¿Retorno?

1 de febrero de 2014

Carlos Leyba

Las últimas decisiones y declaraciones de los líderes del gobierno han estado insinuando los pasos del retorno a la demanda de crédito externo. ¿La Argentina a las puertas del retorno a la economía de la deuda?

Entre 1944 y 1974, el PBI por habitante de la Argentina creció exactamente al mismo ritmo del de Estados Unidos que, en esos años, fue la economía líder indiscutible de Occidente. Desde 1975 en adelante Estados Unidos sufrió internamente, si así se puede decir, la doble Nelson de la crisis del petróleo y la coronación del avance espectacular de las economías derrotadas en la Segunda Guerra y que pasaron a ser sus aliadas, primero Alemania Occidental y  luego Japón. Luego los Tigres Asiáticos y más recientemente la China.

En ese período, de 1975 hasta hoy, la economía yankee no fue la del liderazgo mundial en crecimiento por habitante. Pese a ello, nuestro PBI por habitante frente al de Estados Unidos se desplomó. Desde 1975 nunca volvimos a alcanzar la tendencia yankee.

Toda decadencia implica un progreso previo. El extraordinario progreso nacional de los 30 años de posguerra es el contraste necesario para mirar, a través del PBI por habitante comparado con Estados Unidos, la decadencia de largo plazo de nuestra economía que se extiende hasta el presente.

En estos casi 40 años los hubo de crecimiento acelerado y de caída vertiginosa. El saldo fue que no pudimos descontar distancia y ni siquiera mantenerla.

Los 30 años de expansión se hicieron sin deuda externa y sin premios como el de la soja; y sin esos recursos extraordinarios hubo enormes avances en la infraestructura económica y social; en la industrialización y en la distribución del ingreso y reducción de la pobreza. Los primeros 30 de decadencia se hicieron con deuda externa. Y los últimos 10 alimentados a soja.

Después de la expansión todas las vertientes políticas gobernaron con el paradigma de la deuda externa. Lo cierto fue que la Nación – hipotecándose para la deuda, liquidando patrimonio nacional – asistió a un colosal retroceso social (pobreza e inequidad) más desindustrialización y desbaratamiento de la infraestructura económica y social. Acumulando destrucción, la deuda externa terminó siendo la manera de financiar la fuga de capitales. Y cuando la corriente de deuda se interrumpió, la crisis de 2001 nos dejó con todos los problemas acumulados y con una deuda impagable; pero con una enorme masa de recursos argentinos en el exterior.

La salida de la crisis de 2001, más allá de las correctas decisiones adoptadas, vino acompañada de la decisión de no apelar más al recurso de la deuda externa. Lo que – a falta de otros diseños – lo hizo posible fue la “milagrosa” aparición del estrellato de la soja (el 60 por ciento del crecimiento de las exportaciones entre 2003 y 2013 se debe a “precios” y no a “cantidades”). Fue el yuyito la fuente de financiamiento de los desequilibrios múltiples de la economía y de la sociedad argentinas.

También los últimos diez años fueron territorio de la fuga de capitales. La extraordinaria fuga de capitales en la década K no ha sido financiada por la deuda externa, lo que es bueno, sino por el excedente comercial derivado de los precios de la soja. Es decir, no tenemos que pagar por la fuga, lo que es bueno; pero un agujero estructural nos desbarató el excedente.

La dinámica de crecimiento sostenido de los precios de la soja, en esta década, contribuyó notablemente al crecimiento económico y al sostén no crítico – es decir sin aumento del desempleo ni de la pobreza – de los desequilibrios de nuestra economía. Cuando los precios de la soja comenzaban a aumentar todavía el desempleo y la pobreza aumentaban: lo que pasó al principio.

Hoy todo hace pensar que esa dinámica de crecimiento continuo en los precios de las commodities se ha interrumpido al menos en lo inmediato; y lo mas probable es que los próximos años no vuelvan a estar signados por la velocidad del crecimiento de los precios de nuestras exportaciones o, lo que es lo mismo, que de aquí en más no sean los términos del intercambio la madre de nuestra bonanza.

¿A qué viene este recuerdo? Es que las últimas decisiones y declaraciones de los líderes del gobierno se han estado insinuando los pasos del retorno a la demanda de crédito externo. La Argentina a las puertas del retorno a la economía de la deuda.

La economía de la deuda fue la madre de la decadencia económica nacional. Y su retorno, aún la insinuación del mismo, está señalando que la estructura social y productiva que da lugar a la apelación al endeudamiento como “remedio” no ha sido transformada.

