EL PODER DE LA IMAGINACION

20 de septiembre de 2014

Carlos Leyba

Una versión de esta nota fue publicada en El Economista

El año 2014, desde el punto de vista del nivel del PBI, será el de un retorno no deseado a los niveles alcanzados en 2012. Pero los precios de este año serán el doble de los 2012. Desde 2007 las exportaciones, en volumen, están estancadas; y en una década, la inversión reproductiva bruta no ha pasado del 7 por ciento del PBI. Por eso el malestar en la economía es inocultable: estamos yendo dónde no queremos ir. Nadie tiene como objetivo el retroceso económico. Y hasta que la tendencia no se revierta el clima se irá enrareciendo.  ¿Cómo y cuándo se revertirá la tendencia?

En ese rumbo económica y socialmente negativo, con caída del salario real y problemas graves de empleo, con un nivel de pobreza escandaloso que persiste; la política se encamina al proceso electoral de los cargos ejecutivos.

¿Qué ofrecen los candidatos a la conducción del país para detener esa  fuerza gravitatoria negativa? Por ahora nada demasiado claro. Y en el caso de que ofrecieran certezas de detener la caída y dirigirnos al progreso ¿qué significaría todo ello para el largo tiempo que media hasta el cambio del gobierno?  La transición, que de eso se trata, es un tiempo de incertidumbre que sólo puede ser resuelto por quién gobierna.

Quien gobierna se ha expresado al respecto de manera esquizofrénica. Por un lado el proyecto de Presupuesto 2015 asegura crecimiento y caída de la inflación. Pero ninguna señal de política para lograrlo. Pero, según trascendidos periodísticos (La política on line), el ministro Axel Kicillof habría transmitido a gobernadores oficialistas que la “economía está en caída” y “no hay manera de ganar una elección con una economía así”. Es decir confirma que nada se hará para evitarlo. La respuesta a los interrogantes entonces es la incertidumbre.  Incertidumbre que se multiplica porque, al día de hoy, el resultado electoral es realmente incierto.

Lo revelado es que los que administran la economía se empantanan en explicaciones de causas exógenas que tratan de desvincular los hechos – que minimizan pero no pueden desconocer – de las decisiones, por omisión o comisión, de la política económica real. La real no es idénticamente igual a la discursiva. Lo que se dice forma parte del imaginario. Lo que se hace se mide por las consecuencias. Pero las omisiones, lo que no se hace, no se hace porque a los que gobiernan el problema les  parece pequeño o postergable; y siendo que en general ni es pequeño ni postergable, tiene la consecuencia de la sorpresa. Es el caso de la revisación de la instalación de gas que se pospone y que puede concluir en una desgracia inevitable que funge como desgracia, accidente o sorpresa y no lo es, justamente porque la revisación habría detectado el problema.

Cuando el discurso, lo imaginario, domina la reflexión – en la práctica – entonces prevalece la omisión: todo se torna pequeño y postergable. Y las sorpresas se multiplican. ¿Estamos ahí?

El retroceso, en la perspectiva de quienes gobiernan, no es un hecho que dependa de la política económica, sino que es la consecuencia de una sistemática restricción de la oferta con propósitos desestabilizadores algunos de cuyos ejemplos son la presión sobre el tipo de cambio oficial, despidos, etc.

La solución gubernamental frente a esa, que considera restricción desestabilizadora, pasa por nuevas normas que permitan una intervención estatal directa en los mercados y anule las restricciones. En el diagnóstico gubernamental el retroceso de la oferta es una decisión política a nivel de las empresas. Consecuentemente liberar esa restricción no requiere de ninguna decisión de política económica, en el sentido tradicional del término, sino que exige un conjunto de normas directas eficaces que tuerzan el origen en la vida económica. El esfuerzo puesto en la nueva legislación respecto de la incautación de bienes almacenados con propósitos especulativos, de acuerdo con las manifestaciones de los diputados Edgardo De Petri o Diana Conti – quienes conducen intelectualmente el FPV –, es elocuente. Se  concreten o no esos pasos, “lo normativo” ha tenido prioridad sobre lo que podemos llamar, en términos tradicionales, “política económica”.

El fundamento discursivo, de lo imaginario, establece la prioridad de la “norma vinculada a la acción directa” por sobre la política económica y, por lo tanto, consagra la omisión como política. La omisión, lo dijimos, es el preludio de la sorpresa.

La segunda cuestión relevante es que los precios de la producción de 2014 serán 100 por ciento más altos que los precios vigentes a principios de 2012. Mas personas, menos bienes y servicios por persona; y precios en alza. Mucha inflación en el marco de un retroceso de la actividad económica.

