¿Una crisis? ¿No? ¿Tal vez?

Buenos Aires 55 de noviembre de 2014

Carlos Leyba

Cristina dijo “no hay tal cosa como una crisis”. Hablaba de la economía. En ese campo muchos piensan todo lo contrario. Se basan en datos estadísticos. CFK y AK niegan esos datos. ¿”Todo es según el color del cristal con que se mira”?

¿Qué es una crisis? Es un estado de desorganización de lo previo que dura hasta que una nueva organización, un reordenamiento, reemplace al estado anterior y produzca un nuevo orden de reglas básicas. Bien puede ocurrir que ese reordenamiento no se produzca y que la continuidad de lo que está en crisis terminé en un derrumbe.

La secuencia de “orden – crisis – reordenamiento”, ampara la idea tan difundida de “toda crisis es una oportunidad”. Es que si la crisis es tal habilita (oportunidad) o anuncia un cambio fundamental de las reglas básicas. Lo habilita cuando se dan condiciones que lo hacen inevitable; y lo anuncia cuando alguien lo predica y lo lidera.

¿Por qué estas consideraciones? Es que Cristina Kirchner afirmó días pasados, en una reunión de la importante organización empresaria ADIMRA muy vinculada al oficialismo, que no hay tal cosa como una crisis, por cierto, referida estrictamente a la “economía”.

Y si bien no retornó al discurso exitista que acostumbraba antes de los primeros cimbronazos (energía, inflación, paralelo, caída del PBI) – que la llevaron a la política de las reformas como elemento de aglutinación militante (casamiento igualitario, Constitución, Justicia, Códigos, Hidrocarburos, Telecomunicaciones,etc.) – no se privó de señalar que, a su criterio, no hay problemas verdaderos en la economía.

La afirmación “ no hay crisis” fue seguida del mensaje político atemorizador de que, quienes quieren sucederla, afirman que hay crisis para justificar lo que ella llama “un ajuste”. Acerca de la palabra “ajuste” hay mucha tela para cortar: la caída del salario real es un ajuste; la baja de los subsidios es un ajuste; la revaluación del peso vía ingreso de capitales (créditos, licitaciones, inversiones) es un ajuste, etc. Pero a pesar de que esas cosas ocurren por decisión política, para CFK, no son un ajuste. Y el ajuste sí es la baja del salario real, de los subsidios y nueva deuda externa que, según ella, producirán los que la sigan. Cabe aclarar que el único militante político que sostiene el regreso de la deuda externa cuanto antes es Miguel Bein la mano derecha de Daniel Scioli que, antes de las inundaciones, había retomado la punta entre todos los candidatos posicionándose para tratar de obtener un triunfo en primera vuelta. Volvamos al tema central.

Para CFK en la realidad no hay crisis y los que la sucedan vienen a por “el ajuste” y por eso argumentan que hay una crisis. La estrategia de campaña K es poner en boca de la oposición un programa negativo. Y ello es posible a causa de la asusencia de volumen de la oposición preocupada por sí CFK tiene o no el título de abogada.

Volviendo a la cuestión de la crisis, para CFK las cosas, más allá de algún tropiezo, rápidamente volverán a la “normalidad”. Normalidad, entonces, sería el escenario de no crisis. Es decir, implica que no es necesario cambiar las relaciones básicas existentes entre las variables, ya que se habrá de producir un natural reordenamiento entre ellas y una consolidación del orden vigente. El tropiezo, por ejemplo una caída del producto, no implica – para CFK, que, más allá de algunos ajustes, deban cambiar las relaciones establecidas o las reglas básicas. Recordemos, la crisis, por el contrario, es la interrupción de la normalidad de modo que se requiere establecer nuevas relaciones, nuevas reglas básicas, nuevo orden. Más adelante expondremos algunos ejemplos de nuestra experiencia reciente.

Para Cristina, entonces, nada hay que cambiar porque “estamos y vamos bien”. La idea del “estamos bien” tiene un 30 por ciento de adherentes. La del “vamos bien” dispone de un porcentaje mayor basado en la imagen positiva que CFK detenta. Para una parte importante de la sociedad, el “cambio”, lo que podría presentarse en las elecciones, no debería alterar la continuidad. La encuesta reciente de Raúl Aragon señala que la continuidad (votantes K) suma al 23.2 por ciento del electorado; la continuidad con cambio suma al 41.6 y el cambio total al 24.7.

Ante estos números impresionantes debemos recordar que eso no es nuevo. Justamente la Alianza estuvo obligada a comprometerse a la “continuidad con cambio”, es decir, mantener la convertibilidad.  Y fue la continuidad de la convertibilidad lo que hizo estallar a la Alianza, al radicalismo y al sistema político por los aires.