El “retorno” a la deuda externa – cualquiera sea el modo de su instrumentación – es la manifestación evidente que la estructura que la genera está incólume.

Mientras la dinámica del crecimiento del precio de las commodities fue suficiente para financiar los desequilibrios de la estructura económica, que son los que generan la deuda; justamente “la deuda” no fue “el remedio”. El remedio al que se apela toda vez que no se atiende a la reforma de las estructuras. Aletargada la dinámica del precio de las commodities comenzamos a vivir las escenas del retorno de la deuda externa. Mal presagio. No por los dólares que eventualmente ingresen, si así fuera, sino por la gambeta que una vez más se realizará a los verdaderos problemas de nuestra economía.

El retorno a la deuda es, una vez más, la renuncia a las políticas necesarias para producir el tipo de desarrollo que se produjo en la Argentina entre 1944 y 1974 con todas las variantes ideológicas y con un paradigma básico común: “industrialización y redistribución”. Fueron años que, mirados a la distancia, estuvieron signados por la heterodoxia.

En efecto, la heterodoxia es cambiar el rumbo “natural” de las cosas. El rumbo natural de la Argentina, por su dotación de factores, es la primarización compatible con las demandas de la economía mundial; y el rumbo natural de los mercados es tender a la concentración y la inequidad.

Para abandonar la primarización y la concentración y reemplazarlas racionalmente por la industrialización y la redistribución, hacen falta políticas que son inaplicables sino se fundamentan en planes de largo plazo elaborados sobre la base de amplios consensos.  En síntesis, los resultados de la heterodoxia son industrialización y redistribución; y las herramientas son la intervención del Estado basado en planes de largo plazo construidos por consensos amplios.

La heterodoxia de 1944 a 1974 no necesito de deuda externa ni tuvo la soja a su favor. Pero tuvo los resultados. Intervino el Estado, se diseñaron planes y el consenso antes de ser formulado como un acuerdo político fue un consenso intelectual cuya recuerdo nos llevaría muchas páginas.

Desde 1975 nuestro país ingreso en un paradigma impuesto – no por agentes extranjeros – que apeló a la deuda externa para financiar desequilibrios que produjeron desindustrialización y resquebrajamiento de la estructura social: una estructura que se retroalimenta.

Esa fue la obra activa de los gobiernos de la dictadura y de Carlos Menem y de la Alianza; y la pasiva del radicalismo de Raúl Alfonsín. No hace falta decir que en cada refinanciación o negociación de la deuda externa hay inmensas comisiones. Y por lo tanto legiones de interesados.

Pero desde 2002 – como hemos dicho – no hubo apelaciones a la deuda. Los flujos los reemplazó la soja. Pero la fuga siguió vigente. Y la fuga es la manifestación abierta de la desindustrialización y de la regresión distributiva.

La renuncia al endeudamiento, a causa de la abundancia de la soja, no estuvo acompañada ni por el plan de largo plazo ni por el consenso, sin el cuál es una hoja de papel; y no se materializó la reindustrialización ni la distribución progresiva.

El último programa social para los “ni,ni” que aporta sensibilidad, bien que tardía, a un problema de derechos humanos, también es la demostración absoluta de la ausencia de esos dos procesos virtuosos “industrialización y distribución progresiva”. Es claro cuando se suministra un analgésico el cuerpo calma el dolor pero no la causa del mismo. No está mal pero, además de insuficiente, nos informa de una incapacidad de mirar.

Estas cosas no pasan desde recién y tienen causas profundas: ¿qué estamos haciendo por ellas? La economía de la deuda, la de una estructura económica que la genera, además de resultar en fuga del excedente del lado asoleado de la vida, estalla en la deuda social a tasas de interés y reproducción espantosas.

Lo concreto es que el ministro Axel Kicillof ha manifestado en la acción, tal como lo hiciera Amado Boudu hace dos años, su adhesión a la ruta del retorno al mercado de capitales externos. Los acuerdos del CIADI, Repsol, el Club de Paris y ahora la demanda de créditos por 10.000 millones de dólares a las sucursales argentinas de los bancos extranjeros. Es decir no sólo cumplir con los compromisos sino abrir la puerta para otros nuevos. Además debemos señalar que la colocación en el mercado de Bonos, en tenencia del ANSES, es un retorno por cierto modesto al endeudamiento externo que ya está en marcha.

