De eso no se habla

12 de marzo de 2015

Carlos Leyba

Dos cuestiones fundamentales han atravesado las noticias sin debate político como si se tratará de cuestiones coyunturales y accesorias. La primera, el acuerdo con China – que hoy es ley y parte de la Constitución – y la segunda, las alusiones al Estado de Bienestar – formuladas en los últimos discursos de CFK -. De eso no se habla.
El acuerdo con China, el título al menos, ha ganado los medios y acerca de él hay alguna información. Pero las alusiones al Estado de Bienestar por parte de CFK no han merecido ni el desarrollo necesario por parte de ella, ni tampoco la respuesta necesaria de parte de los partidos.
De ambos temas nos ocuparemos en una breve aproximación destinada a invitar a su discusión la que puede echar luz sobre el camino de cada uno de los candidatos en disputa. Candidatos ya que no “proyectos” en el sentido que, al menos, la mejor tradición política identifica.

Resulta obvio que ningún proyecto, en el sentido cabal del término, puede ser identificado si no expresa con total claridad una estrategia de relaciones comerciales internacionales. Vale decir si no precisa una definición de aquello que se prepara a producir por encima de su consumo para obtener los recursos necesarios para obtener aquello que necesitara del exterior. Una definición de la relación comercial internacional no solo determina apreciaciones geopolíticas sino que está indisolublemente unida a la definición de una estructura económica interna que lo haga posible. Y esa estrategia es la que debe determinar las alianzas políticas internacionales y no viceversa.
De la misma manera resulta obvio que la definición de qué Estado de Bienestar se procura desde el Poder, define los objetivos políticos, económicos y sociales; y también las alianzas, las coaliciones al interior de la sociedad.
El Estado de Bienestar, el paradigma de posguerra que está en pleno retorno urbi et orbi, es una definición de cómo se obtiene el bienestar colectivo, el papel del Estado en la vida económica y social, y también el papel de las organizaciones sociales y empresarias, como también el papel del mercado en la asignación de los recursos.
La definición misma de Estado de Bienestar supone un sistema económico capitalista; y a la vez supone que su existencia implica la concepción de que no hay tal cosa como el derrame. Que no se apuesta ni si cree que el mercado por sí solo resolverá los conflictos sociales y mucho menos lograra el bienestar colectivo.
El Estado de Bienestar, por definición, es uno en el que no hay pobreza y que en segundo lugar el proceso de igualación de las condiciones de vida avanza sin pausa.
Las dos cuestiones, el acuerdo con China y las alusiones recientes de CFK a lo que ella entiende como “su” Estado de Bienestar, han sido noticia pero no han conformado debate. De eso no se habla.
Pero previamente a retornar a estas dos cuestiones fundamentales, es necesario señalar que hoy sábado, cuando se escribe esta nota, el radicalismo está debatiendo en Entre Ríos la cuestión de su estrategia electoral.
Dar ese debate entre más de 300 convencionales es una bocanada de oxígeno frente al penoso escenario político del dedo que los designa o de la autoproclamación de candidatos. Una buena lección de las funciones de los partidos que al menos los radicales se aprestan a cumplir.
Es un testimonio importante que informa que la política, la democracia de los partidos, al menos está viva en el seno del radicalismo. La mala noticia es que, en esa Convención, las dos cuestiones fundamentales que mencionamos al principio estarán ausentes.
No figuran, ni han figurado, en el discurso de los dirigentes ni en la preocupación de los convencionales. De eso no se habla.
Es decir el estado de la política, oficialista y opositora, no incluye el debate de las cosas para las que se supone se hace política. ¿Qué son esas cosas? Esas cosas son las ideas claras para realizar, desde el Estado, el proyecto de la Nación. El debate de “esas cosas” no está incluido en esta Convención; y tampoco figura en el discurso de los candidatos autoproclamados de todos los partidos. Aunque siempre hay excepciones.
