¿Desfile de modelos?

Buenos Aires, 15 de mayo de 2014

Carlos Leyba

La insistencia en presentar candidatos y no propuestas con sentido político, que – para recordarlo – es tener ideas claras acerca de lo que se debe hacer desde el Estado para construir la Nación, hace de la campaña electoral ya lanzada un hasta ahora pobre desfile de modelos. Se exponen formas y no contenidos. Y se exponen formas que, por lo visto, no tienen trayectoria como para observarlas en perspectiva. Entonces da que pensar que se trata de formas planas y a lo sumo bi dimensionales, formas sin volumen. Lo que diríamos pobre si se trata de desfile de modelos. La cuestión preocupa porque el tiempo pasa y el debate de ideas no llega; y vemos caras de candidatos binarios que a lo sumo, y en un caso ni siquiera, se limitan al sí o al no; mientras quien escucha queda, casi siempre, sin saber porqué. Suena exagerado. Pero acaso ¿no es mandatorio exagerar cuando los ciudadanos de a pie vemos que en nuestro pais inmensamente rico, de una manera u otra, ronda sin alcanzar un curso de desarrollo? Veamos algunos ejemplos recientes de ausencia de contenido.

El maestro inagotable José Ortega y Gasset señalaba la diferencia descomunal entre el equilibrio del Estado y el de la Nacion. Es que las cuentas del Estado pueden estar en equilibrio; y las de la Nación – que implican, por ejemplo, el empleo y la distribución de los ingresos entre las personas o entre las regiones – atravesar un verdadero descalabro.

¿Por qué esta distinción? Es que muchas veces se ha procurado poner en orden los ingresos y egresos de la caja pública, sin tener en cuenta que esos esmeros atentaban contra el equilibrio de la sociedad en su conjunto. Digamos que procurar poner las cuentas públicas en orden, generando desequilibrios en la Nación, es un verdadero dislate ya que, de lograrse, sería un triunfo inevitablemente efimero. Finalmente el propio desequilibrio de la Nación haría imposible el orden en las cuentas del Estado. ¿A qué viene esta reflexión?

Muchos economistas coinciden, en estos días, en que el desequilibrio de las cuentas públicas, el déficit fiscal, repercute en la inflación, la distribución del ingreso, la competitividad de la economía y en la tasa de inversión. Y es verdad. Aunque es una verdad a medias.

Los desequilibrios manifiestos de la economía nacional, el principal de los cuales es la bajísima tasa de inversión reproductiva que se arrastra desde hace años, en definitiva, son la causa del desequilibrio fiscal y no viceversa. Resulta insólito que gran parte del debate económico de los últimos tiempos, en particular desde que asumió CFK, este dominado por la cuestión del déficit fiscal y no por la de la tasa de inversión. Y sin embargo resulta a todas luces evidente que, durante el ciclo de recuperación económica de la presidencia de Néstor Kirchner, el superávit fiscal convivía con una tasa de inversión aletargada pero disimulada por el crecimiento a base de utilización de la capacidad productiva ociosa. Tanto se ha prolongado en el tiempo, en los distintos sectores industriales y en el espacio geografico, la debilidad inversora que, finalmente, apareció el desequilibrio fiscal, tanto a nivel nacional como en las administraciones locales. Y ahora, con ambos males a cuesta – déficit fiscal e inflación –  es noticia el freno en los niveles de empleo.

Freno que ocurre con una estructura del empleo que acusa un tercio de los trabajadores en negro o informales; y con menos de 10 por ciento del total de ocupados  que lo hacen en actividades de alta productividad.Resulta claro que tanto la escasez de empleos de alta productividad, como el alto nivel del empleo informal, son evidencias de la falta de inversión.

Puesto de esta manera resulta que, la ausencia de inversión, es la madre de una economía de baja productividad y de mucho empleo informal; y por lo tanto es la madre de una economía que demanda más recursos del Estado para paliar las consecuencias sociales de la informalidad; y las económicas de la falta de productividad.

Pensar en el equilibrio de la Nacion es la única manera de resolver, el problema de las finanzas del Estado. Un ejemplo claro: el trabajo informal no genera recursos previsionales, pero aumenta la necesidad de gastos sociales. El défici de inversión que esta detrás del empleo informal es causa del aumento del gasto público sin generación de recursos. Y no al revés.

