GEOLOGIA DE LA CRISIS Y AVANCE INESPERADO

24 de enero de 2014

Por Carlos Leyba

Como es obvio nada de lo que hoy nos duele (la crisis) es sólo consecuencia del último rasguño (las metidas de pata de los jóvenes K y de sus antecesores) sino de una sucesión de daños previos, de larga data, sin reparación verdadera, tampoco en la última década; y adormecidos cada tanto por una cosmética del apuro.

Los mismos que nos dijeron durante 10 años que el dólar valía 1 peso, son los que hoy nos quieren convencer que vale 13. Así que saquen sus propias conclusiones” Axel Kicillof.

Esta expresión de un actor de 2014 que, para hablar del presente, se pelea con los actores de la década del 90, es una síntesis de la realidad geológica de la crisis argentina. No de la crisis de la “la Argentina” sino de “la crisis argentina”.

Como es obvio nada de lo que hoy nos duele (la crisis) es sólo consecuencia del último rasguño (las metidas de pata de los jóvenes K y de sus antecesores) sino de una sucesión de daños previos, de larga data, sin reparación verdadera, tampoco en la última década; y adormecidos cada tanto por una cosmética del apuro.

Lo que ocurre es incomprensible sin tener en cuenta, por un lado, la ausencia -por décadas- de transformaciones estructurales de la economía y de la sociedad; y por el otro – al mismo tiempo – la urgencia por proveer calmantes de efecto inmediato.

La versión de ese patrón de conducta, en la era K, ha sido gobernar sin programa, sin proyecto y autoconvencerse que la manta de “patchwork” del paso a paso, forma una tela compacta, cuando en realidad es la unión de retazos de decisiones sucesivas, cuya capacidad de abrigar y de tapar, depende de la fortaleza de la costura: el hilo conductor.

La debilidad de esa costura se refleja en la manera en que los fragmentos de la política se despegan uno de otros y como se intenta atarlos con medidas aisladas y contradictorias de un día al otro.

Ligero inventario, el gobierno sancionó y prorrogo dos veces un blanqueo para que ingresen dólares; prohibió la compra de más de 25 dólares por Internet; permitió comprar dólares (sin monto y cualquier destino) bajando la penalidad financiera a 20 por ciento, después de haber fortalecido el cepo; anuncio que iba a congelar precios (precios cuidados) con semanas de anticipación dando aire y tiempo para remarcar con anticipación; devalúo un montón desordenadamente, ya que la tasa de interés iba por atrás, y le pegó un salto, y afirmó que no impactara en los precios ignorando que todo lo que se industrializa – por no haber nutrido localmente las cadenas de valor – tiene una componente importada que se mensura con el déficit comercial de aproximadamente 35 mil millones de dólares de la industria en su conjunto.

Pero aún con “programa” -y la convertibilidad lo fue – en ausencia de transformaciones estructurales positivas, todo se desmorona. Permítame aclarar que entiendo por “crisis argentina”. Paso a paso o con programa, ninguna política es consistente (empleo, pobreza, distribución, crecimiento, cuentas externas) si no atiende a la transformación de la estructura del subdesarrollo o de la involución, en la que estamos instalados y de la que tenemos absolutamente todos los recursos para salir de ella, excepto la cabeza. Por ejemplo, la convertibilidad fue la aplicación de una dosis extrema de anfetaminas para adelgazar la inflación que nos afectó el sistema nervioso y las neuronas que nos quedaban. Nos dejó tan inútiles que, a los males que creyó haber curado, terminó por agregarle otros mas difíciles de superar: la desindustralización, la pobreza y la economía pensada para la deuda.

Nadie puede dudar que el objetivo de la democracia es eliminar la pobreza y mejorar la equidad distributiva; y que una de las herramientas para lograrlo es el crecimiento y que este, para ser saludable,  depende de la  inversión. Pero no todo crecimiento ni toda inversión contribuyen a los fines de la democracia. Para un país como la Argentina ese crecimiento es uno cuyo éxito debe reflejarse en las exportaciones industriales y en un balance industrial comercial externo favorable de largo plazo; y esa inversión debe estar orientada – con el objetivo de ese crecimiento – a la integración del territorio y de la inclusión social.

Nada de esto hemos logrado en los últimos 40 años. Nada hemos avanzado en esa dirección. Nadie duda de las intenciones y sobretodo de las de muchos de los dirigentes políticos del actual espacio de gobierno. Pero el camino del infierno está tapizado de buenas intenciones.

