Estado de emergencia

29 de septiembre de 2013

Publicado en Epoca

Carlos Leyba

El juicio que le merece al Poder Ejecutivo la situación económica y financiera es, como mínimo, contradictorio. ¿Por qué? Es que, por una parte ha puesto en marcha – durante 10 años – la continuidad de la ley de emergencia sancionada en los tiempos en los que  según la, escatológica y acertada, definición de Néstor Kirchner estábamos en el infierno. Y por otra parte no declina la celebración permanente de los logros, avances y ejemplariedad económica, social y política de la Argentina presente, frente a un mundo que, para Cristina Fernández, se derrumba.

Como “el mundo” no puede hablar, y derrumbe implica caída, es bueno aclarar que todos los pronósticos de las  principales economías del mundo marcan que, en promedio, 2014 será igual o mejor que 2013. Y eso es bueno para nosotros por el mercado y por la competencia. Las cosas estarán mejor en Estados Unidos, Alemania, Francia y Gran Bretaña: todos fuera de la recesión. El próximo año será  igual que éste en China, arriba del 7 por ciento de crecimiento en el PBI; y en  Japón, con un crecimiento del 1,5. Los motores de cada región, si bien no están en su mejor momento del Siglo, están lejos del derrumbe. La aclaración sirve porque, en todo caso, los datos de afuera condicionan nuestra vida. Es decir “el contexto” no será negativo.

Para analizar “la contradicción” entre “estado de emergencia” y “estado de gracia” hay que recordar el pasado donde anidan los orígenes.

Recordemos el cuándo de la original Ley de Emergencia. Corría el 6 de enero de 2002, un infierno que consumía día tras día la cohesión social. La pobreza había devorado al 50 por ciento de la población; desempleo del 20 por ciento; el PBI era el 80 por ciento del de 4 años antes. Las tradicionales ventas de Reyes habían caído 40 por ciento; y en diciembre de 2001 la producción de automotores era 70 por ciento menor que la del mismo mes del año anterior. Una debacle anunciada durante cuarenta y ocho meses.

Desde 1998 a 2001, cuatro años de crecimiento de población y declinación de la actividad económica, expulsando trabajadores a las calles cartoneadas de una manera jamás imaginada.

La emergencia eran los desocupados, empobrecidos; y los pobres acorralados. En ese marco, luego del default y la devaluación, se sancionó esa Ley de Emergencia Económica.

¿Qué similitud hay hoy respecto de aquellos días que avalen la necesidad de una ley de emergencia o de excepción a las normas?

Cierto la pobreza no ha retornado a los niveles del país decente que supimos tener, por ejemplo, durante el tercer gobierno de Juan Perón. La población desde entonces se ha multiplicado por dos; pero los pobres se han multiplicado por 10. Eran 800 mil y hoy no bajan de 8 millones. Sí para el gobierno hoy el número es “sólo” 2 millones de pobres.  En los días del infierno llegaron a ser 19 millones: el infierno era la mitad de la población en la pobreza. ¿Estamos hoy ahí? No, no estamos en las condiciones de la emergencia.

Cierto es que el desempleo está lejos del niveles de aquél país decente de 1974 en el que orillaba entre 3 y 4 por ciento. Hoy la tasa de desocupación es más del doble que entonces. Y bien medida, unos puntos, no pocos, más. Pero estamos lejísimos del escandaloso 20 por ciento del infierno. Tampoco la desocupación amerita las mismas herramientas que en enero de 2002.

Cierto la economía no refleja una euforia como la que se produjo después de la salida del infierno. Pero las tasas de crecimiento que hoy reportan el consumo de durables y de automotores, son importantes. Entre estas tasas y la de los tiempos del infierno, no hay relación alguna.

¿Entonces estamos realmente en emergencia como lo estuvimos en el amanecer de 2002?

Aquellas normas imperantes en 2002, que impedían salir del infierno, hoy no rigen, es decir, nada más y nada menos que la ley de convertibilidad.