La cuestión viene a punto porque estamos ante el ingreso de un nuevo plato chino a la tarea de mantener las cosas en control. Me explico. El gobierno le suma a la inflación, al déficit fiscal y a la fuerte desaceleración de la economía, un nuevo plato para ejercer malabares ante el escenario electoral. Ese plato es el de la retracción del empleo. Hasta ahora, con el malabar de tres platos (inflación,déficit, desaceleración), luego de haber detenido la sangría de reservas, era posible dismular las caídas con maniobras distractivas tipo INDEC.

Pero si se suma el plato de la retracción del empleo hay que advertir que es indisimulable o, en todo caso, que no son esas estadísticas las que conmueven a la opinión pública, sino los hechos que se sienten en la familia y en el barrio. Los problemas de empleo corren boca a boca; y cuando son reales y de dimensiones, no hay manera de distraer al público con información negacionista. El público, cuando el desempleo avanza, ve que el plato pesado, el del empleo, se sale del malabar y que arrastra a los demás.

Los problemas de empleo hacen evidente el desequilibrio de la Nación y deberían concitar el debate principal de la política en estos días antes que la inercia haga, de lo que hoy se insinúa, una fuerza de gravedad difícil de contrarrestar. El gobierno debería asumir esta preocupación como propia; y quienes no forman parte de la administración, enfocar esta señal como una más del nudo gordiano de todos nuestros problemas: la carencia de inversiones reproductivas. Ese debate, el del porqué de la ausencia de inversión, esta fuera de las prioridades de la clase política desde hace décadas. Ni siquiera la fuga gigante de ahorro nacional de los últimos años ha puesto la mirada en ese disparador. Hablar de las consecuencias, es de alguna manera, privilegiar las formas y vaciar de contenido político, en el sentido del párrafo inicial, el debate central.

¿Qué es lo que hace que en nuestro pais no se pueda debatir razonablemente acerca de las cuestiones centrales? ¿O lo que es lo mismo por qué estamos amarrados a cuestiones periféricas?

Es cierto que el oficialismo ha adoptado la actitud adolescente de negar los problemas; pero gran parte de quienes están afuera de la administración no apuntan a los problemas claves sino a las consecuencias de esos problemas. Y lo hacen sin señalar las causas graves que los generan. De esa manera las consecuencias finalmente se convierten en las protagonistas de las cuestiones y una vez más las formas devalúan el contenido. Y en la acción lo grave es que el ataque a las consecuencias siempre provoca el agravamiento de las causas.

Repito, el déficit fiscal, la inflación y la cuestión del empleo derivan de las condiciones de una Nación en la que, hace décadas, la ausencia de inversión reproductiva provoca desequilibrio fiscal, inflación y problemas de empleo.

Como ayuda memoria aclaro que desde la dictadura militar todos estos problemas no se negaban en la estadística; pero se ocultaban con la descomunal e irracional deuda externa.¿Cómo? Los productos importados, a pagar con deuda, aplacaban la inflación; el crédito externo financiaba el déficit; y el financiamiento de las jubilaciones, sin aportes previsionales, se sustentaba con deuda. Todos los problemas puestos debajo de la alfombra mágica de la deuda externa explotaron por el aire en 2001cuando la alfombra  levantó vuelo.

El periodo K  ha negado los problemas o ha dado de los mismos una versión morigerada en la estadística, pero por ahora sin acudir a la deuda externa. Atención no de la manera grosera de los años que van de la dictadura al menemismo. Pero, por ejemplo, la decisión de importar trenes llave en mano es una “solución deuda” que reemplaza a la decisión “trabajo, inversión”: y más tarde o más temprano habrá que pagar la deuda, para la cual los viajes del conurbano no aportarán un céntimo. Pero, de todos modos, líbrenos la política de caer en ese retorno a la desgracia.

¿Podemos esperar que llegue el día de la verdad sin deuda; y un tiempo en que todos los cañones apunten al problema que está en la raíz de los males?

