7 de septiembre de 2013

Niebla espesa

Carlos Leyba

Post primarias Cristina Kirchner ha dado respuesta a los reclamos que le permitieron a todos los opositores sumar votos. Hizo de la fuerza ajena impulso propio; aspirando a provocar parálisis adversaria: te sacó la bandera y confundo a la tropa. Me explico.

Por un lado se puso en marcha una concepción marxista: “si no le gustan estos mis principios, tengo estos otros” (Groucho Marx), en boca de los principales candidatos del FPV.

Seguridad, Martín Insaurralde dijo que “no puede ser que sea gratis cometer un delito en la Argentina”, apoyó las policías comunales, la baja de la edad de imputabilidad; y la designación de Alejandro Granados – un duro de los 90 – al frente de la seguridad provincial.

Inflación y tipo de cambio. Insaurralde criticó al INDEC y reconoció que la inflación erosiona fuerte; y Daniel Filmus dijo “estamos devaluando”.

Todo lo que negaban ahora lo hicieron propio.

CFK asumió la bandera ajena del gravoso del impuesto a las ganancias sobre los salarios y ejecutó la apropiación de esa demanda opositora.

Le dejó al Parlamento el costo de otros recursos tributarios y éste cargará con el peso de que la venta de las acciones que no cotizan en bolsa, y los dividendos distribuidos, paguen impuesto a las ganancias. Nadie sabe cuanto puede rendir. Pero lo seguro es que se trata de un impuesto sobre “ganancias” inexistentes procedentes de la inflación: otra de las tantas perversidades no removidas de la convertibilidad. Ni siquiera es una solución recaudatoria.

¿Hay un cambio de discurso oficial acerca de la realidad? ¿Más allá de las necesidades electorales – y de lo que puedan aportar algunas de las medidas adoptadas – hay un reconocimiento de la realidad y por lo tanto la búsqueda de las soluciones?

Primero, como capas de cebolla lo que está detrás de estos temas es la inflación, la macroeconomía; y después la inversión, la estrategia de desarrollo; y más allá la construcción de consensos de largo plazo.

De esos problemas se nutren las desmesuras tributarias, competitivas y sociales. Y los discursos “gruchomarxistas” de los candidatos seguirán siendo de ese carácter, en la medida que no se atienda a todas las capas de la cebolla. Se puede avanzar de adentro para afuera o viceversa; pero si no se avanza seguiremos donde estamos aunque digamos que nos movemos.

Segundo, el corazón de la cebolla es que los temas que rondan esas declaraciones “marxistas” de los candidatos y las banderas de la oposición (competitividad; tributación; seguridad) cohabitan con información pública incompleta y distorsionada.

No hay, en esas condiciones informativas, posibilidad de consensos y estrategias. Esa niebla (oscuridad informativa) se espesa por el mero transcurso del tiempo.

Es que sin información no tenemos certezas mínimas acerca de cómo y dónde estamos. Hoy los números, las estadísticas, que pretenden sintetizar el presente no son únicos. Y hasta son contradictorios según quién mira la realidad. Las diferencias de opinión no son sólo sobre causas y consecuencias (lo normal), sino que las principales divergencias están en el valor de las variables (lo anormal). Pero no sólo en lo macroeconómico. No hay acuerdo sobre el grado de inseguridad; el nivel de competitividad cambiaria,; el impacto real del sistema tributario y sus reformas; lo negro y lo blanco. Ninguna decisión que requiera de una medición está homologado por el conjunto de la sociedad. Eso es niebla espesa.

¿Cómo debatir razonablemente en este abismo de percepción de la realidad? Tomemos la política económica. Esta se define por dónde estamos y por dónde queremos ir.

Saber dónde estamos es la primera condición necesaria para pensar el futuro inmediato.

Hoy estamos preocupados por la situación internacional que puede afectarnos (Brasil que afloja; la soja que desafina; el petróleo y la guerra; y los holdouts). Pero además ingresamos en incertidumbre política derivada de un parlamento que será menos regimentado y por lo tanto más conflictivo y en el que ya empiezan – antes de octubre – migraciones probablemente despertadoras de otras. Y también estamos condicionados por la potencial tensión social que está vinculada a la situación de pobreza y de los bordes de la pobreza, acerca de los cuáles, la falta de real conocimiento es altamente preocupante por lo que no se sabe y por lo que – en consecuencia – no se hace.

