Discursos que brillan o que iluminan

1 de marzo de 2014

Carlos Leyba

Alternativa. Brillar o iluminar. Distraer o transformar. Estética o ética. Un discurso puede ser brillante. En ese caso, como todo lo que brilla, encandila. Que no es lo mismo que iluminar. A veces las palabras ciegan. Porque ocultan la realidad. El discurso brillante, en general, produce satisfacción en los que lo escuchan. Sin duda eso  es lo que se propone quien lo emite: brillar, predomina la estética de la palabra, un juego de distracción.

Otra dimensión es la de los discursos que iluminan. Que aclaran la realidad. El discurso iluminador no siempre produce satisfacción porque describe las debilidades y amenazas. Y bien puede producir, entonces, un estado de alerta. Sin duda eso es lo que se propone quien lo emite: alertar. Ese estado de alerta es la condición necesaria para desencadenar la reflexión destinada a superar las debilidades. Quienes lo escuchan están convocados al esfuerzo para despejar el horizonte. Es siempre una apelación ética que funda la transformación.

El encandilamiento, que las palabras brillantes producen, logra ocultar las debilidades y las amenazas a las que podemos estar sometidos. Paradójicamente la elaboración del discurso brillante reduce la realidad de modo que las consecuencias, las entrañas del presente, queden ocultas y velen el futuro. La omisión hace al discurso brillante cómplice no inocente de los males futuros.

Un ejemplo elocuente de esa elaboración es la iluminación en la representación teatral. El iluminador, haciendo que los reflectores pongan claridad sobre el protagonista -y obscuridad en todo lo que lo rodea – oculta lo que está por venir. Los tramoyistas, así se llama el gremio de los que trabajan entre bambalinas, protegidos por la obscuridad provocada por la intensidad de la luz de los reflectores focalizados sobre el protagonista instantáneo, hacen su trabajo. Y los espectadores sólo podrán ver la tarea de los tramoyistas, los de la realidad que viene tras bambalinas, cuando quién maneja las luces decida iluminar lo que permanecía oculto. La realidad se hace presente.

Cristina Fernández, hoy pronunciará un discurso para inaugurar un nuevo período del Congreso de la Nación.

¿Será esta vez un discurso iluminador que actualice el estado de la Nación? Una vez identificadas las debilidades y las amenazas, ¿será una propuesta de cómo habremos de utilizar nuestras fortalezas para superar debilidades y amenazas?

Tres debilidades no pueden estar ausentes si es que hay una visión iluminadora de Estado en el discurso.

En primer lugar debería poner en claro que nuestra sociedad está partida por el temblor social de la pobreza y la marginalidad. Hoy, después del reconocimiento del 3,7 por ciento de la tasa de inflación del mes de enero, el gobierno ha homologado, sin decirlo, los cálculos que sobre la pobreza han venido realizando diversas instituciones. Hoy el consenso es que el número de personas que hoy viven en condiciones de pobreza está en el orden de los 10 millones. Nuestra organización social, la que el poder político gobierna, sólo incluye a 30 millones de habitantes. Los 10 restantes forman parte del desheredad social. ¿Cuántos son los que están al borde de esa frontera?

¿Los hombres que se dedican a la cosa pública tienen presente en sus propuestas?¿Cómo silenciar esa perspectiva ante el aumento de la violencia callejera y de los episodios vandálicos?¿Cómo permanecer ajenos a las demandas sociales sin vehículo orgánico que sólo se canalizan después de la acción directa?

Uno de cada cuatro habitantes está excluido a pesar de una década de crecimiento. No es una cosa nueva. La mayoría de esos pobres son jóvenes. Y es posible que entre los jóvenes la pobreza sea casi mayoritaria. Desde 1974, no ha dejado de crecer.

Ha crecido el porcentaje de pobres sobre el total de la población. En cuarenta años la tasa de crecimiento del número de personas condenadas a vivir bajo la línea de pobreza ha crecido mas que el de las personas incluidas social y económicamente.

