¿Ajuste?¿Resultado?¿Consecuencias?

Buenos Aires, 13 de marzo de 2014

Carlos Leyba

Publicada en El Economista

Están apareciendo en pantalla las primeras señales del costo de las medidas cambiarias y monetarias, que el oficialismo llama “no ajuste” y que son “ajuste” para la oposición.

Observemos los datos de las expectativas; en febrero el  Índice de la Confianza del Consumidor cayó 23,4 por ciento respecto de enero; y el de Confianza en el Gobierno, en el mismo período, cayó 5 por ciento (Universidad Di Tella).

La caída de la confianza en la administración resume la percepción de que “esto” no va andar; y la desconfianza de los consumidores anticipa la retracción en la demanda la que, por otra parte, ya empezó en los bienes durables de consumo.

Las medidas tuvieron beneficios no sólo en la óptica del gobierno. La paz cambiaria (brecha, reservas) sumada a las liquidaciones de los exportadores y a las buenas noticias que se resumen en la consigna del ministro liberal Roberto T. Aleman “una cosecha nos salva” respaldan el flanco externo que es, vale la pena recordarlo, el que hace aflojar al más taita.

Volvamos. Si lo que el gobierno hace es un “ajuste” lo cierto es que le pegó al consumo, pero no levantó la confianza. Y si lo que hace no es un ajuste, igual, aflojó la demanda y provocó la desconfianza. Esos resultados no cambian cualquiera sea la marca del remedio.

Apostilla acerca del método: el ejercicio del poder, lo señalaba Kenneth Boulding, puede hacer uso del garrote, la zanahoria o el abrazo. La política actual, sea “ajuste o no ajuste”, pasa por el garrote, sin nada de zanahoria (salvo algunos créditos especiales) y ni una pizca de abrazo (acuerdo). Es un ejercicio poco equilibrado del poder. Todo desequilibrio, a pesar de las buenas noticias señaladas, dificilmente mejore las expectativas. Ahí tenemos el problema de la primera impresión que, por definición, es única.

Volvamos a la pantalla de los datos que el oficialismo no toma en cuenta ni mira porque dice no creer que esté haciendo un ajuste y siendo así no son posibles sus consecuencias.  ¿Por qué esa creencia?

Es que la palabra “ajuste” tiene connotaciones “regresivas” y goza de mala prensa. Nadie diría, sonriendo a la cámara, “estamos haciendo un ajuste”. Entre otras cosas, “el ajuste”, en la memoria colectiva, está asociado a redistribuir el ingreso o la riqueza, a favor de los que más tienen o de los más fuertes o de los que no lo necesitan. Hood Robin que otra vez está de moda. La memoria del “ajuste” es la de algo “injusto” y además inútil aún para los beneficiarios.

¿Podría existir un ajuste “progresivo”? Sí. Sería uno que apuntara a favorecer a los que menos tienen. Ejemplos. Si se eliminan los subsidios a los sectores medios altos, ese ajuste de tarifas, es en sí progresivo. ¿Por qué? Le aumenta el costo de vida a los que mas tienen y libera fondos públicos. Todavía no lo hizo Axel Kicillof.  Cuando el gobierno instaló esos subsidios realizó un ajuste de tarifas regresivo. Transfirió recursos a favor – por ejemplo – de los consumidores de gas natural de red metropolitana versus los consumidores del interior (de ingresos menores en promedio) y los consumidores de garrafa (que en promedio califican como pobres por sus ingresos).

Ser justos con la palabra ajuste requiere que la misma sea calificada en función de a quién perjudica o beneficia.

En castellano, ajustar es hacer encajar las partes de una máquina de modo que, una vez en movimiento, no se produzcan perturbaciones. Si el “ajuste” consiste en hacer que la máquina económica marche sin perturbaciones, lo primero que hay que establecer es cuál es la marcha que cada uno de nosotros considera “normal”.

Esa definición, en economía, implica una visión o una ideología o un sistema de valores para establecer lo “normal”.

Veamos dos visiones contrapuestas. Para el paradigma keynesiano, sintetizado por Nicholas Kaldor, el Cuadrado Mágico del Estado de Bienestar, proponía cuatro objetivos (o partes) que debían estar “ajustados” entre sí para que la marcha (de la máquina) fuera “normal”. Esos objetivos (partes) eran el pleno empleo, el superávit de la cuenta corriente del balance de pagos, el crecimiento del PBI y el nivel de los salarios reales. Para cada uno Kaldor proponía un valor. Paul Krugman, dentro del mismo paradigma, propuso una suerte de Triángulo Mágico, los objetivos síntesis son: pleno empleo, productividad y redistribución del ingreso.

