Votó, ganó y perdió

2 de noviembre de 2013

Carlos Leyba

La votación del último domingo fue una manifestación masiva de rechazo a la gestión gubernamental. Cerca de 7 de cada 10 votantes le dijeron al gobierno que “el modelo” o sus resultados o sus promesas o su pronóstico, no eran satisfactorios. Los otros 3 votantes ratificaron que “el modelo”, los resultados, las promesas y el pronóstico eran plenamente satisfactorios. La política, a partir de ahora, tiene alineados al Poder Ejecutivo y Legislativo; dividido al sindicalismo; atomizado al empresariado y neutralizado el peso de los opositores en el “cuarto poder” que adelgazará para las voces críticas.

Unos, los más, votaron para que la dirección o la velocidad o la manera de conducir, cambien. Y los menos ratificaron la dirección, la velocidad y la manera de gobernar.

Quienes ejercen el poder o la comunicación del poder, que en los tiempos que corren no es poca cosa, han manifestado, de todas las maneras posibles, que nada cambiará. Ni el modelo ni la dirección ni la velocidad ni los modos.

La inocuidad de los votos tiene dos vertientes. La primera, es la decisión del oficialismo de no escuchar a los otros. Siempre hay excepciones. En este caso, una muy sugerente es la del ganador y líder del senado Miguel Picheto. Preste atención.

La segunda vertiente de la inocuidad es el mecanismo de estabilidad del poder establecido por el método de conformación de las Cámaras legislativas. Las mayorías parlamentarias se mantienen, aún después de las derrotas, por el peso de las decisiones electorales previas. El pasado tiene vigencia y – de alguna manera – garantiza que los cambios sólo se producen luego de dos elecciones sucesivas en la misma dirección. No es este el caso.

Sea por la cultura K de no escuchar o por el mecanismo de estabilización del sistema de renovación parlamentaria, el no cambio es posible y además es lo más probable.  La posibilidad de cambio de actores de reparto, si la obra, los telones y la dirección son las mismas, nada cambia.  Este es el caso.

Pero si nada cambiará, en materia económica, se produciría – con alta probabilidad – un próximo escenario electoral económico similar o agravado al de este año. Y si los resultados dependen de lo que se hace, entonces la situación de las cuestiones económicas en conflicto será similar a la presente. ¿Los resultados electorales de 2015 podrían ser diferentes? Difícil.

Para que este pronóstico se cumpla es mucho más importante lo que haga el oficialismo contra sí mismo que lo que hagan las oposiciones contra el gobierno. Veamos.

En el caso de no cambio, la continuidad de las fracasadas políticas en relación a la inflación (años a más del 20 y con expectativas al 30 por ciento) harán del proceso inflacionario un mecanismo continuo de erosión de la capacidad competitiva de la industria local y la de las economías regionales. Para el gobierno el objetivo de inflación o la inflación tolerada, es la que publica el INDEC; en consecuencia, la diferencia con la verdadera inflación es la medida del fracaso de la  política.

Si internamente todo sigue igual el resultado económico no puede mejorar. Y esta afirmación incluye los eventuales beneficios de afuera que puedan sobrevenir. Puede repuntar Brasil. Pueden mantenerse los favorables términos del intercambio. Pero eso no alcanzaría. Solo una nueva y enorme mejora en los términos del intercambio sumado a un repunte sorprendente de Brasil podrían compensar los problemas internos. Una enorme abundancia de recursos del sector externo procedentes del comercio puede generar capacidades fiscales inesperadas. Pero ninguna de esas dos condiciones extraordinarias tiene alta probabilidad de ocurrir.

Siendo así, en el corto plazo – y en eso estamos – la demanda energética pondrá en jaque toda la solvencia que surge de la capacidad exportadora del agro. Estaremos en jaque externo salvo que ocurra una aparición súbita de recursos. Esa aparición, sin cambios en las políticas, solo puede provenir de acciones de profundización compulsivas. Es difícil que eso ocurra pero no imposible. En concreto un modo de “profundización” sería la búsqueda compulsiva de recursos en dólares. Eso no sería un cambio sino una profundización de lo que ya ocurre. Es que la compulsión fue puesta en práctica pero no ha tenido resultados.

