¿Y si se despresuriza la cabina?

30 de enero de 2015

Carlos Leyba

La cabina presurizada contribuye a seguridad y bienestar durante el vuelo. La pérdida de presión, si ocurre por una falla del sistema de presurización, es lenta; pero si lo es por una falla estructural de la nave, una fuga, es explosiva. Durante el viaje se inyectan en la cabina, que no debe tener “fugas”, enormes cantidades de aire comprimido.

Argentina en vuelo ha sufrido varios episodios de “despresurización” que nos pusieron en riesgo. De todos hemos zafado con oxigeno de fuentes externas.

En la hiper de Raúl Alfonsín nos quedamos sin oxigeno; y antes de estallar en mil pedazos, sobrevino la renuncia a la moneda nacional (convertibilidad) (¿acaso hay Estado sin moneda?) y un retorno feroz al endeudamiento. La deuda no sólo no nos curó sino que nos trajo la hiperdesocupación.

Otra despresurización nos puso en riesgo. El oxigeno llegó como boom del precio de las commodities.

Las crisis, o despresurizaciones, se zafaron por el oxigeno que “vino de afuera” sea que lo fuimos a buscar (deuda) o que llegó sin anunciarse (soja).

Los sistemas de presurización (los pseudo modelos de política económica) fueron y son incapaces de proveer el oxigeno necesario. Y además la débil estructura de la nave (por ausencia de acumulación transformadora), permitió e invitó a “la fuga” del oxigeno conseguido.

Por más oxígeno que haya provisto la deuda (dólares) en los 90, o la soja (precio) en estos años; fue insuficiente porque gran parte de lo inyectado se fugó (problemas de estructura de la nave). ¿Por qué no lo remedian?

Ahora estamos en riesgo de falta de oxígeno. El actual sistema de presurización (política económica) no bombea aire suficiente; y  la estructura de la nave (la estructura de la economía) sigue en condiciones propicias para la fuga y no para el ingreso.

Una respuesta es que la Dictadura ganó la batalla del pensamiento económico. Por eso, a pesar de los años transcurridos, la estructura del avión en que volamos está llena de agujeros por donde el oxigeno (en cualquiera de sus formas) se pierde (fuga). A mayor presión inyectada de oxigeno a la cabina ( por incremento de deuda o aumento del precio de la soja), el fallo  estructural del avión hizo que nos despresurizemos por “fuga”.  Lo que entró no se acumuló productivamente: así de simple.

Los dos gobiernos (¿peronistas? ¿neoliberal uno?¿“liberal neo” el otro?, no han asociado la fenomenal fuga de capitales, apañada por sus políticas económica, con las crisis que luego habrían de soportar. La fuga avisó. Uno de los dichos tradicionales de los que se dicen peronistas es “el que avisa no traiciona”.

Los sistemas de presurización (las capacidades de la política económica) de los últimos años, y la estructura de la economía tienen tantas fallas que, la despresurización es inevitable y  en el mejor de los casos puede ser lenta.

La convertibilidad con Carlos Menem venía mal (despresurización lenta). Las filas de atrás, no la Primera ni la Bussines, se venían quedando sin aire. Cuando condujo Fernando de la Rúa, el sistema no daba más y la estructura explotó.

¿Ahora? Cuando llegó Néstor, la nave había carreteado y levantado vuelo. A medida que subía, ingresaba una imprevista masa de oxígeno de  exportaciones y precio de la soja y de commodities. Néstor sacó pecho. Había heredado un ejército de desocupados y enorme capacidad ociosa; una devaluación homérica, el default, tarifas congeladas y la pesificación asimétrica. El “mal” estaba hecho. Tenía por delante años de “bien”, de crecimiento sin inflación. Alcanzaba con hacer la plancha.

El clima aireado del interior de la nave aseguraba confort y tranquilidad: atrás quedó una montaña de deshechos de las destrucciones de empleo, de capital y de expectativas generadas por la convertibilidad. Quedaba la imagen de ineptitud colosal de las tripulaciones previas.

