¿Qué cambió?

8 de febrero de 2014

Una versión reducida se publicó en El Economista

Carlos Leyba

Al fin un triunfo. El dólar a 8 vino para quedarse … al menos por más tiempo que lo imaginado, en las primeas horas de su nacimiento, cuando aún no le habían inyectado la vacuna de la tasa de interés y el BCRA no había descubierto que tenía resoluciones para hacer liquidar posiciones en moneda extranjera a los bancos del sistema.

En ese tiempo se achicará la brecha con el paralelo. Todos hablan de un puente hasta la llegada de los dólares de la soja que serán un bálsamo para las heridas en la tripa financiera de la economía: un freno a la diarrea de las reservas.

La vacuna fuerte está en la pizarra de los bancos; la tasa de interés es el arma disuasoria fundamental de la escuela neoclásica para regular los mercados. Los costos son otro tema que no figura en la asepsia del mercado.

Los no tan jóvenes economistas de La Cámpora se apoyan con soltura mediática en el objetivo casi conquistado de clavar el dólar. Uno de ellos afirmó que el objetivo es hacer desaparecer la brecha y así tener “un solo dólar”. ¿? También los consultores alquilados por el oficialismo afirman que el gobierno le quebró el espinazo a los que especulan contra el peso. Ninguno menciona los costos inexorables de las herramientas utilizadas que nos ingresa en otra problemática: la del empleo.

Es lo que pasa con todas las políticas de “objetivo único para la vidriera”. Le recuerdo: para José A. Martínez de Hoz, el “problema” era la escasez de divisas; y él exhibía – para sus críticos –  como subían mes a mes las reservas. Para Domingo Cavallo, el “problema” era la inflación y él exhibía – para sus críticos – como la inflación bajaba mes a mes.

Pero lo que ninguno de los dos decía, pero que la sociedad sufría, era que el precio de ese “éxito” de un solo objetivo, era el aumento de la deuda externa y la destrucción de la industria; y su consecuencia de desempleo y pobreza que aumentaban con la estabilidad y la acumulación de las reservas.

Es bueno señalar que la tragedia de la convertibilidad no fue el estallido de 2001 sino la destrucción previa de lo que quedaba de la industria, del empleo y de la organización social que había comenzado a derrumbarse durante la dictadura. Entre las voces críticas de la gestión económica están la de funcionarios de casi todas las gestiones de los últimos 40 años que reivindican los “primeros 7 años de la convertibilidad”. Olvidan que en esos siete años (1991/98) se construyeron las bases del estallido de los años subsiguientes: bases que se conforman con las cosas que se hicieron y con las que se dejaron de hacer. Un clásico de nuestras crisis es que se acumulan abajo de la alfombra de los éxitos aparentes. Y lo mismo nos pasa en esta década.

Ni la crisis energética, ni el déficit comercial externo industrial, ni la fuga de capitales, ni la tasa de inflación – por citar algunas de las cuestiones críticas de hoy – llegaron de un día para el otro. Son la consecuencia de una manera de pensar o ejecutar la política económica. Ninguna de ellas producto de una desgracia exógena.

Tenemos experiencias en las consecuencias nefastas de las políticas de objetivos únicos. Ni los economistas de La Cámpora ni los consultores alquilados, se notifican que el remedio puede ser peor que la enfermedad. Y que lo único que evitaría perversas consecuencias es la formulación de un programa global que requiere el consenso de los principales sectores de la vida nacional, trabajadores y empresarios, y el compromiso de las oposiciones que, siendo cada una de ellas poco relevante, sin embargo son como las piedras que hay que pisar para pasar el charco sin mojarse.

¿Cómo es posible que después de tanta afirmación en contrario se apele a las herramientas neoclásicas? Nadie puede negar que las herramientas tipo control de precios, en todas sus formas, han sido utilizadas por todas las gestiones económicas de matriz liberal y no son esas las más poderosas. Y todos sabemos el peso de las tasas de interés como herramienta. Una respuesta es que la filosofía pingüina considera que no se puede retroceder (que es reconocer el tránsito por el camino equivocado). Es una cuestión zoológica: le pasa realmente a los pingüinos. En cambio se pega un giro de 180 grados sin reconocer que uno está haciendo lo contrario que decía estar haciendo. Y es lógico que los que miran “el cambio” se confundan. Y en la revuelta el que salió primero marca la cancha. Y eso es lo que está pasando en esta segunda semana de febrero con las cosas de la economía.

