Ahora le toca al vecino

19 de mayo de 2014

Una versión reducida y corregida de esta nota se publicará en El Economista

Carlos Leyba

Como es habitual en el estilo K, Cristina no hace reuniones de gabinete. Nadie imagina, en esta gestión, una mesa en la que los ministros y la presidente, escuchan una exposición del responsable de la cartera, por ejemplo, sobre la acuciante cuestión de la seguridad, luego de la cual, los demás ministros, aportan las perspectivas  de las suyas; la social, la educativa, la del trabajo, la de la economía, la de las migraciones, la del lavado de dinero y así. No. Eso no es K.  Más adelante veremos las consecuencias de este método en el presente de la economía.

La filosofía de que ante cada problema se proporciona una solución, el paso a paso K , genera una secuencia de decisiones que genera metodológicamente la ausencia de previsión en todos los terrenos. La secuencia de decisiones K comienza con el problema desencadenado y con sus gravosas consecuencias ya inventariadas; luego de lo cual recién se busca la solución. Solución urgente y ad hoc. Solución aislada que no atiende ni a la causalidad, ni a la visión sistemica. Si hay algo que caracteriza el periodo K es una concepción antagónica a “gobernar es prever”. En honor a la verdad desde que se derogó la idea de programa y plan, a partir de 1975, la política nacional es un monumento al contragolpe y a la imprevisión. En todos los terrenos.

Un ejemplo extraordinario y reciente es la cuestión ferroviaria. Ante la crisis materializada en decenas de muertos, el nuevo responsable, decidió importar trenes chinos llave en mano. Una solución inmediata que nos retrotrae al SXIX cuando la “oligarquía”, sometida al Imperio Británico, cambiaba materias primas por industria inglesa. Nada más parecido al intercambio de soja por trenes, o de naturaleza por trabajo, ahora protagonizada por el Celeste Imperio. La  decisión “trenes ya” deglute oportunidades de industrializacion y desarrollo territorial y  confirma que, cuando el problema madura, la riqueza de la política se desvanece y el artista es reemplazado por el remendón. Hasta los planes e ideas más destacables de esta gestión adolecen de haber sido adoptados tarde, cuando los problemas habían madurado: esta muy bien, por ejemplo, el plan Progresar ¿pero en una década cuántos jóvenes “ni ni” han dejado de ser jóvenes y no han podido, sabido, querido  o no han sido ayudados a superar esa condición de ciudadanos boyantes?

El método del paso a paso, la inexistencia del gabinete, la ausencia de previsión, que van todas juntas, está detrás de la endemoniada crisis energética, la del narcotáfico o la social. Se ha consagrado la llegada permanentemente tarde. Y no es un problema de incapacidad o de anemia de la voluntad, es un problema metodologico. Con el agravante que ahora, ex post facto, se practica con cierto candor el  autoelogio amoroso de la tardanza. Algo que el tiempo se encargará de esclarecer en términos de los enormes costos innecesarios auto infringidos.

Una administración sensata y armoniosa, se alimenta de lo interdisciplinario, que es el mejor enfoque para capturar la mayor parte de la realidad. Luego de esa captura multidimensional se adoptan decisiones que necesariamente apuntan a todos los aspectos del problema. No hay decisiones sensatas y armoniosas, sin diagnósticos con las mismas propiedades.

El primer paso para ese diagnóstico es la escucha de los especialistas en cada tema que, a nivel del Poder Ejecutivo, son los ministros que, a su vez se supone, han prestado previamente oídos a los intereses de las parcelas de la realidad que cada uno atiende. La mejor administración del Estado divide una realidad, que es totalmente una, para generar un fluir desde las partes hacia el todo, y asi, la cabeza, en contrapunto esclarecedor, genera el fluir inverso de la visión de la totalidad hacia las partes. Ese es el modo racional, no emocional, de generar las políticas. Pero no es ese el modo que, desde el primer momento,  ha aplicado el Kirchnerismo.