Lo que preocupa es que el “retorno a la deuda”, con o sin éxito, es la consecuencia de que la estructura de la economía de la deuda no ha sido modificada en estos diez años. Si la heterodoxia histórica que hemos señalado no se ha recuperado, hay en profundidad una continuidad de la estructura que se montó durante los 30 años que van desde 1975 hasta el default de 2001. Y la tierra de nadie que culminó en 2005 con la renegociación frustra no ha sido el territorio de la construcción de una reforma que implique evitar la consecuencia de la deuda.

Los ejecutores y partidarios de la economía de la deuda tienen como caballito de batalla la idea de que la Argentina debe hacer lo necesario para que los capitales externos ingresen al país. La pregunta es si los pasos que se están dando se prolongaran en esas aperturas de puertas que dan lugar al ingreso de capitales.

Hay por lo menos tres formas de ingreso de capitales líquidos. La primera es la deuda. La segunda la compra de cartera o de empresas. La tercera las inversiones nuevas. Sobre la deuda, como es obvio, lo que importa es lo que se hace con ella. La compra de cartera (que incluye la compra de activos como las explotaciones rurales) no agrega nada al capital nacional: sustituye propietarios. Las inversiones nuevas, a su vez, se dividen en dos. La primera – que siempre está disponible – es la explotación de recursos naturales; la segunda – que es la más difícil – la incorporación de bienes de capital y tecnología para radicar nuevas industrias.

Lo que no mencionan los ejecutores y partidarios de la economía de la deuda, ni tampoco las actuales demandas de recursos externos del ministro Kicillof, es que la fuga de capitales de la Argentina es el principal problema para nuestro desarrollo y no la ausencia de flujos externos. Simple: el excedente en dólares que generamos en lugar de aplicarse al proceso productivo local no se aplica al mismo ni directa ni indirectamente. Es decir “la fuga” es una pérdida de energía del motor de la acumulación que hace que la maquina de la economía genere desequilibrios. Mientras la soja los financió los desequilibrios hicieron poco ruido. Cuando la soja amenaza dejar de financiarlos el ruido se hace cada vez mas fuerte;  y nuevamente parece apelarse a la deuda externa para amortiguarlos.

Por lo dicho la pregunta relevante de estos días, y de todos los que pasaron desde que la soja no alcanzó para financiar los desequilibrios, es ¿porqué se fuga el excedente?

Esta pregunta es la más relevante del presente económico, sobre todo cuando en un mes el BCRA pierde 2500 millones de dólares de reservas, cuando hay que intervenir para poder financiar las importaciones, cuando hay que hacer malabares con el mercado cambiario.

Esa pregunta no se la hace el gobierno y si se la hacen puertas adentro, no se la responde con medidas racionales. Es más el debate, básicamente montado por los interesados en la colocación de más deuda, está centrado en establecer condiciones para el retorno del crédito externo.

Y en realidad el problema nacional es establecer condiciones para que el excedente no se fugue. No es tan difícil aceptar de una buena vez que ese es el problema principal. Hay que darse cuenta que el Mito de Sísifo nacional es este: generamos un excedente, este se fuga, acudimos a la deuda, generamos un excedente artificial y también se fuga. Hay que cambiar la inclinación del plano.

Primero generar un consenso de largo plazo para la reindustrialización y la equidad distributiva (social, regional, sectorial); segundo generar un consenso de largo plazo para la construcción de una moneda nacional y un sistema financiero orientado a la inversión y el empleo; tercero generar un consenso de largo plazo para garantizar normas y reglas de juego para la paz social activa erradicando la pobreza y la marginalidad. Hay mucho más. Y cada uno de esos consensos contiene enormes cesiones de parte de los actores sociales, lo que no es fácil de lograr.

Pero sin esos consensos no se termina con la economía de la deuda que ha prorrogado nuestra decadencia y que, a pesar de estos años de bonanza, ha vuelto con toda energía a la primera plana de los diarios y en boca de los líderes gubernamentales.

Como Sísifo resulta patético volver a empezar.

Podríamos haber reflexionado hoy acerca de las cuestiones de estos días que están apurando sofocones. Pero corremos, todos corren, tal vez sin saberlo, mientras nos persigue esta estructura de subsdesarrollo que nos lleva desde hace años al mismo punto de partida. Puede que haya malapraxis, mala suerte, mala espina, como quiera. Pero lo que está debajo de la mesa, como un imán invisible, es la estructura productiva no transformada, a causa de la tentación de los dólares fáciles de la soja, que nos empuja a la deuda: eso sería el retorno a la economía de la deuda.

No tengo espacio ahora, pero pareciera que nos persigue la leyenda criolla de “El familiar”. Otra vez se lo cuento.

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01 febrero 2014

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