DESARROLLO Y CONVERGENCIA

14 de enero de 2015

Nota publicada en El Economista

Carlos Leyba

El best seller de Thomas Piketty “El Capital en el SXXI”, redescubre las cuatro décadas de creciente desigualdad que estamos atravesando al interior de todas las sociedades, al trasluz de los siglos, las estadísticas y la literatura, después de haber abandonado las tres gloriosas décadas de pos guerra. No es una novedad que el experimento neoliberal, instalado entonces Urbi et Orbi, alimentado por los organismos internacionales, junto con la desigualdad, ha parido un incremento de la pobreza relativa. Por ese cauce, bien sabemos, navega una violencia de ida y vuelta.

Inequidad y pobreza relativa también tramitan en la comparación entre las naciones. Esta constatación no goza de buena prensa. Hay un extraño empecinamiento, de parte de los organismos internacionales y de la corriente dominante del pensamiento económico anglosajón, que describe unos castillos de naipes en los que los pobres del mundo son menos pobres a pesar que los movimientos migratorios describen la falta de oportunidades en el origen, mientras que los países receptores ven aumentar sus periferias de deshechos y las masas de desocupados. Zygmunt Baumann y Tony Judt, entre otros, han quedado universalizados en los gestos y las palabras de nuestro Papa Francisco para darnos cuenta de esa realidad.

Hay un mundo real y hay unas explicaciones. Trabajos como el de Piketty ayudan a descubrir el mundo real puertas adentro; y su ejemplo pone en evidencia la falta de trabajos, de la misma dimensión, para descubrir las comparaciones entre países, es decir, puertas afuera. O para poner en evidencia la precariedad de las celebraciones de progreso de las que nos informan los organismos internacionales.

Mirado en perspectiva de cuatro décadas, el mundo es menos equitativo puertas adentro en cada país. Y mirado puertas afuera, entre países, también lo es. Lo relativo pesa. La pobreza no es estanca.

La primer mirada, la de la desigualdad al interior, invita a pensar qué transformaciones llevar a cabo dentro de los países para recuperar aquellos buenos tiempos. En nuestro caso los buenos tiempos terminaron en 1975.

La segunda mirada obliga a reflexionar acerca de cómo aproximarnos, los de abajo, a los niveles de productividad – que de eso se trata – de los países que llevan la delantera. Nosotros hace 40 años abandonamos toda estrategia de productividad sistémica. Bueno es recordarlo.

En ambos casos, desigualdad interior y distancia en el ranking de productividad, nuestros resultados, los de nuestra sociedad, reflejan 40 años de errores generados por una clase dirigente incapaz de pensamiento situado a causa de su vocación de traductora, siempre tardía. Como reza el dicho italiano esa vocación es traicionera y – en nuestro caso –  “herodiana” porque ha desaprovechado, para la comunidad, nuestras fortalezas y oportunidades permanentes; y por cierto también las ocasionales y ambas las hemos transferido a unos pocos y finalmente las hemos enajenado. Se puede hacer alquimia con los números y tratar de descubrir “milagros transitorios”. Pero la realidad es que, aún si ellos hubieran existido, la marcha histórica es claramente en reversa. Y la reversa tiene un punto de partida: la incapacidad de pensar un proyecto propio y estar condenados a traducir un proyecto ajeno. Los cambios, si los hay, se han limitado al cambio de la obra a traducir. No a lograr pensar lo propio. Más adelante, más claridad. Gracias por esperar.

El primer problema que apuntamos – lo de adentro – es el problema del desarrollo; o mejor pensando desde la solución, el problema es la concepción del desarrollo o cómo aprovechar fortalezas y oportunidades permanentes, para el desarrollo integral de todos los habitantes.

El segundo problema que apuntamos – lo de la comparación – es el de la convergencia; o mejor, pensando desde la solución, el problema de acortar la distancia en productividad con los de punta, es la concepción de una estrategia de convergencia que pasa por la tasa y el destino de la acumulación.

Podemos desarrollarnos, o mejor, podemos mejorar la equidad social sin converger con el nivel de ingreso de los países ricos. Y también podemos converger con el nivel de los más ricos, a costa de la equidad interior. Pero dejar de lado el desarrollo o la convergencia, más tarde o más temprano, genera la misma dificultad de marcha que genera saltar en un solo pie. Fatiga de materiales y destiempo.

Queda claro que para una buena marcha todo proyecto propio, basado en fortalezas y oportunidades permanente y capaz de aprovechar las ocasionales hacia adentro – que no es lo mismo que el proyecto ajeno que procura el aprovechamiento de esos recursos hacia afuera – requiere del ejercicio del pensamiento situado en el aquí y ahora. Pero fundamentalmente exige una concepción de desarrollo asociada a una estrategia de convergencia, lo que sólo se puede concebir y ejecutar con un compromiso de largo plazo de todos los sectores sociales, económicos y políticos de peso.