Esta cuestión, la de la inflación, no está en la agenda de la política económica gubernamental como una cuestión de política económica propiamente dicha. Para el gobierno la inflación, al igual que el freno de la producción, no se trata de una cuestión estrictamente vinculada a la economía y a la política económica. Para el gobierno – desde que Guillermo Moreno asumió la conducción –  la inflación es una cuestión de las decisiones empresarias concentradas. Por lo tanto la única acción eficaz frente a la inflación es controlar administrativamente esas decisiones. La diferencia es que, mientras con Moreno había una relación personalísima con esas decisiones empresarias, ahora la decisión es normalizarlas con reglas que permitan, más que convencer y negociar, imponer el criterio público. Así como no hay una disposición de ánimo de política económica para la cuestión de la oferta tampoco la hay para la cuestión de la inflación.

¿Cuándo y cuánta puede ser la eficacia en términos de crecimiento y estabilidad, de este planteo de economía de control que, sorprendentemente, excluye la concertación multidimensional,  el largo plazo y el planeamiento; y se concibe a sí misma como una economía de control de respuestas cotidianas?

El tiempo juega en contra: cuánto más dure el retroceso y la presión inflacionaria, más difícil resulta la aplicación de control y acción directa. En el nivel de actividad estamos en el nivel de 2012 con precios que son el doble de entonces. La aplicación de control y acción directa exigen mucho tiempo en la medida en que inevitablemente se convierten en acciones de detalle. La abundancia de normas alimenta la omisión de política económica.

Uno de los elementos adicionales que califican negativamente, al planteo normativo para enfrentar a la retracción económica con inflación, es el más que comprometido balance en dólares de las cajas del gobierno. En este campo, el de la caja en dólares, la acción directa y el control pueden contribuir a evitar la fuga o administrar el uso de divisas por prioridades. Pero no existe método de control para lograr incrementar el flujo de divisas procedentes del exterior.  Acerca de esos flujos de procedencia externa, la acción directa o reglamentaria del gobierno tiene una sola vía que, con la excepción posible de la alianza estratégica con China y Rusia,  es la eliminación de la brecha: nadie ingresara dólares por el mercado oficial cuando la brecha es del 80 por ciento.

Efectivamente, además del retroceso económico y de la altísima inflación,  la brecha entre la cotización del dólar oficial y el dólar blue, alcanza hoy a casi 80 por ciento. El dólar ilegal tocó los 15 pesos y en 2011 para esta misma época su valor era de 4,44 pesos por dólar y el oficial cotizaba a 4,25.  En tres años de débil actividad y alta inflación, el paralelo triplicó su valor y la brecha, casi inexistente entonces, alcanzó niveles únicos.

¿Quién podría decir con sólo esos tres datos (actividad, inflación, brecha) que, en los últimos años, la economía describe una curva satisfactoria? Nadie. Por eso el gobierno, para esos tres componentes, retroceso, inflación y brecha, ha puesto en marcha un programa de acción directa con las nuevas normativas. ¿Cuánta omisión de política económica encierra esta concepción? ¿O cuánta sorpresa podemos esperar?

¿Pero acaso tres datos agotan la descripción de la situación de la economía; el estado de las cosas? No. Con ser importantes esos datos sólo son indicadores. No aportan información acerca de la marcha de dos elementos centrales sobre la real salud de la economía a largo plazo: la competitividad externa y la expansión de nuestro producto potencial.

Veamos el estado de competitividad externa y de expansión del producto potencial.

Podemos aproximarnos a una medida de la competividad mediante una lectura de la performance exportadora. Desde 2007 las exportaciones de nuestro país han permanecido estancadas en términos reales. Una mala performance.

Los volúmenes exportados no aumentaron. El aumento del valor exportado desde 2007 hasta 2013 (6,5 por ciento) ha sido exclusivamente consecuencia del incremento de los precios (6,4 por ciento) permaneciendo las cantidades constantes. Desde 2007 hasta 2013 las cuentas externas han sido favorecidas exclusivamente por el viento de cola que oculta la realidad de la competitividad. Estamos sometidos al riesgo de que amaine el viento de cola ya que, nuestra competitividad, no ha dado señales de incrementarse en todo estos años.

Las exportaciones del Mundo crecieron 13,6 por ciento en volumen desde 2007 y hasta 2013. Las nuestras no. Nuestra participación en el comercio mundial declina. Nuestra competitividad no progresa. La mayor cantidad de dólares que ingresan es consecuencia de la bonanza de los precios de los bienes que exportamos y no de la pujanza competitiva de nuestras exportaciones. Los incrementos de precios internacionales aplican a los Productos Primarios y a las Manufacturas de Origen Agropecuario, que son los sectores en los que tenemos ventajas “comparativas” como consecuencia de la dotación de factores. Y en esos productos, en volúmenes, fuimos para atrás. En 2013 exportamos el 43 por ciento de la carne, el 25 por ciento del trigo y el 77 por ciento de la soja que exportábamos en 2007. Nuestros vecinos, todos, crecieron de manera extraordinaria en esos productos en volumen respecto de 2007 (ver Adrián Ramos, Estancamiento Exportador, Econométrica,2014).

