Varios funerales de Perón

12 de junio de 2014

Carlos Leyba

Una versión reducida se publicó en El Economista

Se están por cumplir 40 años de la muerte del Teniente General Juan Domingo Perón. Tres veces presidente. En su última elección obtuvo el 62 por ciento de los votos en la mayor concurrencia electoral de la historia. Pero los gobiernos nacionales que llegaron al poder por peronistas, que han demostrado pasión nomencladora y monumental, aún no han inaugurado un monumento al que dicen es su líder. Extraño.

Aquel 1º de julio de 1974 partidarios y opositores, casi sin excepción, expresaron sentimientos profundos de dolor y de pérdida. Los que no vivieron ese tiempo, que son hoy la inmensa mayoría de los argentinos, no pueden imaginar la intensidad social de ese momento.

Millones de argentinos, el pueblo con el sentido de pertenencia que esa palabra tiene, sufrieron esa pérdida. No todos por la pérdida en sí – había verdaderos adversarios –, pero todos como si hubiéramos intuido que, su desaparición física, anunciaba la catástrofe que sobrevino.

De alguna manera él lo había anticipado. El 12 de junio, frente a una multitud de algunos que habían concurrido movilizados para el apoyo al gobierno, y de muchos que se habían sumado espontáneamente; Perón anticipó su despedida. “Llevaré grabado en mi retina este maravilloso espectáculo, en que el pueblo trabajador de la ciudad y de la provincia de Buenos Aires me trae el mensaje que yo necesito”. Y concluyó “Para finalizar, deseo que Dios derrame sobre ustedes todas las venturas y la felicidad que merecen”. “Yo llevo en mis oídos la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino”. Como toda despedida, y esas palabras lo son, de alguien que siente la responsabilidad de lo que deja, advirtió: “muchos que quieren desviarnos en una o en otra dirección; pero nosotros conocemos perfectamente bien nuestros objetivos y marcharemos directamente a ellos, sin dejarnos influir por los que tiran desde la derecha ni por los que tiran desde la izquierda” y “muchos que pretenden manejarnos con el engaño y con la violencia”. Engaño y violencia.

La violencia estalló  a su muerte de la manera más espantosa. Fue un salto atrás en la civilización: el abandono de la piedad entre los hombres y el genocidio. Y el engaño. El engaño por la seducción frustrada y frustrante de la realización del socialismo por la lucha armada a la que muchos jóvenes entregaron su vida, mientras muchos de sus jefes, después de la derrota militar, entregaron sus ideas y se hicieron tan empresarios capitalistas como aquellos a los que antes condenaban y secuestraban. Y el engaño de los “socios de la deuda”, escudados por miembros genocidas de las Fuerzas Armadas usurpadores del poder; o accediendo al poder con la mentira de “si hubiera dicho lo que iba a hacer no me hubieran votado” o ejerciéndolo en la sorpresa de los hechos consumados , que sedujeron a los sectores medios con el “dame dos” – en todas las formas imaginables que son muchas – mientras destruían las bases del sistema productivo de acumulación y distribución que, con el primer Perón, se había puesto en marcha.

Después de Perón atravesamos una tragedia. Es un dato. Su muerte no sólo fue el fin de un liderazgo del peronismo, de una multitud que se traduce en poder político, liderazgo hasta ahora incomparable; sino que fue la caída de una columna fundamental que sostenía a una época que, en términos de desarrollo de la sociedad y de la economía, podemos llamar de convergencia con los niveles de vida de las sociedades avanzadas. La violencia y el engaño fueron condición necesaria para el abandono de ese sistema.

Los liderazgos, en la vida de los pueblos, son columnas portantes de la edificación social. Lo que se llama peronismo perdió esa columna. Pero nada pudo reemplazar al peronismo como multitud que genera poder político. Entonces, el peronismo sin Perón siguió siendo la multitud capaz de gestar poder político. Pero desde su muerte lo hizo sin el liderazgo histórico que le imprimió su fundador. La Argentina, que es más que el peronismo, extravió el poder político de una mayoría con liderazgo histórico. Las Coincidencias Programáticas de 1972 y el Pacto Social de 1973 son una prueba de qué cosa es liderazgo histórico de una mayoría que construye pueblo sin exclusiones: la Nación como proyecto sugestivo de vida en común … para todos … y escuchando a todos.

