ARGENTINA SIN RADARES

20 de octubre de 2013

Carlos Leyba

¿Podrá una oración como la del título, en el futuro, describir lo central de estos últimos años? ¿Puede marcar a una época la ausencia de “radares”? ¿O la ausencia de sistemas de medición y control? Sí en la medida que, finalmente, los resultados inesperados nos sorprendan. Es que mientras la luz brilla, dependiendo de la posición del observador, puede encandilar. Y lo que encandila ciega.  Una vez que el brillo se apaga, aún con los ojos sentidos, empieza a develarse lo que la luz, vaya paradoja, ocultaba.

¿Cómo saber dónde estamos y qué pasa alrededor; y más aún, cómo saber qué puede sorprendernos más adelante, si no disponemos de un sistema de información que siempre debe ser un sistema de alarmas? ¿Hasta cuánto algo es perturbador?

Un ejemplo de la Argentina sin radares esta asociado en estos días al fragor de la droga y el narcotráfico. Concretamente, sin detectores y medidores de distancias por ondas electromagnéticas o algo así, equivale a tener fronteras desprotegidas. Por los resultados de día a día sabemos que el crimen y el narcotráfico las perforan.

La carencia de un sistema de radares en frontera es un hecho. Nadie lo niega. Pero es una decisión (por omisión o comisión) que tiene estas consecuencias. Sin radares la frontera deja de ser tal. Es un espacio abierto.

Alguien decidió extinguir la frontera. Al hacerlo conspiró y conspira contra la vida civilizada. El narcotráfico es un crimen mayúsculo que nos erosiona socialmente. ¿A qué renunciamos cuando renunciamos a multiplicar los esfuerzos en las fronteras? Tal vez seamos ya el segundo país consumidor de cocaína en el continente y tal vez unos de los primeros exportadores. No hay certezas pero sí señales.

Pero la ausencia de radares en las fronteras es una metáfora de la pérdida de control de aquello que decimos querer  impedir. Hechos contra palabras. Y no sólo, como veremos, respecto de la droga. Hay otros crímenes sociales afectados por el mismo mal.

Éramos un país de tránsito; hoy se instalaron cárteles de la droga que producen, venden y exportan estupefacientes. En San Antonio de los Cobres gendarmes (18/9/2013) incautaron 25 toneladas de elementos para la elaboración de cocaína; un mes antes, en la misma zona había incautado 40 toneladas.

Sin sistema de radares efectivo, nuestra frontera norte es un colador. El negocio narco ardiente es la demostración más palmaria que, en ese campo, carecemos de “radares”. Por eso funcionan  – según trasciende – cientos de pistas áreas de uso clandestino.  Un tema de densidad nacional que nos obliga a una política de integración, de objetivos y recursos, con todos los países vecinos.

¿Qué sentido tiene postergar esa unidad y no tener una agencia única de la región para luchar contra el narcotráfico en las fronteras? ¿Qué es la hermandad latinoamericana?

La ausencia de radares, en este campo, es la consecuencia y la causa a su vez de la falta de política y de estrategia. ¿Por qué no podemos formular una política común y para todos y por qué no podemos extender la coincidencia estratégica a toda la región?

No puede haber discusiones ideológicas sobre la necesidad de radares, suficientes y eficientes, para tener información y diseñar la lucha contra el flagelo. ¿Por qué demorar la búsqueda de diálogo y consenso en todos los niveles para diseñar esa política?

Pero ¿ocurre lo mismo en el resto de las cuestiones económicas y sociales al cabo de una década de expansión?

La realidad es que, en ausencia de radares o lecturas de radares económicos y sociales, es sorprendente ver cómo se termina acomodando la información y la realidad a los discursos. Donde no hay hechos habrá palabras. ¿Qué es lo que encandila? Sencillo a partir de la crisis de 2002 todas las comparaciones son favorables. Y es lógico que quien gobierna se adjudique el mérito. ¿Pero – más allá de la autoría – en qué consiste el mérito? ¿La tasa de crecimiento? Veamos.

En la ciudad de Buenos Aires y en la provincia de Buenos Aires, lo que hemos escuchado el debate de la política y del modelo de Nación, permite delinear – al menos – dos discursos básicos antagónicos.

Uno es el del PRO – y hay correlato con muy importante dirigentes, actuales y futuros, de la provincia de Buenos Aires – que en materia económica y social, sostiene que todas las actividades económicas tienen la misma función y valor, y que no hay razón de privilegiar a unas sobre otras y que sólo hay que crear las condiciones para que el mercado libremente responda a las oportunidades de inversión. Esa es la ideología de los 90 y de la dictadura.