¿Cuál es entonces el marco jurídico existente que reclama la emergencia o la excepción? ¿Por qué CFK considera que necesita una Ley de Emergencia después de lo que ha sido, según su visión, “una década ganada”? o ¿Por qué una Ley de Emergencia siendo que, en su discurso de esta semana en Misiones, dijo “¿Sabés por qué no te muestran en la Argentina lo que pasa en el mundo? Para que no te enterés del país maravilloso en el que estás viviendo …”

Más allá de esos entusiasmos discursivos que – a su criterio y al de una considerable parte de la sociedad – describen el presente, CFK ha proyectado, para el presupuesto para 2014, su convicción de una aceleración del crecimiento al 6,2 por ciento luego de haber experimentado, estima el gobierno, una tasa de más del 5,1 por ciento de expansión  en 2013.  Y ambas tasas, de ser ciertas, describen un panorama sólo comparable al ritmo de expansión actual de la economía china. ¿Será así?

Entonces, por un lado, la visión oficial acerca de la realidad le señala que estamos a años luz de aquél infierno que obligó a la ley de emergencia. Por otro lado los datos – ya no los oficiales – surgidos de estimaciones no oficiales razonables, también nos dicen que nada autoriza a pensar que los niveles de pobreza, de desempleo, de crecimiento, sugieran que estamos en emergencia, aunque sí hoy seguimos estando muy lejos del paraíso y no del de la vida eterna sino del que la Argentina supo transitar antes del golpe de Palacio del 75 y el genocida del 76.

¿Qué es entonces lo que lleva al oficialismo a sostener la necesidad de una ley de emergencia?

Difícil de explicar en términos económicos y sociales. Los términos del oficialismo son de un optimismo impenitente en la lectura de la realidad que no avalarían en modo alguno la ley de emergencia. Y respecto del corto plazo, que de eso se trata, las miradas no oficialistas no se topan con un escenario, si bien menos optimista, que amerite esa excepcionalidad.

Estamos frente a una norma legal que, en definitiva, relaja otras normas legales; y que no se justifica en términos económicos y que, por lo tanto, si tiene alguna justificación, es sólo una cuya explicación requiere de términos políticos. Es decir , la justificación está en la concepción de cómo se ejerce el poder y cuáles son los límites que ese ejercicio acepta o tolera.

El oficialismo, concretamente, en el modo en que gesta el Presupuesto y en el modo en que lo decide, sostiene la misma concepción del poder que la que, por ejemplo, apunta a un permanente estado de emergencia. Basta mirar el trámite.

La emergencia ¿deja de ser la excepción y pasa a ser la regla?

Diez años de emergencia dejan de constituirla en excepción; y es posible que, aunque en 2015 otra corriente política distinta del kirchnerismo se haga cargo del Ejecutivo, en el próximo período presidencial, la emergencia, o el concepto de estado excepcional, continúe y lo haga con independencia de la ideología (implícita) de quienes gobiernen.

Esta continuidad presente, y la futura que imaginamos, permitiría observar que una línea paradigmática vinculada a la idea de “la república” (normas previas y límites) está enfrentada a un paradigma de la práctica, de la realidad,  que reduce “la república” a un función subsidiaria. Estamos ante la concentración de la decisión cualesquiera sean los distintos fundamentos o propósitos. Cuando la decisión concentrada lo permite, entonces, “la república” – subsidiariamente – es habilitada. Pero nunca antes: no es previa, no condiciona, no limita.

El oficialismo no puede reivindicar la necesidad de la emergencia basado en  su diagnóstico explícito de la situación económica. No es lo que dice su Presupuesto al que acompaña la prorroga de la Ley de Emergencia.

Lo que habla de la emergencia es la factura misma del Presupuesto, es decir, el modo en que se ha construido, debatido y el modo en que será controlado. Todos esos pasos señalan que esa tarea de presupuestar ha sido presidida por el espíritu que resume “la emergencia”, o sea la excepcionalidad-  a los ojos del oficialismo – del momento, de la tarea, de las condiciones, de los objetivos.

El  oficialismo, en definitiva, argumenta la decisión de la emergencia, “en lo que haremos gracias a ella y en lo que entendemos no podríamos hacer sin ella”.