Muchos de los que embarcaron acompañando a Néstor, y Néstor mismo, eran los mismos, mismos, mismos, mismos, que habían navegado la convertibildad, tanto en la del PJ como en la de la Alianza; y subieron hasta los que tripularon la lejana hiper inflación radical.

Los nuevos buenos tiempos son eso: buenos tiempos. Tiempos signados por los buenos precios de las materias primas que nutrían oxigeno a discreción. Nada era fruto del sistema de presurización. Tampoco consecuencia de una estructura tranformada de la nave.No.

En los buenos tiempos los que conducen pesan menos que aquello que los empuja. Nos movemos en la dirección del viento.

En la convertibilidad, cuando se acabó la fuente de deuda a un precio al menos disimulable, nunca razonable, casí nos asfixiamos. Salimos porque llegó la soja. Que vino sin la que la llamen y se puede ir sin que la echemos.

Ahora que el precio de la soja se invirtió y comenzó a derrapar, en la nave nos estábamos poniendo cianóticos. Pero, si bien no vinieron dólares de verdad, de capacidad de pago universal, llegaron los yuanes, prestados y atados a compras del mismo origen. Si. Mal para la estructura. Pero es oxígeno no procurado por el sistema de presurización (gestión de política económica exitosa) o retenido por la estructura de la nave (estrategia previa de desarrollo). No. Es oxigeno de intercambio que de hecho reconoce la falla estructural y del sistema propio de oxigenación. Veamos.

Cristina viaja a China con la cartera vacia. Va para entregar lo necesario para obtener yuanes para financiar importaciones chinas que, finalmente, se pagaran con recursos naturales. Va a China por tubos de oxigeno. Es un viaje de tributo a la profundización de la primarización de la economía argentina. Esto es lo principal y lo que dejará como herencia. No es nuevo. Es lo que arrastramos hace años y que cada día nos pesa más. Es el triunfo del pensamiento que instaló la Dictadura.

¿Qué arrastramos? Veamos. La evolución del MERCOSUR no ha sido para nosotros una plataforma de industrialización. Nos pesa y nos pesará mas, porque la relación con China no está planteada como un mecanismo de diversificación productiva, sino como uno de primarizacion y desplazamiento de Brasil. Como sostiene Mahali Búu “las relaciones son complementarias”.

Lo que haría que la estructura de la nave, de la economía argentina, no facilite ni provoque la fuga sino el ingreso, es la definición de un programa de industrialización en base al cual recomponer las relaciones en el MERCOSUR o los acuerdos bilaterales tipo China o Rusia y las definiciones en la OMC, en especial en la Ronda de Doha. Esas son las cuestiones estructurales.

Los recursos no se fugan cuando la dominante estructural es la aplicación de los excedentes al desarrollo productivo. La definición estructural, en política económica es lo que condiciona las políticas de administración de la coyuntura y no al revés. Cuando la coyuntura gobierna, el futuro propio se cancela. Y ahí estamos pedaleando futuro ajeno. La “relación estratégica con China” sólo se explica por esto.

Un encumbrado dirigente del FPV, mentor de la mayor parte de los economistas oficialistas mediáticos, que defienden lo indefendible en la TV, me decía con preocupación: “el arreglo con China es la consecuencia de la urgencia de los dólares por el corto plazo”. Pero, por razones de corto plazo, hace 40 años que vamos para atrás. Le dije “Cuidado, el lugar donde vamos a vivir es el largo plazo”. Coincidió. Lamentó la incapacidad de planificar, de pensar a largo plazo, la incapacidad de pensar situado, que tiene esta gestión, que es la suya. Me sugirió un espacio para pensar el futuro con “los otros”. Saludable. Para él también lo estructural es lo importante.

Para esta gestión es demasiado tarde. Nunca pudo trascender del corto plazo. Importó ministros de economía de varios orígenes. Todos cortos de vista. E incapaces de pedir gafas.

