Ojala cumplan

26 de octubre de 2014

Carlos Leyba

Nuestra clase dirigente y – sin duda nuestra la complicidad colectiva por omisión -, desde hace 40 años nos han hecho vivir desmesuras inimaginables. Ni hablar de la violación de los derechos humanos y la violencia. No sólo eso.

Décadas atizados por la furia privatizadora; y adscriptos a las fórmulas mágicas del neoliberalismo, demolimos – con dictadura genocida y democracia recuperada – las bases de una sociedad razonable que la inmensa mayoría de los argentinos de hoy no vivió. Una sociedad razonable que, sin embargo, no logró una paz duradera porque las violencias minoritarias con las armas – unas para alcanzar una quimera a sangre y fuego; y las otras para enterrar utopías violando los elementales derechos de la persona – la clausuraron una y otra vez.

El disenso de las minorías cuando administra la violencia construye la sociedad opresiva en la que nada puede germinar. La violencia agota.

Nada de lo que hoy nos pasa es ajeno a aquellos días. La memoria de pocos sabe que aquella sociedad razonable es posible. Pero las utopías del pasado valen poco. La mayoría, que no disfruta de esa memoria, padece de problemas ciertos y perturbadores; y mensura el presente como extremadamente corto. Unos y otros tienen el futuro encandilado. Vivimos, entonces, tiempos de enorme incomodidad a causa de un horizonte estrecho. Tiempos de desencuentros. Un estado de ánimo colectivo improductivo.

La rápida recuperación de la crisis devastadora de 2001/2002, el fin de la convertibilidad y el ocaso verbal del neoliberalismo, fue finalmente consecuencia de los precios inimaginables de las materias primas. A ello siguió el crecimiento de la economía y del empleo; y las políticas sociales compensatorias de los malestares producidos por la economía. Todo eso está hoy en jaque.

Los términos del intercambio han dejado de ser los que fueron; el crecimiento y el empleo han entrado en declinación; y las demandas sociales de compensación crecen al tiempo que la capacidad económica sustentable de satisfacerlas ha menguado.

La economía no genera un estado de ánimo colectivo productivo; y más cuando, desde la conducción del Estado, esa situación se niega. El negacionismo es una enfermedad del poder. Del poder en tanto sustantivo, el poder que se posee y que, en realidad, posee a los que creen detentarlo sine die.

Cuando prevalece el poder sustantivo en la política, el mismo,  por definición, impide el desarrollo del poder verbo, que es el poder del hacer. El negacionismo obedece al instinto de la conservación del poder. Es un estado de irracionalidad. ¿Cómo poder reparar lo que se niega para permanecer en el poder?

Ese es un desencuentro fundamental de estos tiempos: el de la realidad con el Poder. Lo es en materia económica; y lo es a partir de la cultura política que permitió la mentira en las estadísticas públicas. El Poder no se enfrenta a la realidad.

Pero también  hay un desencuentro político que no se reduce a las diferencias sobre lo que hay que hacer, para decirlo de manera simple, sino que se extiende al campo del cómo hay que convivir. Flota en el ambiente el clima del adversario inconveniente, transformado, rápidamente, en el enemigo que cierra el camino. En materia de la convivencia hay “piquetes institucionales” gestados por una mayoría previa que cierran la voz de una presumible mayoría futura. Presumible o previa, las mayorías solas, las mayorías en sí, son siempre insuficientes. Porque generan desencuentro. Los desencuentros solo se pueden superar mediante el consenso. Que es una tarea. La construcción de la sociedad es, primero, la construcción del consenso.

Es que el consenso básico es la piedra fundacional de la sociedad. El criterio de algunos fundadores (Durkheim, Pareto, Weber) de la sociología sostiene que la existencia, la estructura y la coherencia de la sociedad, para desarrollarse, requiere de un consenso básico. ¿Cómo construir sociedad sobre la base del disenso absoluto? ¿Cómo podría desarrollarse la sociedad sin un núcleo común? Los disensos deben ser parte de la capacidad del consenso para someterlos a la acumulación de voluntad que se produce o no, a lo largo del tiempo.

