La cuestión es qué elegir

26 de octubre de 2013

Carlos Leyba

Cuando mire esta nota estará mascullando a quién votar o recordando por quién votó. Su decisión ha sido o será importante. Pero en realidad ¿cuán importante ha sido o cuánto lo será para el presente y el futuro de nuestra sociedad? ¿en los espacios de decisión, que estos votos van a llenar, está en cuestión, en debate, aquello que es esencial para nuestra suerte colectiva?

¿Está en el debate político el marco externo de la Argentina a 10 años vista? ¿El desarrollo del MERCOSUR, el acuerdo con la Unión Europea, los avances liberalizadores en el seno de la OMC? ¿Lo qué pensamos para una eventual emergencia de competidores en lo que nos resulta fácil hacer o en el cambio de los términos del intercambio?

¿Pensamos lo que significa que durante dos décadas la pobreza joven ha ido modelando generaciones? ¿Diez millones de pobres no es una negación de derechos humanos? ¿Es difícil de reparar?  No hay problemas fácil de resolver.

¿Qué del sistema educativo y de la formación de quienes deben procurar formación y compensar carencias?

¿Cómo lograr la tasa de inversión capaz de incluir e integrar el territorio y equilibrar las arterias productivas de la infraestructura apta para tamaño desafío?

¿Cómo superar la barrera de una moneda incompleta en sus funciones que hace que el excedente productivo tenga vocación de fuga o que duerma en metros cuadrados suntuarios y vacíos?

Por supuesto que hay mucho más qué y cómo. La verdadera elección, es más que la de los hombres que elegimos, es la de los temas a debatir. Ella ha sido proscripta por el silencio de la política. Votamos sin elegir los temas. Los candidatos que elegimos no tienen tema en esa dimensión.

Mario Bunge (ADN 25/20/2013) nos recuerda los problemas “inversos”: aquellos que van del efecto a la causa; dice “los problemas inversos o bien no  tienen solución o bien tienen muchas soluciones”. Los políticos están encerrados en los efectos y la entrega de remedios. Es decir, la política, aquí y ahora, piensa y actúa en el Estado de presencia pasiva, la acción estatal de contragolpe. Lo hace en seguridad o en temas cambiarios y así.

Así, sin temas y a contragolpe, la democracia se reduce a una sucesión de elecciones y a un concurso de méritos de gestión. No a la manera en que se gesta un proyecto de Nación, que de eso se trata la política.

No es que exista “vacío de poder”; en realidad, “el poder está vacío” de los contenidos que hacen del Estado el gestor del bien común; y de “hombres y mujeres de estado” que se comprometan con ello.

La suerte de la sociedad depende de la forma y contenido de presencia del Estado; de sus decisiones, autoridad moral y capacidad de control material, para diseñar los carriles por donde la iniciativa, la creatividad, la fortaleza de las personas, las distintas comunidades, se expresan.

Sin esos carriles podrán realizarse las personas, pero las comunidades no se realizan. Podrán progresar las personas, pero las comunidades no progresan. Y en las comunidades que no se realizan ni progresan se vacían porque están viviendo por debajo de su potencial.

Al votar deberíamos estar eligiendo la forma y el contenido de la presencia del Estado. Pero estamos eligiendo, con excepciones, entre un surtido variopinto de comentaristas de la realidad. De una realidad acerca de la cual esos comentaristas, según el lugar de observación, la describen con versiones radicalmente opuestas. No hay debate entre estadistas que propongan contenidos de Estado.

Notable ausencia de contenido: “el poder está vacío”. Lo que se destaca como mérito es la “gestión”.

La disputa en la provincia de Buenos es una competencia entre intendentes. Esto expresa la reducción de la política al encanto del “cordón cuneta”; al de la gestión que se mide en pavimento. Sabe a poco.

La política fue abandonando a los partidos –programa y representación, ideas y pertenencias sociales – y se confinó en los territorios: demarcaciones municipales arbitrarias; encanto del “cordón cuneta” y de las luminarias. Hoy esa es la fuente de acumulación de liderazgos. Sabe a poco.

Esta elección no es una cuestión de los contenidos, que mencionamos al principio, sino una encuesta de gestión, entendida como calificación de barrido y limpieza; no un examen de contenido. La suma califica en base a cemento y luminarias.

Y si la política abandonó la pedagogía y se sometió al marketing político, que además es en su inmensa mayoría ejecutado por consultores internacionales, lloverán ladrillos.