En 1974 las personas  bajo la línea de pobreza eran 800 mil y la población total poco más de 20 millones. Hoy la población es  casi el doble. Pero la pobreza se multiplico por cinco.

A medida que pasa el tiempo el problema crece, en términos absolutos y relativos; y disminuye la capacidad moral y económica para resolverlo. La capacidad económica amerita otra discusión; pero la moral se refiere al acostumbramiento social a un problema que, después de todo según los conformistas, nos ha permitido crecer. ¿Qué es, entonces, el crecimiento?

En los últimos cuarenta años el porcentaje de personas bajo la línea de pobreza creció sistemáticamente; y alcanzó los actuales niveles porcentuales en la década del 90. Y desde entonces nunca más bajó ni el número absoluto, ni el porcentaje, si bien ha habido picos extraordinarios de corta duración, como en las crisis de hiperinflación y en la de 2001/2002, rápidamente superados.

En estas condiciones sociales el desarrollo será progresivamente desigual. ¿Una sociedad democrática se realiza sin enfrentar a la pobreza con un programa que vaya a las raíces de esa enfermedad colectiva?

Las continua tomas de predios en las  áreas urbanas y suburbanas, la contradicción con el orden legal en todas las direcciones – de arriba hacia abajo y viceversa – , el florecimiento de verdaderos ghettos urbanos de la pobreza, la marginalidad en vastas regiones del interior rural, todos los días se hacen presentes en los medios de comunicación. Documentales cotidianos de la peligrosa transformación de la sociedad. Una sociedad que lejos de ser la que incluye progresivamente a los que – por distintas razones – están afuera de las condiciones de vida que consideramos dignas; cada día excluye y fortalece, en los excluidos, la convicción que habitan una sociedad diferente y separada por un abismo. Se construye la cultura del desencuentro. La antítesis del mensaje del Papa Francisco y de la sensatez.

En ese marco el narcotráfico cobra vidas. La muerte violenta y la muerte progresiva en vida de los más jóvenes. Hay dos escenarios de la cultura narco. El de la cultura narco vip, que invade las áreas mas sofisticadas de nuestra sociedad, tiene como socios activos el poder y el dinero. Y el escenario de la cultura del deshecho que es el que se expande en la pobreza. Los dos son caras de un mismo problema. Pero en el escenario de la pobreza la cultura narco se convierte en un mecanismo sistémico destinado a fortalecer los ghettos. La pobreza que es una debilidad para la sociedad en su conjunto y se transforma en una amenaza para el futuro. La dinámica de la pobreza o de la exclusión es el anticipo del futuro.

Si el discurso presidencial no asume este problema que afecta de manera directa a un cuarto de la población y que es el mayor desafío del Estado; no habrá cumplido el requisito esencial de un discurso iluminador porque habrá dejado en la penumbra una debilidad y una amenaza.

En segundo lugar el discurso iluminador debería aportar una reflexión profunda sobre el estado del Estado en la sociedad argentina. La incapacidad para diagnosticar el carácter del narcotráfico es una muestra de la primera falencia del Estado como tal: la incapacidad de diagnóstico de las cuestiones sociales centrales. No podemos dejar de mencionar los errores conceptuales de los responsables de la tarea. Ellos han señalado la conveniencia de discontinuar la lucha contra el narcotráfico, al menos parcialmente, al proponer la legalización de la producción y el consumo de algunas drogas. Y además han coincidido con los líderes del narcotráfico acerca de la inutilidad de la tarea. ¿?

Esos juicios revelan el dominio del pensamiento de ocasión, la ausencia de diagnóstico y de políticas, frente a un problema de una magnitud colosal.

Este tema pone sobre el tapete un hecho mucho más grave. Es que en el Estado, en nuestro país, se ha ido devorando la estructura profesional y se la ha ido reemplazando progresivamente por personal proveniente de distintas lealtades. Ese desmontaje de la profesionalidad lo hicieron todas las gestiones. Se acumulan capas geológicas.