El fundamento de la emergencia y de la excepción, bien podría ser una suma de objetivos y realizaciones futuras que no puedo ni anticipar ni legimitar con el acuerdo de “la república”. ¿Por qué? Porque no contaría ni con la comprensión, ni la tolerancia, ni el permiso, ni el acuerdo de los otros. Esta  sería la emergencia o excepcionalidad de tipo 1: estoy en emergencia porque presupongo el desacuerdo y no hay concesiones posibles.

O bien, otro fundamento, no puedo anticipar ni objetivos, ni realizaciones, porque aún no las he decidido; es que las decidiré según las circunstancias. Quiero la autonomía absoluta del paso a paso. Esa sería la emergencia o excepcionalidad de tipo 2.

La emergencia, en ambos casos, es un método. Y es un método que la ley de Emergencia define claramente respecto del Presupuesto: genera numerosos grados de libertad respecto aún de lo que se vota en  el Presupuesto.

Salvando las distancias de momentos, condiciones y objetivos, esta misma línea argumental sobre la emergencia o la excepción, es la que, en la práctica, ejecutó el menemismo cuando  impuso sus criterios de manera inapelable. Liquidó el patrimonio de los argentinos y endeudó alegremente a las generaciones futuras. También Carlos Menem y Domingo Cavallo apelaban a “la emergencia” para su método de decisión que incluyó hasta votaciones tramposas. Método paradigmático que incluye la cuestión federal, los traspasos de servicios sin recursos; la cuestión internacional, los nuevos alineamientos; la reconfiguración del MERCOSUR, etc.

Todas cuestiones  que, en un clima de diálogo y participación – el espíritu de “la república” – no podrían haber llegado a los extremos que llegaron.

El menemismo desapareció como si nunca hubiera existido y fue reemplazado por el kirchnerismo. Los aliados del peronismo en la época de Menem continuaron con Néstor Kirchner; y se sumaron otros de origen e intereses francamente contrarios a los aliados originalmente menemistas. El cambio cultural, dominante en el período K, no ha cambiado el concepto del ejercicio del poder como emergencia y excepción. No es nuevo. CFK lo ha llevado –las reformas son una componente – a un nivel más alto. Pero ¿veinte años han forjado métodos? ¿La emergencia y la excepción, como método, es necesariamente “una ley” o es un  modo de ejercer el poder?

Todo señala que la construcción del Presupuesto, la ejecución y el control del mismo son la consecuencia y la herramienta, de esa concepción.

Llegados aquí es útil preguntarnos si es que este método llegó para quedarse y si existe la posibilidad de gobernar con una cultura política alternativa. Por ejemplo una en la que el Presupuesto deje de ser solamente el Presupuesto del gobierno y sea el de la Nación.

Resulta evidente que este concepto implica otra dimensión temporal distinta de la concepción de los períodos electorales; y otra dimensión espacial distinta de la concepción de los aglomerados electorales.

Es difícil imaginar la construcción de la Nación sin un Presupuesto nacional que este comprometido con esa visión. Pero ese compromiso también tiene una esencia metodológica que implica superar los conceptos que, en la práctica, encierran la emergencia y la excepción.

Naturalmente, el predominio durante tantos años de los conceptos y métodos que encierran la emergencia y la excepción, no deriva de la sola decisión de un grupo de personas que transitoriamente ejercen el poder. Deriva también de profundas realidades sociales, políticas y económicas.

La desaparición de los partidos, que son mecanismos de consensos internos y de consensos interpartidarios, es sin duda la más profunda causa política de la apelación, sin resistencia, al estado de emergencia y de excepción. Pero también la fragmentación del sindicalismo y su ausencia en el papel de columna vertebral del partido peronista, que  ha sido reemplazado por la “columna vertebral de los intendentes”, implica un retroceso conceptual en materia de objetivos e intereses colectivos.

Y la deriva de ambas implica que la política económica se va reduciendo a un sistema de adaptaciones para las emergencias. Es decir la economía sin política y ésta sin intereses sociales incorporados, colocan a la sociedad en el territorio de la administración de la emergencia. De eso se trata el estado de emergencia.

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29 septiembre 2013

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