DESIGUALDAD, JUAN XXIII Y OLIGARQUÍA

29 de abril 2014

Publicada en El Economista

Carlos Leyba

Una vez traducida al inglés, la monumental (970 páginas) obra de Thomas Piketty  “Le capital au XXI siècle” Seuil,  septembre 2013) alcanzó el estatus de obra económica de la década otorgada por el New York Times. Y hoy es un best seller del ranking de ese diario. La primera observación es que el idioma inglés es el primer rubicón para que una obra merezca la consideración de la corriente principal de los economistas y alcance el podio. En este caso, como lo señala la reciente nota de NYT  publicada por Clarín, una vez en inglés, accedió al juicio del Premio Nobel Paul Krugman de que “será el libro de economía más importante del año y quizás de la década”. Juicio de un economista que se aparta un poco del canon tradicional.

La segunda observación, esta vez de Piketty en la nota de NYT es que “la economía académica está tan focalizada en la econometría que nadie piensa, nadie se atreve a formular las preguntas importantes”. La primera afirmación de la Introducción es elocuente “la distribución de las riquezas es una de las preguntas más vivas y de las más debatidas de hoy”. En otras palabras, esta obra pertenece a la gran tradición de la economía que, como disciplina, se construye con historia, filosofía y – ciertamente – matemáticas. Pero su autor advierte que el exceso de la matemática ha terminado por banalizar el pensamiento crítico de los economistas. El enorme peso del mundo financiero, en los últimos años, en el debate de la política económica ha contribuido a la desigualdad.

La obra en cuestión describe el fenomenal proceso de desigualdad y de retroceso social, ocurridos en Occidente, desde que fue abandonada la doctrina del Estado de Bienestar que alcanzó su apogeo a partir de terminada la Segunda Guerra Mundial.

Esos años que van de 1944 hasta los primeros años de los setenta del SXX fueron la “Edad de Oro” del capitalismo.  Dice Piketty “Después de los años 1970, las desigualdades han retornado al alza con fuerza, especialmente en Estados Unidos, donde la concentración de los ingresos a reencontrado los niveles record de los años 1910-1920: es entonces esencial entender bien porque y como las desigualdades  disminuyeron las primera vez”

En nuestros países de la periferia Occidental, a la doctrina del Estado de Bienestar que marcaba el ritmo del crecimiento y la distribución, se le agregó una traducción de largo plazo que se llamó “desarrollo”.

Es decir los “Treinta años gloriosos de Occidente” experimentaron, en la periferia, una dimensión adicional propia que se llamó desarrollo; y que constituyó el pasaje forzado del estado de producción primaria y servicios al estado de producción industrial.

Pues bien, en aquellos años “gloriosos”, Occidente desarrollado, con sus más y sus menos, había desplegado todo su potencial en el área secundaria y eso hacía que se los denominara “países industriales”. Los países industriales eran el centro; y su periferia los países primarios.

Nosotros, a causa de la dotación de factores heredada, si dejábamos que la herencia marcara el destino, seríamos in aeternum un país primario. Pero, las evidencias de las consecuencias sociales de ese sino de la naturaleza, obligaron a todas las mentes progresistas (las que aspiran a mejorar las condiciones de vida de la mayoría) a provocar la marcha forzada del acceso a la segunda etapa: la de la industrialización. El sector de los servicios se expande y se expandió, en virtud de la suma de valor agregado de los sectores productores de bienes. Está claro que a más valor agregado primario y secundario, más valor de servicios por unidad producida. ¿La inversa es posible? No.

Esa búsqueda de la industrialización, de lo primario, de la propia industria, de la expansión de los servicios (infraestructura económica y social) es “el desarrollo”.

En la mitad del período de 1944 a 1974 – que son precisamente los años dorados de la economía y la sociedad argentinas – el 15 de mayo de 1961 se publicó la Encíclica Mater et Magistra, del Santo del Desarrollo, el Papa Juan XXIII dirigida a “todos los trabajadores del mundo”.

El Santo Padre advirtió en ese documento, que reflejaba la profunda preocupación y militancia de trabajadores, políticos e intelectuales cristianos del momento, que la “cuestión social” no era solamente una cuestión que encerrara nada más que el flagelo de la pobreza en una nación. También era una cuestión de naciones ricas, las desarrolladas; y naciones pobres, las subdesarrolladas y las condenadas al escarnio. Pero además la Carta señalaba los desequilibrios al interior de las naciones entre las regiones y entre los sectores; entre el agrícola y el industrial, entre la ciudad y el campo, entre los servicios y la producción.

