Nosotros y el mundo

8 de agosto de 2014

Carlos Leyba

Es cierto. El panorama económico mundial dista de ser promisorio. Cuando Cristina Fernández hizo alusión a los problemas de la economía mundial no estaba descaminada. Pero falló en las comparaciones. Y eso es de lo que se trata cuando uno habla de nosotros y de ellos; se trata de comparar. Veamos.

Primero veamos las relaciones entre nosotros y ellos. Teniendo en cuenta los pronósticos mas probables, para este año y el que viene, y las realidades pasadas, podemos afirmar que nuestros problemas económicos actuales no son consecuencia de un viento en contra. No. No pasa por ahí.

Pero, atención, ¿el viento en contra está por venir?  Hoy no estamos bien,  pero no porque el viento nos juegue en contra, sino más bien, porque en realidad con el rumbo zigzagueante y el timón que buleva como maleta de loco, el pasaje se marea. Y en esas condiciones, si el viento en contra llegara a venir, no estaremos bien parados para soportarlo. Este es otro tema.

El pasado exterior fue venturoso. El porvenir puede no serlo. Con la lluvia de soja no logramos prepararnos para las vacas flacas que a veces llegan. ¿Vendrán? Gobernar es prever. ¿Quién, en ese sentido, nos gobierna? ¿Se puede prever sin información?

Llegados a este punto es bueno señalar que el crecimiento de la economía argentina, bajo la administración Fernández de Kirchner, no ha sido un ejemplo de aprovechamiento de las vacas gordas.

La desinformación estadística oficial nos ha metido en una tormenta de arena a todos y lo que es peor, a los que deciden. En esas condiciones ni la brújula sirve para saber para donde rumbear.  Veamos lo que sabemos.

El primer año (2008) creció y el segundo (2009) retrocedió en forma. El tercero y el cuarto (2010 y 2011) creció a tasas altas; pero el quinto (2012) se estancó. El sexto (2013) volvió a crecer; este (2014) se está desplomando y el próximo (2015), lo mejor posible, es esperar que se detenga la caída.

No hablamos de inflación, que crece aún con recesión. Ni de inversión que es escasa aún cuando se ha crecido. Sólo hablamos del PBI que nos manda el mensaje negativo de los efectos de la trayectoria serrucho.

La inflación, por su lado; y la inversión, por el suyo, pertenecen a otra galaxia: no forman parte del tablero de control del gobierno. No forman parte de su preocupación. Para CFK, al igual que para el pensamiento neoliberal  y la ortodoxia, la salud del mercado se expresa en el consumo; y es el consumo el que determina la inversión. Ninguno de los ministros K y ninguno de sus presidentes ha pensado la economía en términos heterodoxos que consisten, esencialmente, en centrar la política del Estado en la inversión reproductiva. Esa es la madre del borrego.  Ha sido tal el lavado de cerebro de los 90 que el FPV – que junta menemistas, viejos bolches, erpianos y hasta peronistas de Perón – reputa como “proge” la ortodoxia estructural, más los controles (clásicos también en todas las dictaduras) más la política de la sociedad de damas de beneficencia. Pero ese es otro tema.

En todo su gobierno CFK tendrá una tasa de crecimiento del 1,5 por ciento anual acumulativo. Los números oficiales tal vez pueden sumarle algo más, pero no mucho. Creció la población y el producto, en ocho años, no se habrá adelantado al aumento de la demografía. El PBI por habitante no es hoy más alto que al principio de la gestión. Para ponerlo en términos comparados, y ya veremos por qué, si durante 8 años hubiésemos crecido al 3 por ciento anual acumulativo el PBI habría crecido 26 por ciento y el PBI por habitante sería mayor que al principio. Pero no fue así.

Todas las tensiones que hoy vivimos, además de los problemas de la deuda, vienen de esa falta de expansión de la economía y de la realidad de una productividad que se resiste a crecer. O a unas políticas, de corto y de largo plazo, que no aciertan a sintonizar con la realidad.

Veamos la cuestión de la economía mundial dado que Cristina nos ha convocado a esa reflexión con un afán comparativo.

Los pronósticos de FMI, OCDE, la Comisión Europea y el Consensus Forecast coinciden en que la economía mundial, en 2014, crece más que en 2013 y en 2015 lo hará más que 2014. La secuencia es de aceleración del crecimiento en estos tres años. Pero el ritmo global sólo es de un crecimiento de algo más que 2 por ciento para el año pasado, el 3 por ciento para este año y 3,5 por ciento para 2015. Brasil anota hasta 1, 8 por ciento para este año y 2,2 para el que viene. Chile acusa 3,6 ahora y 4,2 por ciento para el próximo. Esto es lo que pasa en el mundo y en el vecindario.

