INCIATIVA QUE SABE A POCO

5 de enero de 2014

Carlos Leyba

La primera semana del año alumbró tres definiciones importante para el gobierno. Una atiende a “programar”, la que sigue se ocupa del tema eléctrico; y la tercera se refiere a los precios de algunos productos. ¿Los problemas que atravesamos han sido diagnosticados correctamente? ¿Y en ese caso la capacidad para resolverlos ha sido desplegada? Veamos.

Luego de varios días de situaciones críticas (por ejemplo, rebelión policial, saqueos, narcotráfico top, recrudecimiento de la inflación, cortes de luz, multiplicación de piquetes y acción directa a la orden del día) se instaló un clima social de más problemas que soluciones.

La exagerada ausencia de la presidente de la Nación revelaba que el oficialismo había perdido la iniciativa ganada con la designación de Jorge Capitanich. La perdida de iniciativa ocurre toda vez que, en lugar de explicar lo que el gobierno quiere hacer en un escenario calmo; está obligado a dar explicaciones de porqué ocurre lo que ocurrió en un escenario turbulento.

Cuando un gobierno, en lugar de explicar lo que se propone hacer, está conminado a explicar lo que pasó (que es – en realidad – aquello que no debería haber pasado); cualquiera sea la explicación, el protagonismo de la realidad pasa a ser la iniciativa. Los problemas  pasan a ser el sujeto que nos gobierna. El caballo detrás del carro nunca fue una manera de avanzar. En eso estábamos al terminar 2013.

Aclaremos que la iniciativa perdida por el gobierno, que la supo tener mientras esos problemas se acumulaban semi ocultos debajo de la alfombra, no fue ganada por la oposición. Ni siquiera cuando los problemas subieron a la alfombra. La cancha no la marcaron al final de 2013 ni el oficialismo ni la oposición. La marcó la realidad.

La realidad de la rebelión policial provincial (más allá de los intereses mezquinos de la política, que los hay; o de la pugna de las mafias que todo lo penetran, que también es cierto) es que los salarios de todos los hombres armados – más allá de los méritos y niveles – no están acordes con la función que la sociedad espera de ellos. En los últimos años, la inflación por una parte; y la desigual capacidad de gestión de los distintos sectores del trabajo en la pugna salarial, han generado una distorsión enorme en la estructura salarial. Los que encabezan las conquistas salariales seguramente sólo han alcanzado una remuneración justa. Todos aquellos, la inmensa mayoría de los trabajadores, que han sufrido de postergaciones en continuado, han recibido de manera acumulativa el impacto brutal de la inflación que es más flagelo cuando más bajo e injusto es el nivel de salario. Lo que puso de manifiesto el conflicto policial a nivel salarial – más allá de otras causas – es la distorsión de la estructura salarial y la debilidad de ciertos niveles salariales a la erosión inflacionaria.

Por su parte los saqueos (para los que caben los mismos considerandos que hemos manifestado respecto de la rebelión salarial provincial) ponen de manifiesto la ruptura de un sistema de normas de convivencia urbana. Ninguna sociedad está preparada para una ola de saqueos. Los saqueos supone la aparición de un enemigo extraño: primero la derrota militar y detrás el saqueo. Las leyes militares romanas autorizaban el saqueo; la Convención de Ginebra (1949) consideró un crimen tomar o destruir propiedad privada durante una ocupación. Por eso mismo el saqueo a manos del amigo interior, no del enemigo extraño, está señalando una gravísima enfermedad social que tiene que ver con el sistema productivo, el sistema laboral, la educación y el crepúsculo de valores en la que estamos navegando. Nada de eso ocurre de hoy para mañana. Es el fruto de una larga y constante acumulación de errores. Errores que han permitido la ruptura de esas normas de convivencia urbana. Ambas cuestiones, la rebelión policial y los saqueos, se han vinculado en la voz del gobierno y en la de la oposición, con el narcotráfico. Y seguramente es verdad. Las tres cuestiones (rebelión, saqueo, narcotráfico) tienen origen multidimensional en el que cada dimensión se retroalimenta de las otras: está la economía, reflejada en la pobreza, y en la otra punta la cultura reflejada en la debilidad profunda del sistema educativo. Nada de esto es exclusiva responsabilidad de estos diez años. Es la consecuencia de una acumulación de errores de, por lo menos, dos generaciones; que no pueden ser resueltas de la noche a la mañana; pero que no serán resueltas si no se toma conciencia de la profundidad de las raíces y de la necesidad de transformaciones profundas para resolverlas.

