NAVEGACION DIFICIL

6 de septiembre de 2014

Carlos Leyba

Estamos incomunicados y no sólo por los problemas de los celulares, que los hay; o por la manera en que nos absorbe la comunicación por vía electrónica o los tiempos en que somos sólo espectadores pasivos, todo lo que insumen muchas horas de nuestra vida. No sólo por eso. Sino porque existen muchos problemas en la comunicación de nuestra vida colectiva.

Cuando se trata de cuestiones colectivas, los problemas de comunicación tienen consecuencias graves sobre la vida de la comunidad. Por ejemplo la metáfora del rumor, nacido de una sospecha, que se convierte en profecía autocumplida es elocuente. Y ha generado desgracias colectivas.

Miguel de Unamuno recordaba a un autor inglés que, para referirse a los problemas de comunicación entre las personas ,señalaba más o menos así: cuando hablan Juan y Andrés no hablan dos sino seis. El Juan que Andrés piensa que es, el Juan que Juan piensa que él es; y finalmente, el verdadero Juan que sólo Dios sabe quién es. Y lo mismo le pasa a Andrés. Cuando hablan dos, hablan seis.

Además, entre nosotros y en la vida pública, suele ocurrir que el discurso de Juan cuando es refutado por Andrés lo hace al grito de “¡ cómplice de tal cosa!”. Dios no está en la mesa y entonces es imposible aclarar la verdad.

Así, el debate sobre los hechos naufraga a consecuencia de ser sustituido por la discusión sobre las personas. Jorge Luis Borges decía que las personas inteligentes no hablan de las personas, sino sobre las ideas, etc. No es difícil recordar las imágenes en pantalla de algunos políticos, consultores, etc., discutiendo no sobre la cuestión en sí, sino sobre otras dimensiones de la vida de los supuestos interlocutores que – en realidad – hablaban con un pasado que ya no estaba allí.

Borges estaba proponiendo una manera inteligente de debatir: eliminar la componente personal. La componente personal tiene que ver con la vida y la historia de cada uno. Y es habitual que los juicios acerca de las personas estén referidos a su atribuida historia. En nuestra Argentina, la de los días que corren, la historia – nuestro pasado inmediato – es una materia de intensa discusión y enorme divergencia, que inunda todos los debates. La secuencia de culpas atribuidas respecto de los males reconocidos invade décadas.  Y sin embargo, volviendo a Borges, él nos decía que para pensar es necesario poder olvidar y así generalizar; y lo decía el creador de “Funes el memorioso” alguien que sabía de los vicios de la memoria. Todo esto está a flor de piel aquí y ahora y no es para nada bueno.

Lo dicho no es todo lo que afecta la posibilidad de entendernos, aún discrepando, que es el principio fundamental de la democracia.

Una apostilla. No puedo evitar recordar una anécdota de la que viene a cuento su final. Luego de una pregunta, de un hombre muy humilde a un profesor, acerca de algo elemental para todos nosotros; el buen hombre – luego de estar satisfecho por la respuesta – dijo: “ es que de tanto obedecer no tuve tiempo de aprender”.

Justamente la democracia implica que antes del obedecer está el aprender. Y el aprender implica el entendimiento y el diálogo.  La democracia es un sistema de diálogo. No de obediencia previa al entendimiento. Y también implica que antes de recordar, en orden cronológico, es imprescindible pensar en el futuro que es donde vamos a vivir realmente. Justamente eso es lo que, en nuestros debates, es el gran ausente. Pero no el futuro de los pronósticos sino el futuro de lo qué vamos a hacer y para qué. El futuro es lo que hacemos. Y es uno, si pensamos desde el futuro, y otro si lo hacemos desde el recuerdo.

Volvamos. Nuestra democracia está complicada en lo que hace a la posibilidad del diálogo que le es constitutivo. ¿Qué sentido tendría el parlamento sin diálogo no de monólogos sucesivos ?

Es que además de todo lo dicho, algunas cosas de alcance universal y otras que vienen de esta comarca, nos despierta una enorme preocupación el tono de la acción directa y el de los discursos. El tono es ensordecedor. ¿Por qué? Es que los monólogos, la acción directa, están construidos para no escucharnos.

