Falta de aire

20 de diciembre de 2013

Una versión abreviada fue publicada en El Economista

Carlos Leyba

En estos días se ha hablado de “contagio”y de “operaciones programadas”. Se apela al concepto de “operaciones programadas” para identificar un problema generado, en una situación sana, como consecuencia de una deliberada intervención para provocarlo. Contagio, por el contrario, es lo que ocurre cuando una enfermedad se transmite a aquellos que están predispuestos al contagio. En general los vacunados no se contagian. Las “operaciones programadas” para tener éxito necesitan de un clima propicio. Por más que se “opere” un desorden si la población o la estructura, están alertadas o preparadas para no ingresar en el territorio de la provocación, la operación programada no tendrá éxito.

La cuestión de los saqueos, de los reclamos salariales policiales por vía de acción directa, los cortes de luz y finalmente, la cuestión de la inflación, se han tratado como “contagio” o como “operación programada”.

Hablar de “contagio” o de “operaciones programadas” supone diagnósticos opuestos. Contagio, reconoce una enfermedad que se expande en un clima favorable para su desarrollo. Si hubiera vacunados el contagio no habría ocurrido. Las “operaciones programadas” para desarrollarse requieren de un clima favorable. Ningún problema se torna grave si, sea por enfermedad o por operación, el cuerpo social no estaba predispuesto a la multiplicación. La multiplicación tiene que ver con la “inexistencia” de defensas; la enfermedad se contagia en un medio de defensas bajas y la operación se expande en un marco de conflicto latente. Los saqueos, las demandas salariales policiales y los cortes se produjeron; y la inflación continúa. Hubo – cualquiera sea el origen – clima favorable y defensas bajas.

Llegados a esta primera conclusión, se pone en claro que el arte de la política del buen gobierno consiste en “vacunar” para impedir el contagio y en diluir los conflictos latentes para que la operación programada no prospere. La primera condición del buen gobierno es tener buena información.

Con información se puede formular un diagnóstico y una acción preventiva para evitar el contagio y la expansión del conflicto. Y también atacar la enfermedad originante y diluir la operación programada. Atacar en el “origen” pero también sanear el territorio.

Los hechos de estos días ponen en claro que, ni la enfermedad ni la operación programada fueron evitadas y lo que es peor no se vacunó ni se generaron defensas.

Para abordar esta tarea, ataque y defensa, el primer paso es mejorar la calidad de la información. El INDEC es un gol en contra, no sólo por la medición de la inflación; también lo es por la medición de la pobreza y el nivel y la tasa de crecimiento del PBI. Muchos elementos hay disponibles para saber que la inflación es dos o tres veces la que mide el INDEC y que la pobreza es cinco o seis veces la que mide el INDEC; y que el nivel del PBI que mide el INDEC sobre estima largamente la tasa de crecimiento. Puestos a construir el tablero de control de la economía, el nivel de las variables que consideran real las autoridades jamás las podrá inducir a enfrentar la realidad. El crecimiento a lo chino con estabilidad no existe: hace rato no hay estabilidad ni crecimiento chino. Pero lo peor es la imagen bucólica de la cuestión social en el pensamiento oficial. Por esa razón es que señalan que los saqueos y las demandas salariales policiales, pertenecen al ámbito de la conspiración. Para CFK no hay contagio porque no hay enfermedad; y ella explica los problemas por la operación realizada por el enemigo. Estamos sanos y por eso nos atacan: ese es el paradigma oficialista. La teoría oficial necesita eliminar del campo de mira la información que detecte la magnitud de los errores. Se dibuja la realidad de  modo  que la misma no obligue a descubrir las falencias previas. Por eso es que ni las cifras del INDEC son respetadas cuando descubren las falencias previas.