El rechazo o la condena absolutas a una parte de la sociedad, la imposibilidad de sostener el diálogo, la inviabilidad de acercarse a un consenso, marcan el escenario de una sociedad en estado de violencia, lo que deriva en  la búsqueda del chivo emisario, que siempre es el otro.

Rechazar al otro es el primer paso en el camino de la violencia; y es la barrera al diálogo y la imposibilidad del consenso. Sacrificado el chivo emisario renacerá la paz, naturalmente, limitada a los que forman parte del “consenso sin necesidad de diálogo”. Salvando las distancias Rene Girard, antropólogo, descubrió la secuencia de la historia de la humanidad: la violencia genera el chivo emisario, el ulterior sacrifico genera la nueva paz. La alternativa a ese ciclo diabólico es el respeto al otro, el diálogo y la búsqueda del consenso, como la regla para generar la paz sin atravesar el camino del chivo emisario.

J. Ortega y Gasset, cuando analiza la constitución de la Nación moderna, habla del consenso del futuro. La idea de Nación la definía, en otras palabras más apropiadas, como un “proyecto peraltado de vida en común”. Los tiempos en los que vivimos no son los de la idea de consenso como un capital social heredado. Requerimos del consenso como proyecto de vida en común. Veamos.

A la salida de la Segunda Guerra Mundial las sociedades occidentales se desarrollaron en torno a un consenso básico económico, social y político. Los ejes de ese consenso – respecto de los Estados Unidos lo explicó muy bien JK Galbraith – consistieron en el reconocimiento y acuerdo de tres protagonistas de la vida social: los políticos, los trabajadores y los empresarios  que plantearon acuerdos explícitos, en Alemania, Francia, Italia o implícitos en Estados Unidos.

Esos acuerdos se basaban en la democracia y sus valores; en el pleno empleo y la mejora progresiva en la distribución del ingreso; y en una macroeconomía destinada a sostener que la demanda efectiva – sostenida por la política – garantice que el producto actual – lo que se alcanza realmente – y el producto potencial – lo que se podría producir usando a pleno todos los recursos – sean idénticos. Ni desempleo ni inflación. Y expansión del producto potencial: una cuota agresiva de inversión.

El sistema capitalista, con esos acuerdos, garantizaba que el desempleo y la pérdida de recursos, de los años 30 no se volvería a repetir; que el acuerdo social sostendría la democracia, impidiendo la reaparición de los regímenes dictatoriales,  y que, en función de ello, la paz y el progreso, al interior de las fronteras, garantizarían la paz y el progreso más allá de las fronteras.

La Periferia incorporó los mismos conceptos. No logró, con la solvencia del Centro construir el Estado de Bienestar: faltó industria.

En nuestro país se lograron muchos de los objetivos; y en particular, lo referido al empleo y algunos avances, con retrocesos esporádicos, en la distribución. Pero la mayor debilidad en la Periferia, y especialmente entre nosotros, estuvo en la discontinuidad del proceso democrático; y en el manejo de la macro: inflación, stop and go. Pero, el progreso en la Argentina, si lo medimos por el PBI per capita, fue sostenido; y replicó – durante 30 años – el crecimiento de Estados Unidos.

Sin embargo la paz fue un fracaso. Los golpes militares, las democracias formales con prescripciones, y finalmente la violencia armada para instalar el socialismo revolucionario, pusieron en evidencia que las minorías militares y las minorías militarizadas, habían logrado dinamitar las bases del acuerdo mínimo de nuestro sistema.

Ante esta situación, en los 70, hubo un intento logrado de construir consenso en base a un proyecto de vida en común con voluntad social mayoritaria y el acuerdo de los protagonistas de la vida social.

