El Club de Paris y el de los argentinos

30 de mayo de 2014

Carlos Leyba

En ésta semana el gobierno logró resolver la demorada puesta al día de la deuda con el Club de Paris. Lo hizo imponiendo, en el contexto internacional, una condición que le es absolutamente propia: que el FMI no intervenga opinando acerca de la viabilidad de ese Acuerdo. Se trató de un hecho inusual. Sólo se registra un antecedente pero que lo fue marcado por la urgencia de una crisis. No es éste el caso.

No había urgencia de parte de los acreedores ni, en principio, de parte del deudor. Pero ambas partes compartían una necesidad. La Argentina la de seguir el camino que la lleva a ser un país “como los demás” respecto de los movimientos de capital (entrada, salida, pagar); y para los miembros del Club, países ricos en baja coyuntura, abrir la posibilidad de colocar exportaciones de bienes de capital, adquisición de empresas, trabajos, etc., financiadas a tasas blandas por sus agencias de promoción de negocios. La Argentina lo tenía que hacer y al Club, además de poner orden, le convenía hacerlo. Como en el acuerdo teóricamente los dos ganan, la negociación puede ser calificada de exitosa por una de las partes, si y solo sí, uno – el exitoso – pone menos de lo que recibe. En este caso no lo sabemos.

No sabemos cuánto se debía, según derecho; y tampoco sabemos cuánto hubieramos pagado en otra instancia. La única medida razonable del juicio es el tiempo. Me explico. ¿Pagamos intereses por encima del Mercado?¿Pagamos punitorios? Esa suma, que es multiplo del tiempo, determina el éxito de oportunidad.

¿Tuvimos quitas de punitorios, intereses, capital? En ese caso la reducción de “deuda” compensa el tiempo.  Y la tercera, mala para el acreedor y para el deudor, es que durante los años de mora no recibimos financiación de desarrollo a tasas blandas. Si todo fuera sumable y diera positivo sería una negociación exitosa para la Argentina. Falta información.

Pero sabemos que todo lo que se hace tarde es más caro que lo que se hace a tiempo. La excepción es que, a causa de la demora, las ventajas sean enormes porque el acreedor está urgido y concede a lo pavote. ¿Es el caso? Sin información, que el gobierno no brinda, no es posible decirlo. Pero por indirecta me permito pensar que, no. Que no es este el caso de tarde y mejor. Volvamos a lo que se reputa como objetivo de la demora. La aceptación de la no participación del FMI.

La exclusión del FMI, de su habitual condición de auditor, es una concesión que le han hecho al país los acreedores. Esa concesión podrá o no tener una contrapartida. Si existe la ignoramos. Pero – con ella o sin ella – no podemos sino reconocer como el logro de un objetivo. Axel Kicillof se salió con la suya o logró lo que Cristina quería. Un objetivo, sin duda, menor y extraño, pero un objetivo al fin. Sobre esto volveremos.

Primero analicemos una posible condición. El Ministerio de Economía, en su Informe Trimestral sobre la Deuda Pública acusaba a septiembre de 2013 una deuda con el Club de Paris por 6.100 millones de dólares; esa suma incluía intereses devengados. Pero el Banco Central en el perfil de vencimientos de la deuda a fines de 2013 computaba una deuda total con el Club de Paris por 7.367 millones de dólares, que incluían capital más intereses devengados. ¿Cuál era la deuda que llevaban los negociadores argentinos para la negociaicón? El FMI como auditor hubiera revisado ambas cifras argentinas y habría contemplado las cifras del Club. ¿Hubiera emitido una opinión de auditor? No lo sabemos. Pero la discusión de las cifras hubiera llegado antes.

El gobierno no nos informó cuál era su cifra. Lo que sabemos es que de común acuerdo con el Club la pactaron en 9.700 millones de dólares. No sabemos cuáles son los pasos que le suman sea 3.600 millones o 2.300 millones a las deuda según Economía o el Central. ¿Es una concesión de quién a quién? ¿Nos rebajaron algo?¿Nos sumaron algo?

El gobierno no ha explicado los números y la reputación del INDEC – el instituto de los números – le pone un cono de sombre a los númros oficiales. En este caso, acerca de la que no hay sospecha de una gestión “corrupta”; importa saber si es una gestión menos exitosa en términos de las cuentas que, al no revelar los números, las dejan libradas a la duda. Una duda más en todo el escenario de la deuda: la heredada por este gobierno y la renegociada por este gobierno. Faltan números. Lamentablemente nada nuevo.