Esta cuestión es la prioritaria para la definición de qué cosa es una oferta política en relación a la elección de 2015 que puede ser o no, una elección de rumbo. La no elección, el sometimiento a proyecto ajeno, se habrá de imponer cuando no se discuten a fondo las cuestiones de qué desarrollo y cómo; y cómo lograr la convergencia.  Por el repertorio de los candidatos oficialistas y opositores, sus preocupaciones, sus proposiciones, no hay absolutamente nada que haga suponer que algo de pensamiento se está incubando. Estamos, seguimos, en la trayectoria de la traducción, es decir, del proyecto ajeno.

Es apropiado aproximarnos, en términos de las oportunidades ocasionales, al estado de la economía mundial. Estamos enfrentados a un nuevo período de lentas tasas de crecimiento que, paradójicamente  hacen más difícil la construcción de escenarios de convergencia. Las materias primas han desteñido, al menos por ahora, la moda de los países emergentes. Los BRICS están ahora influyendo en la desaceleración del comercio mundial. Brasil, Sud África y la India sufren problemas de infraestructura, de producción industrial y de comercio exterior. Rusia, con un deterioro de los términos del intercambio, sufre la fuga de capitales y la falta de inversiones. China, con crecientes costos salariales y una industria frenada, ha perdido competitividad. Nada de eso es bueno. Baste recordar que, mientras el Producto Bruto por habitante promedio mundial es de 10.041 dólares corrientes,  nosotros somos una clase media de 20 por ciento por encima del promedio mundial y  60 países nos superan.  Para Cristina Fernández, el 30/10/2007, el país a converger era Alemania que multiplica 4 veces el promedio mundial. Dijo “Me gustaría ser un país exportador como Alemania, con un altísimo grado de tecnología, que es lo que lo distingue, el valor agregado, la innovación tecnológica” ¿Hizo algo para rumbear esa dirección? Alcanzar el PBI por habitante de Alemania nos llevaría 19 años creciendo al 7 por ciento anual acumulativo y 26 años si lo hacemos al 5. Esa es la distancia de convergencia respecto de una economía de Estado de Bienestar que, además, desde la perspectiva del desarrollo y la equidad bien puede ser una meta. Pero claramente no ha sido la del kirchnerismo y no es la que ahora su discurso sugiere.

La aspiración de casi todos los pueblos, con la excepción de improntas culturales alternativas, es converger a las condiciones de vida de los países desarrollados. La vocación de convergencia es la dominante en este siglo. Hay políticas de expansión del PBI por habitante que generan más concentración y más inequidad. El caso de la República Popular China es elocuente. El economista Claudio Katz, en Argenpress.info, tituló una nota “China: Un socio para no imitar”. Veamos. Dice Katz “China se ha ubicado al tope de los índices de desigualdad medidos por el coeficiente de Gini. En la región es tan sólo superada por Nepal y luego de Estados Unidos alberga al mayor número de billonarios del mundo. Por esa razón florecen los negocios del lujo y los clubs de yate. Toda la generación de ahijados del viejo liderazgo comunista maneja las grandes compañías. Allí se concentra la nueva elite. Basta observar que un tercio de los 800  individuos más ricos del país son miembros del PCCH”.

El compromiso real actual de la dirigencia política kirchnerista es convalidar el modelo de la “nueva oligarquía de los concesionarios” al que algunos llaman la “nueva burguesía nacional”. La convalidación, puede tener como herramienta la asociación privilegiada con China. Está claro que el nivel de importaciones de China y su capacidad de financiamiento pueden ser una oportunidad para un proyecto propio de desarrollo y convergencia. Claramente como mercado de bienes y capitales pero de ningún modo como sinergia de ideas, valores, estilos.

Los chinos – titulares de un excedente financiero gigantesco que los obliga a tomar posesiones en los países pobres con inmensos recursos naturales – han encontrado en la burocracia K a socios permeables para su programa. Pero sin programa propio que, el kirchnerismo no tiene, se ejecuta inevitablemente un proyecto ajeno que no es responsabilidad de los socios chinos sino de la incapacidad de la dirigencia argentina. Del oficialismo que no lo tiene y de la oposición que no lo transmite. Otra vez ¿qué desarrollo y cómo; y qué modo de convergencia?

La asociación de excedentes chinos con la “nueva oligarquía de los concesionarios” a través de la infraestructura (elegida sin ningún orden de prioridades para el desarrollo);  a través de las industrias de armado (con valor agregado tendiendo a cero) que reciben trabajo chino; y básicamente el área de servicios, han configurado un modelo que tiende a ejecutar un proyecto ajeno por ausencia del propio. Y eso no puede sino terminar en un crecimiento multiplicador de la concentración y la inequidad.

Dadas las nuevas condiciones internacionales que señalan que amainan los vientos favorables y el vigor de las relaciones con China –  surgidas del propio peso de ese gran país y de la vocación dependiente de la dirigencia oficialista – se conforma una realidad que obliga más que nunca a tener claridad conceptual acerca de qué significa desarrollo y qué convergencia en términos de política económica y de Política con mayúscula. Convergencia, señalando el rumbo. Desarrollo explorando el potencial. Lo necesitamos.

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14 enero 2015

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