Las dos hojas de la tijera, la de abundancia de precios ignorada y de la de escasez de dólares provocada, cortan las ilusiones inversoras espontáneas; y detrás de ellas se cierra la puerta al incremento del empleo productivo. La profundización para obtener recursos compulsivos puede ayudar con la factura energética, es cierto, pero diluye cualquier expectativa inversora espontánea de relevancia.

Y, en estas condiciones de la economía, la paz social tendrá como condición necesaria la continuidad de las prácticas de los últimos años en lo que se refiere al trabajo de las personas que no consiguen trabajos productivos. Primero esta práctica ha permitido recuperar la dignidad a muchas personas y eso es más que laudable. Pero si sigue el mismo estilo de esa práctica, si no cambia, es necesario recordar que no genera incrementos de productividad en el sistema. Y eso significa que el peso de la carga aumenta y el cuerpo que la sostiene afloja o manquea.

Todo eso, los problemas no resueltos de inflación, dólares, inversión y empleo productivo, es lo económico que los votos sancionaron. Y eso será lo que, si perdura, los votos castigarán con más intensidad en la próxima vuelta. La economía de estos meses ha sido una de escaso resultado electoral. Esos son los hechos.

Hacia el futuro inmediato el problema económico del oficialismo es cómo hacer, en estos dos años, para ganar gracias a la economía los votos necesarios para continuar en el poder.

Como recordará el lector en estos dos años los números reales de la economía se hicieron poco alentadores. Algunos de esos números reales fueron reconocidos oficialmente. No los de la inflación, la pobreza o la desaceleración de la economía. Pero sí los del sector externo, la energía y el transporte.

En ese marco de malas noticias económicas, las reconocidas fueron suficientemente malas; y las desfiguradas por el gobierno, tan evidentes que no necesitaban ratificaciones estatales. Por eso el gobierno mutó el discurso oficial hacia el concepto de “reformas”. El discurso, no el de los logros sino el de las promesas de reformas, se tornó protagonista para alimentar la tropa propia y seducir a los ajenos.

El mérito del discurso de las reformas fue consolidar al núcleo mas aguerrido y convencido de su electorado. Pero además ese discurso incorporó nuevas fuerzas. El caso emblemático fue el del famoso relator Víctor Hugo Morales que, de propalar todas las mañanas por Radio Continental la demoledora crítica del himno de “Indeclandia” y tener como interlocutor estrella al economista opositor Claudio Lozano, pasó – abrazado a la ley de medios – al más entusiasta kirchnerismo de la primera hora.

El discurso de las reformas fue alimento para el 33 por ciento de los votos que certificaron que, a esos votantes, ni los nubarrones económicos pudieron ocultar el sol de las convicciones sostenidas por el discurso reformista.

Pero, por otra parte, la consolidación del núcleo duro ahuyentó a la periferia. En estas elecciones 20 puntos de los 54 por ciento de 2011 desaparecieron, seguramente asociados a la ausencia de resultados económicos relevantes. En muchos casos las reformas jugaron al revés. El domingo pasado a la noche las cosas estaban así.

Después de la derrota electoral, la votación de la Corte, respecto del caso Clarín, resultó en un ventarrón de aliento para el gobierno que así logró el triunfo en su principal causa de poder. Son muchas las causas de poder que ha alentado el gobierno. Entre otras están las que han pasado por el sindicalismo, que finalmente se dividió; o por las organizaciones empresarias privilegiando la relación con las afines; y con los medios que incluye la prolífica formación de los propios. En esto no ha sido original el gobierno K. Raúl Alfonsín también se enfrentó a esas representaciones y poderes, pero no construyó ninguna; Carlos Menem también se enfrentó y coptó a muchas; y el kirchnerismo ha realizado su tarea de acento propio con singular éxito.

El contundente triunfo en la principal de sus “reformas” que fue una ley votada por muchos de los que hoy son opositores, logrará instalar una mayor cantidad de voces para el periodismo militante oficialista; y disminuir la cantidad de voces del periodismo militante opositor.

Todo indica que – salvo batallas judiciales de resultado incierto – la adecuación de oficio conducida por Martín Sabatella, llevará a controlar a los principales medios de Clarín al  socio de Cablevisión David Martínez, miembro de una cofradía de amigos del gobierno; y que también participarán del desguace los que ya poseen varios medios y militan con el oficialismo cuadro de honor que va desde José Luis Manzano, a Matías Garfunkel o a Cristóbal López. Para Clarín no habrá clemencia de parte del ASFCA y el grupo quedará deshilachado salvo improbables eventos judiciales.

