La mejor opción del dilema criollo

27 de marzo de 2014

Carlos Leyba

Publicada en El Economista

Dilema criollo. Si digo la verdad identifico mis problemas; y además si digo la verdad logro ahorrar. Y podría, con esos recursos, contribuir a resolver esos problemas que la verdad me revelaría. Si miento, obviamente oculto y no identifico mis problemas; y además, lejos de poder ahorrar, resulta que estoy obligado a pagar. ¿Qué tal?

Cualquiera, en la opción, diría “lo mejor es la verdad”. Este es un típico dilema argentino de los últimos cuarenta  años. Siempre, con distintas ideologías, los gobiernos optaron por la peor de las opciones. La consecuencia es que los problemas se acumulan y además terminamos pagando.

Por ejemplo, los ministros de la “tablita de la dictadura” ocultaban la verdad: las reservas aumentaban menos que la deuda. Íbamos camino al cadalso al grito de “deme dos”. Los ministros de la convertibilidad (que incluye a los de la Alianza que, al igual que sus predecesores, no saben guardan el recatado silencio al que los obliga su trayectoria de estropicios) ocultaban la verdad: la estabilidad de precios y el festival turístico, estaban financiado por el crecimiento desbocado de la deuda que exterminaba a la industria y al empleo.

En ambos casos aumentaban la pobreza y en ambos períodos el sistema financiero aplaudía a rabiar. La fiera que se relame frente a la pieza distraída.

Todos recordamos lo que pasó al final de cada ciclo fundado en la mentira. La verdad se hizo presente sin avisar. Abraham Lincoln ya lo había advertido “Se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo”. Y un proverbio ruso señala las inevitables consecuencias “Con la mentira se puede ir, pero no se puede volver”.

De  la tablita y de la convertibilidad, fundadas en homéricas mentiras, no se pudo volver: hubo que pasar por crisis devastadoras para la vida cotidiana de las mayorías.

Lamentablemente no hemos superado ese dilema criollo; y hoy vivimos las consecuencias de la distorsión estadística que se ha convertido en el escenario y la protagonista de la mentira. Las consecuencias han ido más allá de la voluntad de los autores.

El responsable de la política ganadera en la gestión K supuso, vaya a saber Dios por qué, que el stock vacuno ascendía a setenta millones de cabezas: ni los censos (bastantes fantasmales), ni las proyecciones biológicas, ni las vacunaciones del SENASA, ni el sentido común, avalaban tamaña cifra para el rodeo nacional. Sin embargo con esa cifra inexplicable, se diseñó la política ganadera que exterminó millones de cabezas, cerró frigoríficos, mandó miles de trabajadores a la calle, redujo las exportaciones de proteínas animales, nos sacó de los mercados de mayor rentabilidad y puso a la carne a los precios de los Estados Unidos, gracias al dólar que atrasaba. Querían hacer una política y le inventaban los números que la fundamentaban. Los adjetivos van por cuenta del lector. La base estadística  oficial decía la verdad pero como la verdad no justificaba la política, desconocíamos la estadística oficial y dibujábamos números ad hoc.

Otro caso es el de las cifras oficiales de producción de hidrocarburos y del nivel de las reservas. Las informaciones oficiales fueron razonables a lo largo de la década. Las estadísticas decían que todo iba para atrás y que caminábamos a una crisis que nos obligaba a importar por cantidades y valores inimaginables lo que ha generado un estado crítico del que, haciendo lo mejor, por muchos años no podremos salir.

El primer caso, el del stock ganadero, es el de la decisión de una política  – vaya saber por qué – y la construcción de un número imaginario para fundamentarla. El segundo es el caso, energía, de la negación de la información que produce el que gobierna para sostener una política decidida vaya a saber por qué.

En ambos casos la política sin diagnóstico, por ignorar la información, generó una crisis y la pérdida de una oportunidad. La mala praxis del diagnostico sólo por azar produce buenos resultados. Y en estos casos el azar nos la jugó fulera.

Pero, como el lector ya supone, hay un tercer caso. El de las distorsiones informativas producidas en el INDEC. En este caso los números de las estadísticas de precios fueron manipulados para negar la dinámica inflacionaria a la que estaba sometida la economía. La súper sub estimación de la inflación produjo la dramática subestimación de la pobreza estructural e inflacionó el cálculo del PBI. No son esas las únicas distorsiones como bien señala la obra “No somos cómplices de la mentira” que elaboró la Junta Interna de los trabajadores del INDEC. Los trabajadores, con su lucha permanente, sensibilizaron a muchos sectores de la sociedad acerca de las consecuencias de esta falencia estadística deliberada.

Además de los números erróneos y perturbadores para el diagnóstico ¿cuáles fueron las consecuencias objetivas de esa manipulación?

