El método

24 de abril de 2014

Nota publicada en El Economista

Carlos Leyba

El paso a paso K responde al método de que ante cada problema se proporciona una solución ad hoc, lo que genera una secuencia de decisiones que implica la ausencia de previsión de las consecuencias en todos los terrenos.

Cristina no hace reuniones de gabinete. Nadie la imagina en una mesa en la que escuchan, ella y sus ministros, al responsable de la cartera exponiendo la cuestión de la seguridad, luego de la cual, los demás ministros, aportan las perspectivas  de las suyas; social, educativa, del trabajo, de la economía, de las migraciones, del lavado de dinero y así. No es el método aplicado.

El paso a paso K responde al método de que ante cada problema se proporciona una solución ad hoc, lo que genera una secuencia de decisiones que implica la ausencia de previsión de las consecuencias en todos los terrenos.

La secuencia de decisiones K comienza con el problema desencadenado y con sus consecuencias ya inventariadas por la sociedad; luego se busca la solución urgente y aislada, que no atiende ni a la causalidad, ni a una visión sistémica del problema. Una concepción antagónica a “gobernar es prever” está vigente desde que se derogó la idea de programar y de “plan”. A partir de 1975, la política nacional, es un monumento al contragolpe y a la imprevisión.

¿Cómo imaginar, por ejemplo, que el equipo de Domingo Cavallo podría ignorar el impacto de la convertibilidad sobre la industria, el empleo y las personas arrojadas a la pobreza? ¿Cómo suponer que personas del equipo Cavallo, algunas de ellas de una elevada retórica ética a las que la pobreza estremece, podrían proponerse tamaño desastre social que aún subsiste? Tal vez habría reuniones de gabinete, pero sometidas a un soberbio monólogo. Pero lo que no existía era una visión integral de la política ni la aceptación de que el “éxito” no es una categoría de esta disciplina. La política es el “compromiso”: cada solución genera otro problema; y lo que sostiene la lógica es la existencia de un plan abarcativo, multidimensional.

Un ejemplo extraordinario y reciente del método de “problema, solución” es el de la cuestión ferroviaria. Ante la crisis materializada en decenas de muertos, el nuevo responsable, decidió importar trenes chinos llave en mano. Una solución inmediata que nos retrotrae al SXIX cuando la “oligarquía”, sometida al Imperio Británico, cambiaba materias primas por industria inglesa. Nada más parecido al intercambio de soja por trenes, o de naturaleza por trabajo, ahora protagonizada junto al Celeste Imperio.

La  decisión “trenes ya” – solución ad hoc en marcha con andenes de madera y multiplicación de estaciones de energía – deglute oportunidades de industrialización y desarrollo territorial; y  confirma que, cuando el problema madura, la riqueza de la política se desvanece; y el artista es reemplazado por el remendón.

Un remendón de media suela que, en este caso, pone vagones en la Región Metropolitana haciendo un corte de manga secular a los que esperan desde hace una década la reconstrucción del sistema ferroviario que, con sus limitaciones denunciadas por Raúl Scalabrini, desde el SXIX integraba el país y que, con esta cadena de exclusiones desde hace 20 años, por comisión y omisión, se contribuye a seguir desintegrando.

Hasta los planes e ideas más destacables de esta gestión adolecen de haber sido adoptados tarde, cuando los problemas habían madurado. Está muy bien, por ejemplo, el plan Progresar ¿pero en una década cuántos jóvenes “ni ni” han dejado de ser jóvenes y no han podido, sabido, querido  o no han sido ayudados a superar esa condición de ciudadanos boyantes?

El método del paso a paso, la inexistencia del gabinete, la inexistencia de la disciplina del plan, la ausencia de previsión, van todas juntas – conforman un método -, y está detrás de la endemoniada crisis energética, la del narcotráfico o de la social que se complejiza justamente por el peso que realimentan, sobre ella, las otras dos. El narcotráfico la transforma y la crisis energética que dispara la austeridad a todo trapo la castiga. El paso a paso nos trajo la crisis del trigo y la reducción del stock ganadero. El método, por la imprevisión, genera la llegada tarde. No por incapacidad o anemia de la voluntad. Tenemos un problema metodológico– y como hemos visto – que supera las fronteras ideológicas ya que aplicadas por las que son antagónicas produce los mismos resultados: agrava los problemas y “convence” que la decisión tuvo “éxito”. Curiosamente el método se asocia a un modelo de discurso triunfalista. Pero es otro tema.