La economía de mañana es “nuestra economía” y también nuestras circunstancias internacionales, políticas y sociales. Esas circunstancias no se presentan sencillas para el tiempo inmediato. Veamos.

La economía de los países ricos y grandes está en un camino de mejora, más allá de los enormes problemas de desempleo (deuda social) y de financiamiento (deuda pública) que afrontan y que aseguran, entonces, un ritmo cansino en la recuperación. Pero las economías de los emergentes (Brasil, Rusia, China e India) o las economías del “centro de la periferia” lucen complicadas. Todos esos países se desaceleran, porque pagan el doble precio de una Europa que, bien que mejorando, estanca su demanda; y de un Estados Unidos que recupera su aparato productivo y además aprieta en el campo monetario.

La expansión de los emergentes, por ejemplo Brasil, se apoyó en la mano de obra abundante – y sufre del crecimiento de los salarios expresados en dólares – o en la abundancia de los recursos naturales o en una combinación de ambas. No obedeció la expansión a la productividad sino a la abundancia de factores. No nos detendremos a señalar la fragilidad de esos accesos al crecimiento que, si bien, pueden ser sostenidos en el tiempo no calan en profundidad en el proceso de desarrollo de las estructuras.

Tengamos en cuenta que nuestra economía es “doblemente emergente”. Por una parte la salida del desempleo abismal y la explosión de los términos del intercambio son factores de “nuestra emergencia”. Y además estamos enganchados a la demanda de los emergentes grandes y esto determina nuestras condicionantes internacionales inmediatas.

En cuanto al escenario social el ritmo reciente de crecimiento de la economía – que ha sido sin duda importante, más allá de que los números que habitualmente manejamos estén sometidos a discusión – no se ha reflejado en soluciones sociales estructurales. La crisis de desarrollo social de nuestro país, iniciada con la dictadura, no ha logrado ser revertida plenamente; y los posibles escenarios de tensión social dependen, para materializarse, de que el sistema económico haga sentir limitaciones para su actividad compensatoria. El escenario social es un condicionante.  Es que los remedios, necesarios,  no son alimento del cuerpo, sin el cuál no hay desarrollo.

La cuestión política, en las próximas semanas, tendrá una temperatura superior a la normal y, aunque la instalación habrá de soportarla, el futuro es de incertidumbre. El oficialismo será derrotado. Pero no será reemplazado. Nada hasta el presente permite imaginar una configuración alternativa a la dominante. Y nada permite imaginar una recuperación de vigor por parte de la alternativa actualmente dominante.

Ni el vigor del viento de cola; ni el proceso de fuerte recuperación social; ni un clima político vigoroso estarán disponibles para el futuro como si lo estuvieron en la década iniciada en 2003. La consecuencia de esta afirmación es que hoy, tal vez más que nunca, dadas las condiciones internacionales, sociales y políticas, la marcha futura de la economía depende de cómo esté hoy la economía.

A la economía de mañana no la sostendrá ni empujará el viento de cola; no la conducirá un liderazgo político vigoroso; y la demanda social no podrá disponer de una fuente de compensación generosa e inmediata. La economía dependerá de si misma. La clave del futuro inmediato, entonces, depende de cómo está hoy la economía local.

Y es justamente aquí dónde reside la debilidad “política” del diagnóstico económico. No importa que el oficialismo se haya apropiado de las banderas de la oposición. Lo que importa es unificar la materia prima del diagnóstico.

Es imprescindible establecer de manera única, compartida, dónde estamos. La información, para ser útil, debe ser única. Lo que debe diferir es la prioridad que le asignamos a cada variable. El debate no puede residir acerca de los hechos que la información describe. La discusión se ha de situar en las causas, o en las consecuencias, o en las prioridades que cada uno asigna. Eso es lo correcto en los debates sobre el presente.

La información, para ser tal, debe ser única y compartida por los actores. La discusión sobre el presente no puede versar sobre los hechos, sino sobre a quién cabe la responsabilidad de los mismos; y en la carga o vientos que esos hechos portan sobre el futuro.