Después de esta decisión de la Corte el capital electoral del 33 por ciento ha adquirido una fortaleza extraordinaria. No por los votos. Sino porque su voz mediática se amplificará. La derrota electoral tuvo inmediatas consecuencias mediáticas opositoras por 24 horas. Pero duró poco.

En la hora 25 el mundo giraba en otra dirección. Hoy la noticia no es la derrota del gobierno sino la derrota de Clarín. Mientras la derrota electoral del gobierno no tuvo un triunfador innegable, a pesar de los esfuerzos de los medios críticos u opositores para instalarlo a Sergio Massa; la derrota de Clarín tiene un ganador indiscutible que es el gobierno, con el agravante que Sergio Massa fue uno de los promotores de la ley de medios.

Pero ¿qué pasará con las audiencias que seguían a las emisoras líderes propiedad del Grupo Clarín? ¿Dónde migrarán los periodistas estrella?

La audiencia se desgranará. El peso relativo de los medios oficiales podrá aumentar en la medida que los de Clarín disminuyan. Todo esto puede que se demore por causas judiciales y convengamos puede no ser igual si los tribunales postergan el proyecto oficial por otros dos años.

El oficialismo entiende que los medios modifican la visión de la realidad. Fue esa la causa que acumuló una mayoría opositora convencida de una realidad distinta de la verdadera como consecuencia del mensaje opositor del Grupo Clarín.

Para el oficialismo desgranando Clarín se desgrana a la oposición. La acumulación de voces oficialistas podrá modificar, en dirección favorable al gobierno, la visión de la realidad. Y  como los votos no se reflejarán en el nuevo Parlamento, la oposición seguirá siendo, aun sumada, minoría y bastante dispersa y diversa y sin comunicación. El oficialismo podrá consolidar mediaticamente la mayoría.

En síntesis la política, a partir de ahora, tiene alineados al Poder Ejecutivo y Legislativo; dividido al sindicalismo; atomizado al empresariado y neutralizado el peso de los opositores en el “cuarto poder” que adelgazará para las voces críticas.

Después de la derrota electoral la estructura de los poderes constitucionales sigue siendo la que era antes de las elecciones. Nada cambió. La estructura mediática tiende a estar más controlada por el oficialismo. Y estas son más que razones para evitar el ejercicio de la autocrítica.

Pero a pesar de este escenario de consolidación en el rumbo, donde el único cambio sugerido es “la profundización”, pareciera se están dando, en ausencia de CFK, señales de cambios en la economía. ¿Es así?

El primero de esos cambios es cumplir las decisiones del CIADI, más allá de las extrañas presencias de un ¿buitre bueno?, ello sugiere la posibilidad de acudir al financiamiento externo. Un cambio del discurso del desendeudamiento y convalidar que tenemos problemas de financiamiento externo que quieren ser resueltos con un cambio de la visión oficialista acerca de la deuda.

El segundo es la aceptación de la existencia de un debate, en el gobierno, acerca del problema de la cotización del tipo de cambio. El BCRA acelera la devaluación a un ritmo de más del doble de la inflación oficial y superior a la tasa de inflación que todos experimentamos; y además hay que computar la puesta en escena mediática de una ampliación del desdoblamiento cambiario precario ya existente.

Ninguno de esos cambios, si ocurren, es producto de una decisión de arquitectura política sino de la necesidad.

Los cambios están gobernados por la fuga turística, energética y electrodoméstica (China)que ha dilapidado las reservas. Y crear un mercado privilegiado para que ingresen los dólares es porque el blanqueo no aportó.

Cuando las decisiones están marcadas por la necesidad, y no por la arquitectura, lo que se ratifica es “el modelo” del paso a paso y la política de “un problema una solución”. Eso garantiza los mismos resultados que se repetirán mientras no se cambie el concepto de la política del paso a paso, la sorpresa y lo atamos con alambre, por una arquitectura sistémica del manejo de la economía nacional.

Los votos insuficientes, el fallo de la Corte lapidario, han consolidado el ejercicio del poder K y – a nuestro criterio – la misma concepción desde que asumiera Néstor Kirchner: nada de arquitectura y programa en materia económica y paso a paso.

Los cambios por necesidad no cambian la concepción. Y ese es el problema. Peor. Porque la oposición no ha demostrado tener otra concepción sino otra manera de ejecutar el paso a paso.

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02 noviembre 2013

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