DESENCUENTRO, NARCOTRAFICO Y ECONOMIA

15 de noviembre de 2013 (Nota Publicada en “época”)

Por Carlos Leyba

Sería estupendo constatar que contamos con una industria química que contribuye a evitar la producción de drogas. La lucha contra el narcotráfico requiere de un encuentro profundo para acordar hasta donde estamos dispuestos a enfrentar la ecuación macro económica del narcotráfico. Impedir la exportación y la importación; impedir la producción y las inversiones (no olvide el marketing); y combatir el consumo. Eso obliga a un encuentro cultural ¿qué valores compartimos?, que es previo a toda normativa y a toda acción. En este campo, el desencuentro, es letal. Y lo estamos viendo.

El Cardenal Jorge M. Bergoglio nos propone cultivar el “encuentro”. Y ha tenido, hasta aquí, pasos auspiciosos. La presentación de su libro en la “Manzana de las luces” generó un encuentro generoso de políticos, empresarios, sindicalistas y educadores, para escuchar reflexiones sobre el pensamiento del Papa Francisco. Dos semanas después la Pastoral Social convocó a “la cultura del encuentro”; y esta vez fueron aquellos representantes en diversidad los que hicieron oír su voz a la búsqueda del encuentro como única vía de progreso de la Nación. Porgreso que es mucho más que el avance de la economía y la mejora de la distribución; ambas son condición necesaria aunque no suficiente del verdadero progreso colectivo. La exortación al encuentro cabe (y es compartida) porque nuestra realidad es la consecuencia de un desencuentro de largo plazo y de conflictos latentes. La cultura a la que exorta el Papa Francisco es el prerrequisito indispensable para superar nuestra realidad. Veamos. Hace muchos años que – a pesar de varios “milagros” económicos bien que efímeros, algarabías de pretendidos arribos al primer mundo; y décadas de entusiasmo fundadas en desequilibrados avances – al compás del “deme dos” o de “poné la tarjeta”, con deuda externa o sin ella que, mirando para atrás, la realidad – desde el punto de vista económico y de la distribución –, es insatisfactoria. Dos constantes: fuga del excedente y la estructuración de la pobreza; una explica a la otra y viceversa; y ambas despilfarran el potencial. La percepción inmediata del presente siempre es equívoca poque se realiza en dimensiones menores a las de la realidad. Pongamos un ejemplo. La realidad de un vaso es tridimensional. Pero si proyectamos ese vaso iluminándolo desde el costado, la pared – de dos dimensiones – dibujará la sombra de un rectángulo. Y si la luz la ponemos arrriba del vaso, éste se proyectará sobre el piso – de dos dimensiones – como la sombra de una circunferencia. Así, en nuestros análisis, cuando eliminamos dimensiones, deformamos la realidad. La percepción inmediata contiene el error de eliminar la dimensión del largo plazo. Y al hacerlo, ese modo de percibir, deja de lado analizar las entrañas del futuro que anidan en el pasado. Esta cuestión, la de reflexionar en menos dimensiones que las de la realidad, está en la base de la falta de integralidad y carencia de multidemsionalidad de los análisis, y consecuentemente de las políticas, que venimos ensayando en las últimas tres generaciones de argentinos. El primer paso de la cultura del encuentro debe ser la mirada multidimensional y de largo plazo. Los resultados, en la mirada de largo plazo hacia atrás, son insactifactorios. La paradoja es que hacia delante, el largo plazo, es absolutamente prometedor. Y la manera de parirlo es el encuentro. Hoy por ejemplo, en otro mensaje de la Iglesia, tenemos otra dimensión de nuestra realidad que es el avance descomunal del narcotráfico. He allí el grado máximo de insastifacción en los resultados colectivos. Es algo que se viene acumulando, multidimensionalmente, desde hace largo rato. Y también es una consecuencia de la dominante “cultura del desencuentro”. Basta observar el desencuentro en las polémicas, las idas y vueltas, todas menores, que ha suscitado la declaración de la Iglesia y la de la Corte. Y lo más grave, la presencia cotidiana de una realidad penetrante que nos confirma la incapacidad radical para “encontrar” lo que nos está enfermando y minando nuestras inmensas posibilidades. ¿Por qué? Me explico. Pongamos la mirada en lo que los números marcan como el comienzo del auge de la cultura del desencuentro. Un tiempo signado por la escalada de la violencia y de la represión genocida. No olvidarlo. Si nuestra economía, en el campo de la productividad y el ritmo de crecimiento, hubiera seguido el curso instalado en