¿Y si probamos con más ideas y menos candidatos?

4 de abril de 2014

Carlos Leyba

Un país puede crecer sin desarrollarse, crecer y desarrollarse sin progresar; crecer, desarrollarse y progresar sin experimentar cambios de estructura, es decir evolución. Deberíamos aspirar a que hubiera más ideas y menos candidatos con un examen honesto del crecimiento, el desarrollo, el progreso y la evolución de la política, la economía y la cuestión social.

En una celebre nota – publicada en El Trimestre Económico de México, 1959 – Julio H. G. Olivera, el principal economista argentino, precisó conceptos relevantes para la teoría y la política económica que, muchas veces, son utilizados como sinónimos en las páginas de los diarios quitándole la riqueza del significado de las diferencias.

Olivera definió el Crecimiento Económico como la “expansión del producto social como función del tiempo”; el Desarrollo Económico, como “el aumento de la razón del producto social actual al producto social potencial, ambos como función del tiempo”; el Progreso Económico, como “el aumento en el grado de satisfacción de las necesidades sociales”; y la Evolución Económica como “el proceso de cambio cualitativo en la organización de la sociedad”.

Nos enseñó que un país puede crecer sin desarrollarse, crecer y desarrollarse sin progresar; crecer, desarrollarse y progresar sin experimentar cambios de estructura, es decir evolución.

¿Podemos usar esas mismas distinciones no sólo para la economía sino en perspectiva política y social?

Treinta años de democracia significan mucho en relación a los 50 años previos. Procesos eleccionarios periódicos y en los tiempos previstos, no nos eximen de que dos, de los siete períodos presidenciales, fueron interrumpidos antes de su vencimiento constitucional y que otros dos se extendieron más allá de la Constitución. Las libertades públicas han sido respetadas; pero el funcionamiento del Parlamento recibió, del Grupo kirchnerista Talcahuano, la definición de “escribanía” destacando que no siempre se respetó ni la formalidad ni el espíritu del Parlamento en tanto valor de correa de transmisión de los representados. No se cumplió siempre con el espíritu de la relación entre Parlamento, voluntad popular y contrato programático. De la misma manera se ha puesto en cuestión la calidad de la justicia. Los métodos de selección o la jerarquía de los miembros del sistema, puesta a prueba sea respecto de la presión mediática o del poder político o económico, no siempre le ha brindado a la sociedad la sensación de garantía de derechos y de las obligaciones.

Hemos avanzado. Pero los resultados están por debajo de lo que tenemos derecho de esperar más allá de los análisis comparados que, muchas veces, se utilizan como consuelo.

Siguiendo por el estado de la sociedad, los últimos hechos – mínimos estadísticamente – han puesto en escena la existencia inesperada de una reacción alejada de la “piedad”. Más allá de las normas, la civilización empieza con la piedad del hombre; y los intentos de justicia brutal por mano propia son pre civilizatorios.

La educación, la ejemplaridad de la clase dirigente, están realmente ausentes cuando esas reacciones, pocas, se repiten por toda la geografía física y social del país. ¿Cuál es el disparador de esas conductas? La inseguridad. La imprevisibilidad del curso normal de los días, por el robo, la violencia o la muerte en una balacera de fuego cruzado. Sin esa inseguridad esos hechos no habrían ocurrido; y sin la ausencia de piedad tampoco. El Estado, la justicia, las fuerzas de seguridad, no brindan la sensación – y la realidad – de la contención que todos aspiramos. En definitiva es difícil escindir el clima social de las decisiones de la política.

Política, sociedad y economía no son compartimentos estancos. Forman parte de una sola y misma realidad.

