Mirar para ver: pedagogía política.

13 de septiembre de 2013

Por Carlos Leyba

En el Día del Maestro, la presidencia de la Nación celebró el Día de la Industria. Y antes del festejo, ese mismo día, en Tecnopolis, el gobierno anunció un incremento del 100 por cien en las escalas del Monotributo. Esta decisión, sin duda, forma parte de las respuestas económicas presidenciales a las preocupaciones evidenciadas en la gran encuesta de las primarias en las que el 73 por ciento de los electores se inclinó por un voto crítico a la gestión gubernamental. Remover las razones de las críticas pasa por el reconocimiento material de la inflación.

El gobierno, con dos caras, persiste en sus devaneos estadísticos que niegan la existencia de la inflación, pero a la hora tributaria acomoda -hasta dónde puede – el impuesto a las ganancias para la cuarta categoría y las escalas del Monotributo.

Estas decisiones benefician de manera inmediata al bolsillo de millones de ciudadanos y es razonable esperar que la reacción de los mismos sea como mínimo una mirada mas indulgente por la acción del gobierno. A fin de mes y ante de las elecciones, millones de votantes, tendrán un mayor ingreso disponible.

Conclusión: la inflación estuvo presente para los consumidores antes de la celebración con los empresarios de la industria. Pero, aclaremos, por ahora no para los productores.

Fuera de ese circuito el otro problema, que la gran encuesta de las primarias reveló, fue el de la inseguridad. El territorio de la preocupación es la provincia de Buenos Aires. La asociación inseguridad-voto fue de una perfecta correlación entre los bonaerenses. De ahí que la reacción haya sido básicamente provincial.

El candidato Martín Insaurralde, que por sus palabras y gestos podría formar parte del massismo incipiente, lanzó el tema de la imputabilidad de los menores; el gobernador le abrió la puerta a uno de los duros de los 90 para que sea protagonista de la causa policial; y el intendente Hugo Curto reivindicó el valor de la acción directa. Todos ellos, de una manera u otra, reconocieron la decisión ciudadana de “así, como están las cosas, no va”; y adoptaron el criterio de la respuesta mediática inmediata: tapas de diarios que sintetizan la reacción “ahora van a ver”.

Con otra cada, el gobierno nacional a través de sus espadas más filosas (¿no kirchneristas?) a saber, Carlos Kunkel que hoy funge como “soy peronista, nunca fui kirchnerista” y Aníbal Fernández auto confeso “duhaldista portador sano” y “no soy progresista”; reaccionó señalando que esa propuesta represora no es “nuestra”. Es decir lo que propone el principal candidato oficialista (Insaurralde) y lo que ejecuta el presidente del partido de gobierno (aunque no lo crea Daniel Scioli) no es lo que el oficialismo piensa y más bien todo lo contrario.

Criterio amplio. Los huevos en un lugar y canto en el otro y viceversa. Adopta la “mano justa” o la “mano dura” dentro del territorio y la campaña bonaerense; y adopta el discurso contrario en el escenario nacional. No aclare que obscurece.

Si bien las políticas post inseguridad, como es obvio, no resuelven el problema (sólo lo tratan) no es menos cierto que la esquizofrenia discursiva y práctica que sostiene el oficialismo (dejamos de lado por ahora la responsabilidad que le cabe al resto de las formaciones dirigentes) forma parte de la espuma y la frivolidad con que se trata uno de los temas más graves y estructurales que afronta la sociedad argentina como deriva del descomunal fracaso de la economía y del Estado, o de la administración del Estado, desde hace décadas.

Espuma formada por la apariencia de preocupación y acción que se disuelve a poco tiempo ¿qué otra mención amerita el hecho de que las políticas de seguridad se sucedan unas a otras sin solución de continuidad? Frivolidad, tratamiento alegre y superficial, de un tema que tiene raíces de enorme profundidad. Y esto nos lleva a las otras respuestas post encuesta. Veamos.

La inseguridad no puede disociarse de los problemas de exclusión social que vive la Argentina. Es cierto que domina el escenario mundial una emergencia social crítica caracterizada por la creciente desigualdad en la distribución del ingreso que ha resurgido a partir de las políticas económicas y las concepciones sociales de la “Gran Moderación” que sucedió a los treinta años gloriosos de la posguerra. Hemos visto, urbi et orbi, el surgimiento de enormes fortunas insólitamente derivadas, en menos de un lustro, también de las que fueran economías socialistas. Y en contraste se ha hecho patente el crecimiento del número de los que Zygmun Bauman llama “deshechos” y que forman el ejercito silencioso de la pobreza. Hoy casi en el mundo entero está conformando una masa de desocupados principalmente entre los jóvenes. Todo eso es cierto; y poco cuesta identificar los rastros de ese escenario en nuestra propia economía. Aunque alguna información pública contribuye a ocultar esa realidad. En algunos casos ese ocultamiento es tal que hasta desde las propias filas oficialistas se reconoce como impropio.

