Foto y película

19 de marzo de 2014

Carlos Leyba

El INDEC utiliza la técnica de photoshop para describir la realidad: la deforma a gusto del discurso oficialista. Desde 2006 los datos dejaron de ser oficiales, para ser oficialistas.
Pero como todos vivimos intensamente la realidad, conocemos también la verdadera economía y podemos tomarle una foto del momento. Una instantánea. Es un dato. Es más difícil recordar la película tal cual fue. Y por cierto ni que hablar de proyectar lo porvenir.
La photoshop del INDEC, desde 2006, ha deformado todo, la imagen y la película, distanciándolas de la realidad.
Embellecer el pasado y el presente, tiene como misión alimentar el discurso para los convencidos a priori; y mantener las adhesiones al futuro de esa tropa propia. Pero genera el costo y el riesgo de conducir por el rumbo equivocado.
Desde 1983, para solo mencionar las gestiones democráticas, nunca antes el INDEC había realizado la tarea de photoshop que hoy se practica con la realidad. Es cierto que las fotos del INDEC nunca fueron para ganar un concurso. Pero no eran lo que eran porque se aplicaba la técnica de photoshop, sino porque el trabajo estadístico siempre tiene la calidad de la administración de la cosa pública. Y nuestra calidad administrativa no ha sido de primera calidad.
Uno de los desafíos de la democracia, para poder gobernar mejor, es la calidad del servicio estadístico nacional. No vamos a señalar todas las falencias y todas las necesidades que son muchas. Pero nunca será suficiente remarcar que el estado actual del sistema estadístico está viciado por la técnica de photoshop instalada, repito, desde 2006.
Lo notable y que no debe dejarse de lado, es que dos Jefes de Gabinete y dos ministros de economía, que hoy militan en la oposición, condujeron el INDEC con photoshop. Y un presidente del BCRA – que hoy milita en la oposición – convivió con esa técnica. Técnicas compartidas, riesgo de repetición.
Para cerrar hay que recordar que el actual ministro de economía, que hoy práctica photoshop, cuando estaba en el llano, en la práctica, denostaba al INDEC al usar para sus trabajos otros indicadores de precios que coincidían con los privados a los que hoy el mismo Axel Kicillof crítica.
Esta desgraciada situación hace muy especial, cómo llamarlo, al debate político acerca de la economía ya que la realidad, de la que hablan los oficialistas, es diferente de la que ve la inmensa mayoría de la sociedad.
Pero los oficialistas son nada más y nada menos que la inmensa mayoría de los legisladores nacionales, provinciales y municipales; de los gobernadores e intendentes; y la totalidad del poder ejecutivo. Es decir voces que se imponen en la vida cotidiana.
En síntesis aplicando la lógica de la belleza de “las modelos”, la photoshop oficial expone la figura oficial de la inflación, más flaca, y la del crecimiento, más alta, de lo que en realidad vivimos.
Tenemos una “figura estilizada” para la tapa de los informes oficialistas; y una “figura real” que no podría ingresar en el concurso.
Y de la misma manera, dado que el tiempo no pasa en vano, la información oficial “retoca” la película que describe de dónde venimos.
Sobretodo exagera negando la tasa de inflación, que es una manera espantosa de ocultar la pobreza y el fracaso de la idea de un gobierno dedicado a prometer justicia social. Y exagera aumentando la tasa de crecimiento, en parte a causa de la subestimación de la inflación, para señalar que la marcha de la economía ha sido muy exitosa.
¿Y cómo es la realidad? La foto de hoy señala que la tasa de inflación está en el 30 por ciento anual y bajando. Y que la economía está en recesión (menos 2 por ciento) y tal vez saliendo. Esa es la foto.
¿Pero la película? Empecemos en 2003 para ponernos en el punto de largada en el que siempre se pone el oficialismo.
Crecimos durante doce años, en promedio, a una tasa del 4 por ciento acumulativo. Lo que es una buena tasa de crecimiento en términos absolutos y también lo es en términos comparativos respecto de la economía mundial. Pobre si lo comparamos con China. Rica si lo comparamos con los países desarrollados. Y buena si analizamos muchos períodos de doce años de la economía nacional.
Es cierto que empezamos de muy abajo, porque la crisis iniciada en 1998 nos arrastró al abismo a lo largo de cinco años. Y si descontamos aquello que, en esos doce años, fue “recuperación” de los niveles alcanzados en 1998, entonces, la tasa neta de crecimiento es mucho más modesta.
