La salud de la economía y la manera de hacer política

10 de octubre de 2014

Carlos Leyba

Si la salud de la economía se define, por ejemplo, por el pleno empleo, el crecimiento del PBI,  el aumento de la productividad, el incremento de la tasa de inversión, el aumento del consumo, la estabilidad de los precios, la mejora sostenida en la distribución del ingreso, la ausencia de pobreza, la mejora continua de la perfomance exportadora, la solución ordenada de los conflictos sociales inevitables en la dinámipca del desarrollo; y si todas esas condiciones son las necesarias para definir el estado saludable, resulta más que evidente que, aquí y ahora, estamos lejos de esa situación. No es la nuestra una economía saludable. Y en materia de salud poco importan las comparaciones.. La pregunta que se impone es¿qué estamos haciendo para lograr la buena salud en esos términos?

Antes de responder cabe una reflexión acerca de los “haceres de la política”. En primer lugar identificamos a quienes hacen política con la finalidad de evitar los problemas. Evitar los problemas implica la tarea de previsión. Comprender las fuerzas que están conformando el futuro y canalizar y endicar, esas fuerzas de modo que los problemas que amenazan no se hagan presentes. Es la tarea del estadista.

En segundo lugar identificamos a quienes hacen política desde lo inmediato, es decir, que piensan y actúan a partir que los problemas se han presentado. No trabajan en función de evitar los problemas sino en pos de resolverlos. Es la tarea del “intendente”: el vecino que actúa frente al problema buscando una solución que, por definición, no se ubica en la raíz de la cuestión.

La diferencia entre pensar para evitar y actuar para resolver es la que va entre el estadista y el intendente. Ambos son necesarios. Pero convengamos que el futuro colectivo, la salud de la economía por caso, no podrá nunca ser obra de la manera de pensar y actuar del intendente; y necesariamente es la obra del pensar y el actuar a la manera del estadista.

J. Ortega y Gasset describe el talento del estadista como la misión del “grande hombre”. Los argentinos durante el Siglo XX experimentamos el peso transformador de la presencia de dos grandes estadistas. Uno que concitó la mayor voluntad popular, que se arrastra hasta nuestros días, fue el General Juan Domingo Perón. El otro. que sin el apoyo de Perón jamás habría alcanzado el poder, fue Arturo Frondizi. Ambos concibieron y pusieron en marcha, los elementos disparadores del desarrollo del periodo 1945/1974 en el que la Argentina creció en su PBI por habitante al mismo ritmo que los Estados Unidos y logró reducir el desempleo al 3 por ciento,  la pobreza al 4 por ciento de la población y logro un Coeficiente de Gini de 0,34 equivalente al de un país nórdico de nuestros días. Sus decisiones de estadistas dispararon ese proceso cuyos resultados hoy aparecen como objetivos difícilmente alcanzables.

El periodo subsiguiente, con diferencias ideológicas abismales, sin embargo tuvo el predominio del pensamiento y la acción a la manera del “intendente”: ocurrido el problema me propongo una solución. El “paso a paso”, la ausencia de plan y de planificación como paradigma, ha dominado todos estos años en los que – cualquiera sea el periodo que elijamos – las cifras de empleo, pobreza y distribución son decepcionantes respecto de aquel pasado; y si bien se computan – en base a estadísticas sólidas – años de estabilidad de precios y años de crecimiento, a los mismos han sucedido explosiones inflacionarias y caídas abruptas del PBI. Todos estos años han tenido en común la ausencia de vocación por el largo plazo lo que se ha reflejado en la mínima inversión en actividades reproductivas, deterioro relativo de la infraestructura y un común agotamiento de los stocks.

Hay un tercer “hacer” de la política que no consiste ni en evitar ni en resolver los problemas, sino en la tarea de sustituir un problema por otro, de manera de no sólo no evitarlos sino de no resolverlos y de generar un escenario complejo adicional suponiendo disponer de la capacidad de generar “problemas controlados”.

Los dos primeros criterios, evitar y resolver, apuntan a la vocación de “quedarse para gobernar”; el tercero a la vocación de “gobernar para quedarse”.

En el primer caso, es decir en los criterios de evitar o resolver problemas, se trata de la aproximación al poder para “poder hacer”: el poder verbo. En el segundo caso, la tarea de sustituir un problema por otro, estamos ante la aproximación al poder como “poder sustantivo”. Como un objeto, un espacio, un lugar que se apropia.