Por ejemplo, la tasa de inflación lisa y llanamente intenta ocultar la pobreza en la Argentina.¿Cómo podemos formular políticas sociales correctas si para el oficialismo, responsable de las mismas, el número de pobres no supera un 5,4 por ciento de la población? Y todas las informaciones razonables nos señalan que ese porcentaje alcanza al 25 por ciento o más. En las mediciones como las de la UCA estamos hablando de 10 millones de personas. Si el gobierno define políticas para 2, 3 millones de personas –  todas las que el gobierne computa como pobres – y es evidente que los habitantes que están en situación de pobreza son 10 millones, entonces las políticas públicas no pueden sino fracasar.

Las políticas públicas racionales parten de una población objetivo; y estos números indican a las claras que los  presupuestos destinados a la pobreza no alcanzarán jamás a esa población  objetivo real. Y esto es así aunque el número de la UCA fuera el doble de la verdad.

De la misma manera cabe la cuestión del empleo. Las estadísticas computan mejoras sustantivas en los niveles de empleo en los últimos años. Comparado con el infierno, el haber salido es en sí mismo un alivio. ¿Pero cuál es el desempleo, cuántas personas carecen de un empleo remunerado capaz de sostener su propia vida y contribuir a la vida de los que debe sostener? Las cifras oficiales son sin dudarlo optimistas. Hay un número importante de personas que figuran como “ocupados” pero que en realidad reciben una ayuda directa de carácter nacional o provincial por carecer de un empleo formal o informal. A esta pregunta sucede otra ¿cuál es la productividad económica o social de esa presunta ocupación?

Esta información es parte sustantiva de la necesaria y relevante para juzgar la política ocupacional. ¿Cómo asegurar que se tiene éxito en materia de empleo si no conocemos en concreto de qué empleo y de qué ocupación estamos hablando? En el discurso de Tecnopolis, CFK señaló que “en Estados Unidos la desocupación real … es del 16 por ciento … Lo que pasa es que, claro, son muy pocos los países que cuentan todas las cosas … inventan … tratan de plantear una imagen buena del país”. Mal de muchos…

La sumatoria y el análisis ponderado de toda esa información es parte de un panorama más amplio de elementos informativos y de diagnósticos para poder diseñar una verdadera política de seguridad que es algo previo a la lucha contra la inseguridad.

Es decir ¿cómo podemos hablar de inseguridad sino hemos dado todos los pasos necesarios para garantizar la seguridad de todas las personas? Pregunta principal ¿qué entendemos por seguridad de las personas? Y ¿qué entendemos por políticas de seguridad de las personas? Solamente después de responder adecuadamente a esas preguntas podemos preguntarnos acerca de cuál es la inseguridad y qué debemos hacer para evitarla.

La seguridad de las personas es en primer lugar la seguridad alimentaria, la seguridad habitacional, la seguridad sanitaria, la seguridad educativa y la seguridad laboral. En la pobreza rigen todas esas inseguridades y se potencian. Y un cuarto de la población está viviendo en esa inseguridad que es una bomba de tiempo. Es que la sociedad no cumple con el mínimo necesario de lo que hace a la convivencia social para un cuarto de la población.

¿Pero cómo diseñar políticas correctas sino sabemos cuál es la población objetivo? El autoengaño acerca de la inflación es el primer enemigo de las políticas públicas porque escamotea la población objetivo. Y también escamotea la realidad de la población objetivo la ausencia de (o mala) información en materia habitacional (las villas) – que no es sólo la casa habitación sino el “habitat”- ; en materia de salud (que no es sólo la atención de la enfermedad), en relación al resultado educativo (no podemos negar sin mejor información el retroceso en las pruebas PISA) y sobre empleo (¡el Chaco tiene pleno empleo!).

Nadie niega la necesidad de combatir la “inseguridad derivada de las conductas sociales delictivas” y en esto es lógico que haya criterios diferentes.

Pero es grave auto desinformarnos sobre la densidad de la inseguridad social que nos impide diseñar y llevar a cabo políticas de “seguridad social” que son el único disipador de la nube de inseguridad. Los jóvenes ni-ni, los adolescentes del paco, son la puerta de entrada a la “inseguridad” que se quiere combatir. Pero el caldo de cultivo de esos males es la ausencia de “seguridad social” y esta la hija de la ausencia de políticas que la deformación informativa agiganta.