¿Porqué decimos que la exclusion del FMI es un objetivo menor? Menor porque, más allá de los riesgos que implica cualquier auditoría, nadie dudó entre los acreedores de la capacidad de pago presente y futura de la Argentina. Y el FMI no la podría haber cuestionado. Justamente es lo que no cuestionaron los acreedores.

E inclusive las insoslayables críticas sobre las estadísticas oficiales o sobre la insensatez de las políticas de subsidios a las empresas de servicios, que habrían sido objeto de la crítica del FMI, no habrían conmovido a los acreedores que lo saben; y poco los preocupó en estos años; y la sola consecuencia de la auditoría del FMI habría sido sobre el frente interno. A los acreedores sólo les importa la capacidad de pago futura.

Nada había en riesgo en la participación del FMI; y tan es así que así lo entendieron los miembros del Club de los ricos que decidieron decirles que se queden afuera. Después de todo son los que le pagan a la burocracia del FMI.

Ha sido una excepción formal, salvando las distancias, como lo fue también el ver a tres de los funcionarios K de la delegación nacional, luciendo a pecho descubierto sus nueces, mientras todo el auditorio lucía de manera calma y más elegante las corbatas que los jóvenes K no lucen. Finalmente esta otra formalidad también ha sido llevada al extremo de una consigna dificil de decodificar.

Es bueno aclarar que somos miembros del FMI y pagamos por ello. Que además somos miembros, desde Carlos Menem, del G20. Y si bien eso tienen sus costos, lo más relevante es que la presidente Cristina Fernández, en todas y cada una de las declaraciones de ese Grupo, ha firmado, refirmado y confirmado que el FMI debe monitorear la marcha de esas conversaciones.

Es decir, la Argentina propone, como miembro del FMI y del G20, el monitoreo tanto de las políticas, como de la revision de las cifras del Artículo IV del convenio y de las conversaciones para todos los países socios. Pero a la vez rechaza, no ya los consejos u opiniones que – por otra parte – pocos respetan, sino los compromisos que a los demás deben cumplir con el aval argentino.  Objetivo menor y extraño.

Lo principal es que el acuerdo de los miembros del Club es una buena noticia. Entre otras, por dos razones. La primera es que el mundo desarrollado considera que, más allá de los atrasos y polvaredas sobre nuestra deuda externa con los privados y lo  público, nuestro país ofrece una solvente capacidad de pago presente y futura. Es el reconocimiento de un dato.

Pore so nos han dado crédito a sola firma para pagar a mediano plazo y con una tasa de interés razonable para una deuda cuyo monto el gobierno no explicó. Y ha trascendido que el Francois Hollande habría gestionado un crédito para el primer pago de 600 millones de dólares. Nadi dijo claramente No.

La segunda razón es que la solución del entrevero nos pone en camino para recibir créditos para obras e inversiones, a llevar a cabo en la Argentina, por parte de empresas europeas. Y esta segunda razón bien puede estar en el origen de la buena voluntad de dejar los formalismos del FMI y de las corbatas fuera del encuentro.

Las dos razones de la buena noticia son, por un lado, el reconocimiento de la capacidad de pago; y por el otro, la puesta en evidencia de la inmensa masa de negocios que existe en nuestro país con infraestructura, inversiones y desarrollo más que postergado. Evidencia que se hace atractiva, justamente, a partir de la capacidad de pago.

Veamos. Los chinos –deudores al día de los miembros del Club de Paris por más de 20 mil millones de dólares – con mucho menos que esa masa de recursos, que le prestan los ricos del Club, se han hecho en la Argentina de posicionamientos estratégicos extraordinarios. Como el dinero es fungible, el Club, le financia a China sus ventas a nuestro país.

Por ejemplo le han vendido a la Argentina formaciones llave en mano, y todas de tecnología y trabajo chino, para ferrocarriles y subterráneos. Si hay crédito es crédito chino, pero China le debe al Club. Ese negocio, por ejemplo, Francia a través de Alstom lo hace con Brasil. La imposibilidad del crédito – a causa de la mora en el Club de Paris – descoloca a las empresas ferroviarias europeas a causa de la imposibilidad de financiar. Es decir la ayuda, que esos contratos podrían generar para ayudar a la economía europea, en baja coyuntura, a salir del crecimiento mínimo, no sera posible hasta que se regularice con el Club. Y lo mismo, para otro ejemplo reciente, con respecto a las represas del río Santa Cruz; negocio que ha sido capturado por los chinos. Lo que era una facilidad, el sistema de crédito público vinculado al Club de Paris, a causa del empecinamiento (el FMI si o si ó el FMI no) trocó en una barrera a los negocios de las firmas europeas. Levantar esa barrera es un enorme negocio para los países ricos y una oportunidad para la Argentina.

