Antonio Cafiero, la lucha por la idea

13 de octubre de 2014

ESTA NOTA FUE PUBLICADA EN EL ECONOMISTA

Carlos Leyba

La desaparición de un dirigente político de la talla y trayectoria de Antonio Cafiero exige una reflexión acerca de la concepción de la política que su vida pública marcó. Es una exigencia porque su concepción, respecto de la predominante en nuestros días, está a años luz. Un contraste. Basta mirar la cartelería autoreferencial de candidatos con frases y sonrisas de dentífrico, para percibir el abismo entre la “lucha por la idea” de Cafiero y el entusiasmo por un cargo.

La política, en la concepción de Antonio, es pedagogía: proponer y fundamentar un camino para la construcción de la Nación; y eso pasa por el terreno de las ideas y no por el de los pretendidos o no, atributos personales.

El sociólogo Ricardo Rouviere señaló que en materia política estamos en tiempos de escasez. Una expresión afortunada compartida por la inmensa mayoría de los ciudadanos. La política está falta, corta, escasa. Y lo está a causa de la escasez del talante intelectual que debe abundar en el que lidera. Ese vacío de pensamiento, que no ocurre en todas partes, es el que -ante una crisis como la que vivimos – genera el presente territorio de incertidumbre. Porque el mensaje de la política en lugar de ser esa pedagogía de los liderazgos que señalan rumbos, la que practicaba Antonio, se ha reducido a un desfile de modelos con el aditamento, en algunos casos, de las habilidades de gestión. Aquí cabe recordarle al marketing político el principio de Peter: en gestión todos llegan a su nivel de incompetencia. Cuidado con un pasito más.

Si hay algo que no es escaso en la Argentina son los recursos, la realidad pone en evidencia la ausencia notable de las ideas para ponerlos en valor. En tiempos de Francisco cabe recordar la parábola de los talentos. O bien pensar en un castigo del Dante: estamos inmersos en la abundancia y al mismo tiempo, corremos el riesgo de ahogarnos en ella por la ausencia de ideas. Sólo pensar en la ausencia de debate acerca de qué hacer si Vaca Muerta fuera un éxito que nos convirtiera en un país petrolero, mete miedo.

Un paréntesis para justificar el concepto de crisis que naturalmente demanda  pedagogía política. Tres temas bastan: un país rico y con bono demográfico, que transita con uno de cada cuatro habitantes en la pobreza; un país que genera excedente, que produce más de lo que consume, pero que tiene una tasa de inversión paupérrima y que tiene fugados del país un stock de más de 350 mil millones de dólares; un país en el que el PBI por habitante de la Ciudad de Buenos Aires es 10 veces el del NEA ¿Nación, federalismo?. Esas contradicciones  no son las de una crisis provocada por la Naturaleza sino las de una que deriva de la organización del Estado, luego, de la política. Y no de la falta de recursos.

Recursos abundantes e incapacidad para aprovecharlos, esta también una expresión de alto consenso popular que pone el dedo en la llaga de nuestra escasez política que se hace notar en la ausencia de “la lucha por la idea”.

La lucha por la idea es la síntesis de la vida política de Antonio y de su concepción de la política como la tarea de materializar los ideales históricos concretos que enunció Jacques Maritain, filosofo que alimentó su formación. Cafiero tenía una  preocupación militante por la fundamentación de todos y cada uno de sus planteos pero, con la misma intensidad, aspiraba al poder para llevarlos a cabo. No era un ideólogo paralizante o ingenuo, sino un político que aspiraba al poder para llevar a cabo un proyecto derivado de su visión del país deseado.

Los que disfrutamos de su generosa amistad aprendimos su lección que para cada  intervención en el debate público se requería del análisis multidisciplinario. Sus proyectos eran colectivos y no limitados a aspiraciones o miradas personales. A las reuniones de debate invitaba a  teólogos notables, filósofos de estatura, sociólogos, economistas, pensadores, políticos experimentados de la primera hora del peronismo, jóvenes comprometidos de distintas  corrientes, diez o doce personas para discutir sus preocupaciones que siempre se materializaban en ocupaciones de construcción. Nunca en soledad. Nunca autoreferenciales. Asumía sus errores. Agradecía los aportes. Muchos se sorprenderían de las voces que Antonio escuchaba para abrir su horizonte de político responsable, porque sabía que marcar un rumbo exigía diseñar un mapa de navegación. El, siempre atento y respetuoso de todas las opiniones, sabía escuchar, tenía ese don. Era un optimista, un buscador del lado bueno de la realidad. Pero aceptaba el peso de los argumentos que disipaban las sombras  que, a veces, hace del optimismo un muro que oculta los problemas.

Cuando la “idea” maduraba, Antonio iniciaba la lucha por la idea y la traducía a la vida política del poder, convocando a esos desafíos a dirigentes sindicales, políticos de territorio, intelectuales, militantes. Antonio convocaba para la vocación de las ideas.

Sus libros, ensayos de un dirigente que además de escuchar a los próximos leía a los autores contemporáneos, traducían cuestiones de época con la vocación por el pensamiento situado. Cafiero fue un testimonio del pensamiento situado. Años luz con el paradigma del presente de la política marcada por el ritmo binario de la “comunicación” que incomunica por el vacío.