Por ejemplo, Jorge Capitanich, que es un hombre ilustrado, repite y repite que se han creado 6 millones de puestos de trabajo en la era K. Pero el Ministerio de Economía nos informa que en la década, que va entre el II Trimestre de 2003 y el III Trimestre de 2013, se han creado 3,6 millones de puestos de trabajo. Hay  2,4 millones de personas que Capitanich cree que trabajan, pero que para el Ministerio no lo están haciendo; y no lo hicieron nunca. Esa magnitud “sin trabajo” es sencillamente demoledora y hace que lo que a Capitanich le parece un éxito realmente no lo sea y disminuye el valor del trabajo creado. Si crear 6 millones fue el logro, cuando en realidad lo efectivamente creado fue el 60 por ciento de ese número, entonces “el objetivo Capitanich de la política no se cumplió”. El otro punto es las condiciones de vida y la equidad. Según la EPH el 60 por ciento de las personas tienen ingresos menores a 4000 pesos por mes; y el ingreso medio de ese 60 por ciento, en el II Trimestre de 2013, fue de 2169 pesos. El 60 por ciento de las familias, la suma de todos los miembros, tuvieron ingresos por menos de 7440 pesos por mes; y el ingreso medio de esas familias fue de 4180 pesos. Emilio Pérsico, funcionario y líder del Movimiento Evita, señalaba que el gran problema es que esos ingresos menguados no derivan de verdaderos puestos de trabajo. Y él entiende que esa es la deuda de la actual gestión. La mirada sobre el nivel verdadero de creación de empleo, que es exiguo en términos de Capitanich; sumado a la modestia de los ingresos que hemos descrito; y a la falta de creación de puestos de trabajo, nos lleva de la mano a una “enfermedad” cuyos síntomas son inflación creciente, disconformidad social y desorden.

Es que detrás está la falta gravísima de inversión creadora de empleo estable. Sin duda es buena la política de obra pública; es bueno que algunas industrias hayan invertido en productividad; y que las políticas sociales hayan aportado para sostener el nivel de actividad. Pero al no crear empleo, con inversiones ad hoc, vistieron un santo para desvestir otro.

Y – finalmente – para poner en claro el “virus” de la falta de información a nivel gubernamental cabe recordar que en el período de demolición social del menemismo (INDEC, EPH, mayo de 1994) el decil 10 de ingresos era 19 veces superior al decil 1. En el segundo trimestre de 2013 (misma fuente) la cosa es un poco peor: el decil 10 supera en 19,6 veces el decil 1.

Al menos por estos datos oficiales, la información del mundo del trabajo y de la distribución no coincide con la visión de Capitanich. Algunos son capaces de reconocer que hay una enfermedad. Y por eso es correcto el uso de “contagio”. Pero no buscan el disparador que – aunque les cueste reconocerlo – es la falta de inversión en infraestructura económica y social y en aquella que aumenta el empleo y su productividad. O tal vez sea la operación programada de no querer ver las cosas como son.

Las cuestiones de los saqueos, de los reclamos salariales policiales, los cortes de luz y finalmente, detrás de todo, la inflación, tienen una raíz común y es la debilidad, no de esta década, sino que desde el “rodrigazo” hasta acá, el proceso de inversión, en todas sus dimensiones, ha sido improductivo.

Es que en todos esos años una versión perversa del keynesianismo instaló la promoción del consumo a costa de las inversiones. En el menemismo, el consumo de los sectores medios, fue incentivando en base a importaciones financiadas por deuda externa. Entonces, al final, nos quedamos con deuda externa y sin inversiones productivas, lo que implico la imposibilidad de pagar y de ahí el default y la renegociación de la deuda. En esta década se logró promover el consumo de los sectores populares; y si bien la importación de bienes de consumo durables y sus insumos no fueron financiados con deuda, la fuga de capitales cumplió la misma función que la deuda  y estuvo asociada al derrumbe de la inversión productiva y de infraestructura económica y social.

Miremos las declaraciones de los últimos días acerca de la diversidad de los problemas que nos han sacado de la rutina. El Jefe de Gabinete, acorralado por los cortes de energía, acuñó el concepto “cortes programados”. Julio de Vido lo contradijo y dijo que son  “cortes preventivos”. Los preventivos serían no programados. ¿Se puede prevenir sin programar? Las aclaraciones desnudan un común denominador: la falta de luz es ausencia de previsión derivada de ausencia de programa. Si hay cortes es porque el sistema falla; la falla es imprevisión y desprogramación, son graves errores después de una década de recursos abundantes.