Nada de visiones, proyectos y respuestas trascendentes. La eficiencia de gestión radica en lo que se ve. Cordón cuneta.

En la reflexión de muchos argentinos está la memoria de un pasado colectivo mejor. El movimiento de masas mas importante de nuestra historia, uno de los mas vibrantes de América, se define por una palabra: “retorno”. Lo que mueve la fuerza del pueblo peronista es la idea del retorno a un paraíso perdido.

Pero, en otra vereda, los que recuerdan a las élites brillantes del pasado, también merodean un paraíso extraviado en el pasado.

La reflexión pivota en el pasado; la dinámica es el retorno. Librerías argentinas; oferta numerosa de investigaciones, reflexiones, buceos sobre el pasado nacional; no sólo el inmediato, cubierto de heridas, sino también el más lejano para disputar el orden de prelación en el cielo o el infierno que cada editor procura para ser best seller.

En muchos hay una lectura de rechazo al pasado, una construcción de culpables, una demolición de los que nos trajo hasta aquí.

Y otra vez la ausencia de reflexión acerca del horizonte. Esa es la madre de la ausencia del Estado. Allí navegan nuestros problemas. Ausencia del Estado consecuencia de la inexistencia de su presencia activa, que es la de la construcción de la Nación y del bien común.  Ausencia de Estado multidimensional y progresiva.

Sin embargo, hay quien predica que los males son consecuencia del exceso de Estado. Del otro lado sostienen que el Estado ha retornado. Colosal confusión.

Carlos Menem, ejecutó la “ausencia activa” del Estado, privatización y desregulación. Nos legó la catástrofe de 2001,  las hipotecas de la deuda, y sembró las semillas de la nueva oligarquía de los concesionarios a la que, en los últimos tiempos, hay que sumarles las “organizaciones sociales” dedicadas a reemplazar al Estado, con recursos públicos, para capitalizarse, política y económicamente. Ejemplos hay; desde “Sueños compartidos” hasta Milagros Sala.

La etapa kirchnerista ejecuta la presencia pasiva del Estado; la reacción del Estado cuando las cosas negativas se han puesto en marcha.

La “presencia activa del Estado”, es nuestro déficit. Ella existe cuando el Estado opera en el origen de las cosas; imprime la dirección de la virtud. En el origen anida la definición del rumbo.

La presencia activa es sistémica; y capta energías laterales.

La presencia pasiva es reactiva, no sistémica y es genéticamente precaria. Es en términos de Bunge tributaria del problema inverso.

En estos años, la ausencia activa y militante del Estado, la deconstrucción del bien común se inició con la dictadura y la desarrolló el menemismo. Salud, educación, proceso de acumulación, seguridad, etc. La crisis de 2001 es la del Estado en retirada.

¿Alguien imagina posible el retorno del Estado activo sin liquidar el empoderamiento de las nuevas oligarquías concesionarias e improductivas y la sustitución del Estado por parte de las “organizaciones sociales”?

El reemplazo del Estado por no saber administrar lo alentó el Banco Mundial, el Consenso de Washington y la dirigencia política, sindical y empresaria, con honrosas excepciones, en los 90 del SXXI.

Ellos no escucharon las palabras del General Julio Argentino Roca que  en los 90 del SXIX nos advirtió: “a estar de las teorías de que los gobiernos no saben administrar, llegaríamos a la supresión de todo gobierno por inútil, y deberíamos poner bandera de remate a la Aduana, al Correo, al teléfono, a los puertos, a las Oficinas de Rentas y a todo lo que constituye el ejercicio y deberes del poder”. (La historia que he vivido, Carlos Ibarguren). Menem, sus ministros, legisladores y gobernadores lo hicieron.

Pusieron bandera de remate y “la liga de los remates” se quedó, pagando monedas, con años de acumulación colectiva. Privatizar al Estado significó “privar a la inmensa mayoría del servicio del bien común que el Estado debe proveer” y brindar a una nueva oligarquía concesionaria subsidio y protección adicional a la barrera natural de lo que no es técnicamente transable.

Paradoja: ante las hilachas del desguace hay discursos de quienes reclaman privatizar lo poco de Estado que queda.

Pero ¿retornó el Estado? No. Sólo presencia pasiva genéticamente precaria; respuestas, reacciones tardías, después del incendio. Ahí estamos.