El viaje de 1998 a 2014 lo hicimos a una tasa acumulativa anual apenas superior al 2 por ciento. Si descontamos el crecimiento de la población el neto a repartir apenas orilla el 1 por ciento anual.
Es que descontada la recuperación iniciada en 2002, la tasa neta de crecimiento es muy modesta. No han sido estos años de ninguna manera exitosos con la mirada de largo plazo que nos ofrece la película. E inclusive si usáramos los números oficialistas nadie podría discutir que el período no ha sido para felicitarnos.
Por cierto no es esa la idea de lo que ocurrió tal como lo describe el discurso oficial. Para el oficialismo la tasa de crecimiento acumulada desde 2003 en promedio fue de 6 por ciento anual. Y si bien a ese cálculo le cabe hacer el mismo descuento de recuperación, es lógico que en las usinas de pensamiento K se imagine un proceso de gran transformación.
Claro, gran transformación que – aún si esos fueran los números que no lo son – está a años luz de los grandes procesos de transformación económica y social de las últimas décadas.
Con esos mismos números la tasa de largo plazo a medir desde el último pico (1998) no está muy lejos de la tasa promedio calculada con los números no oficialistas pero más próximos a la verdad.
Para el oficialismo, la película de estos doce años, es una de crecimiento veloz que nos pone en una foto en la que, comparados con el punto de partida, disponemos de casi el doble de lo que teníamos cuando los K llegaron al poder. El PBI según el INDEC k en 2014 es 95 por ciento más alto que en 2003 cuando la economía estaba en el piso y desperezándose después de un lustro de letargo.
Pero los números más probables dicen algo notablemente diferente. El punto de partida es el mismo. Pero la foto de hoy no refleja una economía que supere en más del 50 por ciento la recibida. Siendo así la foto no merece un marco extraordinario. Pero no es tan mala: algo agregamos al nivel del flujo de riqueza producido año a año.
¿Qué hace distinto este período o qué aire de familia tiene con los demás?
Desde que comenzó este proceso democrático todos los cambios de poder han estado asociados o precedidos, por un deterioro de la situación económica. Esta no es lamentablemente la excepción.
La “foto” del final de la película siempre es una que refleja una situación peor que la que brindaban los “cuadros sucesivos anteriores” de la película recientemente transcurrida. Pero no siempre es mejor que la foto del punto de partida.
O lo que es lo mismo podemos concluir que las condiciones de “la herencia” siempre han sido peores que la vida transcurrida por quien la dejó. Aunque no siempre la herencia que se deja es peor que la herencia que se recibió. Los gobiernos deberían ser juzgados por la diferencia entre la herencia recibida y la herencia que dejan.
Todos recordamos el discurso inaugural de cada nuevo ministro que, inexorablemente, comenzaba con la denuncia de la “desgraciada herencia recibida”.
De lo dicho se infiere que todo período de ejercicio del poder en nuestro querido país ha resultado en una trayectoria geométrica que describe una parábola.
Es decir, todos comienzan con una “desgraciada herencia”, la superan, ascienden en las variables económicas, y terminan dejando una “herencia desgraciada”.
Para volver a los números del presente, el PBI de hoy es aproximadamente igual al de 2010. Han transcurrido cuatro años en los que, entre ida y vuelta, seguimos en el mismo lugar, generando la misma cantidad de riqueza. Como todo sabemos, en esas condiciones, comienza el problema de reparto.
La parábola describe que, en cada período, salimos de una herencia dolorosa, superamos el malestar, ascendemos, llegamos al climax y de ahí en más la situación se deteriora.
Lo que le dejaron los militares a Raúl Alfonsín sin duda fue espantoso. Si se quiere y se piensa en la cuenta de regulación monetaria, la desindustrialización y la deuda, la herencia contenía toneladas de veneno que salpicaron los casi seis años del radicalismo. Pero el primer gobierno democrático dejó el poder anticipadamente ante el fuego cruzado de la hiperinflación y el desplome de la economía. Aquella gestión no pudo parar la bola de nieve de la deuda, ni el desplome de la industria y con condiciones externas poco favorables y en ausencia de toda inversión transformadora, los precios se devoraron al Estado.
La economía de 1989 – aunque más no fuera por la acumulación de deuda – no estaba en condiciones mucho más saludables que las de 1982.