Cabe una aclaración. Cuando Nestor asume la presidencia, necesitó de una fuerte afirmación de mando unitario. La debilidad del Estado heredada de los años de la convertibilidad, por una parte; y por la otra, la debilidad de su presencia política que no anclaba “correctamente” en el pasado. Es que Nestor era una figura políticamente borrosa asociada a Carlos Menem, a Domingo Cavallo y a Gustavo Beliz, un gobernador  que acudía al estudio de Horacio Liendo o al asesoramiento de Martín Redrado. En esa madeja de relaciones no era previsible el Nestor que habría de ser. Además, la escasa acumulación de votos – 22 por ciento del electorado – lograda por el apoyo de Eduardo Duhalde gestionado por Anibal Fernández, autodefinido como duhaldista portador sano; José Pampuro, cebador de mate de Chiche  Duhalde y Alberto Fernández, legislador electo en la lista de Cavallo, lo obligaban al ejercicio monolítico del mando para tallar e imponer el K que realmente fue y que nada tenía que ver con las relaciones políticas que lo habían proyectado.

Además de la trayectoria complicada, la crisis heredada hacia de lo inmediato, del corto plazo, lo más relevante. Toda la situación era de emergencia.

De allí surgió un líderazgo de acción y de emergencia, distante del liderazgo de proyecto y consenso, imprescindible cuando las aguas han bajado. Todavía estamos en esa cultura política heredada y que CFK ha profundizado. Podemos decir sin temor a equivocarnos que “el relato”, que llena el discurso, tiene su origen en el método.

Sin duda hace rato que las aguas han bajado. Y si bien, salvo la deuda externa, los problemas estructurales de la Nación son más o menos los mismos que nos legaron los 90 – por ejemplo , 25 por ciento de pobreza y subdesarrollo industrial – no cabe duda que los picos de la crisis del 2000 han sido superados.

Estamos mejor que en el valle pero no mucho más alto que en la escala más alta que habíamos alcanzado antes del valle. Con la estructura económica y el nivel de actividad que tenemos, y a pesar de la reducción de la deuda externa, los viejos problemas se han vuelto nuevos. Y con ellos la aparición de los sofocones que vivimos intensamente a fines de 2013. Llegados a este punto corresponde preguntar ¿el método es inocuo? ¿O gran parte de los errores se generan a partir del método?

Hoy, cuando los logros en materia de reservas y estabilidad del mercado cambiario, lo que se ha llamado con razón “la paz cambiaria”, tienden a consolidar el costado hasta ayer más débil y más flaco de la economía; y generan un horizonte de negocios financieros gobernado por las buenas de la llegada de los dólares de la soja, en este momento financiero calmo, los datos fiscales tocan a la puerta avisando la dimensión de la enfermedad de las cuentas públicas.

Es cierto que la medicina del Banco Central, las tasas de interés y la devaluación, el trato con los bancos y las cerealeras, la inicial estrategia de absorción de liquidez, además de los logros de reservas y paz cambiaria, son insuficientes para superar las cuestiones coyunturales y producen un freno a la actividad. No han logrado frenar la inflación – aunque sí desacelerarla – ni mejorar la performance del empleo.

Parece una verdad de perogrullo y resulta hasta tonto mencionarlo: si hay múltiples objetivos no puede no haber múltiples instrumentos. Esa es la lección uno del capítulo uno del Manual de la política económica.

En el final del primer cuatrimestre de 2014 el BCRA ha formulado instrumentos que le son propios y que han tenido resultados objetivos. Pero esos instrumentos son impropios para otros objetivos de la política economica. He aquí uno de los problemas principales del presente. Más allá de la calidad de las políticas del Central, el organismo parece estar sólo, y sus instrumentos y objetivos pueden hacer que, en su éxito, al no existir políticas compensatorias, se produzca la paradoja de que el mentado éxito produzca fuertes desequilibrios.

La inexistencia de política fiscal y de ingresos que respondan al método de la sensatez y armonía, sistémicos, ha hecho que las decisiones del BCRA corran el riesgo de que el remedio sea peor que la enfermedad. Veamos.

El BCRA por primera vez es independiente: es la consecuencia del peso de su presidente que ha generado respeto de trayectoria y de acción en los fuertes del sistema financiero; y consideración en el sistema político, incluida CFK. Pero esta solo en la acción y aislado del diseño del resto de las políticas que, por ahora, son retórica y omisiones. Veamos.

Las cuestiones estadísticas, a pesar de la “mejora”, siguen en la penumbra. No conocemos los precios básicos tomados en cuenta para el índice de inflación. Tampoco los índices por regiones, ni la valoración de la canasta de indigencia y de pobreza. No se ha realizado el empalme con la serie anterior ni el recalculo de los ridículos resultados de 2006 al presente. Y de la misma manera respecto de la estimación del PBI. Los números del INDEC de hoy son mejores que los del pasado pero siguen estando bajo sospecha de exagerar el crecimiento y de disminuir la inflación.