Para ponerlo claro, ni el acuerdo con China ni la definición de qué Estado de Bienestar, por qué y cómo llevarlo a cabo, han merecido debate alguno ni en el Parlamento, ni en el discurso político, ni en los medios. Y ambas cosas, el acuerdo Chino y la cuestión del Estado de Bienestar son fundamentales para definir el proyecto de Nación y por lo tanto para el sentido de la política, si esta es algo más que una estrategia electoral.
Podemos sintetizar que en estas dos cuestiones se aproxima la definición de los siguientes problemas que debe resolver la política: cuál va a ser nuestra relación de intercambio con el resto del mundo, de qué vamos a vivir; y cuál va a ser el modo en qué vamos a repartir las condiciones de vida producidas. Sin esas definiciones la política queda a merced de los vientos. Y es a merced de los vientos que bogamos hace muchos, muchos años.
Estas dos cuestiones son determinantes del futuro. De su definición y de su operación depende el cómo de la sociedad argentina. Una sociedad en la que, nadie duda, lo que ocurrió antes es la meta del futuro. Veamos.
El acuerdo con China es una definición de relaciones económicas bilaterales que, por la magnitud y multidimensionalidad (incluye defensa, tecnología nuclear, nuevas energías,etc.) determina el futuro de la estructura productiva interna.
Baste recordar que los países son lo que ellos exportan y esto es consecuencia de las reales, no declamativas, relaciones internacionales predominantes. O lo que es lo mismo las relaciones sociales internas replican las relaciones externas que se definen por el comercio.
Así los países que exportan básicamente productos primarios son países “primarios”. Los que exportan industria son países “industriales”. En el paso de lo primario a lo industrial ocurre el proceso de diversificación productiva. Y la historia reciente confirma que aquellos países diversificados en su estructura productiva y que logran exportar industria, tienen estructuras sociales más equitativas, mejor distribución de la riqueza y un nivel de vida más elevado que los países no diversificados. Lo que nos lleva a las razones sociales del camino de la estrategia de industrialización que no puede estar disociado de las estrategias de relaciones comerciales internacionales.
La estrategia de relaciones internacionales que postula el Acuerdo con China, se diga lo que se diga, es una estrategia de primarización productiva. La misma ha sido adoptada a partir de la definición de que lo dominante en el mundo porvenir es la demanda china. Demanda derivada de su crecimiento pujante que se supone no tiene alternativa de interrupción. De allí se desprende que, sus partidarios intelectuales (también los hay comerciales) sostengan que lo que corresponde es adaptar nuestra estructura productiva a esa demanda.
La idea, de quienes predican asociarse a la nueva expansión china en estos términos, es que el futuro del comercio internacional para nosotros estará dominada por esta dicotomía de China país industrial de mano de obra barata y Argentina país primario de abundancia de recursos naturales.
La buena voluntad China que marcan los acuerdos, es que esa Potencia financiará el déficit comercial inexorable de esa relación y que, además, financiará las obras de infraestructura destinadas a darle más productividad a la producción primaria. Cualquier aire de familia con la relación con Gran Bretaña no es mera coincidencia.
Eso es lo que en esencia es el Acuerdo con China: una confirmación de cómo las relaciones internacionales confirman la estructura productiva que nos ofrece nuestra naturaleza y nuestra historia. Las ventajas del conocimiento acumulado.
Nuestro país tiene una larga experiencia en esas estrategias que, cuando predominaron, tuvieron como consecuencia de la desarticulación de la industrialización temprana y produjeron la demora del proceso de industrialización.
Conviene recordar que en la Argentina hubo muchos debates acerca de esto. Uno de ellos hace 100 años. Justamente fue Juan B. Justo, socialista y “progresista” como la mayor parte de actuales los capitostes del FPV que hizo ley el Acuerdo con China, quien sostenía en 1905 que lo mejor para el nivel de vida de la clase obrera era importar bienes manufacturados europeos que eran más baratos y de mejor calidad que lo que eran y serían esos bienes producidos en el país. De esa manera las exportaciones de granos rendirían más porque el flete de retorno tendría valor y además los trabajadores vivirían mejor.