Otro de los problemas que han tomado el protagonismo de la iniciativa, en el final de 2013, es el recrudecimiento de la inflación. Está alcanzando el 4 por ciento mensual. Primero negada y después conjugada de muy diversas maneras, la inflación está golpeando todas las puertas del sistema económico. Esa estrategia se agotó.   Y en esto sí, esta década, tiene la responsabilidad por este proceso de erosión sin objetivo. Es que no se trata de un proceso “inflacionaria para tal cosa” – si es que fuera posible –; sino de un conjunto decisiones y omisiones ordenadas – claro que sin ese propósito – a alimentar la inflación. Y de la misma manera la explosión de los cortes de luz que denuncian la ausencia, durante 10 años, de un programa de infraestructura más allá de la conveniencia o inconveniencia de las tarifas que se pagan por el uso de los servicios de esa infraestructura. En estos dos protagonismos de los problemas reales (inflación y energía)  aparece la responsabilidad de la década. Diez años es sobrado tiempo para encaminarlos. Y no ocurrió.

Y finalmente mencionamos la multiplicación de piquetes y la acción directa como método “para hacerse oír”. ¿Qué nos dice esto? Es un problema que denuncia la falla profunda en la cultura democrática; del sistema de representación y del sistema de participación. ¿Por qué la acción directa? ¿Quién está sordo a los reclamos? ¿Por qué la manera de participar es la agresión a los terceros? ¿Por qué “la protesta social” alcanza ese volumen y se expresa de esa manera? ¿Cuál es el grado de convivencia social alcanzado cuando la acción directa es un modo permanente de relación?

Esto empezó hace largo tiempo y hace largo tiempo que se acumulan cuestiones irresueltas. La protesta social es la expresión de la impotencia de las demandas y de la insatisfacción de las ofertas. Pero también de la convalidación de un método. Y como nada desaparece hasta que se lo reemplaza la pregunta es:  ¿cuál es el método que se propone desde la política para reemplazar la acción directa? Esta es una respuesta pendiente de todo el espectro político si es que realmente queremos “construir una Nación” y no asistir a un proceso de fragmentación in crescendo.

Después de todo esto; después de este final de año crítico, llegó el anunció de tres definiciones importante para el gobierno y que lo son también para la sociedad. Fue una reacción esperada después de varios días en silencio. ¿Será la reacción necesaria y suficiente?

La más inmediata es la decisión de no modificar las tarifas de servicios de electricidad, a pesar de que sí se incrementaron las tarifas del sistema de transporte público. Y sancionar a las distribuidoras; la segunda es la publicación del acuerdo de precios, a pesar de que el gobierno sigue sin reconocer la necesidad de tener una medida de la inflación y una política dedicada a construir estabilidad; y la tercera es la exposición de 204 objetivos y 272 metas del gobierno nacional para 2014.

Se supone que estas decisiones tienen un más que razonable grado de elaboración. Primero, la referida a la prestación de distribución de electricidad surge después de tres semanas de crisis, tiempo más que suficiente para madurar respuestas. Segundo, el acuerdo sobre una lista de precios concreta “el cambio de estrategia” que expulsó a Guillermo Moreno el funcionario más importante del kirchnerismo después del liderazgo que ejerció Néstor Kirchner. Tercero, la elaboración del Jefe de Gabinete de tamaños objetivos y sus correspondientes metas, supone un grado de reflexión interdisciplinaria hasta ahora nunca visto en todo el período K.