El mensaje era una exhortación al equilibrio y a las estrategias multidimensionales para afrontar ese drama y a diluir las contradicciones mediante políticas destinadas a ello.

El Papa demandaba que la justicia y la equidad, entre naciones y dentro de cada una de ellas,  eran una tarea del poder público. El respeto y la custodia de la dignidad humana exigían el cumplimiento del mandato del derecho al uso de los bienes de la tierra para todos los hombres. La Encíclica tiene una exhortación a la organización sindical para que sean respetado los salarios necesarios para la vida digna de los trabajadores y sus familias. El Santo, decía, que la “economía justa” (¿qué otra?) no depende sólo de la abundancia de los bienes, sino de su distribución y – por sobre todo – de la función de todas las personas como sujetos y objetos del bienestar. Y advertía que la desigualdad ponía en riesgo a la dignidad de persona humana y a la libertad. En síntesis, era una exhortación a dar pasos más firmes desde el Estado para la prosecución del Bien Común. A través de un gráfico, que como dicen los chinos habla más que mil palabras, Piketty ilustra el nacimiento y el ocaso de un período: la desigualdad en Estados Unidos se desploma entre 1940 y 1945 y retoma impulso a partir de fines de los 70.  ¿Por qué?

No es la causa el supuesto fracaso del Estado de Bienestar, ni la supuesta escasa aplicación práctica de la doctrina del Bien Común; no es eso lo que genera esa decadencia social del sistema. No.

En los orígenes de la decadencia social, como siempre, está el mundo de las ideas. Margaret Thatcher, entonces decía “no hay tal cosa como la sociedad”; y si no hay sociedad solo hay individuos y el Bien Común es una categoría abstracta ¿por qué en ese caso habría de presidir las políticas públicas? Y Ronald Reagan, al mismo tiempo señalaba “el Estado no es parte de la solución sino que es parte del problema”. El combo perfecto del neoliberalismo que logró que la política abandonara el concepto de Bien Común y la construcción del Estado de Bienestar.

Con ese canon se puede llegar a que la economía crezca pero no se puede lograr que sus resultados sociales sean eficientes y eficaces. La productividad no distribuida, aunque la economía crezca, la habrá de paralizar; y entonces a las inequidades generadas al ritmo del crecimiento, le sucederá la pobreza cuando la no distribución de la productividad paralice la evolución del aparato económico. Es lo que pasó en el Centro y en la Periferia de Occidente como consecuencia, no del fracaso del Estado de Bienestar, sino de su abandono.

Y en la Periferia, al menos en nuestra periferia nacional, al abandono del Estado de Bienestar se le sumó el abandono de la estrategia de desarrollo.

A pesar del costo que le implicó a la economía americana no crecer en 1975 a la fecha, como lo había hecho entre 1944 y 1974, la economía argentina, que creció al mismo ritmo del PBI por habitante en el auge americano, perdió el rumbo y el ritmo; y agigantó la distancia entre el PBI promedio de Estados Unidos y el de la Argentina.

Es que aquí con una economía todavía periférica pero con un intenso desarrollo industrial, el neoliberalismo abortó el crecimiento y el desarrollo; y en consecuencia nos atrasamos económicamente respecto de Norteamérica y en el campo social descendimos a los infiernos.

Con cifras que nadie puede discutir – y que nadie ha discutido – la pobreza en Argentina en 1974 era del 4 por ciento de la población, 800 mil personas. Grave. Pero en 40 años, la pobreza y la desigualdad, con estabilidad de precios o con inflación; con deuda externa o sin ella; con o sin soja, con democracia o sin ella, explotaron. Los porcentajes de pobreza se multiplicaron por 5 o por 7 y el número de pobres por 10 o 12 veces.

Con la obra de Piketty sabemos que es un mal de época y también que los 30 gloriosos fueron un oasis aquí y allá. Y también que aquí y allá han crecido las fortunas escandalosas.

Básicamente las que se quedaron con los bienes que, durante, el Estado de Bienestar estaban en manos públicas. A lo largo de estos años, a los que por aquí florecieron, los hemos llamado “oligarcas concesionarios del  Estado”.

Con complicidad de la política y la confusión de los intelectuales, ellos han practicado un saqueo de asaltante ocasional: no es que alientan el trabajo para saquear un porcentaje pequeño todo el tiempo, sino que se atragantan despojando el futuro a millones de jóvenes para acumular fortunas que, en todos los casos, gozan de la barrera de protección natural de los servicios que no pueden ser sometidos ni a la comparación ni a la competencia externa.

Muchas cosas para revertir si queremos eliminar la pobreza, reducir la desigualdad y abrirnos al desarrollo y solidificar la democracia.

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29 abril 2014

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