EMPANTANADOS

25 de enero de 2015

Carlos Leyba

La política, la cuestión del poder en nuestro país, está decididamente empantanada. La muerte del fiscal Alberto Nisman, aún más que su denuncia, le ha puesto un peso adicional a toda la política, lo que implica hundirla un poco más.

Antes de la denuncia ya estaba ingresando en terreno fangoso; y ahora está abandonado el último tramo de la tierra firme. Son pocos los puntos de apoyo que aún conserva.

Por ejemplo, la independencia y probidad de la justicia está cuestionada desde antes; y estos acontecimientos sin duda habrán de estresar a los materiales notablemente fatigados que la conforman.

Más aún, el disciplinamiento exagerado de las mayorías parlamentarias ha convalidado, justamente por falta de vocación política, errores inútiles de los que sólo quedará el costo inevitable y ninguno de los beneficios pretendidos. Uno pequeño si se quiere que refleja el disciplinamiento exagerado: la mayoría de la Cámara de Diputados se negó a hacer un minuto de homenaje al tiempo en que se anunciaba al primer Papa latinoamericano de la historia que, además, era argentino por el hecho histórico de haber sido Jorge Bergoglio.

Finalmente, la ausencia de diálogo entre los que asumen el papel de dirigentes máximos, cuando se trata de cuestiones que inciden en el largo plazo de la sociedad, acusa la idea de que quién logró el poder no aspira a ejercerlo con todos y para todos, sino para una parte que, aun mayoritaria, no es “el casi todo” que implica el consenso. Y quienes no ejercen el poder, pero lo pretenden, ni siquiera dialogan entre ellos; y menos aún reclaman dialogo. Todos han abandonado la vocación de diálogo.

Sin embargo, lo que queda de la justicia, de la vida parlamentaria y de diálogo son los pocos puntos de apoyo que pueden ayudarnos a dejar de estar empantanados. Hay que movilizarlos.

Es cierto, primero todo esto es un problema del oficialismo, que se empecina en presionar hacia abajo; pero, más importante, no sólo es un problema del oficialismo sino de quienes aspiran a reemplazarlo en el escenario del poder.

Nadie, al menos con suficiente visibilidad, está en tierra firme. Los sectores opositores no alcanzan a ponerse a rescate de esa situación y por eso, más allá de las coincidencias en oponerse, que concitan a dos tercios de la sociedad de acuerdo con la mayoría de las encuestas, nadie – ningún liderazgo – se asoma con la fortaleza de una alternativa que genere una ola de confianza de que no caeremos todos en el mismo pantano en que hoy subsiste la política.

De un pantano sólo se sale con una fuerza que se ejerce desde tierra firme. Leopoldo Marechal, poeta, lo decía de una manera que supone una situación más limpia “del laberinto se sale por arriba”. Un salto para no hacer fuerza entre las cosas que nos confunden.

El pantano, sí o sí, requiere de la ayuda de lo que está afuera, en tierra firme, y con capacidad de auxiliar al empantanado. Indiscutible, para salir de un pantano, hace falta un punto de apoyo en tierra firme. ¿Cuál aquí y ahora?

¿Qué señales hay? La reunión del PJ, no sólo el contenido del documento sino la fotografía que dice casi tanto como las palabras, revela el disgusto – de muchos de los que allí estaban – por el mismo hecho de estar ahí. Muchas conciencias empujaban la moral hacia abajo y eso se reflejó en las miradas y en las cabezas gachas.

Claro, algunos – no todos – de los presentes estaban bien curtidos por haber avalado todo lo que hizo el menemismo y que nos condujo al desastre de 2001 y que le estalló en la mano a la Alianza por no haber tenido el coraje de terminar con el delirio de la convertibilidad. Ellos son expertos en esos tragos. Otros por haber militado en la lucha armada, que justificaba el asesinato político cualquiera sea la razón, tienen cuero para soportar cualquier exigencia. Pero muchos otros  de los allí presentes, tal vez los más, que no llevan ni la mochila del menemismo ni la de la guerrilla, no podían ocultar el gesto de contrariedad por tener que firmar lo que no pensaban y de aportar más peso a una cuestión que nos arroja más adentro del pantano.

Con piel dura o sin ella, todos incluidos, quienes redactaron el documento y quienes lo avalaron con su presencia, seguramente en su intimidad hubieran deseado otra cosa. Un caso más de pensamiento de grupo (“Groupthink”) al que aludí la semana pasada.