Parte de la actual escasez de dólares es producto de esa debilidad competitiva. ¿No ha sido esta declinación consecuencia de las medidas de acción directa y control de la políticas de carne, trigo y soja?¿O de la omisión de política económica exportadora?

La situación actual, además del retroceso del PBI, la inflación y la brecha, debe ser caracterizada por una notable caída en la competitividad de aquellas producciones en las que nuestras ventajas comparativas hasta ayer nomás eran indiscutibles. ¿Qué hizo que perdiéramos nuestras posiciones tradicionales en el comercio exterior?

Para aproximarnos, sin pretender agotarlo, al proceso de expansión del producto potencial, el elemento clave es observar cuánto hemos destinado del Producto Bruto Interno a la Formación Bruta de Capital.

El Indec acaba de publicar los datos básicos de la Contabilidad Nacional a los precios corrientes  y desde 2004. En esta década el promedio de la Formación Bruta de Capital fue de 18,2 por ciento. Pero en 2012 y 2013 no llegó al 17 por ciento. Y en todo el período lo destinado al Equipo Durable de Producción (maquinaria y equipo y transporte) en promedio apenas alcanzaría al 40 por ciento de esa cifra. Es decir esta economía destinó en esta década solamente el 7 por ciento del PBI para la reposición y expansión del aparato productivo y de transporte. Tomando la información del Ministerio de Economía en materia de producción industrial y capacidad instalada nos encontramos con que mientras la capacidad instalada de la industria aumentó el 31 por ciento desde 2002 hasta 2013; la producción lo hizo en el 98 por ciento. Una evidencia de cuánto de aprovechamiento de capacidad ociosa representó la salida de la crisis.

Los números oficiales (los de exportaciones y estos de inversión lo son) explican – por una parte – cuál ha sido el énfasis de la política económica, cuál la omisión y cuál la consecuencia de esa concepción.

El énfasis no ha estado ni en la competitividad ni en la expansión del producto potencial. Y si lo estuvo los resultados fueron negativo. El agujero gigante y de aproximadamente 30 mil millones de dólares que genera la industria en el balance comercial externo es una demostración de la ausencia de la búsqueda de competitividad dinámica. El mínimo equipamiento productivo agregado año tras año; y el abandono de la promoción exportadora, componen un cuadro de políticas signadas por el corto plazo y el agotamiento de los stocks.

La respuesta oficial reciente, la que hemos llamado normativa, a los problemas de retroceso productivo (vinculado a la falta de inversión; ausencia de búsqueda efectiva de sustituciones dinámicas en la industria; estancamiento real de las exportaciones de ventaja comparada) y a su inevitable asociada, la expansión inflacionaria, es a todas luces de más que relativo impacto positivo. La buena política económica no tiene sustitutos normativos. Y la conducción económica ante las dificultades para diseñar una política ha optado por el mecanismo de las normas. En ese contexto es difícil imaginar que se resuelvan las causas económicas del estancamiento y de la inflación y que al año electoral 2015 navegue en calma.

La mayor parte de los opositores, por su parte, suponen que los problemas se resuelven a partir del ingreso de dólares frescos obtenidos sea por nuevo endeudamiento o por El Nuevo Dorado de Vaca Muerta. En última instancia los oficialistas no piensan diferente. La demora en la ruta de la deuda o Vaca Muerta, los ha impulsado a tratar de regular los problemas hasta que puedan llegar los dólares.

Lamentablemente sin atacar a fondo los años perdidos en materia de inversión reproductiva y competitividad externa, más deuda es un salvavidas de plomo y la Vaca Muerta puede convertirse en una paradójica barrera para salir de la concepción decadente del populismo de clase media de Martínez de Hoz y Cavallo (déme dos y pague después) o del derivado de la soja, cuya abundancia no generó deuda, pero tampoco inversión ni competitividad.

¿Por qué los políticos, sin distinción de banderías, apuestan a que sin inversión se puede crecer? ¿Cómo se entiende sino que durante esta gestión K se hallan fugado más de 100 mil millones de dólares del excedente aquí generado? ¿Será el poder de la imaginación? Tal vez. Kicillof dijo que con este estado de la economía no se gana. En una de esas el poder de la imaginación sea apostar a la derrota creyendo que “los que vengan nos harán buenos”. Desde el sábado los que gobiernan atesoran una bendición papal y, en principio, deberían ser más buenos que antes de ella. El poder de la imaginación.

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20 septiembre 2014

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