Educación y Justicia Social

30 de noviembre de 2014

Carlos Leyba

Esos dos temas son fundamentales en este tiempo. La educación, sin duda, presenta un presente problemático; y una realidad social extremadamente compleja, que parte del núcleo duro de la pobreza, fueron el temario 2014 al que invitó la Pastoral Social de Buenos Aires que conduce el padre Carlos Accaputo.

Se trata de una convocatoria a militantes católicos que acompañaron al Cardenal Jorge Bergoglio cuando presidía la Diócesis y en la que, y esto es lo más relevante, participan dirigentes sindicales, políticos, empresariales y de los movimientos sociales así como funcionarios públicos y académicos de distintas corrientes culturales, religiosas y políticas.

Es decir, una convocatoria extendida y de alguna manera representativa de las preocupaciones y las ideas que campean en nuestro país.

La gran razón de la Pastoral es justamente la de convocar a pensamientos distintos, de miradas contrapuestas sobre la realidad, con perspectivas diferentes respecto del futuro, a un lugar de encuentro, como convoca el Papa, en el que germine la idea de “fraternidad”. Es un propósito mayúsculo.

Vivimos en una sociedad cuyo pasado hoy más que nunca es de enormes desencuentros. Los que unos ven heroico otros lo perciben como traición. Para señalar, con heroísmo y traición, para la misma cosa, el mismo actor y el mismo tiempo, la magnitud de las distancia con que miramos y juzgamos el pasado.

Hoy esa distancia, que tenemos entre los argentinos que se ocupan y se preocupan de la política, y los que los rodean y sienten su influencia, es sencillamente enorme.

Me refiero al pasado que juzgamos con la misma pasión que lo hacemos con lo que realmente existe siendo que, vaya obviedad, el pasado sólo existe en nuestra capacidad de recrearlo desde el presente.

Pues bien digo la distancia que hemos marcado con dureza respecto del pasado marca divisiones hoy irreconciliables. Es una desgracia.

Una desgracia tan grande como ver, unos y otros, como se tira por la borda la herencia recibida. Es difícil construir sin herencia y aún peor en contra de ella. Siempre hay un beneficio. Es cierto, tal vez se libera la creatividad y genera la posibilidad que nos conozcamos haciendo juntos. Es una compensación.

Un ejemplo. Una figura emblemática como Julio Argentino Roca es cuestionada, en estos años, por una corriente poderosa que milita hacia el aniquilamiento de esa personalidad histórica. Otra corriente no menor mantiene un culto propio al de un forjador de la Nación. ¿Esto es nuevo? Por cierto había disputa sobre todo Roca en el surgimiento del yrigoyenismo y en el del peronismo. Pero Juan Perón llamó General Roca al ferrocarril nacionalizado y Arturo Jauretche le ofrecía páginas generosas de su pluma filosofa y nada regalera. Hoy entre quienes vocean el nombre de Perón y cultivan la lectura de don Arturo, hay muchos que consideran a Roca con la descalificación máxima de genocida. Pronunciada esa palabra no hay mucho campo para la reconciliación sobre el pasado. Y podríamos seguir así hasta acabar con las páginas del Manual de Historia Argentina de todas las escuelas.¿Se puede educar sin historia? Y si no se puede, entonces, ¿cuál? ¿Cuál recreación?

Pero además de ese desencuentro sobre el pasado, que lo abarca casi todo, en los tiempos que corren, tenemos un colosal desencuentro sobre el presente. Y no me refiero a la lógica discrepancia acerca de si las cosas que se hacen, se hacen bien o mal, sino – lo que es único en el tiempo, aquí nunca antes pasó, y en el espacio, no creo que en ningún otro lugar del planeta ocurra – sobre “las cosas”, los números elementales. Por números elementales me refiero a todas las estadísticas que componen el análisis de la marcha de la sociedad. Todas las estadísticas están discutidas. Ciertos o no, producidos por unos u otros, los números han perdido el respeto imprescindible para el diagnóstico, para el mapa, del presente. Y esa carencia monumental, y difícil de reparar, marca el desencuentro acerca del presente. Un desencuentro sobre números que es sencillamente único y lamentable. Podemos tener el máximo nivel médico del planeta pero si el aparato de rayos de la Sala 1 brinda una imagen distinta, abismalmente distinta, del de la Sala 2, no hay junta médica que pueda diagnosticar sobre esa base. Y ahí estamos sobre el presente en un colosal desencuentro. Y no por cuestiones ideológicas sino por cuestiones de datos. Nada peor. Otra vez estamos en cero: esos números se anulan entre sí. Y esto ocurre también sobre los resultados de la educación y el estado de la cuestión social. Hay una profunda discrepancia en los hechos.

La Pastoral convoca al Encuentro. De los que llegan al mismo, unos vienen con una convicción del pasado lejano y del presente, y los otros difieren con ellos como el agua del aceite.

Si no podemos encontrarnos en el pasado ni en el presente solo nos queda el encuentro del futuro. Y por otra parte, el futuro, es lo único que existe. Y es el lugar, el único lugar, donde vamos a vivir. Ese es el lugar del Encuentro.

No es fácil porque todos llegamos a esa convocatoria de la Pastoral desde nuestro pasado y nuestro presente; y si bien al poner un pie allí estamos entrando al futuro, no es menos cierto que una mochila pesada se nos hace presente cuando avanzamos; y más presente cuando más avanzamos al futuro.

El Encuentro es, entonces, la capacidad y la vocación para dejar la mochila afuera porque tenemos apetito de futuro.

Pregunta ¿futuro solos o futuro con todos? Fraternidad. No es una palabra cursi, romanticona, nostálgica, blanda. Para la fraternidad hay que tener mucho coraje: es el puente que une la tensión democrática entre la libertad y la igualdad que, sin ella, son pura contradicción.