No se trataba de aceptar las acusaciones de Nisman a Cristina, que están a un largo trecho de convertirse en verdades irrefutables; no se trataba tampoco de proteger, una vez más, al aparato de inteligencia oficial como lo hicieron cuando Gustavo Beliz fue eyectado del gobierno y se tuvo que ir del país perseguido judicialmente por haber dicho a tiempo lo que ahora dicen los dirigentes del FPV y entonces callaron. No. Ninguna de las dos cosas. Se trata de una reflexión adulta, no adolescente, que apunte a un mínimo de crítica por los errores cometidos por esta administración que dieron lugar o que contribuyeron a esta crisis.

El Pacto con Irán, independientemente de sus intenciones, es un error y un fracaso, porque el país con el que lo firmamos no lo convalidó. ¿Acaso no es un error diplomático colosal no tener garantizado la aprobación de lo que la Argentina aprobó? Se podrá argumentar con las mismas razones que se argumentaron en el Parlamento cuando se lo votó. Pero hoy – con el diario de hoy – la ausencia de ratificación por Irán lo convierte automáticamente en un error. La otra parte no hizo, en tiempo y forma, lo que dijo que iba a hacer. La falta de aprobación, bastaría para que el partido del gobierno diga que haberle brindado la confianza diplomática al otro signatario, al aprobarlo aquí a la carrera, fue un error. En este estado ese reconocimiento obvio, que no implica retractarse de la intención de hacerlo sino reconocer que fue un acto inútil por la inconsecuencia del otro Parlamento, tendría fuerza para anudar un diálogo, la soga que nos ayude a sacarnos del pantano.

En segundo lugar, ante los hechos, las interpretaciones y las denuncias del oficialismo, es hoy  mucho más evidente el error de la política del gobierno en materia de servicios de inteligencia. Lo que no se hizo y lo que se hizo. Recordemos las denuncias instrumentadas por mentiras formuladas y organizadas por la sectores de la inteligencia contra adversarios políticos, como en el caso de Enrique Olivera, son parte de una larga tradición que antecede al kirchnerismo y que tiene ejemplos lamentables en todas las administraciones anteriores. Pero esta administración de hecho nada hizo. Y el tal Jaime Stiuso que hoy aparece como el máximo responsable de lo que según el oficialismo es una conspiración, fue heredado por este gobierno. Pero este gobierno lo alimentó y lo puso en el primer plano de la geopolítica argentina. Y si fue un error haberlo alimentado, ahora, ante los nuevos hechos que denuncia el gobierno, reconocer el error de haberlo elegido como la clave de la causa AMIA y el haberlo mantenido, habría sido una enorme soga para anudar un diálogo que nos saque del pantano.

Tres presidencias kirchneristas han convivido con el nido de conspiradores. Y sería una contribución al diálogo, a la construcción de la soga que nos saque del pantano, formular la autocrítica sin oraciones  subordinadas. En última instancia nada empezó esta semana.

De la misma manera los dirigentes opositores que participaron de este gobierno e inclusive de algunas de las maniobras difamatorias de los organismos de inteligencia; y lo que estuvieron en otras administraciones, que también dejaron ese sistema como herencia a los sucesores, en lugar de una apuesta enardecida que salpica para todos lados deberían haber tirado algunas sogas de diálogo convocando a una reunión conjunta para, por ejemplo, reconocer que el sistema de inteligencia – como mínimo – no cumplió durante muchos años con la misión de alertar sobre los problemas más graves que sólo se pueden anticipar con información especializada. El ejemplo más gordo es la gigantesca penetración del narcotráfico que no empezó ayer; y que llegó al entorno del poder, aunque más no sea en personajes menores, como lo es el caso de la efedrina.

La Embajada de Israel, de la AMIA, el Pacto con Irán, la denuncia de Nisman, todas esas cuestiones son los eslabones de una cadena pesada que nos arrastra a empantanarnos y en la que han participado tres administraciones u hoy tres signos políticos enfrentados. Es el reflejo de una incapacidad del Estado y de una incapacidad de las fuerzas políticas que, en lugar de sumar en las cosas comunes, usan las cosas comunes para restar o para contribuir a empantanarnos.

La política está empantanada por los problemas que no puede resolver. Y no los puede resolver porque no apela a buscar la tierra firme desde donde se puede hacer fuerza para salir. De un pantano solo se sale recibiendo tracción de afuera del pantano, de tierra firme, y con enorme fuerza que se alimenta de una verdadera voluntad por ser justos.