Esta bien. Pero ¿cuál es la capacidad de repago de esos financiamientos de infraestructura? La nueva capacidad de repago es un gigantesco negocio que se materializará a partir de la liberación de la barrera de la mora del Club de Paris. La barrera los estaba dejando a los ricos afuera de ese negocio. La razón de la condescendencia es plata. No la que debíamos. Sino la que vamos a deber. Y que por las nuevas noticias podremos pagar. Veamos.

Un alto funcionario de los Estados Unidos, horas antes del acuerdo, recordó la existencia de siglos de energía dormidos en las entrañas de nuestro suelo. Vaca Muerta. Y a pesar de la experta advertencia del Presidente de Shelll “no gasten a cuenta”; nadie vacila en afirmar que nuestro déficit energético – una de las sombras estructurales más graves que nos deja la década K – en cuatro o cinco años dejará de ser un problema.

Frente a ese panorma anunciado por el Tío Sam ¿los países ricos seguirían autodescalificandose para financiar a sus empresas para participar en los recursos petroleros no convencionales a causa de un deudor caprichoso que solo no quiere a un auditor pero que firma un pagaré para el que a todas luces es solvente?

Esta semana dijeron que no se autodescalifican más. Firmaron sin el FMI y sin corbata. Sabedores de que se viene el oro negro quieren participar.

El logro de los ricos, en este Acuerdo, más allá de punitorios y cuotas breves, es haber abierto un almacen de negocios – que antes tuvieron – y que ahora, con otra estructura, vuelve a resultar apetecible. En los 90 las firmas de los países ricos vinieron de compras con las privatizaciones. A Repsol le financiaron casi el 100 por cien de la compra de YPF a una tasa promocional y a un plazo monumental; y no fue la única. Ahora se trata de buscar de participar en trabajos y equipamientos para infraestructura y energía, antes de que los chinos se queden con todo.

La movida yanquee divulgando lo enorme de nuestro potencial gasífero y petrolero, también es un condimento geopolítico ante la amenaza de una presencia monopolica china a consecuencia de su liberalidad financiera producto de una abundancia de dinero y una desaceleración interna.

El Acuerdo con el Club de Paris, para ellos y para nosotros, es la manera de lograr la nivelación de la cancha, de aprovechamiento de demanda de obras y de explotación de recursos, entre los países ricos (acreedores) y la potencia china.

Responde entonces a un interés de los acreedores;y también al nuestro, porque no está nada mal poder contar con la oferta de crédito y tecnología de los países ricos. Por dos razones: primero, porque a más ofertas más posibilidad de mejorar. Y Segundo, porque la oferta china es llave en mano y trabajo chino, con bajo precio y mucha financiación. La típica oferta de pan para hoy y hambre para mañana. Y si nos guiamos por los negocios de Brasil con Francia, en términos de trenes y submarinos allí, al menos, hay transferencia de tecnología y trabajo local. Estilizando, dos modelos. Uno es el de la estirpe consumista de los 90; y otro de la estirpe desarrollista.

Todo lo demás, la aceptación de los punitorios, la brevedad del plazo, etc., no son desestimables; pero no forman sombra sobre la claridad de la fuente de recursos para afrontar los enormes males acumulados durante la década.

Diez años en los que hemos ido para atrás en energía e infraestructura; en los que la inversion requerida para un salto de productividad ha estado ausente; y en los que el excedente se ha fugado. El Acuerdo con el Club de Paris no modifica el pasado. Pero suma elementos para cambiar el futuro y por eso es una buena noticia más allá de las sombras y sospechas que tienen su peso.

Hoy la opinion del mundo de los negocios, mirando desde afuera a la Argentina, es mejor que la de ayer. Entretanto la coyuntura interna se pone oscura.

Ni la construcción ni la industria van adelante. El empleo se pone escaso. Y el clima de la economía es de ajuste. La conflictividad social va en aumento y la política retrocede. Dificil desembarazarse de los escándalos.

Dificil hacer compatible la buena mirada de afuera con las señales de deterioro de adentro.

Dificil entender por qué se pueden dedicar tantas horas a un acuerdo para pagar, que no tenía tantas alternativas,;  y ninguna hora para ponerle cifras verdaderas a la economía y a la sociedad y, a partir de ahí, generar un acuerdo aunque sea a cinco años con el Club de todos los Argentinos

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30 mayo 2014

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