La fraternidad democrática es la aceptación que un proyecto de vida en común se construye concertando. Y para concertar entre diversos, de eso se trata, lo principal es ser concientes que la mesa de la concertación del consenso, se nutre de aquello que estamos dispuestos a ceder. Cuanto mayor sea la cesión de todos mayor será la concertación del consenso. Por ahí pasa el Encuentro.

No escuche a todos los participantes de la Pastoral, pero entre los que escuche, a muchos la referencia al pasado y al presente les absorbió un pedazo grande del futuro. Les secó el futuro. ¿Para qué? ¿Cuál es la razón por la que nuestra sociedad, nuestros dirigentes a los que cabe la pedagogía de la política, les cuesta tanto cortarla – como dicen los chicos – con el pasado y el presente, del que si podemos hablar de él es porque ya es pasado?

¿Y porqué les cuesta tanto hablar del futuro?

Defender o atacar el presente y el pasado es trabajar de jueces. Sugerir, pensar, provocar el futuro es dirigir. Es hacer política.

Muchos están tentados de hablar de este tema como si se tratara de “políticas de estado” y creo que esa apelación o muletilla es consecuencia del “estado de la política” que es, en estos tiempos y desde hace muchos años, incapaz de enfrentar el futuro el que, por otra parte, es inexorable y mientras escribo esto está transcurriendo.

Pues bien el futuro, como propuesta, como descubrimientos de las entrañas del presente, no se planteó en la mayor parte de las exposiciones que escuche, salvo algunas expresiones y repito no escuche todas.

Hubo claro que sí algunas líneas en materia de educación que perfilaron conceptos interesantes en los términos del futuro. Por ejemplo la pregunta de la escuela ¿para qué? tuvo algunas respuestas. Pero en algunas de ellas percibí el abismo de las palabras.

El Encuentro para ser tal requiere que las palabras tengan la misma traducción. Si hablan dos, hablan seis – cada uno cree que es algo, el otro tiene su definición y la verdad sólo la conoce Dios y así dos son seis –   y entonces salvo que tengamos la voluntad de traducir la palabra deja de ser tal. El Encuentro requiere traducción para un real entendimiento.

La Pastoral del Encuentro convoca pensamientos y corrientes diferentes y al hacerlo los “encuentra” y pone unos con otros y en esa insistencia espera, primero el entendimiento, la traducción, y la escucha. Ese es el primer paso adelante.

Luego, lo segundo, que las mochilas se descarguen y queden afuera; y recién, ligeros de equipaje, podemos caminar al futuro. La tercera la cesión al común.

La Pastoral, por su enorme capacidad de convocatoria, los pone juntos y les hace saber que la primera necesidad del camino es ponerse de acuerdo en el hacia dónde y no en la velocidad de la marcha. El hacia donde es el consenso posible. Creo que el Encuentro que propone la Pastoral es despertar una sensibilidad que se nos ha encallecido. Una sensibilidad.

Vale para la educación y para la justicia social. Aunque las dos son anverso y reverso de una misma acción. Sin justicia social no hay realmente un proceso educativo colectivo. Y sin un proceso colectivo de educación no hay justicia social. Marchar por dos vías paralelas: ese es el único camino.

La Justicia Social, la duradera, la verdadera, parte del concepto esencial del derecho al trabajo, del trabajo digno para una vida digna. Sin ello no hay Justicia Social porque el trabajo no se reparte equitativamente y los que no lo tienen son privados del derecho a trabajar que es la manera de ser realmente hombre.

La dinámica del trabajo del hombre es liberadora, y dignificante, cuando la acumulación, la máquina, el capital, se pone al servicio del trabajo. El primer paso, en la dignificación del trabajo del hombre, es hacerlo con la mayor acumulación que sea posible. El trabajo sin acumulación a su servicio es un paso hacia la explotación. Dar trabajo con capital es el primer paso hacia la Justicia Social. De eso se trata. Y hasta creo que de eso trata la economía al servicio del hombre.

De la misma manera, en el avance de la justicia social por el trabajo con acumulación, está la educación porque ella es parte de la acumulación que el trabajo requiere. Y es difícil imaginar trabajo con acumulación sin educación acumulada. No hay una cosa sin la otra. Aunque ambas ocurran en territorios diferentes. Pero paralelos.

No se puede avanzar en la vía de la justicia social sino avanzamos en la vía de la educación. Y en ambos casos el motor impulsor es la acumulación. No es justo ni honesto hablar de justicia social y educación sin hablar de acumulación.

Y la acumulación es lo que hemos hecho en el pasado y su resultado es lo que tenemos en el presente. Si disponemos de abundancia, en eso caso, estamos para cosechar futuro. O bien es lo que tenemos que empezar a hacer ahora para tener futuro. Suena feo pero necesitamos un consenso para la acumulación que habilite educación y justicia social.

El Encuentro y el Consenso, lo común, entonces, al menos es tan simple como acordar la acumulación para el futuro de la Justicia Social y la Educación. Y acumulación no sólo es dinero. Es energía, organización, voluntad. Y así como un “acumulador” guarda la energía generada en otro lado, la acumulación para el trabajo y la educación, y la energía social acumulada para ello, son el desafío del futuro. Sin ella será difícil transitar ese camino.

La Pastoral es una convocatoria que no se agota y que a pesar de las apariencias, junta, contacta, descubre. Los oídos se van abriendo y las almas se van templando en esa sensibilidad. Todos los días amanece. Y el trabajo del hombre por la justicia y el desarrollo del alma es una energía que ilumina y acumula si hay un territorio fértil que es abonado por la educaciónn. Una y otra vez. Sin desmayo.

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30 noviembre 2014

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