los “gloriosos treinta años” que, en nuestro país, comenzaron en 1944 y terminaron exactamente a fines de 1974; el PBI argentino por habitante debería ser entre un 30 y 40 por ciento mayor que el que hoy exhibe nuestra economía. En la flecha del tiempo, los años de la violencia y la represión, marcan el comienzo de una pérdida del potencial de bienestar colectivo de extraordinarias dimensiones. No olvidarlo. A causa del abandono de la tendencia estratégica de los “treinta gloriosos” profundizamos la venta al exterior de recursos sin valor agregado; rematamos el patrimonio público; lo entregamos en dación en pago para cancelar deudas en dólares; de dólares que fueron usados para fugar el excedente de la producción nacional a aguantaderos foráneo; y esa fuga acompañó la desindustrialización y la explosión de la pobreza y de la inequidad. El crecimiento constante del número de pobres, con picos y bajas en el intermedio, es sencillamente escandaloso. La pobreza profundiza la inequidad distributiva. Cifras del INDEC nos dicen que aproximadamente el 60 por ciento de los agentinos percibe anualmente ingresos inferiores a la mitad del PBI por habitante. La mayoría de ellos recibe mucho, pero mucho, menos que la mitad del PBI promedio. Inequidad. ¿Qué cultura ha sostenido este atasco multidimensional de largo plazo? Sin lugar a dudas ha sido la predominante “cultura del desencuentro”, que ha dominado el disco duro de la dirigencia nacional en todos estos años y ha reproducido las condiciones materiales de conflicto social. ¿De donde viene el soporte ideológico de esa cultura? Dos frases y dos personas sintetizan esa doctrina: la primera de Margaret Thatcher “la sociedad no existe” y la segunda de Ronald Regan “el Estado no es parte de la solución sino parte del problema”. Ambas afirmaciones son los pilares que desvanecen el sentido del bien común y el papel del Estado y de la política. Esa penetración ideológica, que produjo la materialidad de la cultura del desencuentro, reproduce el conflicto social y hace incontenible el retroceso multidimensional. La cultura del desencuentro modifica el ambiente y crea el clima del desencuentro, la hostilidad y el rechazo. La violencia y la represión se desarmaron, pero no se desanimaron: permancen en el alma. Por eso la predica del Papa Francisco. Recordemos que el oficialismo, y por cierto no eximimos de responsabilidad a los opositores, ha introducido el discurso de “las reformas”, una vez que la economía dejó de producir resultados para destacar. Lo hizo a modo de sanción. “Reformas de batalla”, no de encuentro. Lo hizo ante la ausencia de rendimiento electoral de la economía; y a modo de “alimento de cohesión y ensanche” del núcleo duro de su militancia. Cultura del desencuentro concentrado en lo propio y alejado de lo demás. Todas esas propuestas de “reformas”, sea en el marco teórico o en el de su aplicación, pusieron en evidencia la existencia de una vocación de desencuentro. Ninguna de ellas, en la teoría o en la práctica, ha sido el fruto de un consenso profundo que no puede sino provenir de escuchar y encontrar lo común para avanzar juntos. No ha sido así. Pero han servido para cohesionar al núcleo duro oficialista. Un ejemplo actual, y previo al retorno de Cristina Fernández, es la propuesta de reforma del Código Civil que será sancionada por una mayoría parlamentaria que – por no ser parte de la propuesta electoral del FPV – no fue elegida para hacerlo. Es una muestra de la “cultura del desencuentro” cultivada multidimensionalmente. El retorno de CFK la encontrará celebrando el triunfo de un nuevo Código instalado sin encuentro. Habrán quedado atrás la derrota electoral e inclusive la derrota sobre Clarín. Un instrumento más poderoso estará en sus manos; pero parido en el desencuentro. Se celebrará un triunfo “vanguardista” separado del pelotón. Pero en el conjunto del pueblo, además de las cuestiones económicas de la inflación y el estancamiento del empleo, que golpean la vida cotidiana se ha abierto el ruido que, sobre toda la instalación de la vida colectiva, están haciendo la inseguridad y el narcotráfico. El pelotón separado de las conquistas de la vanguardia. Hay una economía de la inseguridad que está asociada a la del narcotráfico. La ecuación macroeconómica fundamental nos dice que el consumo (C), la exportación (E) y el proceso de acumulación (I) de todos y cada uno de los artículos, depende de la producción interna (P) y de las importaciones (M). Esa misma ecuación sirve para el narcotráfico. Primero la argentina