La estadística clara es la primera y excluyente señal de que podrían estar haciéndose más o menos bien las cosas. La tasa de inflación de marzo del INDEC, por ejemplo, es menor  a las estimaciones privadas que, también, se desaceleran; y el PBI INDEC es mayor a los privados aunque ambos desaceleran. Economía, con los nuevos números, adscribe a una dirección pero no completa el trayecto. No hay nada para elogiar en ese planteo y lo que es más grave,  dada la situación de tensión, la mala información es un perjuicio adicional para la sensatez y la armonía de los diagnósticos y las políticas.

Las visitas al FMI, las conversaciones con el Club de París, la idea de nuevo endeudamiento externo, adolecen de la misma enfermedad de aproximación incompleta. Una suerte de amague para la verdad estadística, que avanza pero no llega, se prorroga en el amague de relaciones con el mundo financiero que es el que habilita para nuevos créditos. ¿Nuevos créditos para que?

Es la alternativa a superar los problemas de la estructura fiscal. Es decir consolidar la estrategia del Central en materia monetaria implica no apelar de manera excluyente a la monetización del déficit. Y sin achicar el déficit no queda otra que monetizar o financiar con crédito. El crédito externo, además de abundante, ayuda a financiar el déficit y a sumar reservas.

Este ha sido el viejo razonamiento desde José Martínez de Hoz para acá. Unos por convicción, otros por necesidad, todos estos años, hasta Nestor, la solución dominante, pateando la pelota para el futuro, ha sido la deuda. Y bien sabemos en que concluyó. Volver a empezar.

Observe el lector que también es la consecuencia del método. Cuando el BCRA trató de resolver las cuestiones cambiarías y monetarias habría sido sensato y armonioso que el ministerio de economía hubiera decidido explícita y coordinadamente la política fiscal y de ingresos. No ocurrió.

Lo cierto es que el último resultado fiscal primario disponible (con los recursos del BCRA y el ANSES) tienen un déficit de  cinco mil seiscientos millones de pesos, a los que hay sumar dos mil millones más para el déficit financiero. El aumento del gasto supera el de los ingresos. Los gastos primarios del bimestre crecen el 43 por ciento anual. Los ingresos 37 por ciento.

Del lado del gasto el peso de los subsidios es determinante (134 mil millones de pesos en 2013, el 4,5 por ciento del PBI). Mientras que las estimaciones de gastos e ingresos, para todo el trimestre, pronostican resultado negativo, la preocupación es la repercusión de la monetización del déficit sobre el sector externo.

La estrategia del Central, aislada, lleva finalmente a sostener las reservas con recesión y desempleo, y esa cruza seguramente abate la inflación siempre y cuando el déficit no perfore la estrategia monetaria y se lleve puestas las reservas. ¿Inevitable? No.

Todo depende de la celeridad en que los actores involucrados coordinen las políticas. La política monetaria tiene marcado un rumbo que exige replanteo fiscal o colisión. La política cambiaria, con seguridad, no va a anclarse para evitar presiones inflacionarias. Pero para que todo ello fluya normalmente es imprescindible la coordinación de las políticas de ingreso y fiscal.

Por ahora no hay ninguna señal en ese sentido. Economía asiste en soledad a las reuniones del FMI BM y G20.

A las señales reiteradas para la apertura del financiamiento externo del déficit, sin decirlo, como lo es el endeudamiento de YPF (lo que hizo Martínez de Hoz), se ha sumado la colocación a cinco años en un nuevo título por 5 mil millones de pesos que tomaron el Banco Nación y el ANSES.

El Central por un lado ya tomó decisiones y anuncia un rumbo. Economía realiza maniobras distractivas mientras realmente avanza en el rumbo de la deuda. Pero no coordina, ni convalida, la estrategia del BCRA y la hace, por falta de puesta en común, menos sensata y menos armoniosa. Si Juan Carlos Fabregas ya tomó decisiones; ahora le toca al vecino, Axel Kicillof. Pero si ese es el método, una vos otra yo, el resultado no podrá ser una Pascua. Una tras otra, es un método equivocado para la acción del Estado. Todos y todo junto es un programa. La secuencia primero vos después yo, no lo es.

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19 abril 2014

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