Dos silencios

21 de febrero de 2015

Una versión reducida de esta nota fue publicada en El Economista

Carlos Leyba

Una multitud pocas veces vista, bajo la lluvia y en silencio, marchó dolida en homenaje a un muerto por causas que permanecen en la obscuridad. Tristeza e impotencia. Los que mandan ignoraron o denostaron, esa parte de la realidad.

Cuando parte de la sociedad gana la calle, los mecanismos de representación se han debilitado. Vías de comunicación se han interrumpido. ¿No es acaso imprescindible reparar la comunicación y el sentido de la representación?

La cuestión Alberto Nisman, su acusación y su muerte, es grave y la manifestación que disparó, exige que las herramientas de la construcción del bien común sean reparadas.

Sea por el déficit de participación de la ciudadanía; sea por la incapacidad de comprender, por parte de los dirigentes electos, qué cosa es cumplir con el mandato de ser representante; o sea por la explosiva suma de ambos males; la voluntad popular y las decisiones estatales, no tienen hoy el punto de encuentro imprescindible para sostener el bien común.

La desaparición de los partidos políticos ha sido reemplazada por el vacío, y por el necesariamente efímero, mecanismo de las “figuras conocidas”. Esas “figuras” son, en general, productos del marketing político. No representan un contenido compartido. Su vinculación con la sociedad es la de la adhesión digital: me gusta, no me gusta. ¿Se construyen voluntades colectivas de esa manera?

Pues bien, sin partidos, sin participación, con el abandono del deber de representación, todos los días avanzamos (o retrocedemos) en una dirección. La mayor de las veces sin saberlo. Pero toda dirección implica un proyecto, una trayectoria, un rumbo, un destino.

Si la dirección, el rumbo, la trayectoria fueran la consecuencia del consenso ampliamente mayoritario, entonces estaríamos construyendo un proyecto propio: cumpliendo el ideal de “Nación” en construcción, la idea del “Estado” como herramienta y la idea de la “política” como promotora del consenso. Eso no nos pasa. Eso no lo estamos haciendo.

¿Qué nos pasa? La voluntad electoral se expresa cada dos años en la elección de un Parlamento que se renueva parcialmente. En la última elección el oficialismo orilló el 30 por ciento de los votos, pero mantiene absoluta mayoría legislativa.

Cuando esa mayoría parlamentaria (más del 50 por ciento) difiere tan abiertamente de los votos recibidos (un poco mas del 30 por ciento) en la última elección; y cuando todas las encuestas revelan que el oficialismo ha perdido la voluntad de la mayoría de los ciudadanos; y aunque esa voluntad mayoritaria se reparta entre varias “figuras conocidas” sin formar una mayoría nueva, se hace más que imprescindible que todas las decisiones que afecten el largo plazo (económicas, sociales, institucionales) sean formuladas sobre la base de un consenso que realmente represente una voluntad mayoritaria y estable. No escuchar el silencio del 18F es repudiar en los hechos la idea de consenso.

Un ejemplo de no escuchar refiere a las decisiones contractuales con otros países u organismos internacionales (p.ej. OMC, UNION EUROPEA, MERCOSUR, CHINA, RUSIA), que conforman compromisos de largo plazo que modelan estructuras. La adopción de rumbos, y especialmente aquellos de los que resultará muy gravoso dar marcha atrás, deben contar con consenso. ¿Quién puede dudarlo? No hay persuasión sin diálogo. Y no hay diálogo sin escucha.

Tenemos ejemplos de cómo hacer las cosas. En un escenario difícil el tercer gobierno de Juan Perón, quién sabía de la estabilidad de su mayoría electoral, optó por la construcción de un programa de consenso con todos los partidos, las organizaciones sindicales y empresarias. Una lección del líder del peronismo que esa bandería política abandonó después de su muerte. Deberían haberla tenido en cuenta. Nadie ha logrado la capacidad de convocatoria de Perón y sin embargo, en su nombre, se siembran tempestades que aturden. El menemismo, el kirchnerismo y el cristinismo, para llegar al gobierno, los votos los lograron al cobijo del nombre de quien su legado ignoraron. Sin esa invocación no hubieran llegado.

Mientras cientos de miles de ciudadanos marchaban en silencio, con las vías de comunicación políticas interrumpidas, una mayoría legislativa circunstancial avanzaba en la conformación del acuerdo internacional más importante de la Argentina de los últimos tiempos: el acuerdo con China o el Consenso de Perkín.