Y todo eso es porque nos enfrentamos a una originalidad de la que se desprende el monólogo y la acción directa. Sea que hagamos un análisis comparado entre naciones hoy; o con otras etapas de nuestra propia historia, nos encontramos con la originalidad de vivir en el mismo espacio y en el mismo tiempo histórico, pero con percepciones de lo colectivo diametralmente opuestas. La realidad es abismalmente diferente para unos y otros.  Sin duda difícil hasta para la convivencia democrática e incitadora al autoritarismo, al desorden, a la precariedad de la acción.

Hoy el discurso oficial sostiene que la realidad económica y social es inmejorable, que no hay punto de comparación respecto del pasado nacional y que además, en el concierto de las naciones, lo que aquí ocurre es un ejemplo. Esa convicción está trasladada a la masa de sus votantes que, todas las encuestas lo confirman, abarca a la primera minoría de la Nación. El oficialismo, con sus más y sus menos, abarca un tercio de los votantes. En esas condiciones el discurso oficial es fervoroso y sin matices ni fisuras y se traslada con pasión a la militancia, que no es poca. Rentada o voluntaria es aguerrida y convencida. Es el discurso de la década ganada más allá de los eventuales beneficios del contexto internacional. La década ha sido ganada como consecuencia de las políticas notablemente exitosas inauguradas por Néstor Kirchner y continuadas por Cristina Kirchner. Ellos aspiran a que sea continuada por el heredero que gozará del apoyo de CFK quién tiene hoy una imagen positiva superior al tercio de los votantes y que puede por lo tanto sumarle algo más al elenco que las encuestas anuncian como el capital electoral del kirchnerismo. En esa dimensión el kichnerismo se califica como un movimiento fundante que deja atrás una historia de la que poco hay para rescatar. Quienes lo enfrentan o pretender disputarle el poder, en esa visión, se proponen retornar a un pasado que conspira contra el progreso. No puede haber, en esas condiciones, ni debate, ni dialogo. Cada discurso es una apelación a mostrar una realidad que los demás no ven. Y cada acción tiene el propósito de una reforma a lo que antes existía. El posicionamiento es fuerte. Cristina, además de las conspiraciones, para dejar las cosas mas claras dijo: a mi izquierda solo está la pared. Vale decir el kirchnerismo es el límite más allá de lo cuál no hay nada y menos lo que se auto reputa como crítico, reformista, revolucionario.

El discurso opositor sostiene que muchas variables de la realidad económica y social requieren sustantivas mejoras que, sostienen, son imprescindibles y posibles. Y urgentes ya que las complicaciones reales son crecientes y que las medicinas aplicadas hasta aquí son aceleradores de los problemas. Desde esa mirada opositora, el vecindario regional exhibe mejoras y prácticas que aquí no ocurren; y vis a vis nuestro pasado el saldo dista de haber sido superador. Mientras para el oficialismo el mundo se desploma, para la oposición no son esos los datos. Y la consecuencia es que ésta no ha sido una década ganada, sino más bien, una década desaprovechada. Esta visión – distribuida entre los extremos críticos, los promedios, y los menos opositores – suma dos tercios. Pero ninguna de las voces políticas coincidentes y que pretenden representarlos, alcanza siquiera a tener la mitad de esa opinión crítica.

La visión oficialista cuenta con un liderazgo férreo. El liderazgo de Cristina supera al número de sus adherentes.  La visión opositora no dispone de un liderazgo y camina detrás de una bandera crítica. Los críticos son muchos más de lo que suman aquellos que pretenden representarlos.

Una verdadera paradoja, el líder que se va suma más adhesión que cada uno de los que pretenden ocupar su lugar; y sin embargo los que aspiran a que el liderazgo que está deje el poder son absoluta mayoría, pero dispersa.

Cuando hay tamaño desacuerdo fundamental acerca de los hechos, entre el oficialismo como un todo monolítico y las oposiciones como espacios casi estancos, no hay posibilidad de diálogo. Dice José “La casa se está inundando”. Dice Pedro “No es cierto. No hay inundación”. Un hecho. Dos miradas. No hay posibilidad de diálogo ni de acción cooperativa.

Ese desacuerdo fundamental en los hechos, entre estamos bien y estamos mal, entre la década ganada y la desaprovechada o perdida, hace inevitable que predomine el monólogo como mecanismo de incomunicación. En eso estamos. Hay monólogo oficialista y monólogo opositor. El intercambio de monólogos no es un diálogo. Y sin diálogo no existe la posibilidad de acuerdo y sin acuerdo, como mecanismo de tránsito, la política se tranca en la confrontación primaria, inicial, desde el primer paso.