También tenemos palabras de confusión ante la violencia, los saqueos y la complejidad sistemica de la tasa de inflación. Dijo CFK sobre paros policiales y saqueos “no creo en las casualidades. Tampoco en los hechos que se generan por contagio, porque por contagio son las paperas o las varicelas”. Los consideró resultado de una “ejecución y planificación con precisión quirúrgica”.  Según Cristina son producto de una operación programada. Si es así los servicios de inteligencia nos sirven de poco. Podría ser peor si son parte de los programadores de la violencia.

Desestimar el “contagio” es afirmar que “no hay espontaneidad” y hay “conspiración”. El contagio implica que la enfermedad pasa a otro de manera espontánea. La operación programada tiene un núcleo duro para destruir lo que está sano. El contagio parte de una enfermedad social que la provoca.

El kirchnerismo explica por “operación” los saqueos; y deja de lado analizar la existencia de una enfermedad social contagiosa.

Jorge Capitanich ha señalado el contagio como asociado a la inflación.Para él se trata de una enfermedad y no de una operación programada. Para otros sectores k la inflación es una operación programada; una conspiración de los monopolios y oligopolios que, por otro lado, objetivamente dominan los principales mercados de nuestro país. Si la inflación procede del incremento sistemático de los precios de los monopolios u oligopolios, eso significa que la inflación es la consecuencia de la expansión continua y generalizada de las tasas de ganancia de esas empresas dominantes. Se trataría del resultado de una  “ejecución y planificación con precisión quirurgíca”. La inflación sería el modo en que los grandes jugadores del mercado incrementan sus ganancias y producen la reducción del nivel de vida de los más.

Capitanich dijo “Vamos a ser muy rigurosos con la fiscalización y el control en el sistema de precios de bienes y de servicios, porque finalmente pareciera que hay un efecto contagio, porque aumenta la leche y otros servicios pretenden aumentar, por ejemplo el corte de cabello”. Puede que el aumento del precio de la leche sea promovido por un oligopolio pero nadie hasta ahora ha sostenido el oligopolio como una forma del mercado de peluquería.

Juntemos todo. Si la inflación y los saqueos son una conspiración el problema es esencialmente político. El Estado tiene una misión principal que es el control. Lo que haría que todos estemos en paz, respecto de los saqueos, es que el Estado detecte a los conspiradores, los denuncie y a partir de allí tome el control de la situación. Es un problema del poder de policía. ¿El Estado está en condiciones de poder con la policía? CFK nos dio a entender que esa parte está complicada.

El ejercicio del control, en lo que hace a los monopolios y oligopolios, sería controlar su tasa de ganancia en términos reales. Eso requiere medir bien la inflación, hacer un ajuste del capital por inflación y tomar la referencia, por sector, de las tasas de ganancias de las mismas actividades en el mundo y negociar esos porcentajes. En materia de medición de la inflación el Estado está flojito; y en materia de ajuste por inflación del capital estamos exactamente al revés manteniendo las normas de la convertibilidad. Las tesis conspirativas, más allá que se compartan o no, requieren la coherencia mínima de las políticas de las que hemos señalado son parte.

Pero si la inflación o los saqueos son el contagio de una enfermedad, entonces, de lo que se trata es de curarla. Tal vez la enfermedad disparadora sea la misma para todos los problemas o que los virus intermediarios sean comunes a las enfermedades originarias. Y lo que sin duda es común, es el paradigma de la versión perversa del keynesianismo. Versión que en lugar de instar a la acción con efectos inmediatos, porque “a largo plazo todos estaremos muertos”, ha sido interpretada como una dispensa de ocuparnos del largo plazo porque de eso se ocuparán otros.

El largo plazo asfixia toda vez que el crecimiento no es capaz de generar una tasa de inversión suficiente para abundar en bienes públicos, generación de empleos productivos y mejorar drásticamente la distribución del ingreso antes de la política social. Cosas tan distintas como los saqueos, la rebelión policial, los cortes de luz y la tasa de inflación son parte de esa falta de aire que, finalmente, asfixia.

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20 diciembre 2013

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