Un mandato de la democracia es la construcción y fortalecimiento del Estado. Es decir desde 1983 debíamos haber desarrollado un Estado fuerte. No sólo por la formación de los cuadros profesionales del sector público sino por la consagración de estructuras e instituciones lo suficientemente sólidas como para garantizar la aplicación y continuidad de las normas. Sin esos elementos se hace extremadamente difícil hacer del Estado el oferente y garante de la oferta de bienes públicos.

En estos años hemos visto la proliferación de ejércitos de seguridad privados y deterioro de las estructuras de seguridad públicas; declinación de la escuela pública y crecimiento de la privada; expansión de los servicios privados de salud y deterioro de la salud pública. Podríamos seguir inventariando las falencias públicas en materias centrales como la justicia o como todas las que atienden a la infraestructura energética y de transporte, cuya responsabilidad primaria es estrictamente pública.

Ninguno de estos temas es exclusiva responsabilidad de la actual gestión. Se vienen acumulando desde años y sin duda el período de Carlos Menem y Domingo Cavallo hizo una doctrina de aquello de Ronald Regan de que “el Estado no es parte de la solución sino del problema”. Los anteriores nada hicieron por el Estado pero el menemismo lo destruyó y los que le han seguido – a pesar de las palabras – nada hicieron para recomponer el Estado necesario.  Las pruebas están en el inventario de la realidad.

Si desde la jefatura del Estado no hay una reflexión y un mensaje auténtico sobre el estado del Estado, el discurso no iluminará esta debilidad central de nuestra sociedad actual.

El tercer lugar el discurso iluminador debería señalar la escasa inversión  reproductiva que, hace largo años, castiga a la  productividad argentina. El crecimiento de la  productividad es la condición necesaria para resolver, entre otros, el problema colectivo de la pobreza; y el crecimiento de la inversión reproductiva es la condición necesaria para abordar el problema de la calidad del empleo. Hoy se registran como ocupados a muchas personas que han ingresado a las administraciones públicas que, en realidad, están siendo asistidos de esa particular manera ante una situación de desempleo. De la misma manera muchos miles de puestos de trabajo han sido creados como compensación a la falta de ofertas laborales verdaderas. Socialmente son respuestas válidas. Pero no pueden ser asimiladas a puestos de trabajo genuinos que solo son producto de un incremento de la inversión.

Todos esos mecanismos de compensación no contribuyen a incrementar la productividad y tienden a ocultar la dimensión del problema de la falta de inversiones. Desde esta perspectiva se hace inevitable una reflexión sobre la fuga del excedente. Durante la convertibilidad la fuga de capitales igualo al incremento de la deuda externa. Los particulares fugaron su excedente y la sociedad se endeudó para posibilitar la fuga. Desde el primer gobierno de Cristina, sin incremento de la deuda, el excedente por hasta 90 mil millones de dólares se fugo financiado por la abundancia de dólares de la soja, cuando no por la caída de las reservas.

No puede disociarse la bajísima tasa de inversión reproductiva de nuestra economía desde hace décadas, de la fuga de capitales. El país no ha logrado construir una moneda, ni tampoco un escenario capaz de generar el impulso productivo que su capacidad de generar excedentes debería hacer realidad. Si el discurso no reflexionara en esa perspectiva no iluminaría la realidad económica nacional.

Estas tres cuestiones, pobreza; decaimiento del Estado; falta de inversión y fuga de capitales son, sin duda, parte de las mayores debilidades de la sociedad argentina contemporánea.

Las tres conforman una real amenaza contra las posibilidades de progreso colectivo. Y eso implica que no enfrentarlas convertirá en efímero cualquier nuevo ventarrón que nos empuje hacia delante.

Alentemos la esperanza que el discurso presidencial esta vez haya iluminado aquellas cosas graves que tenemos que solucionar. La verdad es la mejor convocatoria.

La ausencia o la presencia de estas tres debilidades y amenazas habrá de definir si se tratará de una pieza brillante o por el contrario, una iluminadora.

La bola esta rodando.

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01 marzo 2014

Discursos que brillan o que iluminan

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