Es discurso es crítico del oficial que, por el contrario, adhiere en las palabras a la idea de que es la industrialización, promovida por la política pública, la condición necesaria para el progreso colectivo.

De ahí que la intervención del Estado, según el discurso oficial, debe ser jerarquizada.

En esta misma frecuencia discursiva también hay corrientes opositoras al oficialismo. Podemos, por su trascendencia pública, personalizarla, por ejemplo, en Fernando Pino Solanas si bien no es el único que lo representa.

El último debate de TN entre la diputada Gabriela Michetti, el senador Daniel Filmus y el diputado Solanas, fue un ejemplo en vivo de lo dicho.

Las palabras de Michetti, señalando que Solanas era “kirchnerista sin saberlo”, apuntaron – con cálculo electoralista –  a la similitud en el discurso de sus dos contendientes en materia de Estado e industrialización. Pero si los discursos son coincidentes ¿cuál es entonces la diferencia entre el oficialismo real y el discurso de los opositores como Pino?

Dejo de lado la cuestión de la corrupción, que Solanas enrostra y que Filmus y Michetti eluden como tema. Dejo el tema no porque no sea mucho más que importante, sino porque me lleva a otros radares y no a aquellos a los que quiero referirme ahora. Esos otros radares son los de la transparencia de los actos públicos, la capacidad de control de los organismos independientes y la capacidad de la justicia para analizar la corrupción. Todo importante – con muchas ausencias – pero de lo que ahora no me ocuparé.

Miremos a los radares económicos. Aprovecho para explicar la frase inicial de  “mientras la luz brilla”. La luz brilla, en economía, significa que crecemos y el empleo no cae. En ese marco, prospero, quienes gobiernan no son adictos a mirar radares lejanos que pueden avisar de malas noticias o de ojos de tormenta en formación. La luz brilla acá. Y encandila a los protagonistas y a los espectadores.

Los que gobiernan – casi sin excepciones – apuestan a que es verdad lo que brilla. Aunque encandile y oculte a los radares o y desfigure la comprensión de dónde vamos. Veamos.

El oficialista, discursivo y real, Filmus afirmó que en esta década la economía se industrializó y que se revirtió la primarización de las exportaciones;  que hubo una extraordinaria creación de puestos de trabajo; y una mejora sustantiva en los niveles de equidad.

Si todo eso fuera la realidad, esos logros serían una base más que sólida para sostener la eficacia y efectiva realización del discurso industrialista y de lo prometido.

Nada de lo señalado, aún si se hubiera concretado, cambia los “caminos erróneos” de las políticas energéticas y de transporte que reconoció Carta Abierta. Esos “caminos erróneos”, a lo largo de diez años, se han convertido en hipotecas pesadas para sostener cualquier avance – en industrialización, desprimarización, empleo o equidad – en los años inmediatos futuros. Claramente, los logros de existir, están en suspenso mientras esas hipotecas no se cancelen. Estas hipotecas enormes que, de tanto estar ahí, las hemos dejado de considerar levantables. Los ríos que van a morir al mar sin dejar ni riego ni energía; hasta la vergüenza cotidiana, y cargada de muertes, de la infraestructura de caminos, que es un sistema de venas esclerosadas, son parte de esas hipotecas.

Tampoco, esos logros de existir, habrían modificado en nada los problemas de inflación, financiamiento externo y fiscal que estamos enfrentando en estos días. En otros términos, macroeconomía desconcertada. Desde el intendente de La Matanza hasta Daniel Scioli, devenido en jefe político del oficialismo, han señalado el mal manejo de la cuestión de la inflación.  Y el cepo y el blanqueo nos eximen de más comentarios.

Todos estos problemas, precios, cuentas públicos y externas, hace rato que vienen generando fuertes críticas a “los radares” que no fueron capaces de hacer sonar las alarmas de la inflación, de la fuga de capitales, de los déficit fiscal y sectorial externo (combustible, industria, etc.) y que – en definitiva – el oficialismo, al menos públicamente, los ha vivido como sorpresa. Y si no fueron sorpresa para los responsables, entonces, sabiéndolo, ha sido peor porque los habrían ocultado. La ausencia de radares, la incapacidad de leerlos, estremecieron en sorpresa en el oficialismo (YPF, fuga, sintonía fina)  y la sorpresa operó como paralizante o turbadora .