Difícil espera. Si llegara, ese tiempo marcaría la madurez de la política que sería entonces capaz de discutir para aclarar, que no es lo mismo que gritar para distraer.  Como ejemplo final tomemos un tema de estos días. Uno que está vinculado a lo mencionado, aunque no  de manera explícita; y que ha generado una reacción que ha sido, por una parte, negacionista y por la otra, como dijimos antes, un giro hacia cuestiones periféricas. Ambas reacciones de un lado y de otro, señalan la dificultad que existe en el país para armar, si cabe la palabra, un debate desarmado acerca de nuestra realidad. O para salirnos del silencio insalubre que produce la llave del negacionismo cruzada con la mirada periférica. Ambas, miradas o cegaterías, permacen porque son cómodas y hablan de la molicie intelectual de la política.

Me estoy refiriendo a las reacciones dirigenciales ante reciente declaración del Episcopado argentino acerca de la violencia. Es inexplicable, después de leerla una y otra vez, que alguien haya interpretado a la misma como una crítica a la actual administración. Y sin embargo desde lo más rancio del oficialismo K, como desde sectores anti K, se interpretó ese documento como una suerte de proclama contra el gobierno. Unos para defender al gobierno atacaron a la Iglesia por lo dicho acerca de la violencia. Dejemos de lado las opiniones decimonónicas militantes contra la Iglesia Católica, como las de la Señora Estela de Carlotto o de líderes de La Campora, por extremadamente previsibles. Pero muchas voces, de ambos lados, han confundido a la criteriosa y responsable identificación de un problema, con una suerte de acusación de culpabilidad y eso las ha auto eximido de abocarse a la búsqueda de respuesta capaz de dar solución al problema señalado. La defensa personal, egoísta, en lugar de atacar el problema. Esa es una forma de violencia política.

Dicen los obispos “Constatamos con dolor y preocupación que la Argentina está enferma de violencia” y la definen en la multidimensionalidad de situaciones impiadosas que denuncian una profunda crisis de valores que va desde la naturalización de situaciones de extrema pobreza, conviviendo con el desparpajo del despilfarro y la riqueza, hasta la violencia atizada por la droga o la costumbre del acoso escolar. Veamos.

Sobre la autopista que bordea la ciudad de Rosario se observa el contraste de un Hotel de cinco estrellas, sede del casino más grande de América del Sur, al lado de una Villa Miseria multitudinaria: un ejemplo de violencia social que no es obra de la administración K. Los obispos no han partidizado la cuestión de la violencia que fluye en el delito común, la droga o el acoso escolar. Han llamado a “invertir” tiempo y acción en la cuestión social de la violencia.

Justamente de esto se trata. Invertir es aplicar recursos a la mejora del sistema. Llevamos demasiados años asistiendo al deterioro de la infraestructura social, económica y cultural. Y por lo tanto llevamos demasiados años asistiendo a un deterioro que no es responsabilidad del gobierno de turno: está en todas partes y en mucho tiempo.

En realidad es una responsabilidad de la clase dirigente como conjunto, una clase que ha perdido el sentido de que gobernar es, en definitiva, prever. Gobenar es tener una mirada que va más allá de lo inmediato; que obliga a entender que el futuro es lo que estamos haciendo ahora.

Y si el debate de la clase dirigente confunde el equilibrio del Estado con el de la Nación; y no comprende una reflexión profunda y generosa como la de los obispos; y  no busca ya mismo y con urgencia reflexiva, un acuerdo para salir de este remolino de ausencias de previsión, que la carencia de inversión y sus males derivados pone en evidencia, entonces, estan muy lejos estos cuadros dirigentes poder conducir nuestro destino: envueltos en el remolino del debate superficial no hacen más que girar sin rumbo.

La cuestión de la inversión, en el sentido que aquí le hemos dado y que vale para los números de la economía tanto como para la reflexión de los obispos, es la única que le pondría alimento al debate electoral. Este hasta hoy es un estereotipo de un desfile de modelos: se promocionan as formas de los candidatos y ni una sola idea que ilumine. Siempre hay excepciones, pero como la manada ocupa el espacio, lo bueno para el debate, que lo hay, no se nota. Por ahora estamos condenados a un desfile de modelos, a las formas sin contenido, a la política sin volumen y eso lo pagamos todos.

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16 mayo 2014

¿Desfile de modelos?

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