El Papa Francisco nos había alertado de lo difícil que sería el tránsito futuro de la política argentina. No habrá una consecuencia de magia en el acto electoral. Nos estaba llamando la atención por la manera en la que estábamos encarando el tránsito de la vida política normal entre un elenco gobernante y otro que inexorablemente deberá sustituir al que hoy está al mando. Nadie imaginaba la denuncia a la Presidente y al Canciller, tampoco la muerte del fiscal y menos aún la denuncia de la Presidente a una de sus dependencias directas. Tampoco Francisco. Pero ocurrió.

Y es evidente que las tres cosas dificultan el tránsito. Empantanados no hay manera de avanzar.

No podemos apelar a otros. Ninguna jurisdicción extranjera, ni la Iraní ni el concurso de juristas sabios de Occidente, va a resolver nuestros problemas políticos. Porque básicamente son problemas de convivencia. No hemos encontrado el modo de convivir políticamente. Poco importa que todos se saluden y se besen en los pasillos de la política, a pesar de ser adversarios en los escenarios que afectan a la vida de la sociedad. Lo que importa no es cuál es el modo de convivir socialmente entre los que hacen política, sino como es el sistema de la convivencia política en el que queremos vivir. Luego de una metralla de acusaciones televisadas entre unos y otros, los vemos civilizadamente abrazarse cuando salen de la escena del Canal. Pero no han cruzado una palabra que se aparezca a un diálogo sino a un sucesión de monólogos.

El verticalismo de la mayoría no contribuye. La dispersión individualizante de las minorías tampoco. Empantana la incapacidad de dialogar sobre un tema. Pero peor es si no establecemos la información en común, los mismos hechos o bien si no acordamos el método para llegar a ella.  La convalidación de la información común es una condición necesaria. Pero no salimos del pantano si, con la información convalidada, no estamos dispuestos a encontrar un acuerdo básico.

Esta desgracia, la muerte de Nisman, es una alerta que nos anticipa que si no encontramos un modo de convivencia política continuaremos empantanándonos; y sufriremos  el proceso de degradación de la precaria vida democrática que hemos hasta aquí conseguido. No es mucho pero es mucho mejor que nada.

Para salir del pantano en el que estamos, la construcción de la tierra firme exterior, consiste en un ámbito en el que podamos discutir las cuestiones de la administración del poder, con el espíritu de la fraternidad. No es romanticismo. Es que sin ese espíritu es imposible la democracia. Negar la fraternidad, negar al otro, es el camino para la supresión de la libertad y la instalación de un autoritarismo alimentado por las formalidades democráticas vacías de contenido. Alguien tiene que dar el primer paso. Alguien tiene que convocar. Y todos tienen que ceder.

En esta emergencia para dar un paso hacia la tierra firme y hacia fuera del pantano,  sería abrir, dar la posibilidad, de una participación colectiva de la política y de los sectores importantes de la Nación (trabajadores, empresarios, organizaciones sociales, cultos religiosos, etc.) para una intensa reflexión y maduración propositiva y controlada, acerca de cómo profundizar la búsqueda de la verdad en la cuestión de la Embajada, de la AMIA, de la muerte de Nisman; cómo profundizar la investigación de sus denuncias y cómo hacerlo con la que ha formulado Cristina acerca de la conspiración que vincula las acusaciones y la muerte de Nisman. Imprescindible para ir secando el terreno fangoso en el que estamos metidos.

Y, finalmente, debatir en profundidad la cuestión de los servicios de inteligencia, sus funciones, sus métodos y su calidad. Un servicio de inteligencia no puede ser la disponibilidad de una tropa de espías y materiales de espionaje en manos de un gobierno que, por definición, es transitorio. Eso es lo que sabemos que no puede ser. Pero el mayor desafío es el de formar consenso acerca de qué debe ser un servicio de inteligencia y como garantizarnos que no se convertirá, en el caso de lograr que sea lo que aspiramos, en una tropa de espías y materiales al servicio del gobierno de turno. No es nuevo. Ha sido así por años. Y no sólo en las dictaduras.

Es que los gobiernos terminan siendo aquello que es la información que los alimenta. Fernan Braudel, el gran historiador, sostenía que “los pueblos son lo que comen” . Los gobiernos finalmente se convierten en la información que consumen.

Todo sistema cerrado tiende al desorden: el aislamiento, en política, degrada y el único antídoto es el diálogo. Que es romper el aislamiento de la información.   Estar empantanados es estar aislados. Y aislarnos nos empantana.

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25 enero 2015

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