Usemos las categorías de Olivera para analizar, primero, la marcha de nuestro sistema político. ¿Qué sería el Crecimiento Político? El incremento de la participación popular y el ocaso de las oligarquías políticas; el crecimiento de la conciencia del servidor público y de la función de representar a los otros. ¿Hemos avanzado en eso? No. Lo que queda de los partidos se ha oligarquizado: no hay partidos y menos partidos abiertos. El peronismo, el partido principal, está a punto de perder su personería jurídica y hace rato perdió su identidad.  ¿Qué sería el Desarrollo Político? El incremento de la relación entre la efectiva presencia en las estructuras políticas de las personas con vocación de servicio y el potencial de la población con esa vocación. Hay una fuga, meritoria desde el punto de vista personal, por la vía de las organizaciones no gubernamentales que persiguen fines colectivos. Fuga porque es potencial de la política que no participa en ella. Y en definitiva la calidad de los dirigentes de vocación de servicio se orienta fuera del poder político. Tal vez los mejores militan en otra tarea. ¿Quién alienta esa fuga? La fuga ocurre. ¿Qué sería el Progreso Político? Ocurriría un progreso de la política si su compromiso efectivo lo fuera para la satisfacción de las necesidades colectivas. Ese compromiso haría redundante a las ONG ¿Cómo identificar las necesidades y como procurar su satisfacción? No hay identificación sin Plan y no hay Plan sin amplia base de consenso. ¿Lo hemos logrado? No. Y finalmente la Evolución Política o la mejora en la organización democrática y republicana. El auge de la acción directa como método de expresión política revela una involución en la organización política de la sociedad; de la misma manera que la naturalización de la idea de corrupción sin sanción confirma la oligarquización del sistema.

Asimilemos estas categorías al análisis de la “cuestión social”. El Crecimiento Social puede ser asimilado al crecimiento de las oportunidades de crecimiento personal. Una obligación del Estado. ¿Ha crecido en estos tiempos? Si la educación pública y gratuita de calidad, garantizado el acceso cualquiera sea el lugar geográfico y social de las personas, es una de las medidas del crecimiento de las oportunidades, la respuesta es No. Basta mirar las estadísticas educativas. ¿Qué sería el Desarrollo Social? Dada la población total, el desarrollo social, significaría la proporción de la población que tiene acceso garantizado al desarrollo de su potencial. La disminución de la proporción de pobres en el total de la sociedad es una medida de las medidas del desarrollo social. Estamos estancados: la proporción de personas bajo la línea de pobreza está en los mismo niveles de los 90 y el número de personas es mayor que entonces. Por Progreso Social podemos entender la proporción de personas que logran los medios para una plena participación en las condiciones de progreso integral disponibles. La inequidad, más allá de la pobreza, es una medida de estancamiento social. Y las mediciones, no las del INDEC, en el mejor de los casos hablan de estancamiento.  Y finalmente la Evolución Social, el cambio y mejora cualitativa en la vida del conjunto. Las cuestiones de seguridad y las reacciones pre civilizatorias nos señalan un retroceso innegable.

El examen de crecimiento, desarrollo, progreso y evolución social, al igual que el del sistema político, pone en claro que – en estos 30 años de democracia – es más lo que queda por hacer que lo que hemos logrado. No es responsabilidad de un determinado agrupamiento político. Es responsabilidad de una clase política cuya visión, tanto en la construcción del sistema político como en el sistema social, es extremadamente limitada, corto placista e inmediatita que, en el mejor de los casos, pretende cosechar sin sembrar. Como no podría serlo de otra manera se trata de un problema cultural que ha limitado la capacidad de diagnóstico y de acción. Prisioneros de las formas y de lo inmediato.

Volvamos a la economía. Para un porcentaje no menor de la población tenemos una “década ganada”. Otra parte sostiene que ha sido una “década de oportunidades perdidas”. Hay quienes subdividen la década en períodos “ganados y perdidos”, y otros subdividen sectores en “ganados o perdidos”.

El gobierno ha decidido aceptar que la inflación es mucho mayor que la que hasta ayer sostenía. Y que el crecimiento es mucho menor que el que hasta ayer sostenía. Ambas revelaciones nos informan que lo que se había dicho en el pasado no era verdad. Y que estaban más cerca de la verdad las críticas.

Apliquemos las categorías de Olivera a la economía de estos años.