En este razonamiento, que es el que está implícito en el Acuerdo con China, se apunta a qué idea se tiene acerca del Estado de Bienestar al interior del país.
Para Justo, como para los que sostienen la estrategia China, el Estado de Bienestar no pasa por el trabajo, como condición necesaria, sino por el consumo como condición suficiente.
La política “progresista” sostiene el incremento del consumo como motor del desarrollo. Un apotegma neoliberal de soberana ingenuidad que se desmonta con solo observar el peso de las importaciones de insumos para bienes de consumo que liquidan toda pretensión de soberanía como lo demuestra lo que han firmado por unas monedas parcialmente convertibles.
Esta cuestión, con todas sus implicancias presentes y futuras, no está en el debate. Los candidatos presidenciales no se han pronunciado más allá de la natural adhesión al Acuerdo por parte de los oficialistas incluido el entusiasmo, digno de mejor causa, del importador serial Florencio Randazzo. Nada sabemos de la idea acerca de lo que este Acuerdo implica en las cabezas de Mauricio Macri y Sergio Massa, aunque – como veremos – tenemos razones para pensar que su silencio tiene más que ver con el acuerdo que con el desacuerdo. De eso no se habla, aunque esta es la cuestión que señalará el rumbo del país de aquí en más. Pasemos a la segunda cuestión fundamental.
Se trata de la idea de Estado de Bienestar que se construye desde el poder. CFK señaló en el discurso de apertura del Congreso una serie de medidas (jubilaciones, AUH, muchos planes de ayuda, de crédito, etc.) que componen a su criterio el Estado de Bienestar construido por el kirchnerismo; y que, en principio, solo ella puede sostener.
CFK hizo el inventario de “los derechos” que había “otorgado” el kirchnerismo y que los opositores los vivirían con incomodidad, tanto si llegaran a desmontarlos como si los mantuvieran. Lo volvió a mencionar en el Patio de las Palmeras cuando le habló, mirando a la cámara, a los que “no la quieren” para advertirles que – cuando ella no esté – a esos “derechos” los iban a extrañar.
CFK reivindicó esas medidas como “su” Estado de Bienestar. Antes de ahora en estas páginas a ese sistema lo hemos denominado el “Estado fiscal consumista” para remarcar que el crecimiento de la capacidad de recaudación tributaria lograda en estos años tuvo y tiene como destino sostener de manera directa el consumo.
Esa es una versión particular del Estado de Bienestar; y es la que CFK ha sostenido como propia y como medida del éxito de sus políticas. El éxito, en esta concepción, se mide por el consumo (esto incluye turismo gracias a feriados puente que implican menos días de clase).
Ahora bien, es necesario recordar que en la Argentina, con mayor intensidad que en otros países, pero siguiendo una moda, desde 1975 hasta 2002, asistió a la demolición del Estado de Bienestar que se había construido a partir de 1945.
Aquel Estado de Bienestar (1945/1974) se construyó en paralelo con la transformación de la estructura económica capaz de sostenerlo. Aquel Estado de Bienestar estuvo acompañado de la construcción pari passu de una estructura productiva compatible. El elemento articulador fue el proceso de industrialización forzada que implicó cambiar un sistema de relaciones internacionales previo. Las barreras arancelarias y la dinámica de la sustitución de importaciones fueron los elementos motores.
Hay un vínculo inexorable entre acuerdos o relaciones comerciales internacionales y estructura productiva; y lo hay también entre la estructura productiva y el Estado de Bienestar.