Nada extraordinario para ellos; y nada que nos pese a nosotros y ninguna razón externa para que crezcamos menos que el promedio mundial que es lo que ocurrió, ocurre y ocurrirá. China crece el 7,4 este año y repite el año que viene. Estados Unidos 2,6 y 3,5 por ciento.

Es cierto que esas cifras no revelan un mundo creciendo a la velocidad, ni con la distribución de la expansión, requeridas para la resolución de los grandes problemas de empleo que aquejan al planeta.

Ese crecimiento mundial, aunque escaso, presenta varios frentes de tormenta que pueden debilitarlo. Estas cifras no son malas. Pero pueden empeorar.

Cristina Kirchner – en su último discurso en el que anunció medidas de “reactivación” – señaló a la economía mundial y a la del vecindario, como las causantes o condicionantes de este pésimo 2014 y del no menos malo 2015.

Los anuncios de estos días no son ni remotamente los necesarios. Suman. Pero poco. Pero las disculpas o los atenuantes esgrimidos por CFK,  al reconocer el estancamiento de la economía, basados en el mal desempeño del mundo no son consistentes. Básicamente porque, en promedio, los países están creciendo más que nosotros y se pronostica que lo harán más rápido el próximo año si es que los riesgos de freno no se verifican.

Es muy elocuente del malestar que experimenta el 60 por ciento de la población en materia económica. Las cifras del INDEC, las anteriores, y las nuevas no son convincentes. Fuera del INDEC no hay recursos económicos como para disponer lo mismo que podría disponer el INDEC para realizar estadísticas. Pero los resultados del INDEC no son consistentes con las evidencias que brindan los indicadores más robustos. La información más consistente señala que entre 2007, año anterior a la gestión de CFK y 2015, año de finalización del mandato, nuestra economía habrá crecido aproximadamente el 15 por ciento, un promedio de 1,5 por ciento anual. ¿Qué es lo que influye en este resultado?

Si repasamos, siguiendo la inspiración comparativa de CFK a nivel internacional, las razones de eventuales riesgos para las tasas de crecimiento estimadas para 2015, tal vez encontremos en las trabas de otras economías, pistas para leer lo que pasa en la nuestra.

La economía China está en un sendero de declinación de su tradicional modelo de crecimiento orientado por la dinámica de las exportaciones de las industrias beneficiadas por el bajo costo de la mano de obra. Desde el pico alcanzado en 2010, esas exportaciones están en una tendencia descendente. Y ahora lo que marca el ritmo de es la actividad de la construcción que ha adquirido, desde 2008, un peso creciente en el PBI chino. La tasa de expansión china está dependiendo, como antes lo estuvieron todas las economías que sufrieron cimbronazos críticos, de la construcción. La mala noticia para el sector es que , en los últimos tiempos, se observa en China una caída en los precios de los inmuebles.

China es un factor de influencia fundamental en la tasa de crecimiento de la economía mundial; y si bien registra una desaceleración respecto de los tiempos de brillo, no es menos cierto que su tasa actual de crecimiento de 7,4 por ciento es una columna fundamental del 3,5 que se espera para el mundo en 2015.

En segundo lugar, el resto de los BRICS, sin Rusia, – al igual que otros países emergentes – han comenzado a experimentar los cuellos de botella propios de la “falta de desarrollo” que acompañó a la etapa de expansión de los precios de las commodities. Todos estos países refieren una carencia, un cuello de botella, o en energía, o en infraestructura o en la formación de la mano de obra. Esas carencias se reflejan en el estancamiento de la productividad que implica, por ejemplo, una reducción de la velocidad de crecimiento de la industria manufacturera y a la vez una desaceleración del crecimiento.

En tercer lugar los países maduros atraviesan condiciones que – en conjunto – también ponen en zona de riesgo tasas de expansión que, de suyo, no son en sí elevadas. Estados Unidos también está sufriendo las consecuencias de un “cambio de modelo”. Los salarios reales se han estancado y las tasas de interés de los créditos se han incrementado, todo lo cual tiende al freno del mercado inmobiliario y al consumo masivo; pero además se afirma la tendencia a la concentración de la riqueza que, por las características de los beneficiarios, opera como una reducción de la presión de crecimiento por consumo en la coyuntura.

Todo sumado significa que en realidad, el mundo no está operando en contra de nuestro crecimiento toda vez que ,en todos estos años, el mundo ha crecido más que la economía argentina. Y si bien es cierto que el crecimiento del mundo es débil, no es menos cierto que el nuestro lo es mucho más.

Pero las razones de potencial desaceleración que hemos identificado en China, los demás emergentes y los Estados Unidos, nos sirven para una reflexión comparada acerca del estado de nuestra economía.