Dicho esto volvamos a la pregunta referida a qué estamos haciendo para encaminar la mejora en la salud de la economía. ¿Contamos con una dirigencia preparada y dispuesta a evitar problemas? Es decir, una dirigencia con un discurso que diagnostica y prepara pedagógicamente la obra de gobierno destinada a evitar problemas. ¿O por el contrario estamos inmersos en un discurso que señala problemas como si fueran objetos extraterrestre surgidos por generación espontánea para los cuales ofrecen resolverlos con una medicina ad hoc?. ¿O tal vez estamos aturdidos por discursos que minimizan los problemas presentes y encaminan nuevos problemas a los que asignan un orden superior cuya característica central es ignorar el presente y las causas que lo han desencadenado?

Dejo la respuesta al lector. Y sólo me limito a describir, al correr de estos días crecientemente complicados en materia política, económica y social, el estado de salud sin acudir a los números que por inventariar situaciones de todos conocidas pueden distraer de lo principal que es recordarnos que no estamos sanos; y que nada parece apuntar a que vayamos en camino de curarnos porque, en una de esas, de tantos descubrir nuevos problemas no vaya a ser que nos ocurra …, que viene el lobo. Veamos.

Tenemos más que graves problemas de empleo, a pesar que sin duda hemos atravesados situaciones peores. Pero tampoco hay duda que, en materia de empleo, hay muchos períodos en los que la situación fue muchísimo más satisfactoria. El desempleo declarado supo ser la mitad del actual; y el empleo a tiempo parcial y el trabajo en negro fueron considerablemente menores en el pasado que en el presente. Las mejoras de empleo, respecto del punto más bajó de la crisis de 2002, que son innegables, no hacen del presente un periodo ejemplar. Aceptar esta realidad innegable obligaría a quienes gobiernan y a quienes aspiran a hacerlo, a proponer una política, es decir un diagnóstico, un conjunto de objetivos mensurables y las herramientas para alcanzarlos. Nada hay, en la parrilla de los que cocinan ni en el menú de los que ofrecen, que tenga el volumen de una política de empleo la que, por cierto, nada positivo podría engendrar de proponerse soltera  vale decir aislada.

Que por cierto esto del empleo no ocurre sólo porque la economía se ha metido a decrecer. Tiene causas bastante más profundas ya que el problema existía aún cuando crecíamos. Y la recesión en la que estamos, y en la que seguramente vamos a seguir por varios meses más, además de otras consecuencias negativas sobre la vida social, tiene la de achicar el empleo. o lo que es lo mismo poner en blanco y negro sobre la trama social uno, sino el más, de los graves problemas del sistema capitalista.La ausencia de crecimiento en la que estamos es un problema grave que agrava el problema de empleo que le antecede porque existía aún cuando el PBI crecía.

Es cierto que el empleo puede crecer sin que crezca la productividad y que sin el crecimiento de la productividad el PBI también puede crecer. Hay políticas de empleo que “resuelven” el empleo pero no la productividad del empleo. Y la cuestión central de toda economía es el aumento permanente de la productividad. Las causas por las que puede aumentar la productividad son varias. Pero un efecto perturbador del crecimiento de la productividad es el que producen las pseudo políticas de empleo que no apuntan a la productividad del mismo. Preguntémonos ¿cuál impacto sobre la productividad del conjunto tienen las políticas generosas o del empleo público? Medir la eficiencia, o la productividad, del empleo público es una tarea difícil. Pero, si los resultados en educación globales son decepcionantes y por otra parte crece la demanda de educación privada; si los resultados en seguridad pública no son estimulantes y por otro lado crece el empleo en seguridad privada; y si los resultados en materia de salud pública, calidad y celeridad en la administración de justicia no son estimulantes,  entonces el incremento en las dotaciones de personal público requiere explicaciones. Ninguna política de empleo y de crecimiento pueden desvincularse del incremento de la productividad. Y en empleo, crecimiento y productividad el estado actual no es saludable.

Todo lo dicho tiene detrás el concepto de inversión. Una economía sólo puede crecer de modo estable, generar empleo y ampliar la base de la productividad si y sólo si, dispone de una tasa importante de inversión. ¿Qué es una tasa importante de inversión? Nuestro país tiene un PBI por habitante de nivel medio. Lejos de los países desarrollados ricos respecto de nosotros y lejos de los países emergentes como China  que son pobres respecto de nuestro promedio. Los países ricos – cuya acumulación en infraestructura, en equipo reproductivo y e innovación son importantes – pueden tener tasas de inversión netas de amortización relativamente bajas. De la misma manera países como China, que viene de un atraso extraordinario, necesitan un largo periodo de tasas de inversión que aproximan a la mitad del PBI para poder acumular infraestructura, equipamiento y compensar los déficit de innovación. Nuestro país ocupa, en esos extremos, una posición media. Lamentablemente en los últimos años la tasa de inversión ha sido muy baja y con una importante participación de la construcción residencial que nada aporta a la productividad. En estas condiciones, y siendo la última tasa de inversión calculada a precios corrientes del 17 por ciento, nuestro país necesita recomponer durante una década al menos una tasa de inversión del orden del 30 por ciento del PBI para recuperar empleo y productividad. Este es tal vez el mayor desafío para el empresariado y la política argentina de los días que vienen. Mantener la tasa  y el estilo de inversión actual o la del promedio de la última década, es condenar la economía a graves problemas de empleo y productividad en el futuro.