Como algo en la economía se acomoda, a pesar de la indagatoria a Amado Boudu, podemos inferir que el clima político debería acomodarse. Podemos decir entonces que las cosas no están como para que el candidato presidencial ferroviario, Florencio Randazzo declare “No se ilusionen, no nos vamos a ir antes”. No se entiende. Si su mensaje fue para brindar tranquilidad debió haber dicho “No se preocupen, no nos vamos a ir antes”.

Es que algunos opositores, que eran oficialistas hasta hace unas horas, con dichos irresponsables, le han dado pie a Florencio para enojarse. Sin ánimo de ofender, creo que a ese pie, que le han brindado, le cabe la de Francisco de Quevedo Buen pie, mejor coyuntura,/ diríase que yo soy el herrero/ y vos, la cabalgadura”. La política está rondando el territorio de “a lo bestia”.

Entonces, mejor mirar la economía. El año entró a los tropezones. Las reservas del Banco Central han caído aceleradamente; la inflación se ha movido rápidamente en la dirección contraria a la deseada; la actividad económica da señales de freno, las que amenazan al empleo; y la brecha entre el dólar oficial y el paralelo, genera una sensación de provisoriedad en todas las balizas convenientes para navegar en la economía. El remedio de la devaluación más las tasas de interés no puso a la economía sobre un lecho de rosas sino en una cama incomoda. A pesar de la mejora en las reservas (con importaciones frenadas); y tal vez con una inflación contenida (con liquidación de stocks, baja de la demanda e intervenciones a la “Moreno” haciendo caer más el stock ganadero y un nuevo índice de precios dudoso); y la brecha angostada; el clima desde la ventana será de actividad frenada y golpes al empleo. No es el mejor escenario para pensar en el futuro.

El futuro para la economía son las inversiones. Y como están las  cosas esa función está complicada. El futuro para la política es determinar cómo organizamos las elecciones. La novedad, es que según los dichos del candidato J. M. Urtubey, no será el dedo de Cristina sino las PASO las que decidirán la sucesión del oficialismo. Y eso hace complicado el escenario de la organización electoral del 2015 del oficialismo.  Es decir tenemos por delante un 2014 con el oficialismo complicado queriendo muchos participar de esas PASO; y las oposiciones dispersas, tanto en el sentido de no agruparse como saltando de un tema a otro sin dibujar un horizonte.

Mientras el futuro de la política es cómo llegar a las PASO; el futuro de la economía es cómo se resuelve la disputa por la participación en un producto que será menor al del año anterior. Hay menos para repartir y demandas mayores. Una señal doble para que la inversión reproductiva se retraiga y las soluciones que ellas brindan se demoren. Y una señal doble para la disputa salarial.

En ese contexto político, con variables díscolas en la economía y el telón de las medidas correctivas de Axel Kicillof, CFK hizo dos apariciones subrayando su concepción de la economía. Es importante tenerlo en cuenta porque, detrás de las decisiones macro (monetarias, cambiarias, fiscales y de ingresos) hay una concepción implícita que CFK ha reiterado. Veamos.

CFK se identificó con el teorema que reza: “el consumo es la variable que empuja a la inversión” Proposición liberal. El consumo, respecto de la inversión, es necesario pero insuficiente. Excepto para el liberalismo para el cuál el mercado abre el apetito empresario para invertir y el Estado sólo debe ser un creador de condiciones; no planificar ni generar incentivos específicos para inversiones transformadoras del patrón de consumo y de las exportaciones. Nada más alejado de la heterodoxia. Tal vez por eso las palabras van por un lado y las cosas por el otro.

En los países como el nuestro gobernar es generar inversiones transformadoras ya que, con las estructuras productivas vigentes, el consumo sin inversiones, amenaza las cuentas externas (p.ej. energía, automotriz, electrónica) las que, finalmente, bloquean el empleo y nos ponen en el pipe line de volver a la deuda externa. No hay pasado inocente.