Para la norma keynesiana, política de objetivos, el “ajuste” está destinado a que la máquina satisfaga el equilibrio cumpliendo con todos y cada uno de los objetivos Kaldor-Krugman “a la vez”. Basta que un objetivo no se alcance para que la marcha genere perturbaciones.

El “otro paradigma”, el que prescinde de los objetivos, se puede ejemplificar con el Tratado de Maastricht que establecía, para lograr la integración de la UE, metas de inflación, resultados fiscales y niveles de deuda externa para cada país. Más que por objetivos, la “norma Maastrich”, está integrada por nivel de “instrumentos”; ninguna es un fin en sí mismo. El “ajuste” de la máquina económica implica que de cada uno los estados miembros logre niveles de inflación, déficit y deuda pública por debajo de los valores determinados.

En este enfoque las metas “instrumentales” se priorizan por sobre los objetivos del paradigma keynesiano. En la misma frecuencia está la “norma” del llamado Consenso de Washington. Las políticas inspiradas en ambos paradigmas de instrumentos produjeron la más inexplicable marcha atrás en materia de empleo, balanza de pagos, crecimiento y salarios reales de la que tengamos registro en nuestro país. Y además nos pusieron patas para arriba en materia de inflación, cuentas públicas y deuda externa. Todo estalló en 2001. Pero se vino acumulando enfermedad por años. Esas consecuencias desastrosas del “ajuste” de instrumentos, inspirado en Maastrich o Washington, avalan el desprestigio de la palabra ajuste asociada a lo regresivo.

Estamos ahora en condiciones de evaluar las consecuencias de las medidas adoptadas (ajuste o no ajuste) por la nueva gestión K a través del Banco Central (ajuste cambiario vía devaluación, ajuste de tasas de interés, ajuste de política de liquidez) que dominan el escenario de la política económica del presente. Transcurridos dos meses están provocando (o no han podido frenar el embale previo) el estancamiento o la no creación de empleo estando lejos del pleno empleo; el estancamiento o la caída del PBI, el estancamiento o la caída del nivel del salario (a un nivel que incrementa el Coeficiente de Gini y baja la participación de los salarios en el PBI). Rara vez es todo malo. Además de la paz cambiaria se anuncia una mejora sustantiva en la cuenta corriente del Balance de Pagos.

Aun considerando lo bueno, desde la perspectiva Kaldor estas medidas tienen las mismas consecuencias – no importa la intensidad – de un ajuste regresivo; y no hay señales de que se sepa, se quiera, o se pueda revertirlas en el corto plazo.

Pero, siendo regresivo por las razones keynesianas, no satisface plenamente la “norma de los instrumentos”: la inflación en lugar de desacelerarse marcha en quinta; y las cuentas públicas se complican. La buena, en esta mirada, es que se hereda deuda externa que  es escasa respecto del PBI; aunque se oyen rumores de crecer en el camino de la deuda.

En síntesis, más allá de las palabras, los hechos que siguen a las medidas adoptadas por el BCRA, no satisfacen los objetivos del Cuadrado Mágico: la economía está estancada, el empleo no crece y el salario real cae. La buena, en esta visión, es que el sector externo mejora en todas las dimensiones. Desde la perspectiva de lo que hemos sintetizado en el paradigma de Maastrich o el Consenso de Washington, ni la tasa de inflación, ni el equilibrio fiscal van por la dirección recomendada; y la satisfactoria relación deuda externa/PBI heredada comienza a erosionarse por la vía de las “nuevas deudas” (Repsol) o el “renacimiento” de las viejas (Club de Paris, Ciadi, etc.)

Poco importa aferrarse a la propiedad o impropiedad del uso de la palabra “ajuste”. Lo que realmente importa es mirar la “pantalla”; asegurase que esté limpia y que transmita datos que aproximan la realidad.

Si la realidad es la de la información disponible y el clima de las expectativas  proyecta esa realidad al futuro, es prioritario que la gestión económica preste atención a los datos sin transformarlos alquímicamente.

Si la gestión opta por el paradigma de los instrumentos, lo que priorizan los neoliberales, está fallando en la inflación y en el equilibrio fiscal .

Si opta por el paradigma de los objetivos, el keynesiano que priorizan los que rechazan el neoliberalismo, está fallando en salario real, crecimiento y empleo.

Una visión de conjunto y una política sistémica son las únicas que pueden reemplazar la estéril discusión de si ajuste si o ajuste no. Y ella se define por la definición de resultados deseados y el control de daños para evitar las consecuencias no deseadas. Tan simple como eso.

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13 marzo 2014

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