Jorge Capitanich es la voz matinal del oficialismo. Sus datos no son compartidos por todos los que no son íntegramente oficialistas: hoy una inmensa mayoría. No todos ven lo mismo. No hay posibilidad de diálogo. No hay posibilidad de acción cooperativa.

El actual oficialismo ha generado un corte en un espacio que era común.

Desde qué inauguramos la democracia, en general, existió un consenso acerca de la descripción de la realidad. Específicamente la información estadística, esencial para pensar y diseñar la política económica y social, acreditaba un consenso extendido. No es que el INDEC no mereciera críticas por la ausencia, debilidad y escasa profundidad de la información provista para constituir una fuente relevante de diagnósticos. Siempre fue, en ese sentido, un organismo con severas limitaciones.

Pero la información que brindaba, con sus limitaciones, era reputada como veraz. Los datos básicos informados gozaban de credibilidad y consenso. Nadie cuestionaba que si el termómetro marcaba 38 grados esa era la temperatura que acusaba el enfermo. El campo de la discusión no era sobre la medición sino sobre las causas de esa temperatura, la gravedad o no de la misma; y acerca de como y cuando resolver el problema. Había acuerdo sobre la realidad, sobre la temperatura. Y el diálogo, la discusión, el debate, transitaban por las causas del problema; sus consecuencias y soluciones.

La discrepancia acerca de las causas, de cualquiera de los problemas que las estadísticas revelaban , era enorme. Los que reputaban las causas como estructurales tenían entre sí discrepancias gigantescas y a su vez ellos mismos, tomados como conjunto, tenían discrepancias enormes con el conjunto de quienes consideraban las causas, de esos problemas, como coyunturales, es decir, derivadas no de las estructuras sino de accidentes o desvíos de circunstancia.

El consenso sobre la información, que de eso hablamos, era muy extendido, diría unánime. Pero el disenso sobre las causas, las consecuencias y el modo de resolver el problema, que la información revelaba, era sustancial: el diálogo era posible porque hablábamos de las mismas manifestaciones estadísticas del problema. El diálogo era posible. En consecuencia la concertación, el acuerdo, el encuentro, el pacto eran teóricamente posibles. La práctica, la realización de esos trabajos dependía, ya no del acuerdo sobre la realidad, sino del acuerdo sobre la solución. Y los acuerdos mínimos sobre la solución son una tarea principal de la política: lograr coincidencias mínimas sobre diagnósticos y propuestas de una mayoría extendida es la clave de la potencia y la fuerza de la acción.

Lo cierto es que la incomunicación, la falta de diálogo, lo extremo de las visiones encontradas nos aleja a pasos agigantados de un proyecto de vida en común que nos sea propio. Y sin un proyecto propio las naciones ejecutan un proyecto ajeno.

Hoy – como hemos dicho – en términos electorales, la minoría (el oficialismo) cuenta con un liderazgo férreo (CFK)  montado en una versión del presente (la década ganada). La mayoría electoral (las oposiciones) no dispone de un liderazgo (en su lugar un sin número de pretensiones débiles)ni de una visión común excepto que el camino de la llamada década ganada no es el correcto. ¿En esas condiciones qué podemos esperar? ¿Qué debemos lograr para superar la incertidumbre?

Primero, reconstruir la verdad estadística sobretodo la social, pobreza e inequidad. No es lo mismo pensar el país desde la pobreza que pensarlo como si ella no existiera. Segundo la verdad sobre la producción. No es lo mismo pensar el país si se industrializó o si profundizó su carácter primario. No es lo mismo si vivimos un proceso de acumulación o uno de desacumulación. Y podemos seguir enunciando lo que hoy es una información que no genera la menor confianza a la mayoría. El primer paso es un nuevo INDEC con todas las garantías. Parece poco. Pero unificar la información es el primer paso para el diálogo.

La otra cuestión es dónde poner el eje del pensamiento. El ejercicio del futuro es el único que no estamos realizando. Y ese es el único lugar dónde puede haber consenso.

Sin esas dos condiciones, información y futuro, lo que nos espera es un continuo ir y venir sin rumbo. Cosa grave sobretodo cuando el viento de cola ha amainado por mucho tiempo.  Y sin rumbo, con poco viento e incomunicados la navegación será difícil.

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06 septiembre 2014

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