Es que sin saberlo, no puede ser de otro modo, aún hoy la inmensa mayoría de la clase política, los que gobiernan y lo que aspiran a hacerlo, tienen en común un paradigma intelectual que los hace condenar la política por objetivos transformadores que inevitablemente lleva a, si la política por objetivos prevalece, formular un plan y hacerlo sobre la base del consenso político, económico y social.

Sin esa concepción de objetivos transformadores – plan – consenso, se pasa ,de una manera u otra, a la política focalizada en los instrumentos (en lugar de los objetivos); a la política del paso a paso, dejame a mi, los atamos con alambre (en lugar del plan) y en el disenso y la provocación (en lugar del consenso).

Por eso, dado que hace 40 años que estamos a los tumbos, la crisis argentina es geológica por la sucesión de capas acumuladas de crisis que sostienen la que tenemos hoy en superficie.

Es cierto hoy devaluamos. Algo mejora y algo empeora. Sábana corta. Pero el déficit energético y la colosal fuga de capitales de la década marcan una capa más profunda de esa crisis del tipo de cambio; la crisis del transporte, la precariedad de los bienes públicos; la incapacidad del sistema para generar condiciones e incentivos para que no existan los “ni, ni”; o el escándalo de 10 millones de pobres, seguramente no cambian favorablemente por la devaluación.

La economía estaba estacionándose y la inflación disparándose ¿qué le aporta esta decisión a esos problemas?. Simple. De a uno, paso a paso, la secuencia, es metodológicamente demasiado simple para decidir y demasiado complejo para que pueda tener éxito.

Y dado que lo que está en la superficie (el atraso cambiario que se quiere remediar) es consecuencia de “otras crisis”, que están acumuladas en capas geológicas, por lo profundas y antiguas, difícilmente encuentren alimento para poner de pie a la economía y empezar a crecer por las buenas razones acompañando a la inversión. Es que el remedio no es alimento. Fácil de entender cuando se trata de nuestro cuerpo y  difícil cuando se trata del cuerpo colectivo.

La ausencia de alimento sano de la economía es otra de las capas de la crisis. ¿Su manifestación? Fácil. Durante los años de la deuda externa iniciados en 1975 se dedicaron miles de millones a pagar deuda que en realidad financiaba la fuga de capitales; después de la renegociación de la deuda, la fuga continuo y la financió el excedente de la soja. El sistema digestivo de la economía, a causa de tanto remedio inútil, hace que el alimento que genera, viaje a alimentar a otras economías y no a la propia: una nota distintiva de la “crisis argentina” es la mala digestión con deuda o sin ella.

¿Cuándo comenzó la “crisis argentina” que se prorroga hasta nuestros días? Tres elementos “externos” produjeron el Big Bang de la crisis argentina: el asesinato de José Rucci, la crisis del petróleo y muerte de Juan Perón, que impidió la continuidad del programa de consenso para la equidad y el desarrollo. Con ello se desencadenó la crisis por abandono de los objetivos transformadores, el plan y el consenso. Y se dio paso al ascenso de los instrumentos, el paso a paso y el disenso. Sí; la “crisis argentina” que es económica y social, nace de la política.

El día que Perón echó a los “imberbes” de la Plaza de Mayo dijo

Queremos un pueblo sano, satisfecho, alegre, sin odios, sin divisiones inútiles, inoperantes e intrascendentes. Queremos partidos políticos que discutan entre sí las grandes decisiones… No quiero terminar sin antes agradecer la cooperación que le llega al gobierno de parte de todos los partidos políticos argentinos…” ¿Cómo era la Argentina en el momento de ese discurso del 1º de mayo de 1974?

Hace 40 años, habíamos alcanzado un grado de desarrollo, hoy envidiable, que, glosando a Perón, fue abandonado por discusiones intrascendentes, inoperantes, inútiles, basadas en el odio, la tristeza, e insatisfacciones y enfermedades autoinferidas; en el marco de partidos políticos opacos ajenos a toda decisión grande; con dirigentes incapaces de cooperar y agradecer.