Las decisiones económicas tributarias (ganancias, monotributo) de alivio a millones de trabajadores son en definitiva, además de una respuesta electoral, un reconocimiento de que la tasa de inflación del INDEC no refleja el crecimiento de los precios de todos los bienes y servicios no subsidiados por el Estado. La decisión sana desde una perspectiva, también  es cierto, agrega nuevos condimentos a la distorsión de valores relativos. Un reflejo de ello son los tributos creados con la intención de compensar las pérdidas fiscales: no sólo no las compensarán sino que reintroducen por otra ventana el problema que se quería resolver. La inflación deforma los balances de las empresas generando ganancias ficticias y por lo tanto provocando tributos patrimoniales allí donde se procuraba gravar ganancias. Las apuradas pre electorales tienen su costo.

Pero tal vez todo responda a una visión que el gobierno tiene de la marcha de la economía y la sociedad. Cristina Fernández, en el discurso a la Industria,  dio a conocer su percepción del país en la que, tratándose de un ámbito sectorial señaló su defensa del proteccionismo necesario, en los países emergentes, para el desarrollo industrial y criticó las posiciones de los desarrollados en la OMC.

La nota discordante es que viene de firmar en el G20 un documento que avala el avance de las líneas insinuadas para la Reunión de Doha. Hay allí un hiato.

Pero también afirma una convicción industrialista y de sustitución de importaciones y de apoyo a las exportaciones industriales y una decidida convocatoria a la inversión e innovación tecnológica para la competitividad. Nadie debería estar en desacuerdo con lo dicho. Donde aparece el hiato es en los hechos, esos malditos caprichosos que se obstinan en existir.

¿Puede haber inversión e innovación en el sistema capitalista sin la previa existencia de un sistema financiero compatible en dimensiones, plazos y costos con los procesos de inversión? ¿O puede ocurrir ese proceso sin una política expresa en materia tributaria, de infraestructura y de capacitación (en todos los niveles) que marche en esa dirección de manera coordinada? Definitivamente no.

La realidad es que el país no dispone ni de un sistema financiero que merezca tal nombre, ni de una política fiscal de incentivos, ni de una estrategia de capacitación, ni de una política de infraestructura. Una sola pregunta es suficiente ¿con qué energía aquí y ahora?  Falta información; lo que no implica que no compartamos los propósitos que son mas que elevados.

Siguiendo con los hechos ni la exportación industrial ni la sustitución de importaciones (y es lógico que así sea después del párrafo anterior) tienen números macro que la apoyen. La industria en el PBI (aún el del INDEC) tiene una participación que no despega del promedio de los últimos 20 años. Nada nuevo. Si no fuera por la automotriz, la industria – en lo que va del año – habría caído por debajo de 2012. Y el desbalance comercial externo en materia industrial (MOI 30 mil millones de dólares negativo) tiene su punta de lanza en la industria automotriz, en la industria electrónica – especialmente mencionada en el discurso por CFK – y el resultado es una cuenta demasiado gravosa que hace que, a pesar de las palabras llenas de sentido, el pasa o no pasa tiene dos ejes: las manufacturas de origen primario más la producción primaria (soja y minerales) y los precios mundiales. Desde 2003 a la fecha más del 80 por ciento del crecimiento lo explican los precios. El incremento de las cantidades exportadas sólo explica menos del 20 por ciento del valor de nuestras exportaciones.

En el Día del Maestro, hablando de la Industria, del Empleo, de la Inseguridad, sería rendir el merecido homenaje a la generación que hizo de la educación el eje de la política nacional, reafirmar que la política es también una rama de la pedagogía. La que se ocupa de conducir el conocimiento de la realidad compleja siempre, doliente a veces, que requiere de lectura objetiva de los hechos, exposición franca de los objetivos y por sobre todo de la cooperación que – como se ha demostrado – es un método muy superior a la competencia y que sería maravilloso que se aplique no sólo en las cuestiones económicas y sociales, sino en la política propiamente dicha. Por ahora falta. Aunque tal vez vayamos en camino.

La realidad del país, la comprometida situación energética y los residuos de la economía de la deuda (de los que holdauts, CIADI, Club de Paris, etc. son sólo una parte) cuya principal negatividad está en la concepción económica aún dominante (entre oficialistas y opositores) nos exigen a todos mirar para ver, tratando que el observador no modifique por demás el panorama. Sencillo pero difícil.

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13 septiembre 2013

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