El menemismo suscribió, de manera irresponsable, todos los instrumentos del Consenso de Washington que van más allá de la administración de la coyuntura. Renuncias a la soberanía en la OMC, en los tribunales del CIADI y los convenios de protección de inversión. Esas renuncias las pagamos con desindustrialización.

El posmenemismo que hoy conduce CFK, no recuperó ninguna de esas concesiones. Y ahora ha avanzado en las concesiones del Consenso de Pekín. Un importantísimo legislador oficialista, señalaba, “lo hacemos por la urgencia de liquidez” y “sin planeamiento; no tenemos un programa de largo plazo”. La buena noticia, en este caso, es que algunos que conducen lo saben. Lo pésimo, en este caso, es que no hacen nada por reconducirlo.

Hoy el cristinismo no representa mucho más del 30 por ciento de la voluntad de la última elección y en la mayor parte de las encuestas. Es una minoría que conforma transitoriamente una mayoría de legisladores entre los que hay quienes no comparten lo que se está haciendo; pero que están comprometiendo con su voto y su silencio, un  rumbo que ha sido trazado por las necesidades de otra Nación. Veamos.

Hoy la economía china atraviesa colosales excedentes de capacidad de producción. La construcción residencial representa en China más de un 25 por ciento del PBI; y hoy existen aproximadamente 50 millones de residencias vacías: ni vendidas ni alquiladas. Excedente de equipos y recursos para la construcción. De la misma manera la producción de acero en 2006 era un tercio de la mundial. Desde entonces la capacidad se multiplicó por 3 y ahora es el 50 por ciento. Lo mismo está ocurriendo con otros productos industriales básicos. China tiene una imperiosa necesidad de colocar esos excedentes. Detrás de esa sobrecapacidad se encuentra el riesgo del empleo. China necesita crear 110 millones empleos en los próximos años para no enfrentarse a un peligroso excedente de mano de obra transformado en crisis.

Una consecuencia de esa situación es la promoción, por parte de la dirigencia china, de exportaciones de alto contenido de productos básicos industriales y de mano de obra de todas las calificaciones. Esa es la razón nacional china de la “generosa exportación”, por ejemplo, de industria ferroviaria llave en mano, incluidos durmientes y técnicos.

En otras palabras, los términos de los convenios con la República Popular, reflejan esas urgentes necesidades de la economía china. Pero esas urgencias chinas no son las nuestras. Es más, son profundamente contradictorias: hemos renunciado, por ejemplo, a la oportunidad de nuestro desarrollo ferroviario (Brasil, con la empresa Alstom francesa en 2014, logró integrar el 60 por ciento del valor en ese país). Peor aún. Si se produce algún conflicto, por ejemplo por tratar de revertir el factor dependencia, deberá dirimirse en términos de la justicia del invasor británico. Jaque mate.

¿En qué se diferencia este nuevo y “progresista” Consenso de Pekín del condenado, con razón, Consenso de Washington desde el punto de vista de su capacidad de estructurar negativamente (primarizar y endeudar) nuestra economía?

El paradigma económico internacional que para la Argentina representó la reprimarización  de su economía, comenzó  en la mitad de los 70 y se hizo doctrina con el Consenso de Washington. Sus predicadores fueron el BM, el BID y el FMI y lo hacían con el gran argumento del “financiamiento condicionado”. “Te presto, mantén tu electorado y convalida la estructura que me conviene para venderte”. El pacto del diablo: fiestita, facilidades financieras  (deuda), desestructuraciones industriales (pobreza). Un clásico de los 90.

Dos ideas centrales sostenían el C. de W. Primera, abolición de barreras proteccionistas, regulación a través del libre comercio. Segunda, la única racionalidad era la de los mercados interiores regulados por la tasa de interés, es decir, abolir los “precios sombra” y el planeamiento de largo plazo. Así se liquidó la política de sustitución de importaciones y la política industrial.

Desde entonces vivimos un proceso sistemático de desindustrialización, regresiva distribución primaria de los ingresos, baja del nivel de empleo de calidad, pobreza y desarrollo de la marginalidad en las periferias urbanas. No se puede tapar el cielo con un harnero … porque tiene agujeritos. El INDEC y toda su parafernalia de estadísticas adulteradas es un harnero impresentable que nada puede ocultar.

Pero para agravar las cosas en el largo plazo, el incremento sistemático de la componente construcción residencial (frenado a partir del cepo) implicó la asignación “no reproductiva del ahorro aplicado localmente”; mientras que la “fuga de capitales” completó el ciclo de esterilización reproductiva del excedente económico.