Entre 1945 y 1974 la construcción de la estructura productiva industrializada y diversificada, fue el sostén del Estado de Bienestar; y a la vez la determinante del modo de relaciones comerciales internacionales. No hay lo uno sin lo otro. Por ejemplo, en la tercera presidencia de Juan Perón desde la ruptura del bloqueo a Cuba hasta los acuerdos con la URSS y el bloque de países socialistas, no eran sólo la ruptura de barreras ideológicas al comercio sino la venta de industria manufactura argentina a los países que tenían interés en comprarlas: había una complementariedad de la necesidad de esos mercados poco desarrollados de bienes de consumo y la capacidad productiva de nuestro país.
Así como no hay un solo modelo de estructura productiva posible, ni un solo esquema de relaciones comerciales posibles, tampoco existe un solo modo de Estado de Bienestar posible.
Pero las tres dimensiones están vinculadas de modo que cuando definimos relaciones internacionales, definimos estructuras productivas y al definir éstas, estamos determinando el patrón y potencialidad del Estado de Bienestar.
Entre 1975 y 2002 la política decidió (y lo logró) destruir la normativa y la práctica del Estado de Bienestar. Si en 1974 en la pobreza sobrevivía el 4 por ciento de la población; en 2002 la pobreza obligó al 50 por ciento de la población. Está todo dicho.
Con el trabajo activo durante 25 años pasamos del Estado de Bienestar al Estado de Malestar signado por el genocidio, la desindustrialización activa, la apertura financiera y comercial externa y el desempleo como regulador del conflicto social: todo concluyó en crisis interna por pobreza y externa por deuda. Un resultado que se anunció con el “rodrigazo”.
Entre 2002 y el presente ha habido una intensa acción destinada a construir un Estado de Bienestar que se pretende, de alguna manera, autonomizado de la estructura productiva. Se trata básicamente de un Estado “compensatorio” de Bienestar. Distinto de un Estado “de origen” de Bienestar.
El primero básicamente compensa las ausencias que genera la estructura productiva; el segundo diseña la estructura productiva que básicamente sostiene al Estado de Bienestar que construye.
Todo lo que la estructura económica, actualmente primarizada al extremo del monocultivo de soja, no puede brindar, se “compensa” con una vasta extensión de problemas sociales. En otras palabras “se asiste a la pobreza” pero no se la elimina.
Sin duda, mediante el sistema de compensaciones, se salió del Estado de Malestar; y vía el Estado fiscal consumista, se compensó el mercado interno.
La secuencia del Estado de Bienestar (1945/1975) fue un proceso que se inició por el trabajo (justicia social) al que le sucedió un salto en la productividad (industrialización) y culminó con el proceso redistribución de la productividad (concertación).
La destrucción de ese Estado y la construcción del Estado de Malestar (1975/2002) tuvieron la secuencia de genocidio, desindustrialización y desempleo.
El Estado de Bienestar y el de Malestar también fueron contradictorios en la política de relaciones comerciales internacionales. El de Malestar estuvo asociado a la apertura comercial irrestricta fundada en el atraso cambiario. El de Bienestar a intervenciones de desvinculación selectiva destinadas a generar las condiciones originarias del Bienestar.
Con la etapa K sin duda se abandonó el Estado de Malestar. Se ha detenido el desempleo y la desindustrialización. Pero la subsistente pobreza, que abarca al 30 por ciento de la población y en particular la pobreza de los niños y los jóvenes que es notablemente mayor, es una medida del fracaso – luego de 12 años de crecimiento – del intento de construir un Estado de Bienestar sobre bases compensatorias y no originarias que son las basadas en la estructura productiva.
Ese fracaso, está vinculado a una significativa tasa de desempleo (mucho mayor que el 7 por ciento que informa el INDEC) y que se nutre de jóvenes y adultos que viven de diversos planes de ayuda o que están retirados del mercado laboral. Ambas cuestiones – China y Bienestar – se vinculan, como también lo hace el hecho de que un porcentaje de más del 35 por ciento de la población vive de un trabajo informal; y una enorme proporción de ocupados a tiempo parcial.
No hay un solo modelo de Estado de Bienestar y aún, persiguiendo el mismo modelo, los modos de concretarlos pueden ser bien distintos.