Sin información única, toda discusión sobre el presente y sus consecuencias, es intransitable. La incertidumbre de la información es un  hecho grave y dadas las condiciones (internacionales, sociales y políticas) en las que se desarrollará el futuro, la primera prioridad es acordar la reconstrucción de un sistema de información único, y consensuado por todos, para tener un diagnóstico del presente, acerca del cual, las diferencias se limiten a las causas y consecuencias y a las prioridades.

Con las limitaciones de toda información estadística, necesitamos conformar un escenario común que hoy no está disponible y que – de ninguna manera – podrá poner a disposición el cambio de los índices de precios o cómo sea, por parte del INDEC actual y sin la auditoria del parlamento, la academia, las organizaciones de los trabajadores y de los empresarios.

No sabemos dónde estamos. Siendo así no hay ninguna posibilidad de debate productivo. No tenemos acuerdo en cuál es la tasa de inflación; es difícil consensuar cuál ha sido la tasa de crecimiento de la década; las tasas de desempleo de los últimos años son discutibles; y respecto de las cuentas fiscales y externas hay discrepancias de conceptos que llevan a números diferentes.

Lamentablemente la incertidumbre de información es aún mayor. La pobreza, la cosecha, las reservas netas disponibles, la información energética (incluido el contrato con Chevron) y el potencial eléctrico, la inseguridad, son otros tantos “números” que en lugar de ser información son incógnitas por no ser únicas más allá de los números militantes de uno u otro lector.

Nicolas Kaldor, economista de la Escuela de Cambridge, Inglaterra, sentó las bases del “cuadrado mágico”. Es decir los cuatro grandes objetivos de la política económica: pleno empleo, crecimiento, estabilidad de los precios y equilibrio exterior. Hay consenso sobre estos objetivos.

Las dos principales corrientes de la política económica de la posguerra se definieron por prioridades diversas acerca de ellos.

La etapa keynesiana del acuerdo social se inclinó por la prioridad del pleno empleo; y para lograrlo acordó con los sectores sociales y políticos la obtención de los otros objetivos. La etapa neoliberal renunció al acuerdo social y adoptó el “objetivo único” que fue el de la estabilidad.

La etapa keynesiana deparó un crecimiento sistémico a lo largo de 30 años. La etapa neoliberal, desde mediados de los 70 del Siglo XX navegó una economía de crisis que, finalmente, no logró ninguno de esos objetivos. Cosechó desempleo, estancamiento, deuda pública y desequilibrio externo. Elementos que juntos trajeron a la memoria, en el apogeo de la crisis, “El grito” de Edward Munch.

Para el oficialismo estamos cerca o en pos del pleno empleo; la tasa de inflación está estacionada en 10,6 por ciento anual (y ese dato no lo corrigen las vaguedades del discurso de Insaurralde o de Filmus ); el crecimiento se ha recuperado y marcha a la tasa de 5,5 por ciento anual (EMAE) y el equilibrio externo está garantizado mediante políticas de administración  del comercio y del mercado de cambios (cepo, devaluación, DJAI, etc.).

Para los críticos la tasa de desempleo, eliminando las distintas formas de subsidio o computando adecuadamente los trabajos a tiempo parcial, es mayor a la del INDEC; la tasa de crecimiento, desde 2007, está sesgada hacia arriba en un porcentaje importante; y las cuentas externas, habida cuenta de la dinámica de las reservas, están lejos de ser promisorias.

El oficialismo, en síntesis, sostiene que la economía del presente es fuerte para sostenerse ante los embates de las condiciones externas (internacionales, políticas y sociales). Los opositores ven una economía frágil y débil para enfrentarse a esas condiciones.  Débil  frente a las condiciones externas significa menos crecimiento y empleo; más inflación y problemas de financiamiento. El oficialismo descarta la existencia de esos problemas. Ambos manejan información diferente.

Estamos en el mismo tiempo pero en presentes diferentes. Muy loco. Todos, y en parte esa diferencia de presente lo provoca, ante un futuro conflictivo.

La información, aquí y ahora, carece de la condición para ser útil: no es única. La tendencia a la unificación de discurso por apropiación de bandera no cambia esa condición de la información.

El primer amanecer que despeja es niebla espesa de la información es disponer de una información que sea única sobre la macro, sobre la seguridad, los glaciares, Chevron, las reservas, etc.   En la espesura de la niebla ocurren accidentes.

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07 septiembre 2013

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