Partir de allí para Carlos Menem fue fácil. La economía, un poco a los tumbos, finalmente se estabilizó y alcanzó una velocidad razonable. Pero todo a crédito. La filosofía reinante fue “Dios pagará”. Y a la espera del milagro el desempleo y su consecuencia, la nueva pobreza, hicieron estragos sociales.
En 1999 – aunque más no fuera por la acumulación de la deuda – la economía no estaba mucho mejor que en 1989: desempleo y pobreza habían alcanzado niveles escandalosos. La derrota electoral a manos de la Alianza se maduró con una deflación espantosa y el aluvión de desempleo y pobreza. Fernando de la Rúa empezó saliendo tímidamente de esa situación, pero al poco tiempo empezó a desbarrancar y tuvo que emigrar agobiado por el desplome de la economía.
Claramente en este caso la economía de 2001 estaba más endeudada, más empobrecida y más paralizada que en 1999.
Si imaginamos la economía como un potro bravo, no cabe duda que la calidad de los jinetes se debe analizar por su capacidad de durar montados ya que, por lo visto, todos terminan en el suelo.
Pues bien, mirado de esa manera, los jinetes de la Alianza de lejos fueron los peores de todos. No lo olvidemos porque algunos de ellos están tratando de tener la revancha que será a costa nuestra.
Eduardo Duhalde y Jorge Remes Lenicov, recibieron la economía en el subsuelo y comenzaron el tramo ascendente de la parábola; y si bien Néstor Kirchner generó un cambio en el espacio del poder, no es menos cierto que, desde el punto de vista económico, la suya fue la continuidad de aquella gestión de Duhalde. No hay ninguna medida adicional de envergadura económica, en la gestión Néstor, a las centrales adoptadas por Duhalde. La renegociación de la deuda externa, en definitiva, fue comenzar a pagar lo que Duhalde había dejado de pagar. En la macro de corto plazo eso no es demasiado.
En rigor dentro de la gestión K las grandes novedades en la macro las generó Cristina quién gobernó con crecimiento y ampliación del Estado de Bienestar basado en pagos de transferencia y subsidios.
Todo el período de Néstor, como el de Duhalde, fue la parte ascendente de la parábola; y también lo fueron los primeros años de CFK. Pero alcanzado el cenit, Cristina lleva cuatro años manejando como puede la curva descendente de la parábola.
Nuestra historia reciente nos señala que todos los nuevos empiezan con una situación deteriorada respecto del pasado inmediato. Es que en el mismo ciclo político las cosas estuvieron mejor antes de la partida y ahora pasa lo mismo.
Y todos los nuevos, cuando dejan de serlo, terminan con una situación deteriorada respecto de su propio mejor momento. Y dejan una herencia problemática. Sí, “antes” estaba mejor; y “ahora” cuando las cosas cambian estoy peor, entonces, se concluye que la herencia es desgraciada. Es decir, la herencia siempre ocurre cuando un gobierno perdió “su gracia”.
Puestos al día de hoy podemos decir que “el kirchnerismo – que en la macro empieza con Duhalde – partió desde una herencia espantosa”; la peor imaginable. Tuvo momentos de gloria y hoy – cerca de su partida – deja una herencia en la que perdió su gracia.
Pero lo que deja es mejor que lo que recibió – en manos de Duhalde – cuando el ciclo empezó. Menos deuda, y no más; menos pobreza, y no más.
Hoy 2015 y a fin de este año también, sin lugar a dudas, estaremos mucho mejor que lo que estábamos en diciembre de 2001.
Nadie puede negar que la herencia, para los que vengan, es mucho menos pesada que la que Duhalde recibió de de la Rúa y que la que Néstor recibió de Duhalde; aunque Néstor podría alegar que él le dejó las cosas a Cristina mucho mejor que lo que ella le dejará a quién la suceda.
¿Qué futuro deja CFK? Unas condiciones externas complicadas que ella no ha producido, Brasil y las commodities en baja, y otras condiciones externas que ella ha introducido, entre ellas el Acuerdo con China que es un lazo entre las patas. Unas condiciones fiscales y monetarias complicadas por uso abusivo de los instrumentos; unas condiciones de precios e ingresos relativos que contienen presiones inflacionarias que alejan una estrategia sencilla de estabilización de precios; una débil tasa de inversión para acudir a un programa de infraestructura o a provocar un salto cuali y cuantitativo de la producción y la productividad. Sin problemas graves de deuda, CFK deja una economía en la que se agotaron los caminos fáciles para empezar.
Nos deja mejor que cuando llegó Néstor. Es verdad. Pero se gastó casi todo. Va a ser difícil comenzar la parábola.

compartir nota
19 marzo 2015

Foto y película

Los comentarios están cerrados.