¿Qué fue el kirchnerismo hasta acá? Básicamente el constructor de un Estado fiscal consumista que reparó mucho sufrimiento. Pero también el alimentador de una “nueva oligarquía de concesionarios” que ha fundado su patrimonio – de enorme poder político a futuro –  en la concesión de lo que fue el patrimonio del Estado en los buenos tiempos de esta economía.

Pregúntese quiénes tienen hoy las grandes fortunas y verá una legión de ignotos hace sólo 15 años atrás. ¿Qué protege la “supuesta eficiencia” de esa oligarquía? Respuesta: “barreras naturales”. Todo lo que provee esta nueva oligarquía no es transable. Recibió un mercado cuasi monopolico; y gratis la acumulación original que hizo la sociedad. O la concesión gratuita de un espacio monopólico, que es lo mismo. Un grupo de “rascas” de ayer, que hoy tienen nombre y apellido con fama.

A ellos no les hace mella que el país se haya desindustrializado. Lo que necesitan es que los dólares (¿el oxigeno?) vengan a cómo de. Ellos, por definición, no los generan: esa clase de servicios no compite porque no aporta nada a la productividad.  Zánganos.

¿Cómo es el tema de la generación de oxigeno y cuáles son sus fuentes?  La demanda global, que es lo que sostiene el nivel de la actividad económica, tiene tres componentes: consumo, inversión y exportación.

La primera y de mas peso, en todas las economías de bienestar, es el consumo. Provee votos. Por lo tanto es una condición necesaria de toda estrategia electoral para conservar el poder. Carlos Menem, al ritmo del “deme dos”, hizo que la clase media lo viera rubio y de ojos azules. Lo despidió con el 30 por ciento de los votos a pesar de la lacerante crisis de la deuda, el desempleo y la pobreza que quemaba a la periferia de las ciudades. Menem había regado las fiestas que otros habrían de pagar.

El kirchnerismo oxigenó con el consumo que fluyó a todo el pasaje. Unos subsidios escandalosos para los consumos de la clase media y muchas, justificadas, ayudas para quienes la economía de mercado no les provee de trabajo. Pero el Estado fiscal consumista cancela la dimensión del largo plazo y la de la sustentabilidad; y lo hace en función del valor electoral de la demanda. Ahora se enfrenta al agotamiento de esa fuente: se cayó el consumo. Y nuevamente se procurará bombearlo. La escuchamos el viernes a CFK. Por ahí va.

No menos importante que la primera, pero habitualmente participando en una menor medida en la conformación del nivel de actividad de corto plazo, está la inversión. Un concepto complejo que, sin embargo no abarca a todo lo que realmente tiene valor para el futuro, pero que incluye trabajos que no agregan valor para lo por venir. En el primer caso se encuentra la educación en tanto genera y acumula valor en los educandos; pero eso no se computa como inversión. La educación incrementa la capacidad productiva de la sociedad; no sumarla disminuye estadísticamente la verdadera inversión que está realizando la sociedad. Pero, por el contrario, se suma como inversión, por ejemplo, la construcción habitacional de lujo a la que difícilmente alguien pueda asignarle un potencial de incremento de la productividad.

La inversión productiva tiene la virtud de ser el mecanismo que genera trabajo adicional y que, en general, contribuye al aumento de la productividad. Nuevos empleos y productividad, son los elementos fundamentales de la sustentabilidad de un proceso económico.  Si suprimiéramos del cómputo de inversión aquellas “inversiones” que se suman en las Cuentas Nacionales, pero que no crean empleo estable y tampoco productividad, nos encontraríamos que tanto el período del neoliberalismo como el “liberalismo neo”, más de dos decadas, nada han realizado en pos de la inversión. Lo que hemos visto es una sistemática desviación del empleo hacia ocupaciones no transables y sin una dinámica propia de productividad. Este fenómeno, ausencia de dominante inversor,  es lo que está asociado al patrón de inequidad distributiva, que es una de las características de época y del modelo en que influyen los intereses de la nueva oligarquía de los concesionarios.