Negar la pobreza, más allá de la generación de fervor militante que favoreció la convicción de los que creían participar de un cambio revolucionario, impidió diseñar, en una década de términos del intercambio inimaginables hace 40 años, una política de reformas estructurales que la reduzca por debajo del nivel heredado de los años 90. No estamos hablando del desastre social de 2001/2002. La política cambiaria,  la política de ingresos, la política fiscal, todas, han estado condicionadas por todas estas distorsiones que han quedado veladas por la mentira que convence a los menos pero con inmenso fervor. Pero lo que ha cegado a los más es el encandilamiento de la abundancia de dólares de la soja que  ésta vez, en lugar de la deuda, financió la política de compensaciones sociales, los subsidios, el déficit del boom automotor y el festival de Tierra del Fuego. ¿Consumo generoso de los sectores medios mata problemas estructurales? Sólo los oculta y sólo por un tiempo.

La fotografía de hoy es la de una altísima conflictividad social y violencia urbana. El marco de esa foto tiene de un lado la pobreza estructural; y del otro, la innegable concentración de la riqueza que escandaliza con sus nuevos supermillonarios nacidos de la apropiación de las concesiones o de las empresas del Estado. Algo que luce parecido a las oligarquías surgidas a la caída del Muro de Berlín. Todo barro viene de lluvias anteriores. Frente a la fotografía descripta vale recordar el consejo de Cristina Fernández: “no se trata de fotografiarse con Francisco sino de leerlo”. Veamos. El Santo Padre escribió hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad… será imposible erradicar la violencia”. (Evangelii Gaudium, 59)

¿Cómo revertir la exclusión y la inequidad si el gobierno nos informa que sólo hay un 6 por ciento de pobreza y un desempleo de 6,4 por ciento? ¿Cómo poner en duda que el crecimiento se ha “derramado” si son esos los resultados sociales? ¿Y por qué preocuparse si la economía para el gobierno sigue creciendo a un ritmo que no baja de 4 por ciento? Y si es así, si está todo bien ¿cómo no pagar el cupón PBI de la deuda externa que aproxima a valores equivalentes a 4 mil millones de dólares?

A pesar de las advertencias tempranas de los trabajadores del INDEC acerca de la intervención de ese organismo que habría de dar lugar a la desnaturalización de su tarea, el gobierno y todos los jefes de gabinete y ministros de economía desde 2006 en adelante, eligieron – por omisión o comisión – convalidar que el Estado argentino mienta oficialmente sobre la tasa de inflación y oculte la información que lo habría puesto en evidencia. Las razones de las Universidades convocadas para evaluar los trabajos del INDEC, la presión social y particularmente las mediciones de los sindicatos y las organizaciones sociales, la percepción de la sociedad manifestada a través de las expectativas de los consumidores, las estimaciones de economistas no fanáticamente K, todos señalaban que “no se puede engañar a todos todo el tiempo” .

La consecuencia de esa mentira sobre la inflación que duró ocho años generó que, durante todo ese tiempo, se negara militantemente que la pobreza en la Argentina está clavada en 25 por ciento de la población, lo que representa nada más ni nada menos que diez millones de personas. Un cuarto de la población Argentina vive “fuera del sistema”, en una situación pre peronista, si es que el peronismo representa la justicia social, y luego de 20 años de gobierno alcanzado con la foto de Perón y Evita. La ignorancia deliberada de la realidad nos llevó a la crisis de la carne, a la energética y lo que es peor a no haber planteado la erradicación estructural de la pobreza que habría implicado, para cualquier pensamiento medianamente heterodoxo, el diseño de una política industrial acorde a la magnitud del problema y un plan de largo plazo sólo posible sobre la base de un consenso social y político amplio y generoso.

¿Si no hay problema para que preocuparse? Es más si el crecimiento que calculará el INDEC, cuando llegue el momento de oblar o no el cupón del PBI, es el que por ahora nos amenaza, la mentira de la inflación nos habrá consolado de no haber hecho nada estructural por la pobreza y la exageración del crecimiento nos obligará a “honrar el compromiso del taca taca” justo en el momento en que para ganar “respetabilidad”  nos comprometemos a pagar por YPF, por el Ciadi y por el Club de Paris.

Los trabajadores del INDEC denuncian “la destrucción de las estadísticas públicas”. La paradoja es que ese libro se presenta al mismo tiempo que el gobierno, a través del nuevo cálculo oficial, se anotició públicamente que el ritmo verdadero de la inflación triplicaba el publicado desde la intervención. El denunciado reconoce sin decirlo que había estado mintiendo. “Con una mentira… no se puede volver”.

El dilema criollo es no haber aprendido que la verdad siempre es la mejor opción.

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