Importó para Exportar; y esa la diferencia entre el precio de compra y de venta, determinada por todos los “servicios” prestados, alimenta el paralelo y el consumo suntuario local. Pero además ahora, importando precursores químicos, a la importación le agregamos “valor” productivo más el deshecho, que le permite a los “empresarios” del sector discriminar mercados. Exportan y venden internamente, lo de mejor calidad para el consumo de altos recursos; y los residuos de baja calidad se vende a los consumidores de escasos recursos. Para este sistema productivo “invierten” en equipamiento, marketing, relaciones, sistemas de distribución y, porqué no, en programas de difusión de la cultura de la droga, comenzando por la predica de la inocencia e inocuidad de la marihuana, el valor de las drogas de divertimento y la difusión de un mundo “pum para arriba” que ofrece la droga. En un luminoso artículo Claudio M. Rothgerber (La Nación, 14/11/2013) pone en claro que la Argentina, y no así Colombia, es una “gran plaza de consumo”; y que las organizaciones locales del narcotráfico están formadas por consumidores. Por eso los crímenes entre preadolescentes han sido desatendidos por un sistema público dedicado, dice, a “desbaratar las grandes organizaciones exportadoras”. Es decir el sistema oficial dedicado a los exportadores (lo grande) dejaba de lado a los consumidores (lo chico y lo desbastador en la población) especialmente a “los hijos de los más pobres”. En ese marco la producción (el agregado de valor y los deshechos) progresaban generando más inversiones y los consumidores pobres se convertían en distribuidores. Estamos desatendiendo al Consumo. Insólito, se permite consumir lo que se prohíbe producir. ¿No es el paso conveniente para avalar después la liberación de la producción? Estamos desatendiendo la Importación. La cuestión de las fronteras, los radares, los derribos de aviones, las pistas, los aeropuertos, las rutas, los puertos. Si se quiere impedir en serio el tráfico hay tecnología disponible. No podrá evitarlo todo. El negocio es tan grande que genera múltiples estrategias. Pero ¿qué pasa con la efedrina y los precursores químicos sin los cuales la producción se torna más difícil?. ¿No podemos investigar el derrotero de todas las importaciones legales de esos productos en la última década?¿No podemos investigar todas las exportaciones de productos químicos de la última década? ¿No podemos investigar la importación, producción y exportación de todos los laboratorios legales en la última década? Eso tiene que ver con la producción y exportación de lo que está asociado. Sería estupendo constatar que contamos con una industria química que contribuye a evitar la producción de drogas. La lucha contra el narcotráfico requiere de un encuentro profundo para acordar hasta donde estamos dispuestos a enfrentar la ecuación macro económica del narcotráfico. Impedir la exportación y la importación; impedir la producción y las inversiones (no olvide el marketing); y combatir el consumo. Eso obliga a un encuentro cultural ¿qué valores compartimos?, que es previo a toda normativa y a toda acción. En este campo, el desencuentro, es letal. Y lo estamos viendo. Pero hay algo más que está detrás de todo esto. Tenemos como economía y sociedad un potencial extraordinario. Lo que no tenemos es un consenso para explotarlo y distribuirlo. La cultura del encuentro, en economía, apunta la búsqueda del consenso para hacerlo. Las dos constantes de la cultura del desencuentro, la fuga y la pobreza, impiden, traban, desarticulan – retroalimentándose – el proceso de inversión reproductiva. Ese proceso es imprescindible para garantizar el acceso a todo nuestro potencial; el acceso al pleno empleo digno, en blanco y con productividad; el acceso a la transformación de la estructura productiva para hacerlo de industrias exportadoras y a la distribución del ingreso que termine con la pobreza y desactive la seducción del castigo adicional del narco en la pobreza. Si no reemplazamos la cultura del desencuentro y no vamos al encuentro de una estrategia de largo plazo, las constantes de la fuga y la pobreza, alimentaran la narcocultura que alimenta la cultura de lo inmediato, y pondrán más lejos el horizonte al que todos aspiramos. El encuentro viene después del esfuerzo de ceder; y la inversión reproductiva después del esfuerzo de planificar. Tiempos dificiles, tiempos de oportunidades.

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15 noviembre 2013

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