La multitud peronista, el poder político, quedó atrapada en la mano de conductores administrativos de cosas e ideas pequeñas. La más pequeña es la idea de construir poder sin la autoridad que ejercen los estadistas. Aquella autoridad es la que José Ortega y Gasset llamaba la “moral del grande hombre” y que, en su última presidencia, Perón dejó como un legado. Hay una herencia vacante. Ese legado tiene, en el hacer, el verbo “concertar”. O lo que es lo mismo “concertar” es lo que vence al tiempo porque incluye al futuro.

A partir de la muerte de Perón, y por cierto no sólo a  causa de ella, la política y también el peronismo en función de gobierno se quedó sin ideas claras, y sin el interés de esos dirigentes por ellas, para construir, desde el Estado, una Nación.

Desde entonces la mayoría política del país ha sido, en los hechos, conducida por el verbo “desconcertar”. Ejemplos. ¿Qué otro propósito pudo haber tenido el rodrigazo que no fuera acentuar contradicciones y enfrentamientos? Desconcertar; inmediatismo, oportunismo. ¿Qué otra interpretación que una búsqueda de “desconcertación” se puede dar a la cuestión energética desde Carlos Menem hasta nuestros días? Primero privatización y extranjerización de YPF; después “argentinización gratarola” – del manejo de la caja – a manos de los Ezkenazi (“Guau”); vaciamiento express sin juicio; expropiación millonaria; y una puntita para abrir la cesión del negocio futuro de Vaca Muerta al capital internacional. Desconcertante.

¿Cómo era la Argentina a la muerte de Perón y porqué era así?

Una parte no menor son los números de la economía. Su mérito es que ellos hablan por sí cuando las estadísticas públicas están fuera de discusión. Y este es el caso. La desocupación no alcanzaba al 3 por ciento de la Población Económica Activa; la pobreza rozaba el 4 por ciento de la población; el Coeficiente de Gini era poco más de 0,30; con estadísticas honestas y sanas, los ingresos de los asalariados equivalían a la mitad de los ingresos de toda la economía; el PBI por habitante crecía – desde hacia décadas – al mismo ritmo del de los Estados Unidos; y las reservas del BCRA marcaban un récord histórico acompañado por un fuerte proceso de exportaciones industriales. Esos datos económicos reflejaban no sólo la obra del momento, sino la consecuencia de años de transformaciones iniciadas a la salida de la Segunda Guerra Mundial; y del dinamismo de la década iniciada en 1964 marcado por el crecimiento de la industria cuyo desarrollo de la  productividad alcanzó un record aún no superado. En esos años la Argentina construyó, por ejemplo, represas hidroeléctricas sin contar con el bono de la soja y sin la enfermedad del endeudamiento.

El porqué eso ocurrió así, es el resultado del funcionamiento del modelo económico y social, mejor dicho el sistema, de acumulación y de distribución, que en esos años, informaba la modernidad y el progreso de la sociedad argentina. Nadie que lo haya vivido lo puede ignorar. La acción armada, minoritaria y antidemocrática, detuvo la historia de progreso de la que, la última presidencia de Perón, fue la última estación de ese tren del progreso colectivo.

Mirar hacia atrás no es la mejor mirada. Pero es inevitable. Nos permite a la vez el análisis histórico y comparativo. Nos permite imaginar el potencial de una sociedad que antes pudo hacer lo que aún hoy es incapaz de realizar.

Las cifras de desocupación de entonces, con la mejor buena voluntad, si las comparamos con las de hoy se han multiplicado por más de dos. Los resultados empeoran si tenemos en cuenta la estructura del empleo: empleo en negro, trabajo remunerado por planes sociales, alto nivel de empleo público redundante, bajo porcentaje de empleo de alta productividad. La pobreza de entonces para contabilizarla hoy, hay que multiplicarla por siete. Evaluar las condiciones de vida, de escolaridad y los problemas de narcotráfico y marginalidad que la alimentan, nos lleva a calificaciones de resultado mucho más duras.

La inequidad distributiva queda reflejada en la escandalosa concentración de la riqueza de los mega negocios generados por el Estado y entregados a la nueva mega oligarquía de los concesionarios que constituye la desopilante “nueva burguesía nacional de los servicios – que eran públicos – y del entretenimiento que necesita y goza de las autorizaciones públicas”.

Es decir aquello, que era parte de la capacidad de conducción económica del Estado, se ha convertido en usufructo de monopolios u oligopolios privados. El resultado es que hace ya 40 años nuestra economía tiene un recorrido mucho más pobre y lejano al de la de Estados Unidos. Se ha incrementado la distancia entre el nivel medio de vida de aquél país y el nuestro. Ha sido una larga marcha de divergencia con los niveles de vida de las sociedades avanzadas.