Siguiendo el orden del primer párrafo, en estos días el consumo privado ha estado declinando como consecuencia de los problemas de ingresos reales condicionados por el bajo nivel de empleo y la caída de los ingresos reales disponibles (inflación, impuestos y caída de subsidios). El peso del consumo en la economía es el impulso más inmediato para poner la economía a funcionar. Y los elementos mencionados (empleo y expectativas, inflación, impuestos y caída de subsidios) desaceleran esa rueda. ¿De que se trata? La clave es que el consumo debe crecer como consecuencia del incremento en el nivel de empleo y de los ingresos reales que se derivan de la mejora en la distribución, del aumento en la productividad y de la estabilidad de los precios.

Nuevamente cabe la pregunta ¿qué empleo? La clave de esa dinámica es la distribución primaria que esta asociada al crecimiento en el empleo provocado por crecimientos en la inversión generadora de más productividad. En otras palabras no cualquier política de empleo es capaz de generar una dinámica del consumo que genera una tendencia al crecimiento económico. ¿Las políticas de consumo – básicamente las que tienen como centro la inclusión social – están asociadas al criterio de mejora distributiva a través del empleo productivo? La declinación del consumo por la que atravesamos requiere una política de superación, pero esa política no puede divorciarse de la estrategia de empleo destinada al crecimiento de la productividad. ¿Esta cuestión está en debate?

La tasa de inflación ha superado todas las expectativas y nada indica que esté en operaciones o en proposición, una política que procure un proceso de reducción constante del crecimiento del nivel de precios. El problema no es asumido por el gobierno que ha optado por negarlo y convivir mientras pueda. Pero en los sectores que aspiran a gobernar tampoco se ha expresado con claridad los lineamientos filosóficos de esa política. Nada que procure evitar el proceso inflacionario.

Es obvio que un auténtico proceso redistributivo tiene que explícitar una política respecto de la dinámica de los precios. Todo proceso redistributivo es, de alguna manera, un cambio de precios relativos y por lo tanto para ser eficaz y no efímero, requiere, entre otros elementos, de una clara concepción integrada de política respecto de los procesos inflacionario que pueden frustrar el proceso redistributivo,

De la misma manera terminar con el flagelo de la pobreza, que tiene en el país niveles escandalosos, implica políticas estructurales en lo que hace al diseño del territorio, la redistribución de inversiones, y finalmente un procesos redistributivo del producto social multidimensional. Es una prioridad. Pero nada se puede lograr perdurablemente sino se tienen en cuenta todos los demás problemas que hemos mencionado.

Finalmente la cuestión de nuestras exportaciones. La Argentina sigue siendo un país primario. Los países son lo que exportan. Y lejos de revertir esa condición dependiente – como lo revela la pérdida en nuestro saldo comercial derivada de la reducción del precio de la soja – la hemos acentuado como consecuencia de la previa pérdida de eslabones en la cadena de producción industrial. Nuestro déficit industrial es un problema anterior al déficit energético. Este – según muchos pronósticos – puede revertirse como consecuencia de la explotación de Vaca Muerta. Pero el déficit industrial, con todas las implicancias geopolíticas que esta teniendo, es la otra cara de la moneda del primer problema que apuntamos que es el del empleo y de la productividad. Hemos vuelto al principio. La cuestión comercial, la dependencia primaria, la cuestión geopolítica implícita, están indisolublemente unidas al empleo, la productividad y la distribución. Es prácticamente imposible revertir la matriz social de nuestra sociedad, hacerla verdaderamente inclusiva, sino transformamos la matriz exportadora. Ese es en definitiva el origen de nuestra endeble salud cuyos requiebros estamos sintiendo en nuestros días.

Días que se avecinan conflictivos y para los que no hemos logrado aún el condimento indispensable de una democracia vigorosa en un mundo en transformación. Ese condimento ordenador de los conflictos sociales es la concertación y el diálogo social.

No es posible que ese condimento este en la carta de quienes conciben al poder como un sustantivo y difícilmente lo este en la de aquellos que esperan los problemas para resolverlos. La conclusión es obvia:  recuperar la salud requiere de estadistas. El mayor fracaso de los partidos políticos, en este retorno de la democracia, es no haber generado el espíritu de los estadistas y el haberlo sustituido por el de los gerentes o peor por el de los oportunistas. Tal vez esta campaña genere descubrímientos arqueológicos. ¿Por que no?

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