Los radares que utilizó Filmus en el discurso lo hacen sostener que estamos en industrialización y desprimarización de las exportaciones.  Si usa las cifras del INDEC las mismas dicen, con toda claridad,  que, en el mejor de los casos, la industria en esta década agrega el mismo porcentaje de valor sobre el total, que en los noventa. No puede sostener que ha habido “industrialización”. La industria creció igual que el promedio de la economía y menos que algunos sectores. Y lo mismo cabe señalar respecto del empleo.

El mérito no menor es que, en diez años, no hubo desindustrialización que sí ocurrió en los veinte años anteriores. Eso es bueno. Pero insuficiente para el discurso de época.

Filmus afirmó – en La Nación (18/10/2013)- Hemos creado casi 6 millones de empleos” Según el Ministerio de Economía, desde que asumió Néstor a la fecha, se crearon 3,6 millones de empleos. Pésimo radar.

En materia de exportaciones el peso de las primarias sigue siendo el mismo o mayor que hace unos años. Es impresionante el creciente déficit comercial externo de sectores “dinámicos” de la industria como el automotriz, la electrónica y los bienes de capital, etc. La diferencia está en armar o producir.

¿Qué radares mira Filmus para construir su discurso fundacional? ¿a qué lleva no tener radares, tener pocos, o leerlos mal?

En el caso de la droga, está claro, lleva a perder la batalla con consecuencias nefastas. ¿Y en la materia que predica Filmus?

Preguntémosle a Aldo Ferrer, el economista académico más importante y sólido del oficialismo. El jueves 17 de octubre en BAE dice Ferrer “ si el desequilibrio sistémico entre el deficit de manufacturas de origen industrial y el superavit de comercio de productos primarios persiste, el sistema puede entrar en turbulencias severas que culminan con un ajuste masivo de las principales variables económicas y una severa contracción de la actividad económica”.

Siguiendo a Ferrer sabemos que la causa fundamental de la restricción externa es el “déficit del comercio internacional de manufacturas de origen industrial y su origen es la subindustrialización y la débil participación , en el proceso innovativo, de la industria argentina”

Ferrer y Filmus, oficialistas, tienen el mismo discurso. Pero ven cosas distintas y casi opuestas. Ferrer avisa que hay un ojo de tormenta. ¿Por qué? Es que lo que había que haber hecho, en 10 años de prosperidad, no se hizo. Hay distancia de riesgo entre el discurso y la realidad.

Y ahora, nosotros, los que compartimos el discurso, pero que observamos la realidad, la vemos bien distinta porque lo que había que hacer – lo que se anunció – no se hizo. Tememos que la tormenta también se lleve nuestras razones.

Nada peor que decir que hemos hecho algo cuando, por error, ignorancia, molicie, simplificación, hemos hecho lo contrario.

Porque, estando al revés de lo anunciado, aquellos que no creen en la industrialización como programa de resolución social de nuestros problemas, los que no creen en la necesidad del Estado activo para lograr eso, dirán “Ustedes dicen que hicieron política industrial y vean lo que consiguieron con esas ideas”

Ese es el peor de los escenarios para los que creemos en la industrialización, el Estado y la sustitución de exportaciones.

El fiasco del resultado de una política que no se hizo y se sustituye por el amago de las palabras.

La verdad es que, desde Eduardo Duhalde en adelante y pasando por Néstor y Cristina Kirchner y todos sus economistas, solo escuchamos hablar de industria y Estado. Pero nada se hizo solidamente en esa dirección, ni medidas, ni programas, que merezcan ser rescatados como política industrial. Ferrer avisa las consecuencias. Pero ha pasado mucho tiempo sin que los emisores del discurso oficialista reconozcan las causas.

El divorcio de las palabras y los hechos, si se cumple el vaticinio de Ferrer, nos va a costar muy caro.  Por eso, al igual que en la cuestión de la droga, esta década será – en ese caso – recordada como la de “la Argentina sin radares”. Nos hemos negado a mirar con atención la realidad y a emperrarnos en defender números y apariencias. Se descuenta la buena voluntad, las mejores intenciones, pero el aviso de Ferrer amerita salir del encandilamiento y buscar a cómo de la realidad.

Los votos sirven para avisar. Pero ¿quién podrá ser portador del mensaje de compatibilizar los hechos c

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20 octubre 2013

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