Quienes lo procuraron eran conscientes que enfrentaban a las fuerzas del disenso que querían imponer la voluntad minoritaria ora de la violencia armada, acaudillada por sectores de la clase media inspirados en la Revolución Cubana, ora de la violencia armada de los militares movilizados por quienes querían conservar privilegios. El desencuentro en esos tiempos era un desencuentro armado.

En esas condiciones a partir de 1971, la dirigencia política encabezada por Juan Perón, Ricardo Balbín, Oscar Alende – entre otros – acordó la lucha cívica por la instalación de una democracia republicana capaz de sostener por el consenso la continuidad democrática. Así nació La Hora del Pueblo y a partir de ella se construyó la ruta para alcanzar las Coincidencias Programáticas de los partidos políticos y las organizaciones sociales. Fue el primer caso de una acuerdo tripartito (políticos, empresarios, organizaciones obreras) realizado afuera del Estado y para acordar “políticas de Estado” cualquiera fuera el ganador de las elecciones. La condición necesaria de ese acuerdo fue la decidida voluntad del movimiento obrero organizado que tenía un programa estratégico.

Esos acuerdos son el antecedente del “Pacto Social de 1973” de la tercera presidencia de Perón.

Resulta sorprendente pero los peronistas no reivindican las Coincidencias ni el Pacto que, como es obvio, es anterior en el tiempo y de mucha mayor profundidad que el Pacto de la Moncloa habitualmente citado por ellos. Digamos que los peronistas han renunciado a la herencia ideológica de Juan Perón, haciendo verdad aquello de que su único heredero es el pueblo y confirmando que, a los entonces más jóvenes, los echó de la Plaza por estúpidos e imberbes. Lo segundo pasa. Lo primero no. Volvamos.

Moncloa garantizó la gobernabilidad española para décadas, pero con una tasa de desempleo del 20 por ciento que durante el gobierno de Felipe González fue sostenida por las donaciones de la Comunidad Europea.

El Pacto Social logró la sanción de 20 leyes por unanimidad – eran las propuestas en las Coincidencias – y un acuerdo que – con sus más y sus menos y sufriendo las consecuencias de la crisis del petróleo de 1973  – logró reducir la inflación heredada a la mitad y mejorar el empleo, la distribución del ingreso y el nivel de las reservas.

Lo que hoy importa no son los resultados del pasado sino el concepto del “consenso tripartito” previo al ejercicio del poder como método para enfrentar el desencuentro y la violencia. El acuerdo se hizo por afuera del “poder sustantivo” y se hizo para “poder hacer”. Una vez en el poder la experiencia no fracasó. No fracasa lo que se interrumpe. El Pacto fue interrumpido, mutilado, por el asesinato de José Ignacio Rucci. Su asesinato fue la condena por ser el sindicalista que contribuyó a establecer el acuerdo tripartito. El asesinato fue realizado luego que el Pacto fue plebiscitado por el 90 por ciento del electorado al elegir a Perón y votar en minoría  a los firmantes de las Coincidencias.

La muerte se cobró además a quien reemplazó a Rucci, Adelino Romero, y luego a  Perón, expuesto innecesariamente a las inclemencias anunciadas del tiempo.

La realidad es que los liderazgos no lograron vivir lo necesario para institucionalizar la productividad del consenso. Y las minorías violentas, la triple A, José López Rega y su influencia maligna sobre una heredera del poder, débil y de escasa mirada ; la virulencia guerrillera; y los militares aliados a los sectores que querían mantener sus privilegios, produjeron el mayor retroceso del “consenso fundamental” en la historia argentina moderna. Tuvimos líderes de consenso. Pero la violencia de las minorías acabo con ellos.

¿Cómo estamos hoy?