CFK ha construido un modelo de Estado de Bienestar al que le resulta compatible, productivamente, el Acuerdo con China.
El país primario no genera trabajo pero sí genera “excedente económico o financiero”; en cualquier caso un Estado fiscal consumista es posible (recursos) y el Estado de Bienestar a la manera de CFK – sin empleo industrial – es posible aunque difícilmente sustentable en el tiempo. La clave está en la deuda. La etapa del Estado de Malestar, que fue la de la deuda, no se pudo financiar hasta el final, a causa de la fuga.
La construcción de CFK tuvo una fuga0 enorme, pero tuvo precios únicos de la soja y por eso pudo escapar a la condena que la primarización dependiente asegura.
Justamente el puente para salvar el Rubicón lo ofrece el Acuerdo Chino con yuanes frescos que fungen igual que como antes lo hicieron los dólares de la deuda.
En la última defensa de su modelo de Estado de Bienestar en el Patio de las Palmeras, CFK realizó una comparación entre la presión tributaria en Dinamarca y en Argentina. Le señaló a quienes se quejan por los impuestos que pagan, que en Dinamarca la presión es el doble o casi. Lo que es verdad.
Pero lo que no es comparable es la relación entre lo que le pagan los dinamarqueses al Estado y el Bienestar que reciben de él y ambas cosas en la Argentina actual.
Es que lo que los argentinos deberían pagar, de acuerdo a la ley, respecto de lo que reciben no merece comentario. La relación es negativa. Relación negativa que se mantiene aún entre lo que reciben y lo que realmente pagan siendo que la evasión es gigantesca. Tampoco CFK pretendería tal cosa.
Pero donde la comparación fue aleccionadoramente impropia es en el concepto de presión tributaria. La Argentina recauda poco, a pesar de que uno de los méritos K es el aumento de la recaudación, porque la economía negra es enorme (más del 35 por ciento de los trabajadores en negro).
Pero, independientemente de eso, las tasas tributarias son enormes respecto de Dinamarca. Y respecto de cualquier comparación con otros países. Tenemos la incidencia tributaria teórica mayor del Planeta. Teórica porque son pocos los alcanzados. Pero si a todos alcanzara la presión tributaria efectiva figuraría en el álbum de las curiosidades. Veamos.
En 2015, según el Banco Mundial(Paying Taxes 2015, The Global Picture), la Tasa de Impuestos Total sobre beneficios en la Argentina es de 137.3 y el mismo concepto en Dinamarca es 26. Austria 52; Finlandia 40; Francia 66.6; Alemania 48,8; Suecia 49.4. Somos los más altos del Planeta sólo detrás de la Unión de las Comoras.
Aquí los que pagan, pagan mucho. Pero muchos más son los que no pagan todo. Una comparación desinformada del lado de la presión y del resultado. Otra una cuestión para discutir.
En definitiva para tener un Estado de Bienestar como el que se comenzó a forjar en 1945, hay que transformar la estructura productiva, dejar de ser exportadores de primarios, y por lo tanto tener relaciones internacionales compatibles.
Ni el Acuerdo con China, ni la estructura productiva que comprometemos en él, procuran un Estado de Bienestar que merezca ese nombre. A lo sumo continuará el Estado fiscal consumista y ahora con deuda.
Pero, tengámoslo en cuenta, bien puede ser que los recientes movimientos en China respecto de la situación financiera interna, los inmuebles sin vender y el excedente de capacidad en sectores como el acero, provoque la desaceleración de esa economía y las influidas por ella y como consecuencia de esos posibles avatares, dada la creciente especialización de nuestra economía, los términos del intercambio nos jueguen en contra. Por eso, desarrollar las fuerzas productivas nacionales (trabajo, conocimiento, inversión) es la única alternativa de construir una Nación que sea hogar y no una familia escindida con 30 por ciento de pobreza. De eso no se habla.

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12 marzo 2015

De eso no se habla

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