PERCEPCIONES

27 de septiembre de 2014

Carlos Leyba

El concepto de percepción es extremadamente complejo. No lo vamos a abordar. Pero todos sabemos que ante una  imagen, convenientemente preparada, cada uno de nosotros ve y percibe, cosas distintas. Por ejemplo, ante la misma figura – preparada didácticamente – una mitad ve una joven y la otra a una anciana.

Las dos percepciones lo son de una “verdad preparada” que nos enseña que la percepción obedece a estímulos dentro de un proceso mental que los organiza y les da un sentido. Es un ejemplo. En el mundo real normalmente no hay una mirada única. Matices, diferencias, puntos de vista. Siempre la vista es desde un punto. Y los ángulos cambian lo que vemos.

Salvando las distancias del ejemplo mencionado respecto a nuestra realidad, lo que es cierto es que, particularmente  en los días que corren, sectores antagónicos perciben “la realidad colectiva”, lo que llamamos la vida económica, social y política, de manera tan diferente que realimenta esos antagonismos. Cuando hablamos de la realidad incrementamos nuestras diferencias.

Algo notable porque, desde la lógica, debería ser al revés. Enfrentados a la realidad se supone que la mirada compartida debería inducir a el consenso en la acción. Un incendio no se discute, se trata de apagar. Pero si donde unos ven fuego, los demás ven claridad, el intento de apagarlo puede producir un enfrentamiento que agrava el incendio o que, por el contrario, evita o compromete la claridad. “Nada es verdad, ni es mentira, todo es según el color, del cristal con que se mira”.

La Argentina de hoy está atravesada por dos miradas radicalmente distintas y, repetimos, antagónicas. Donde unos ven progreso, otros ven retroceso. ¿Cómo es posible?

Los estímulos o los datos o lo que vemos, están procesados y organizados en nuestra mente según un relato o un marco teórico, que nos hace ver la realidad de manera diversa según nuestra visión del mundo. Es que no hay realidad sin teoría.

Para ordenar los datos, y configurar una realidad, necesitamos de un marco teórico. Sin ningún marco, algo imposible, la realidad se escaparía a la comprensión; y lo haría por los cuatro puntos cardinales. La realidad se fugaría a la comprensión.

Lo cierto es que, hoy y aquí, la manera en que se organiza la comprensión de los hechos, de los datos, da lugar a una divergencia homérica. Tomemos las cuestiones centrales. Pobreza. Nadie duda que la dimensión de la pobreza es la medida del fracaso de una sociedad democrática. En esto hay acuerdo. En lo que no hay acuerdo es en la dimensión de la pobreza. Para los encuestadores de la UCA la pobreza está en los peores niveles dejando de lado los picos de la hiperinflación de los 80 y de la hiperrecesión de principios de siglo XXI. Para los cálculos del INDEC, si bien la discontinuación de los mismos marca la convicción oficial de su insensatez, la pobreza estaba en los mínimos históricos. Abismo. Fracaso para unos. Éxito para otros.

Y lo mismo cabe para la industrialización como objetivo de transformación productiva. O respecto de la concentración de la riqueza y el avance de la igualdad social. Las percepciones son contradictorias.

El oficialismo cree que nada de lo que hace debe cambiar porque el camino emprendido es exitoso. Y todas las críticas no son por los errores sino por los aciertos. Y la oposición es oposición porque mira los fracasos y los riesgos de que esas políticas continuen. No recuerdo una situación más contradictoria.

Pero las contradicciones están enmarcadas en teorías sostenidas para comprender la realidad. La oficialista es la teoría del éxito. La opositora la del fracaso.

¿Ambos marcos teóricos son suficientes? ¿O su insuficiencia hace que la realidad se fugue de la comprensión?

Cuando la realidad se fuga de la comprnsión se produce un vacío que sólo lo llena la pasión. Cuando la realidad se fuga a la comprensión aparece la pasión. Cuando la pasión se alimenta del pasado se transforma en vicio. La pasión virtuosa es la que se inspira en el futuro.

Nuestra sociedad hoy vive apasionada en el pasado. La pasión transformada en vicio. Carlos Altamirano, uno de los más destacados intelectuales de la Argentina, un hombre que supo ser de la izquierda combativa dijo, “Soy partidario de encontrar alguna forma para que el pasado pase. No puede ser que una sociedad viva entregada 30 años al ejercicio de la memoria. La idea de que ninguna sociedad se reconstruye si no es partir de una relación transparente consigo misma es totalmente desmentida por la experiencia histórica”(Criterio, sep.2014). Este pasado también compone parte del análisis del presente. Toda discrepancia sobre el presente, desde ciertos sectores del oficialismo, se transforma en una divergencia sobre el pasado. Y como el pasado es lo que gobierna el enfrentamiento es la única opción que esa visión deja.