Una administración sensata y armoniosa, se alimenta de lo interdisciplinario, que es el mejor enfoque para capturar la mayor parte de la realidad. Luego de esa captura multidimensional, se adoptan decisiones que necesariamente apuntan a todos los aspectos del problema. No hay decisiones sensatas y armoniosas, sin diagnósticos con las mismas propiedades.

El primer paso, para ese diagnóstico, es la escucha. La administración del Estado divide a la realidad que es siempre una. Lo hace para generar un fluir desde las partes hacia el todo; y así, la cabeza, en contrapunto esclarecedor, genera el fluir inverso de la visión de la totalidad hacia las partes. Ese es el modo de generar políticas.

El método que actualmente se aplica, marca la línea de continuidad que, como veremos, nos arroja siempre a las mismas playas. Mientras las situaciones críticas provocan confusión, para decirlo de alguna manera, la gestión requiere de un liderazgo de emergencia que es comprensible. Pero cuando las aguas han bajado y este es el caso; el método aplicado descripto no garantiza buen rumbo. A pesar de muchos recursos, disciplina y energía, y salvo la reducción de la deuda externa, los problemas estructurales de la Nación legados por los 90 – por ejemplo, 25 por ciento de pobreza y subdesarrollo industrial; inequidad territorial con la CABA con 33 mil dólares per capita y el NEA con 3300 – subsisten. Hemos superado la declinación vertiginosa de la convertibilidad; y hemos salido del valle de principios del SXXI. Sin embargo los viejos problemas se han vuelto nuevos; y con ellos la aparición de los sofocones que vivimos intensamente a fines de 2013. Llegados a este punto corresponde preguntar ¿el método es inocuo? ¿o gran parte de los errores se generan a partir del método?

Veamos el presente económico de coyuntura.

Hoy, cuando los aciertos en materia de reservas y estabilidad del mercado cambiario, lo que se ha llamado con razón “la paz cambiaria”, tienden a consolidar, el costado hasta ayer más débil y más flaco de la economía; y cuando estamos en las buenas por la  llegada de los dólares de la soja, toca a la puerta la enfermedad de las cuentas públicas. La medicina del Banco Central, tasas de interés y devaluación, la inicial estrategia de absorción de liquidez, además de los aciertos en reservas y paz cambiaria – con cepo “corto” y control de importaciones – es insuficiente para superar la coyuntura y produce un freno a la actividad. No ha logrado frenar la inflación – aunque sí desacelerarla – ni mejoró la performance del empleo.

Una verdad de perogrullo: si hay múltiples objetivos debe haber múltiples instrumentos. Y los que no están siendo tocados, salvo como simulacro, son los de la política de ingresos y la política fiscal.

El BCRA ha formulado instrumentos que le son propios y que han tenido resultados objetivos. Pero esos instrumentos son impropios para otros objetivos de la política económica. He aquí uno de los problemas principales del presente.

Más allá de la calidad de las políticas del Central, el organismo parece estar solo, y sus instrumentos y objetivos pueden hacer que, por su éxito, al no existir políticas compensatorias, se produzca la paradoja de que el éxito produzca el fracaso que se traduce en fuertes desequilibrios. La inexistencia de política fiscal y de ingresos, que respondan al método de la sensatez y armonía – sistémicos – ha hecho que las decisiones del BCRA corran el riesgo de que el remedio sea peor que la enfermedad.

La mejor decisión cuando es aislada, cuando se toma sin proceso de “gabinete”, cuando está fuera de un plan, cuando carece de análisis de previsión, puede constituirse en un esfuerzo vano. Una medida de esas, que tiene el carácter de sorpresa, siempre tiene el riesgo de que la sorprendida sea la medida.

Recordando a Descartes, la evidencia y no la autoconfirmación de lo que queremos oír, dividir los problemas en tantas partes como sea posible, analizar desde lo más sencillo a lo complejo, y asegurarse de no omitir nada, es la base del método y la escucha es la condición necesaria. Desde entonces “la sordera” es muy probable que no sea inocente.

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24 abril 2014

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