El presente es territorio del contraste con el que Perón antes señalaba. En el momento del discurso (1974) teníamos un desempleo de 3 por ciento – sin informalidad ni planes -; un 4 por ciento de personas viviendo debajo de la línea de pobreza – sin adulteraciones estadísticas -; un Coeficiente de Gini de 0.34 – propio de un país escandinavo – y un grado de industrialización que, medido por el desarrollo de la industria automotriz, significaba que el 90 por ciento de las partes de cada automotor se fabricaba en el país. Ese porcentaje de las 280 mi vehículos que producíamos hacia que producíamos 250 mil unidades “nacionales”. Hoy producimos 790 mil vehículos con menos de 27 de integración nacional; el equivalente es 213 mil unidades “nacionales”. Tamaña desindustrialización, provocada, acompañó que el desempleo sea de 7 por ciento – incluyendo 40 por ciento de informalidad, millones de planes y empleos públicos – una tasa del doble y con baja productividad; una pobreza que se multiplicó por 7 y un  Coeficiente de Gini que ahora es el propio de un país latinoamericano.

Los “imberbes” – así los calificó Perón –gritaban en la Plaza de Mayo “Rucci traidor, saludos a Vandor”. Creían que las que acabamos de describir eran “precondiciones revolucionarias” necesarias para realizar el “socialismo nacional” por las armas.

Ellos, sin saberlo, contribuyeron a liquidar el programa más progresista y sólido de la extraordinaria etapa de expansión económica y social de los “treinta gloriosos locales” que fue de 1944 a 1974.

Refiriéndose al programa del Pacto Social dijo Perón en el discurso de la Plaza, “Será también para la liberación, no solamente del colonialismo que viene azotando a la República a través de tantos años, sino también de estos infiltrados que trabajan de adentro, y que traidoramente son más peligrosos que los que trabajan desde afuera, sin contar que la mayoría de ellos son mercenarios al servicio del dinero extranjero…”

Lo que siguió a la muerte de Perón, cuando el Pacto fue abandonado por los nueve meses que condujo la economía Alfredo Gómez Morales bajo las ordenes de José López Rega, fue la puesta en marcha del programa que Perón llamó “del colonialismo”. La construcción del “colonialismo” es la “crisis argentina”: desindustrialización y primarización; endeudamiento externo y dependencia del endeudamiento; extranjerización de las empresas más poderosas, desaparición del Estado, no sólo de las funciones empresariales regulatorias, sino de la provisión de bienes públicos (educación, salud, seguridad) hoy capturados por la actividad privada; y la jibarización de la democracia, por la destrucción de los partidos políticos y la constitución de una oligarquía de concesionarios (megafortunas creadas “sin mérito” por la entrega graciosa de las que fueron siempre actividades reservadas al sector público).

Esta crisis y todas las que hemos atravesado desde 1975 en adelante (por ejemplo rodrigazo; cavallazo; hiperinflación radical; hiperdesempleo de la convertibilidad) son la consecuencia natural del modo de pensamiento de la realidad argentina que dio lugar a la instauración, consciente o inconsciente, del programa colonial. Un país “colonial” se identifica, decía José Ortega y Gasset, cuando a kilómetros de la metrópoli uno percibe que, al cambio de localización geográfica, se le superpone el cambio de localización temporal.

Usted se preguntará ¿y qué tiene que ver esto con la devaluación y la liberación parcial del cepo; el cierre de la brecha con el paralelo; la entrada de dólares? Todo.

Porque esta medida y todas las que se tomen conjugando solamente la política de instrumentos, el paso a paso, y el motor del disenso no van a ser otra cosa que remedios, raramente eficaces, que no alimentan el cuerpo. Para perforar las capas geológicas de la crisis necesitamos objetivos explícitos, un plan para alcanzarlos y un consenso para darle sustento. Sin eso sólo estaremos poniendo, más temprano que tarde, una capa más en la geología de la crisis argentina.

Ni bueno ni malo. Sólo remedio cuando la economía tiene hambre de inversiones y el excedente se fuga.

¿Y si los que deciden se preguntaran porqué se fuga? Difícil que lo hagan porque acaban de decidir que “se fuguen un poco, por ejemplo, el 20 por ciento del sueldo”. ¿Y si hicieran algo para que esas mismas personas ahorren el 20 por ciento del sueldo en pesos y que los empresarios pudieran invertir con financiación a largo plazo e incentivos?

En ese caso estaríamos cambiando la manera de pensar: lo que sería un avance inesperado.

compartir nota
24 enero 2014

GEOLOGIA DE LA CRISIS Y AVANCE INESPERADO

Los comentarios están cerrados.