Lo conocí cuando, a pedido de José Gelbard, revisamos y volvimos a redactar juntos el discurso económico de Héctor Cámpora cuando asumió la presidencia. A pesar de ser entonces un consagrado de la vida pública no tuvo el más mínimo problema en ponerse de igual a igual con alguien que, para decirlo generosamente, daba los primeros pasos. Su humildad tenía el tamaño de su talento: los dos eran enormes. Y si bien es cierto que no ocupó públicamente un lugar destacado en la efímera presidencia de Cámpora o en la tercera presidencia de Perón, no es menos cierto que su opinión y su peso fueron más que importantes en la gestión del Pacto Social. La anécdota viene a cuento de lo que son las funciones manifiestas y las latentes en la política. Me parece que es una reparación necesaria. Cafiero fue importante en el período del 73 porque fue uno de los que ayudaron a nutrir La Hora del Pueblo y las Coincidencias Programáticas. Su función fue latente. No se trataba de la figuración o los cargos, sino de la lucha por la idea. La misma visión lo llevó a construir la “renovación” y la institucionalización del peronismo mediante la elección directa de sus candidatos. Privilegió las convicciones de democratización partidaria por encima de la que era su segura elección por el Congreso partidario.

Mirada en perspectiva su vida política fue de una gran coherencia con su pública concepción de lo que él, siendo de la primera horneada, entendía que era “el peronismo”. Antonio no disponía, ni creo que hubiera procurado, el “poder territorial” tan a la moda en estos tiempos. Lo suyo era la visión del Estado. El proyecto de Nación.

La visión de Cafiero es, reflexionando sobre los “haceres de la política”, la de quienes hacen política con la finalidad de evitar los problemas. No es una obviedad. Evitar los problemas implica la tarea de previsión. Comprender las fuerzas que están conformando el futuro y canalizar y endicar, esas fuerzas de modo que los problemas que amenazan no se hagan presentes. Es la tarea del estadista. La comprensión de las corrientes profundas de la historia, el diseño de los futuros apetecibles, la tarea de proyectar el punto de partida donde estamos hacia el lugar que queremos llegar, requiere de conocimientos multidisciplinarios y también de perspectivas diferentes. Las muchas voces requieren una capacidad de escuchar. Antonio Cafiero hizo política en esa dimensión.

Cuando Rouviere habla de escasez, entiendo, está expresando la escasez de pensamiento político en la dimensión de evitar los problemas, de pensar el futuro que requiere de escuchar y sobretodo de escuchar la realidad. Será difícil señalar varios nombres de dirigentes actuales que piensen en esa dimensión respecto de la crisis que hemos apuntado. ¿Cómo debatir entonces?

Hoy la política se hace desde lo inmediato. El “político patrón” piensa y actúa recién a partir que los problemas se han presentado. No trabajan en función de evitar los problemas. Y están condenados, o cómodos, en la tarea de resolverlos que, como es obvio, siempre es tarde porque los costos ya se han hecho presentes.

Es la visión del estereotipo del “intendente”: del que actúa frente al problema buscando una solución que, por definición, no se ubica en la raíz de la cuestión porque una vez presentado, como es obvio, el problema existe porque no ha sido evitado. Porque las causalidades no han sido tenidas en cuenta. Y ese es el déficit de pensar. El mayor déficit de la nueva política. Todo lo contrario del paradigma Cafiero.

La diferencia entre pensar para evitar y actuar para resolver, es la que va entre el estadista y el intendente. Ambos son necesarios. Pero convengamos que el futuro colectivo, la salud de la sociedad, no podrá nunca ser obra de la manera de pensar y actuar del intendente; porque necesariamente es la obra del pensar y el actuar a la manera del estadista. Esta es la escasez que hace de un país rico en recursos – a causa de la falta de ideas – no sepa como administrar la abundancia presente y tal vez la por venir.

La recuperación de la democracia, con diferencias ideológicas abismales, estuvo marcada por el predominio de la manera del “intendente”: ocurrido el problema me propongo una solución. El “paso a paso”, la ausencia de plan como paradigma, ha dominado todos estos años en los que – cualquiera sea el periodo que elijamos – las cifras de empleo, pobreza y distribución son decepcionantes respecto del periodo 1945/1974, ese fue el resultado de la construcción del Estado de Bienestar; y si bien se computan – en base a estadísticas sólidas – años de estabilidad de precios y años de crecimiento, a los mismos le han sucedido explosiones inflacionarias y caídas abruptas del PBI. Todos estos años han tenido en común la ausencia de vocación por el largo plazo lo que se ha reflejado en la mínima inversión en actividades reproductivas, deterioro relativo de la infraestructura y un común agotamiento de los stocks.

Antonio Cafiero predicó la necesidad de un proyecto estratégico. No logró que los muchos que lo acompañaron, que crecieron junto a él, hayan sido capaces de la fidelidad a esas convicciones. Antonio hizo política para cambiar la vida de los más humildes, política por la justicia social. En estos tiempos hay muchos que hacen política para cambiar su vida. Esa es la distancia entre el proyecto colectivo y el plan como ética en acción; y el proyecto individual y el paso a paso de “es lo que hay”.

Antonio ya no está entre nosotros, pero el vigor de su pensamiento y su testimonio, es la herramienta que dejo disponible para los que luchan por la idea.

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13 octubre 2014

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