¿Esta demanda de “continuidad con cambio” promete una enorme complejidad para el que viene? Recordemos la experiencia nacional.

La crisis de la convertibilidad desde 1996 habilitaba al cambio. Pero nadie con volumen político lo predicó. Y la crisis, entonces, ocurrió sin liderazgo y generando 50 por ciento de pobres y una estampida financiera que liquidó a los bancos. Entre los mas perjudicados estaban los creyentes y partidarios de la continuidad. Se negaban a ver el futuro.

Lo peor es que entre ellos, los que no veían la inexorabilidad de la crisis, estaban los que, obligados, navegaron el cambio. Todos los líderes post Alianza (E.Duhalde; N. Kirchner, etc.) y sus ministros fueron adalídes de la convertibilidad; y Néstor le reprochó publicamente a Duhalde la salida de la convertibilidad.

Entonces, la consecuencia de falta de liderazgo del cambio desde 1996 hasta el estallido de 2001/2003 fue el sufrimiento de millones y una transferencia de riqueza imperdonable. Los costos de no ver el futuro son enormes. “Cualquiera puede ver el futuro; es como un huevo de serpiente.  A través de la fina membrana del huevo se puede distinguir un reptil ya formado” Dr. Vergerus (Ingmar Bergman, 1978). El nazismo se veía venir.

Para quienes postulan que el presente señala la existencia de una crisis hay conciencia de que hay que cambiar para que las relaciones existentes se modifiquen. Para los que ven la crisis – que CFK acaba de negar – hay que cambiar, primero, porque las relaciones – las reglas básicas actuales – son insostenibles y generan continuos desequilibrios críticos; y, segundo, porque esas relaciones además de insostenibles son nocivas para el crecimiento del producto potencial.

El presente, la cuestión de la crisis, observado de manera tan contradictoria por el oficialismo y por el resto de los actores, no puede sino ser fuente de incertidumbre. Incertidumbre que se agrega a la que sugieren los hechos.

Como sabemos nuestro principal problema para la discusión política es la discrepancia en los hechos. Los números oficiales no gozan de la confianza de los actores económicos, empresarios y sindicalistas que lo expresan en sus reclamos; y tampoco de la inmensa mayoría de la ciudadanía. El discurso y la política del gobierno se basan en una versión de la realidad que la inmensa mayoría no ve. En esas condiciones el dialogo es imposible; y eso es ya un escenario de crisis: la relación entre oficialistas y opositores no puede prescindir del dialogo; y no puede haberlo si hay discrepancia sobre la realidad presente. Esa regla básica de la política actual (ausencia de diálogo) es crítica. Veamos ejemplos del pasado que hacen un tandem de economía y política.

Nuestra historia esta abusada de la palabra crisis. En 1975 el “rodrigazo” generó una crisis que fue el primer paso para la destrucción del “contrato de pleno empleo y crecimiento” que regía desde que el peronismo llegó al poder en 1945; y que, con militares, radicales y peronistas llegó vigoroso hasta la muerte de Juan Perón. Esa identidad se sintetizó en la acertada frase de Perón para describir el paradigma común: “peronistas son todos”.

La crisis del “rodrigazo”, que fue  provocada por nueve meses de inaccion deliberada, dio lugar a una transformación estructural tal que la Argentina no volvió a ser la misma sociedad que fue en el Estado de Bienestar. Se instaló el Estado de Malestar abanderado como Estado de Mercado. El giro del “ rodrigazo” fue abandonar el papel de los “precios sombra” en la decisión de los proyectos de inversión, el arbitraje del Estado en los precios relativos, y la promoción de política pública como gestor de la productividad. La dictadura (1976) puso en marcha la doctrina de la tasa de interés y del mercado como únicos reguladores; y el endeudamiento como sustituto de la productividad. Dejó atrás las anteriores reglas básicas y las reemplazó. La etapa inaugurada en 1976 – signada por el recurso a la deuda externa – estalló en hiperinflación (1989).

Esa crisis no fue provocada sino que resultó de la acumulación de desequilibrios provocados por la apertura económica y financiera que tornaron insostenible el sistema; y su manifestación fue la hiper. Esta nueva crisis se materializó como tal en el cambió del sistema monetario y financiero. La regla básica de la soberanía monetaria fue abdicada; y se puso como objetivo la adaptación a la moneda americana.

La convertibilidad fue un patrón para convalidar la doctrina de la tasa de interés, el mercado y el endeudamiento, que habían reemplazado al paradigma anterior. La convertibilidad estalló en 2001 por su propio peso. No fue una crisis provocada: fue consecuencia de la inviabilidad del sistema.