Para poner una cuota de actualidad y mirar el corto plazo hay que señalar que la “gran noticia”, en el mundo de la timba, es que el dólar paralelo afloja y cotiza por debajo de 13 pesos.

¿Qué hay detrás de ese logro? Primero, la venta de “dólar ahorro” que, hasta hoy en febrero, alcanzaron a 350 millones de dólares. La venta privada en el paralelo de estos “verdes oficiales” baja el paralelo por la venta “intermediada” de reservas, en un contexto de absorción de los pesos que el Central emite para financiar el déficit fiscal. Pura transferencia de utilidades al sector bancario, vía monumentales tasas de interés que pagan las letras del BCRA. La baja del paralelo es entonces a fuerza de reservas y absorción. No a base de salud de la economía.

La baja de reservas se compensa, hasta la cosecha, con la deuda en dólares que contraen, por ejemplo, YPF y las y las administraciones provinciales (CABA) y  con el swap con China.

El acuerdo con China consiste en “condicionalidades” a cambio de liquidez. Las condicionalidades son los acuerdos. Debemos recordar que en el Consenso de Washington, las condicionalidades de los Organismos Internacionales a cambio de dólares eran la fuente de nuestra indignación. Los dólares, o los swap, no indignan a nadie; lo que indigna son las condicionalidades. Ahora también.

Mientras el tipo de cambio se erosiona a causa de una inflación que supera los mini ajustes cambiarios, el acuerdo con  China es el soporte del ancla cambiaria. Ella puede contribuir a desacelerar la inflación real, pero se lleva puestas las oportunidades de exportación de todo aquello que agrega valor, desde las producciones agropecuarias “industrializadas” hasta la industria urbana de exportación. Mercados que se pierden ¿se recuperan?.

Ese “beneficio” del ancla que frena el empuje inflacionario, negativa del lado de la exportación y la inversión reproductiva, puede redituar en términos electorales. Dadas las tasas de aumento de salario, si se cumple la desaceleración inflacionaria, sumada a la créditos al consumo, puede haber un repunte transitorio de la demanda interna que acompañe vía consumo el apoyo electoral al oficialismo. ¿Toda política económica debe ser política electoral a corto plazo?

Esta política de “ancla cambiaria” (y “tarifaria”) pro consumo y – en definitiva – las señales contra la inversión, será compensada. ¿Cómo? En la caja en dólares por el swap chino y el retorno al endeudamiento. Y en el esquema de “inversión” por los anuncios y las realidades chinas que llegarán por la gran condicionalidad de adjudicación directa y mucha, pero mucha, composición importada.

Mientras tanto la tasa de desempleo aumentó y obviamente bien medida es bastante mayor que el 6.9 por ciento de la población económicamente activa, la que ahora manifiesta una contracción en la tasa de actividad. Puede que las “realidades chinas” lo empujen o que lo empujen poco a consecuencia de la oferta china de mano de obra. Quién sabe.

Volvamos al largo plazo.¿En qué puede, el Consenso de Pekín, alterar el patrón de subdesarrollo del C. de W.? Es decir ¿en qué puede el C. de P., revertir la abolición de barreras proteccionistas, de los “precios sombra” y del planeamiento de largo plazo? ¿En qué puede contribuir a la sustitución de importaciones y al diseño de una política industrial? ¿En qué puede revertir la asignación “no reproductiva del ahorro aplicado localmente” y la “fuga de capitales” que esteriliza la función reproductiva del excedente económico? Respuesta simple: en nada. Balance comercial deficitario, importaciones industriales y mucho cemento.

El C. de P. generará aplausos. Igual que los generó el C.de W. Aplauso de las manos aceitadas de la vieja “Patria Contratista”, los empresarios de la construcción y ahora de la “nueva oligarquía de los concesionarios” que gozan de las barreras naturales al comercio. Los del toco y me voy. La alegría.

En este caso el silencio quedará en manos de las industrias, y de las PYMES como las que fabrican durmientes, que ahora vendrán de China.

Es muy doloroso que, por apostar a ganar una elección, una sarta de nuevos rastacueros hayan sepultado la memoria del país que fabricaba locomotoras General Motors de exportación, con un alto porcentaje de integración nacional. El silencio de la ausencia de un programa propio de transformación productiva es también de tristeza e impotencia.

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21 febrero 2015

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