No podemos menos que celebrar con entusiasmo que, finalmente, el gobierno acuda a la lógica de ordenamiento en torno a objetivos y metas que obliga a racionalidad en el ejercicio del poder. Y si bien, por lo anunciado, estos objetivos y metas se refieren sólo a 2014, no es menos cierto que despliegan los principios de un plan o programa que, para la gestión K es una novedad y que para la sociedad es un buen principio de año.  Dijo Capitanich “a partir del trabajo desarrollado con los diferentes Ministerios establecimos 204 objetivos y 272 metas que iremos concretando a lo largo de este año 2014”. ¿Es esto un programa que alarga el horizonte? Convengamos que poder responder a esa pregunta amerita una reflexión profunda. Pero no es menos cierto que en una primera lectura se observan fisuras, desprolijidades, que generan dudas sobre la profundidad de los estudios que deberían solventar la propuesta. Veamos algunas “desprolijidades”.

El objetivo “`proveer de medios e insumos para la defensa” (textual) a la que cualquier ciudadano de a pie respondería con una meta de equipamiento a futuro; el documento de Capitanich lo alimenta con una meta en tiempo pasado, ya realizada, la meta 21 realizada es “60.000 uniformes entregados” (textual). Meta cumplida, pero que difícilmente los espías del exterior la consideren como “insumo” o “ medios” para la Defensa.

Otra “meta”, la (2) que responde al objetivo “Incrementar las inversiones en obras de  riego” (textual), es “1.650.000 millones de hectáreas en cultivo bajo algún sistema de irrigación en las zonas áridas y semiáridas” (textual). Nadie que conozca del tema lo leyó antes de subirlo a la página de la Jefatura de Gabinete. Las hectáreas cultivables en el país son 31 millones. Sin duda es un error.

Pero al igual que los uniformes para la Defensa, “algún sistema de riego”, habla de un “programa” crudo, de un listado que no ha sido la consecuencia de una discusión. Y eso lo debilita y lo hace poco convincente. Así no.

La otra medida es la referida a la crisis de provisión de electricidad. Julio De Vido, anunció que no habrá aumentos para la tarifa domiciliaria de energía eléctrica y si sanciones para Edenor y Edesur que además deberán resarcir a los usuarios; por “negligencia e incumplimiento gravísimo” ya que las empresas subjecutaron inversiones. Y amenazó con la rescisión del contrato  “sin que nos tiemble el pulso”. Pero la prioridad sin dudas es establecer y ejecutar un plan de inversiones, las que se subjecutaron y nadie del gobierno lo advirtió; y las que se subjecutarán de aquí en más. Con las inversiones en marcha, con el listado de detalle de las mismas, la segunda prioridad es quién la pagará. Puede que la crisis sirva como extorsión para más tarifas; pero lo que es indudable es que “la crisis” es por falta de inversiones; y estas inexorablemente son la consecuencia de la falta de control o de un pulso que tembló a la hora de controlar.

Finalmente, el ministro de Economía debutó con un sistema de “precios cuidados”, eufemismo para una lista de 194 precios “congelados” por tres meses para 100 productos. Los funcionarios se proponen “avanzar en la cadena de valor” y “supervisar la distribución de la renta a lo largo de distintos puntos de la cadena”. Esta bien. Y seguramente durante tres meses se encontrarán esos productos a esos precios. No es difícil.

¿Pero cuanto afecta que 194 precios no se muevan por tres meses? Todos los demás precios deberán expresar los incrementos de salarios, de energía, de transporte del tipo de cambio, que están ocurriendo ahora. ¿Qué contagiará más, la estabilidad de 194 o el crecimiento inexorable del resto? El gobierno confía en el contagio de la estabilidad. La experiencia indica lo contrario. Los acuerdos sirven si todos los que forman parte del precio participan del acuerdo: el Estado, sus impuestos y su política monetaria y crediticia; los trabajadores y su estrategia salarial y laboral; y los empresarios su productividad y rentabilidad. Mientras tanto no hay tal cosa como un acuerdo. Igual que  algunos precios estén cuidados no es malo.

En síntesis, las tres decisiones con las que empieza el año no son malas, pero  insuficientes y alejadas de un diagnóstico verdadero. Tal vez producto del apuro. Pero cuando las crisis golpean por todos lados, lo más sensato es no gobernarse por la urgencia, y pensar respuestas reconociendo los problemas verdaderos.

Tenemos un serio problema de inflación, tenemos un enorme problema de energía y tenemos una enorme ausencia de programa. Las tres propuestas de esta semana aportan algo, pero poco.

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05 enero 2014

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