El tercer elemento son las exportaciones. Ellas nos proveen de dólares. La sustentabilidad de las exportaciones depende de la productividad de la economía y de la diversificación de la producción; y en nuestro caso de la industrialización de las exportaciones. Esa dinámica es la única que puede liberarnos de la dependencia primarizante en la que estamos y de la que la actual relación con China, que no es la única posible, es una muestra palmaria. Sin los yuanes  el oxigeno “original” habría desaparecido.  A China le vendemos 70 por ciento de soja y 15 de petróleo crudo; y le compramos industria. Feo. Al final de 2014 nos quedamos debiéndole 6300 millones de dólares de comercio. Y por ahí , lo mas probable, importamos directamente trabajadores chinos. Plin caja.

El consumo provee de votos y de estabilidad al poder (este año cayó y se hará lo imposible para que retorne); la inversión genera el empleo y productividad y genera estabilidad a la sociedad (este año ausente y no regresará); y las exportaciones traen los dólares que financian al complemento del consumo y la inversión no abastecida localmente (mirando a China y al consumo, la competitividad cambiaria se erosiona).

La política es responsable de garantizar el oxigeno para que la cabina no se despresurize. Si mete aire de consumo todos viajan contentos. Pero sin inversión la estructura del avión pierde el aire que se inyecta. Y si no se promueven las exportaciones inevitablemente el oxigeno se acaba y todo aterrizaje de emergencia pone en riesgo la vida del pasaje.

La economía K apuesta al consumo(que aflojó), mientras la inversión y la exportación aflojan. Es una estrategia que sólo sirve para ir tirando.

Pero es imprescindible para llegar y – en una de esas – para arrimar el bochin electoral. Es que quizá lo único que este equipo puede hacer es usar consumo como bomba de oxigenación. Es lo único que hicieron hasta ahora porque estancaron la inversión productiva y la exportación transformadora.  Y es lo que van a hacer mientras estén y no se corte el oxígeno de afuera.

Además de lo no hecho, de los agujeros estructurales y la primarización exportadora, la política, el clima del pasaje, es el extraño caso del avión en el que la tormenta está adentro.

Más allá que afuera no reina buen clima, la cuestión Nisman (la de cuando estaba vivo y la derivada de su muerte), mas el intento de designar como miembro de la Corte Suprema a un joven que, según los dichos del gobierno, tiene el raro mérito de ser amigo del Papa y – según sus palabras – militante abortista, es una provocación al conflicto adentro de la cabina; más allá de que Robertino Carles es bastante mejor que su maestro Eugenio Zafaroni. Al menos él no juró por el Estatuto de la Dictadura (era un bebé)

La nave va a los tumbos. No por la tormenta exterior. Sino por la generada en el pasaje.  Tampoco es sólo un espíritu de trifulca con los “otros”. Es una batalla entre “nosotros”. Una confrontación intolerante al interno del FPV en la lucha por una candidatura en la que hay dos tendencias marcadas. La de los que quieren ser más duros que CFK y que se pasan de la raya cuando CFK pega la vuelta. Y la de los que quieren, cada tanto, decir que “están pero no son”. La otra tropa de candidatos, los opositores, tiene sus peleas interiores, demasiadas para los que viajan.

El pasaje aterrado observa la tendencia a la despresurización que, si la comandancia la arregla sólo a base de consumo, cuando el avión aterrice varios tropezones va a sufrir.

Llegando a destino la nueva tripulación, cualquiera sea, seguramente va a pensar más en bajar que en subir. ¿Será por eso que nadie se preocupa por el plan de vuelo?

¿Se puede aterrizar,  despegar y volar sin oxigeno?

CFK anunciará el plan “Yoga para todos y todas”.

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30 enero 2015

¿Y si se despresuriza la cabina?

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