Que no hay consenso mayoritario sobre el modo de convivir no hay duda. La sanción de Códigos fundamentales, el funcionamiento de las instituciones republicanas, la producción de la información, la evaluación de la realidad, por citar algunas cuestiones, siendo parte fundamental de un consenso básico, carecen de acuerdo mayoritario. Si las encuestas dicen algo, entonces es evidente que quienes deciden solo cuentan – en el mejor de los casos – con el acuerdo de dos voluntades cada cinco. Y esa situación, que es altamente satisfactoria para elegir un administrador no lo es, de ninguna manera, para decidir sobre los elementos de un consenso básico. Se trata, en cualquier caso, de una minoría del presente que, en cualquier instancia democrática, debería ser capaz de lograr una mayoría de “largo plazo” para hacerlo. Esta es una situación de desencuentro.

Los partidos políticos están reducidos a ser vehículos que transportan candidatos. Y los candidatos sólo destacan sus méritos personales sean de gestión o carácter. Ninguna de las dos características fehacientemente comprobables. Rigen estos elementos tanto para el oficialismo como para la oposición. La política está planteada como candidaturas personales. Imposible, por definición, aspirar y esperar que de la competición de candidatos surja un consenso.

El empresariado no ha desarrollado, ni siquiera en el período de relativa abundancia, una cultura estratégica abarcadora que delinee las perspectivas de su función en el desarrollo del país. Estos años han sido los del surgimiento de una “nueva oligarquía de los concesionarios” (banqueros, servicios, contratistas) que ha amasado fortunas inconmensurables al amparo de la doble protección propia de esos sectores y del apoyo ilimitado del Estado: su enorme peso es gravitante en la ausencia de un pensamiento estratégico del empresariado.

Finalmente el movimiento obrero está destinado a ser el articulador de un consenso. Y felizmente, está surgiendo, en la unidad del movimiento obrero, el primer paso hacia la construcción del protagonismo de consenso.

El movimiento obrero dispone de un cuadro dirigencial de primer nivel y de mucha solidez institucional. No sólo está en condiciones de sostener un consenso explícito sino en condiciones de articularlo.

Hay cuestiones básicas que no pueden estar ajenas a ese nuevo consenso para cerrarle el camino a todas las formas de violencia. El sindicalismo por su multidimensionalidad cubre, en su dirigencia, todos los aspectos de la vida social que ameritan consenso. Eso va de la protección de los recursos naturales a la desgraciada dilapidación del patrimonio entregado por décadas por concesiones infames; de la ausencia de una política de desarrollo industrial privilegiando el interior postergado de la Argentina, a la consolidación de un Estado moderno y capacitado, hábil para administrar un nuevo y vigoroso Estado de Bienestar basado en el derecho y la obligación de trabajar; de las reglas republicanas a la garantía de la lucha contra la corrupción y la recuperación de los bienes dilapidados.

El movimiento obrero organizado unificado, columna vertebral del peronismo, seguramente podrá recuperar su peso e imponer su dinámica programática al peronismo que milita en el FPV y en aquellos que están en la oposición.

El movimiento obrero comparte la vida cotidiana con el empresariado y puede y debe abrir el debate por el consenso con esas organizaciones. Naturalmente los sectores no peronistas de la oposición saben que en la dirigencia sindical hay una visión global que trasciende los límites partidarios y que el diálogo es parte de su gestión.

Después del Coloquio de IDEA, los desencuentros al interior del mismo; y las respuestas del gobierno, en boca de Jorge Capitanich, el clima de desencuentro anuncia un verano caliente.

Mas allá de la dificilísima situación económica y social, se hace imprescindible una mirada peraltada, anunciada y sostenida por quién tiene el vigor, la presencia y la autoridad para hablar en nombre de muchos. El movimiento obrero cumple esa condición. Al igual que en los 70 empieza el tiempo del movimiento obrero para articular consenso.

Es verdad no están ni Perón ni Balbín en la política; tampoco José Gelbard en el empresariado y eso hace todo más difícil. No imposible. Los cuadros sindicales tienen la responsabilidad del protagonismo del consenso. Ojala cumplan.

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26 octubre 2014

Ojala cumplan

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