Ahora bien, la muerte de Perón coincide con el inicio de estas cuatro décadas de divergencia y desconcertación. Cuarenta años con distintos personajes y discursos contradictorios. Pero con los mismos resultados. Muchos economistas atribuyen esta decadencia a la “discontinuidad” de las políticas. Mi opinión es exactamente inversa.

Esta decadencia, mirando la estructura económica y social de la Argentina – a la muerte de Perón -, es producto de la continuidad, para llamarlo de alguna manera, del nuevo sistema social de distribución y acumulación imperante desde 1975 que, realmente, es uno si se lo mira por lo principal.

De la misma manera que los 30 años de progreso continuo, que van de 1944 a 1974, también son la consecuencia de un sistema social de distribución y acumulación realizado, con matices diferenciados y personajes y discursos contradictorios, pero con las tendencias largas dominadas por las mismas corrientes de distribución y acumulación.

Desde 1974, y a lo largo de cuarenta años, aumentó la pobreza, bajó el salario real, disminuyó el peso de la industria, se desintegraron cadenas de valor, se primarizó la economía y hasta la dinámica de las exportaciones; y la ausencia de la infraestructura compatible con el desarrollo, ha establecido un freno descomunal a la productividad sistémica. Eso no es el resultado de las política macro que administran la tarea de aproximar el producto real al potencial. No. Lo que define un sistema económico y social de distribución y acumulación, que procura la convergencia con los niveles de vida de las sociedades avanzadas, es la gestión del producto potencial; y eso es concebir el núcleo de la tarea pública como un proceso de acumulación del capital productivo y el desarrollo de las cualidades de la población.

La pobreza, con el número de personas en esa condición creciendo por 40 años, es el prólogo al fracaso en el proceso educativo y en las cualidades de la población. ¿Qué sería el progreso sin esa condición?

Las discutibles cifras del PBI, que ahora ha recalculado el INDEC, reconocen lo que venimos todos constatando hace años: la inversión 2004/2013, a precios corrientes, fue una lágrima. Sólo el 18 por ciento del PBI estuvo destinado a la acumulación. Hemos perdido capital por desconcertación y hemos generado divergencia.

A la muerte de Perón, la Argentina, sin interrupción, fue administrada por la “desconcertación”; y con la filosofía de la distribución secundaria: es decir no crear trabajo con alta productividad y dignidad, sino – en el mejor de los casos – generar compensaciones humanitarias. Además el modelo de acumulación renunció al liderazgo del Estado; y se anegó en el cortoplacismo de la oportunidad de consumo – el Estado fiscal consumista – y la oligarquía de los concesionarios. Toda estrategia requiere explicitar un para qué. La pregunta es para qué estos años.

A la muerte de Perón se enterraron varias veces sus ideas económicas de estadista y visionario. Pero no tanto por obra del antiperonismo. Basta un ejemplo reciente. Ricardo Foster, designado por CFK responsable de la “coordinación estratégica para el Pensamiento Nacional”, declaró a Página 12 :“No vengo de la línea San Martín, Rosas, Perón”. Y “de estos tres hubiera elegido a San Martín”. “A mí me interesan (Jorge Luis) Borges, (Domingo Faustino) Sarmiento, e incluso (Bernardino) Rivadavia. Me interesan los jacobinos de la Revolución de Mayo”. Reivindicación de la “línea Mayo Caseros”. Ante ello cabe preguntarse si se prepara el funeral de las ideas de la cultura que Perón sostenía, al cumplirse cuarenta años de su muerte.

Me preocupa la mera existencia de la pregunta porque todo esto implicaría el adiós por parte del peronismo oficial  (diría casi todo el peronismo) al legado de la “concertación” y la “convergencia”. Sin ese instrumento y ese  objetivo, el crecimiento, no alcanza para el desarrollo sino que es un pasaje para los funerales del futuro. La multitud que constituye poder sigue siendo convocada en nombre del peronismo. ¿Entonces?

Sin embargo, no debemos olvidarlo, cada celebración – y esta nota también lo es –  es una oportunidad a la esperanza. En todas partes del espectro político, y dentro de distintos sectores del peronismo, hay la necesidad de “un retorno a las fuentes”. Que así sea.

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12 junio 2014

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