¿Hemos crecido? Imagine un peregrino que sale de la cúspide de la montaña, baja al valle y vuelve a subir a la montaña del otro lado del valle. Sólo estará más alto (habrá crecido) cuando supera el punto desde donde bajó. Corrigiendo las Cuentas Nacionales, que ahora el gobierno a su vez corrigió, con la investigación de “Measuring Argentina’s GDP Growth Myths and Facts” de Ariel Coremberg, sabemos que desde 1998 a la fecha el PBI creció a un ritmo promedio de 2, 3 por ciento anual. Nada de promedio de tasas chinas. Poco en términos comparados. Hubo un valle profundo de 1998 a 2003. Crecimos mucho desde el valle. Pero no midiendo lo que hace 16 años habíamos alcanzado. Crecimos poco; y a 2,3 por ciento acumulativo hay que restarle el crecimiento de la población. Con el viejo (y exagerado) cálculo oficial, ahora reducido por el nuevo cálculo, esa tasa llegaba al 3,3 que tampoco es “china”.

¿Desarrollo Económico?¿Cuánto creció el producto potencial? Eso depende de cuál ha sido nuestro descubrimiento y reposición del stock de capital natural; cuál ha sido el crecimiento del capital reproductivo; cuál el desempeño de la formación de las personas y cuál el mejoramiento de la organización productiva. La suma de todo es lo que da el crecimiento del producto potencial que es aquello que disponemos para “producir”. La performance educativa ha sido negativa; no ha habido expansión del capital reproductivo; hemos agotado stock de recursos naturales sin reponer. Una a favor, los recursos hidrocarburíferas no convencionales nos ofrecen un potencial a futuro. Hoy no lo tenemos. La organización está trabada: no hace falta ejemplificar. Pero el “desarrollo” es la relación entre lo que producimos y lo que podemos producir. Esa relación es alta. Pero como no expandimos el potencial, más que un mérito es un problema. Que lo observamos, entre otras manifestaciones, en la inflación y las restricciones. Con crecimiento realmente bajo, con escaso desarrollo del potencial ¿cuál es el Progreso Económico alcanzado? ¿Cuál el aumento en el grado de satisfacción de las necesidades sociales? La definición de la pobreza y la limitación de la oferta de bienes públicos eximen de abundar. Finalmente, la Evolución Económica como proceso de cambio cualitativo en la organización. Hoy estamos esperando el resultado de la cosecha y la posibilidad de endeudarnos para financiar el proceso hasta el 2015. ¿Qué estructura básica de la economía mejoró, evolucionó, si al término del década volvemos a los dos tradicionales andadores de la economía nacional que sola no se puede poner de pie: sector primario y ayuda del financiamiento externo que mañana serán buitres.

El problema que no nos permite crecer, desarrollarnos, progresar y evolucionar no es nuevo. Viene de largo. Tampoco es exclusivamente argentino. Es una suerte de fantasma que atraviesa el espacio y el tiempo y es el paradigma de ideas que hicieron abandonar el concepto del Bien Común desde hace 40 años. La idea del “derrame” es una simplificación. Pero todos o casi todos los que han pasado por el poder en todos estos años no han logrado evadirse de esa lógica. Y hoy – a pesar del refresco marxista que ha recibido el kirchnerismo – la política económica, creyéndose heterodoxa, aplica la lógica del neoliberalismo sin saberlo y es lo que ha ocurrido desde hace 40 años. Y a pesar del discurso progresista, la cuestión social, sigue siendo tratada con asistencialismo. Y el sistema político, a pesar de la vocación popular, sigue oligarquizandose.

Nadie, ni los oficialistas ni los opositores, quieren saber que eso es lo que han hecho y lo que están haciendo. Están condenados como Sísifo a repetir y repetir lo mismo porque no han logrado poner en la mesa y juntos los hechos y las palabras, los valores y los hábitos, y todo a la vez.

Esa incapacidad, tan fácil de resolver, les impide reconocer dónde estamos y les impide saber por donde ir a donde quieren ir.  Para el futuro tenemos mas candidatos que ideas.

Y lo que deberíamos aspirar en los próximos meses a que hubiera más ideas para poder tener menos candidatos. Si las corrientes políticas hicieran con honestidad el examen de Olivera seguramente encontrarían muchas respuestas y algunos candidatos capaces de ejecutarlas. La participación popular institucionalizada en los partidos es el único alimento de la democracia que, por esa ausencia, está flaca y débil. El problema es de todos y la solución pasa por el compromiso de todos. Nadie va a hacer por nosotros el trabajo que cada uno de nosotros no realiza. El Bien Común no es la tarea de los demás sino la de cada uno.

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04 abril 2014

¿Y si probamos con más ideas y menos candidatos?

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