En esas condiciones estamos ante el riesgo de fuga a la comprensión de la realidad ¿no sería lo más productivo ponerle a la realidad, diversa según cada mirada, la pasión del futuro, como motor de la historia, en lugar de atormentar el futuro con el peso del pasado? Una exortación de dificil aceptación. Muchos están anclados allí. Y levar el ancla dejaría mucha opinión a la deriva.

Pasemos a lo de la vida cotidiana que no es fácil. Vayamos a algunas mediciones que no son objetables porque consultan opiniones de los ciudadanos y las suman y promedian. Son medidas de cómo perciben el presente los ciudadanos.

Miremos primero el estado de la opinión pública de acuerdo a las encuestas profesionales y referido a las cuestiones económicas y de gobierno. Las mediciones sobre diversos temas marcan, por ejemplo, que los ciudadanos consumidores están en un período de declinación de confianza. La Universidad di Tella (UTD) mide el Indice de Confianza de los Consumidores (ICC) que está en un proceso de fuerte declinación. Respecto del año pasado ha caído 14,7 por ciento y esto es válido para los bienes durable e inmuebles; para la situación personal y para la situación macroeconómica en general; y esto ocurre en todas las regiones del país que se encuestan; y también para los sectores de altos y bajos ingresos. Y esta declinación, con subas y bajas, es una tendencia que se arrastra desde septiembre de 2011.

De manera consistente en septiembre 2014 las expectativas de inflación, medidas por la misma Universidad, supera por unas décimas el 39 por ciento anual, con resultados similares para todos los niveles de ingreso, aunque alcanza al 43,8 por ciento en el Gran Buenos Aires, 38,4 en el interior del país y 37, 3 en la Capital Federal.  Nuevamente, con subas y bajas, la tendencia de las expectativas inflacionarias es ascendente desde septiembre de 2011.

Finalmente, la UTD mide el Indice de Confianza del Gobierno, que – al igual que los antes mencionados – señala una tendencia declinante desde el último tramo de 2011, con avances y retrocesos, que se materializa con una caída en el mes de agosto de este año.

¿Entonces la desconfianza o la pérdida de confianza, que marcan estas encuestas, refleja “la percepción” de la realidad por parte de “toda” la sociedad?

De ninguna manera. Sin duda una porción significativa de la sociedad no coincide con esta mirada: confía plenamente en el gobierno, cree que la situación económica es mejor que la del pasado y que seguirá siéndolo en el futuro y descree de esas cifras de inflación que las estima mucho menores.

Esta es la posición del oficialismo, de las personas que ponderan a Cristina Kirchner como una líder que tiene la imagen positiva para un tercio de la sociedad. Es lo que se deriva de la versión oficial del estado de la Nación; y de los números que el INDEC provee acerca de la marcha de la economía, la situación social y las tasas de inflación.

Entonces, el 30 por ciento de la población no coincide con las expectativas medidas por la UTD. Dado que los números que hemos citado son “promedios”, eso significa que el 70 por ciento de la población tiene expectativas aún peores a esos números promedio, tanto respecto de la inflación, de las perspectivas del consumo, la situación personal, la economía global; y de la capacidad del gobierno.

Ahora bien, el 30 por ciento – siendo minoría – compone un núcleo duro, sólido, convencido y casi militante. Es el gran patrimonio del oficialismo construido a partir de la debacle de 2001/2002.

Un tercio de la población sostiene que las mejoras que ha experimentado, desde aquél fondo del abismo o del infierno, como decía Néstor Kirchner, son por obra y gracia de las políticas del gobierno iniciado por Néstor y profundizado por Cristina.

Esa percepción está localizada básicamente en sectores populares, de bajos ingresos, de empleos más o menos precarios; pero también en sectores medios y altos. Muchos colectivos como los artistas, los científicos y algunos empresarios industriales pymes dedicadas al mercado interno, han experimentado durante estos años significativas mejoras. Y las asignan a las realizaciones de la política.

La dirigencia del oficialismo, si bien con muy pocas figuras procedentes de la cultura peronista tradicional (no lo son ni el Canciller, ni el Ministro de Economía, ni los verdaderos líderes legislativos D.Conti o E.Felleti,etc.) ha construido un relato, un marco teórico, para consolidar esas convicciones positivas en términos de “política”.

Lo más rico (lo más alimentario) del relato no es la explicación de los “éxitos reconocidos por ese 30 por ciento” ; sino la explicación del porqué de los accidentes o problemas imposibles de negar (dólares, empleo, inflación, caída de la actividad) que se ciernen como amenazas duras para lo inmediato. El relato oficialista es justificatorio.

Lo hemos dicho repetidamente en esta columna: para el gobierno, los problemas de la economía y de la sociedad, no son de política económica sino, de alguna manera, institucionales. De ahí se desprende  que, justamente, cuando comenzó la declinación de las expectativas – según hemos comentado más arriba a fines de 2011 – comenzó la estrategia de las reformas institucionales que  ha adquirido un volúmen extraordinario en el último tramo del gobierno. Se cumple asi la norma oficialista que cuando mas problemas económicos, entonces, mas reformas institucionales sin cambios en las políticas económicas.