Hay  cuestiones negativas que maduran de manera silenciosa; cuando emergen denuncian la ausencia y reclaman presencia urgente del Estado. Crisis del sistema energético y de transporte; declinación de las reservas y vetustez del material ferroviario. Se apela al remedio de la presencia pasiva del Estado; reacción tardía después del daño; contratación del sistema de frenos automáticos para los ferrocarriles. Diez años tarde. Caro.

Otro terreno. Días de violencia denuncian la inexistencia de la presencia activa del Estado. Los narcos tiran al gobernador de Santa Fe; militantes salvajes golpean al ex gobernador del Chaco; forajidos tiran a Milagros Sala o al intendente de Tigre; Colegio Nacional de Buenos Aires, acción sacrílega en San Ignacio, protegidos por dirigentes y padres; amenazan al rector; universitarios matoneando elecciones en la UBA; los barra brava amparados; etc. Esas violencias derivan de la inexistencia de una presencia activa del Estado, en el origen, en el ojo de la vertiente.

Respecto de la seguridad, en debate mediático, la presencia activa del Estado no es, por ejemplo, más cámaras y agentes; o normas y jueces sensatos y probos.  Eso es “más presencia pasiva o reactiva”.

La inseguridad o las violencias, son consecuencia de la ausencia del Estado activo, el del “bien común”. La intensidad de la violencia es directamente proporcional a la debilidad de la Nación y esa es consecuencia de la ausencia del Estado allá en el origen.

La violencia es debilidad del tejido social que es consecuencia de la inequidad que nace del sistema productivo. Violencia es la incapacidad de comprender que si hay “partidos” es porque hay un “todo” del que somos “parte”.

Nuestra historia acumula ejemplos de presencia activa del Estado en la construcción de la Nación. No ha ocurrido en las últimas décadas.

Los narcos y los forajidos (todos) son acumulaciones tumorales a merced de la carencia de Estado que se manifiesta en la inexistencia de un sistema inmunológico de defensa  para la droga y para todas las formas de acción directa y de violencia que desbaratan la convivencia y la democracia.

Estas formaciones tumorales han sido autorizadas socialmente para legitimar discursos “positivos” de, por ejemplo, la prepotencia estudiantil que traba un proceso electoral en nombre de la democracia. Y la dramática inundación narco, nos  propone la renuncia a combatirlo, vía la liberalización y en nombre del progresismo a pesar de que su padre es Milton Fridman.

Donde hay ausencia del Estado activo hay ausencia del bien común.

El remate del Estado, su privatización, es el origen de la nueva oligarquía concesionaria que impone su visión particularista, y del surgimiento de organizaciones como las de Milagro Sala y muchas otras, que reemplazan al Estado para ejecutar sus obras con recursos públicos que, esas organizaciones, capitalizan en “poder” político y económico.

La ausencia del  Estado es la desaparición del concepto de bien común como motor de la vida social.

Las nuevas oligarquías  concesionarias (de distinto nivel) privatizan al Estado y privan a la sociedad del bien común y lo sustituyen por sus intereses particulares.

Pero así como la sociedad sufre de esa ausencia, también lo sufre la economía.

Aldo Ferrer (BAE, 7/10/13) nos dice “recordemos que la causa fundamental de la restricción externa… es la subindustralización”. La restricción externa es la amenaza al empleo. ¿Por qué ocurre esa restricción?

Es que “la experiencia de la crisis financiera y el ascenso en potencia de la China … han demostrado la superioridad de los países en los que el Estado interviene para sostener los sectores decisivos para el crecimiento … los países donde el Estado conduce una política industrial consecuente” Repenser l`Etat, Phillippe Aghion, Alexandra Roulet, Seuil,2011,pag 44. Otra vez la ausencia del Estado en nuestra geografía del pensamiento.

Sin presencia activa del Estado se genera crisis y a la crisis no se la supera con presencia pasiva genéticamente precaria. En esas condiciones son las crisis las que conducen.  Y eso es lo que nos está pasando.

Estamos eligiendo. La verdadera opción es elegir entre la presencia activa del Estado o continuar en la saga presencias reactivas y tardías. No está en oferta. No podemos elegir.

Sin presencia activa, creadora, todas las formas de violencia (particularismos, privatizaciones y oligarquización de la sociedad) nos seguirán dejando, por ejemplo en la economía, en la subindustrialización propia de la ausencia de políticas consecuentes.

La ausencia del Estado es cara, pero su presencia pasiva no es barata o es, al final del día, demasiado cara.

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27 octubre 2013

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