La economía argentina ha crecido menos que el mundo en estos tres años y no ha sido entonces el mundo el causante de nuestros males. Apuntamos que la excesiva predominancia de la construcción (y la residencial) en el crecimiento chino anunciaba una debilidad como consecuencia del alza del precio de los inmuebles. El desplazamiento del modelo orientado por las exportaciones industriales está acusando problemas. Pues bien. El crecimiento de la economía argentina en la década K fue intensivo en construcción; y a partir del “cepo cambiario” lo inmobiliario se derrumbó. Y si bien es cierto que nunca las exportaciones industriales fueron motor de tracción de la economía nacional, es bueno observar que, en Chinas, la construcción no ha podido sustituir la dinámica de la industria. Esta sería una primera lección de economía comparada para tener en cuenta.  O dicho de otra manera, con la construcción se empuja pero no es un motor resistente. El motor resistente es el de las industrialización y más si es exportadora.

Los demás países emergentes se frenan en su dinámica industrial, que es la garantía de crecimiento y mejora social, a causa de los cuellos de botella que afectan la posibilidad de la productividad sistémica, en particular, influenciada por la debilidad de la infraestructura y la debilidad de la formación de la fuerza de trabajo. Esa “debilidad” nos cabe como traje a medida. Por ejemplo, justamente, a pesar del bono demográfico a consecuencia de la pobreza, su cantidad y proporción, que se arrastra desde hace décadas, nuestro potencial – en ese terreno – es una debilidad si es que la miramos desde la perspectiva del futuro de la productividad. Y ni hablar de la infraestructura que más que una facilitación para el sistema productivo es, aquí y ahora, un sistema de barreras por su enorme carencia. Y finalmente, a pesar de nuestro potencial, sabemos en carne propia lo que significa la restricción de la energía.

Es decir las cuestiones que podrían afectar la realización de la tasa de crecimiento en los países emergentes, también nosotros las tenemos y son las que nos frenan.  Esta es una segunda lección del análisis comparado del riesgo de estancamiento de los países emergentes como espejo de nosotros mismos.

Y finalmente la lección yankee. Estados Unidos hace rato perdió el ideal del “american way of life. En palabras de Paul Krugman pronunciadas hace veinte años “esta generación será la primera que vive mejor que lo que vivirán sus hijos”. Una manera elegante de hablar de retroceso.

Nosotros, los argentinos, con los números en la mano y descontando el natural beneficio del progreso derivado del mero transcurso del tiempo, bien lo sabemos porque lo estamos experimentando hace 40 años. En esta etapa el crecimiento de Estados Unidos está condicionado por el modelo de concentración y distribución inequitativa, un modelo regresivo que hace que, en definitiva, la productividad no se distribuya y que en consecuencia el sistema tienda a ahogarse. Eso es lo que pasa cuando baja la masa salarial sea por uno o por dos de sus componentes: el empleo y el salario real. Y ahí estamos.  Una tercera lección para evaluar el porqué crecemos tan poco en un período largo.

Cristina Fernández, en su último mensaje, señaló como causa de la desaceleración de la economía argentina, la desaceleración de las demás economías. Nada indica que ese argumento sea sólido. Primero porque no tiene en cuenta  ninguno de los factores endógenos de largo y de corto plazo que son muy anteriores a la elaboración de cualquier pronostico.

Tenemos el “peligro  a la manera de la desaceleración china” porque no hemos incorporado como motor de sostén de la economía una real política de industrialización y hemos destinado recursos financieros de largo plazo no a la capitalización productiva sino a construcciones residenciales de baja productividad social. Tenemos el “peligro a la manera de la desaceleración de los emergentes” que es la ausencia de infraestructura, la debilidad de las capacidades para aprovechar el bono demográfico y la crisis energética que se mide por el déficit comercial que nos genera. Y tenemos el “peligro a la manera de la madurez yankee” por un nivel de salarios y una estructura distributiva que impide que la productividad se transforme en la dinámica de consumo que sólo logra un proceso distributivo que, como sabemos, depende de la estructura productiva. Y ahí volvemos a la industrialización y a la inversión reproductiva. Nuestras ausencias.

Las palabras de CFK han servido para sugerir que tenemos un largo camino por delante: crecer como mínimo como el mundo o más que el promedio. Y que ese camino solo lo podremos recorrer tomando ejemplos de las cosas que hacen mal y que alguna vez hicieron bien, los países que han crecido más.

Una lista breve y programática: industrialización, infraestructura, educación, energía (mirar el potencial renovable), equidad social. La experiencia de los otros países nos dice que la ausencia de esas cosas “desacelera”. Y en nuestro caso es lo que no nos permite crecer. No es el mundo el que nos pone esas trabas sino la política que no ha sabido diagnosticar y resolver los problemas profundos. En el día del niño deberíamos recordar que ya no lo somos y que la culpa, si la hay, casi nunca es de los otros.

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10 agosto 2014

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