En esa concepción “consumista de mercado” radica la razón ideológica que explica las carencias de inversión que están en el origen de los tropezones que hoy nos preocupan: inflación, actividad, empleo, reservas. El problema surge de lo que ayer no se invirtió, entonces, los problemas de fondo no tienen solución inmediata. La causa de los momentos críticos se repite gestión tras gestión. Queda compensar daños.

Esto nos lleva al segundo elemento del discurso presidencial: el de las medidas compensadoras frente a los problemas sociales de fondo. Nadie puede dejar de aplaudir una medida compensadora que aproxima justicia. Los anuncios de los Plan Progresar y el ajuste de las jubilaciones, compensan y aproximan justicia.

Pero detrás del ajuste nominal de las jubilaciones está la inflación. Y detrás del nivel del 70 por ciento de las jubilaciones hay un problema de distribución; un problema de productividad de la economía y del sistema social.

La mayoría de pasivos pagan el precio de la mora en el crecimiento de la productividad “económica” y de la baja productividad del sistema social. A falta de políticas de fondo sobre la inflación y la productividad, esta compensación es buena noticia. Pero la ausencia de estrategias de fondo augura una nueva postergación de la verdadera superación del problema.

De la misma manera detrás del Plan Progresar está el drama de las raíces de la pobreza y el desempleo de dos generaciones, que han estado madurando sin que hayamos reaccionado a tiempo. La compensación, medida sensata, es para la foto de los jóvenes que ni estudian ni trabajan.  Pero ellos son parte de una película que empezó a rodar hace 40 años y no se ha detenido. La escuela primaria es una estación de recuperación que no logra su objetivo. Y más atrás de ella, la vida de sufrimiento de nacer en la pobreza y el desempleo, es un condicionante que vela oportunidades. Y hacia adelante se hace evidente la falta de oportunidades atractivas, en un medio que incita a la propia destrucción.

La compensación está muy bien. Pero, como en el caso de las jubilaciones, no ataca al problema de fondo. No se resuelve de un día para otro; pero no se resolverá sin un primer paso hacia el origen.

La palabra de CFK ratificó su visión en el sentido que los problemas “se compensan”. Lamentablemente los remedios no alimentan.

Y en la misma frecuencia están las decisiones económicas adoptadas, devaluación, freno a las importaciones, alza de las tasas de interés, presión por liquidación de divisas, etc. En gran medida son “compensatorias”; y como tales aspiran a tener resultados respecto del presente sin ir al hueso: tienen mucho de photoshop y claro que pueden mejorar la imagen. Y tal vez las expectativas.

Precios cuidados publicados y otros conversados con productores de insumos difundidos, convergen a la búsqueda de la “paz Kicillof” en el frente interno; mientras que para fuera se siguen tirando líneas de esa “paz” a la pesca de unos dólares de largo plazo y se espera la llegada de la soja. Nada nuevo, como decía, Roberto T. Aleman “una cosecha nos salva”.

El punto adicional es que respecto de los problemas no tenemos una brújula del cómputo de la inflación y hasta la del cálculo del PBI. Y en esas sombras puede ser que no reaccionemos a tiempo si es que ingresamos demasiado rápido al escenario de precios que, en el mejor de los casos, sigan como ahora; mientras el PBI puede ajustarse al ritmo veloz de la tasa de interés. ¡Cuidado! No hay peor ortodoxo que el que no quiere oír.

La búsqueda de dólares puede hacerle el aguante a la llegada de la soja. Pero después de la soja sigue el calendario. El invierno es caro. La manta que puede cubrir esa sábana demasiado corta es la de la inversión. Y esa requiere de un escenario concreto que consiste en una política que todavía no se formuló.

Para resolver como aprovechar nuestras oportunidades y salir del circulo vicioso de que “ya viene la soja o vamos por la deuda”, hace falta que la política comience a reflexionar en serio sobre lo qué nos pasa, porqué nos pasa y cómo garantizar que no nos pase más aquello que nos lleva a repetir las mismas crisis y las mismos remedios que no son soluciones.  Eso es lo que no cambió.

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08 febrero 2014

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