En 2002 comenzó el abandono de la convertibilidad. Y en 2003 – con el default y la devaluación previas – se produjo la mutación de las condiciones externas de comercio para nuestro país. Un cambio de las condiciones externas de tal magnitud del que no hay referencias en los últimos 100 años. Los términos del intercambio favorables a nuestra naturaleza, que de eso se trata, pusieron en marcha las mieles de una economía de renta. No fue necesario, para disfrutar de ella, modificar el modelo de la tasa de interés y el mercado; y los términos del intercambio sustituyeron a la deuda.

En este esquema estamos hoy: las reglas básicas son estos términos del intercambio y la ausencia de endeudamiento. Los terminos del intercambio han dejado de ser lo que eran y el endeudamiento aparece otra vez como un recurso necesario en la boca de oficialistas y opositores.

¿Si es necesario no anuncia el cambio de una regla básica interna que se suma al cambio de la externa (terminos del intercambio)? Y si se anuncia un cambio de reglas básicas ¿eso no anuncia una crisis? ¿Es lo mismo, para este esquema de confusa politica económica, el freno de los términos del intercambio y el acudir a la deuda externa nuevamente?

¿Cómo estamos hoy? La inflación junto a la no indexación del minimo no imponible, están erosionando el nivel real de los salarios respecto de los últimos convenios, la consecuencia es una caída generalizada del consumo; el nivel de actividad económica declina con mucha fuerza, pero la caida industrial es mayor y la inversión disminuye. Los resultados externos esperados son negativos. El empleo está sufriendo la recesión. La escasez de dólares está siendo paliada con acuerdos, verdaderas reformas, que no podrían ser aprobados sino fuera por la disciplina aideologica y aprogramatica del Parlamente con mayoría K. La entrega de las comunicaciones a multinacionales concentradas, la entrega de Vaca Muerta y de los recursos energéticos hasta el año 2075, con normas y métodos dificilmente aceptables, están pulverizando el discurso antimonopolico y anti multinacionales del oficialismo a punto que suena a rendición por dólares para abastecer al cepo.

La frase emblemática, al respecto, la pronunció el Presidente del BCRA “no negociaremos de rodillas con los Buitres” lo que no impide que negocien de parados y bajen las consignas con las que se comprometieron.

Cabe recordar que la inmensa mayoría de los legisladores kirchneristas, al igual que muchos de la oposición, aplaudieron las reformas “pro mercado” y “pro entrega” del menemismo, con lo que el kirchnerismo sería un desvío transitorio, un by pass, para volver a la ruta que trazó Carlos Menem de la que habían participado: un signo de indudable coherencia histórica.

Lo cierto es que el gobierno puede llevar a cabo el cambio de las reglas básicas porque lo entiende inevitable, en ese caso se constata que – al igual que a la salida de la convertibilidad – los hechos lideran el proceso. Si es así el período de adaptación puede extenderse demasiado. O bien puede el gobierno asumir todas las consecuencias dando un giro adicional, al que implicaron la sanción de la ley de hidrocarburos y la de telecomunicaciones, militando en la deuda externa mediante el paso por los Buitres, el FMI y vaya a saber qué. Y en ese caso, dependiendo de la celeridad, poder llegar a las elecciones con el aval que siempre han brindado la abundancia de dólares, aunque sean hambre para el mañana en términos de desarrollo.

Ese cambio oficialista en las reglas básicas – que no constituye en sí un orden – puede apalancar la ilusión sciolista de un triunfo en primera vuelta: única posibilidad. Más allá de la contradicción ideológica.

Después de todo CFK quería que nuestra sociedad se pareciera a Alemania. En el alhajero de discursos hay para todos lados y siempre se puede decir “ya lo dije”.Lo cierto es que con dólares, por ejemplo, en marzo a los votos propios, que no son pocos, se le pueden sumar otros de la “continuidad” de la línea sinuosa, suficientes para quedarse en el poder con todo el confort que ello implica.¿Quién no hace lo imposible para obtener confort de largo plazo?

Pero sin cambio en las reglas básicas (o sea sin dólares) ¿cómo serán los días que van desde hoy hasta 2016?.

Como dice el filosofo Slavoj Zizek “Si las cosas no cambian, se derrumban”[1]. Bueno, entonces, esto es una crisis: si cambian, se traicionan y salen; si no lo hacen … nosotros estamos adentro.


[1]Pedir lo imposible, Ed. Yong-June Park, 2014

compartir nota
05 noviembre 2014

¿Una crisis? ¿No? ¿Tal vez?

Los comentarios están cerrados.