadora. El beneficio del serendipity es eso, un hecho inesperado y potencialmente pasajero; y la política debe comprometerse en la construcción de la capacidad de no necesitarlo.

compartir nota
23 agosto 2013

Mirando el escenario

Los comentarios están cerrados.