Esta visión alimenta el relato o la organización de los datos para pensar las “causas” de los males. En ese marco y ante el actual notable agravamiento de los problemas (recesión, inflación, restricción externa) la explicación y el relato han incorporado la cuestión de los “buitres”. Los problemas, en esa perspectiva, no son internos sino que  derivan de la decisión del Juez Griesa o de la supuesta crisis internacional. Explicación que alimenta la desestimación de los problemas que podrían nublar la percepción del 30 por ciento alineado con el oficialismo. Este es un relato, un marco teórico, muy poderoso  y convocante. Lo pone en evidenica la energía que denotan los cuadros principales del oficialismo. Primero, la capacidad de generar hechos políticos como fue la adhesión entusiasta y familiar del Papa Francisco que, cuando trascienden los detalles, resulta que esa visita de La Cámpora al Vaticano fue un manifiesto de apoyo innegable de la máxima jerarquía de la Iglesia Universal al kirchnerismo más duro. Segundo, la sanción de las leyes promovidas por el Ejecutivo sin el menor atisbo de crítica.

Todo eso es parte de la demostración de cómo la dirigencia de ese 30 por ciento encara el futuro proceso electoral que es el de la continuidad o no del poder kirchnerista en el Estado.

Ha de tenerse en cuenta que 2016 es un punto de inflexión. Allí se tramita la desaparición o la continuidad del proyecto cultural, político y económico del kirchnerismo.

¿Qué es ese proyecto? ¿Qué lo distingue? Vamos por algunos tópicos por la negativa. Primero, no es un proyecto de concertación. Ni las minorías circunstanciales, ni los sectores sociales (empresarios, sindicales) forman parte, para el oficialismo, del sistema de decisión. Segundo, tampoco es un proyecto de industrialización.  Por ejemplo, en materia empresarial, el oficialismo desarrolló de una nueva oligarquía empresarial de concesionarios del Estado (obra pública, juego, servicios) que le prestan adhesión como “nueva burguesía” aliada, pero que no han desarrollado industrias. La nueva burgesía k está alojada en las áreas naturalmente protegidas que eran antaño parte del Estado. Tercero, tampoco es un proyecto de integración social por trabajo productivo. La mediana de la productividad del trabajo no se ha incrementado en estos años; y tampoco la pobreza ha disminuido de modo de constituir una sociedad de inclusión social. El Estado fiscal consumista es eso.

Tal vez esos patrones, que son sólo algunos, sean los que hacen que el 70 por ciento tenga una desconfianza creciente. Pero también esos patrones son los que conforman el núcleo duro del 30 por ciento aguerrido. Percepciones antagónicas.

Es obvio que para que ese proyecto desaparezca se requiere que otro lo reemplace.

En la debilidad de la capacidad de reemplazar y llenar el espacio que manifiestan aquellos que pretenden liderar al 70 por ciento disconforme, está la fortaleza del núcleo duro del 30 por ciento del oficialismo.

¿En qué consiste esa debilidad? Nos preguntamos: ¿hay un proyecto positivo de reemplazo que crezca en el espíritu de concertación?¿o hay un modo de constituir una nueva burguesía industrial que pueble de una buena vez el territorio?¿o un proyecto que comprenda de qué se trata una sociedad incluyente activa y dinámica? Nada de eso. Ninguna respuesta a esos interrogantes forma parte del discurso de la política que bucea a la busqueda de la adhesión del 70 por ciento que percibe que así las cosas no van bien y que están mal.

El 30 por ciento del oficialismo tiene una percepción de la realidad basada en el pasado, sea respecto de las condiciones vividas en las últimas décadas y sea en la exaltada epopeya de los jóvenes militantes de los 70. La suma de ambos pasados es la pasión que inspira la lectura oficialista de la realidad.

El 70 por ciento que percibe una realidad compleja de expectativas negativas, tampoco dispone de la oferta de una pasión por el futuro. Y por lo tanto ninguna materia que aglutine lo que es una disconformidad dispersa con una comprensión de la realidad capaz del reemplazo.

En medio de la recurrente restricción externa, con una economía real en caída, con precios al alza y sin que la política económica asuma esos problemas como propios, el relato oficial opta por el camino de las reformas institucionales (ahora Código Civil). Y los opositores sólo responden de contragolpe, sin poder instalar una iniciativa de futuro capaz de convertir un disperso 70 por ciento en una corriente vigorosa de reemplazo.

A pesar de los problemas, los que se van no se retiran. Y los que parecen venir, en realidad no vienen. Al vacío de comprensión de la realidad lo llena la pasión. Y no es la pasión del futuro la percepción predominante. Para preocuparnos.

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27 septiembre 2014

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