Camino difícil

11 de abril de 2014

Carlos Leyba

El cartel luminoso, al ingreso de la ruta electoral, dice “camino difícil”. Pero debajo del mismo salen varios caminos: ninguno sencillo y pocos que vale la pena transitar. La línea recta o la continuidad por la misma ruta la proclama el oficialismo que predica que su gobierno ha construido una “década ganada”. De tanto repetirlo por Cadena Nacional y todas las redes de emisión militante, se ha constituido no en algo que hay que demostrar. Más bien quién lo ponga en duda tendrá que hacer la faena de demostrarlo. Sobre los problemas de demostración volveremos.

En materia económica, a la que la “década ganada” se refiere, los opositores coinciden que no lo es. La afirmación no es muy precisa. El “no lo es” va desde el extremo de “década perdida”, o bien “década desperdiciada”, hasta el que ahora está de moda, en los rincones contrarios al gobierno, que es “hay cosas muy buenas y otras que no lo son tanto”. Ese discurso enclenque de la oposición en materia económica, más allá de las razones de marketing que avalen su conveniencia, es el que le ha permitido a Axel Kicillof decir, más o menos, que los opositores dicen que no van a cambiar nada.

Daniel Scioli es la línea recta de continuidad del camino transcurrido. El asesor estrella de Scioli, el consultor Miguel Bein, cuando la Alianza sustituyó al menemismo, también asesoró y condujo a Fernando de la Rúa. Aquél del año 2000 era un camino difícil y Bein, el verdadero ministro de economía de la Alianza, eligió la continuidad de la convertibilidad. Para tratar de sostenerla produjo un ajuste, una vuelta más al torniquete, que llevó la economía al subsuelo produciendo el estallido de la instalación.

¿La continuidad ofrecida por Scioli-Bein es mantener el escenario de la macro tal como hoy se presenta, ajustando un poco más para sostener la instalación?

Bein, en esa dirección, ha propuesto, “arreglar con los Buitres para volver al mercado de deuda”. Esta decisión sería una bifurcación respecto del camino de AK. Pero, atención, esta posición fue sostenida antes, y en ignorancia, del acuerdo con China y de la elección oficial de contratar a China como prestamista de última instancia.

El camino difícil que transitará Scioli, en tanto es el de la continuidad, implica la profundización del acuerdo con China más allá de una paz con los Buitres.

Lo cierto es que la “década ganada” tiene valor electoral. Si observamos el Índice de Confianza del Consumidor y el de Confianza en el Gobierno, ambos de la Universidad Di Tella, el mes de marzo señala una tendencia firme a la recuperación de “la confianza” de la mayor parte de la sociedad.

Sin embargo y para la misma Universidad, las expectativas de inflación, que siguen en el 30 por ciento anual y las estimaciones del futuro de la actividad, que mide el índice Líder, “la economía permanece en un estado de estancamiento, la probabilidad de un  empeoramiento de la  situación económica se ubica en cerca del 50 por ciento”.

Entonces, entre la percepción de confianza para consumir y en que este gobierno puede resolver los problemas, lo que acabamos de señalar, por un lado; y por el otro la idea de que la inflación no amainará y que el riesgo de profundización del estancamiento sea del 50 por ciento, plantean un escenario contradictorio.

El marketing político trabaja sobre las percepciones del presente que, en general, comparan hacia atrás. Y no sobre las percepciones o los datos del futuro, que comparan el presente con lo porvenir. El futuro no genera votos.

Dicho de otra manera, el cartel de “camino difícil” sólo se ve si se mira hacia adelante y hacia arriba.

Pero la mirada habitual es corta, en principio, con el criterio de “como me fue en la feria”. No hay una mirada personal suficientemente abarcativa.

Aquí volvemos al problema de demostración que nos planteamos al principio. En el planeta, lo que mejor resume el debate del resultado económico, es mirar el PBI por habitante comparado con distintos puntos del tiempo. Con esa medida tan simple comienzan todos los análisis del progreso económico.

El PBI por habitante en 2015 y respecto de 2002 – el año de la crisis y el ajuste devaluatorio – creció el 49 por ciento. Un promedio de 3,2 por ciento anual acumulativo. A este ritmo duplicamos el nivel de vida de 2002 en el año 2024. En 2002 el desempleo era de más del 20 por ciento y la pobreza superaba el 50. Era una economía de colapso. Un futuro de 22 años para duplicar aquella condición no es un camino prometedor. La comparación del presente y del futuro con el pozo no es muy reveladora. Más bien todo lo contrario. Y el discurso simple de la “década ganada” se basa en esa comparación.

Ahora bien. La crisis de la convertibilidad comenzó en 1998. ¿Cuánto hemos crecido desde el último pico del modelo anterior? Desde 1998 y hasta 2015 el PBI por habitante creció 11,1 por ciento. La tasa de crecimiento anual por habitante se reduce a 0,6 por ciento y la duplicación del PBI – a ese ritmo – demandará más de 100 años.

Claramente, si desde 1998 hasta 2015 hay 18 años de los cuáles 13 son del kirchnerismo, el resultado del PBI por habitante no nos ofrece argumento para una década ganada.

¿Qué pasó? El segundo mandato de Cristina Fernández es de estancamiento y caída del PBI por habitante. Entonces el arranque vertiginoso, que permitía esperar resultados transformadores en el patrón de crecimiento y de la productividad, se truncó desde 2012.

Desde 2007 la intervención del INDEC ha sacado del debate profesional a ese organismo público. Los economistas oficialistas que no están en el gobierno o las convenciones colectivas homologadas por el Ministerio de Trabajo, reconocen la verdadera tasa de inflación que duplica como mínimo la oficial.

A partir de ese dato toda la información producida en materia económica y social necesariamente “corrige” los datos oficiales y esto incluye el PBI. Las cifras aquí citadas proceden de cálculos “corregidos” que responden a criterios técnicos y a la búsqueda de la mayor aproximación a la realidad.

Pero si utilizáramos las cifras oficiales, los números serían más favorables al gobierno, pero no cambiarían el sentido de las comparaciones. Todo bien desde que salimos del pozo. Muy moderado si comparamos con 1998 y desplome del ritmo si partimos de 2011. El resultado global, la medida de la productividad, que es lo que realmente importa para construir el bienestar, sería similar.

Es que el camino que viene es difícil justamente porque en esta década, más allá de como se la adjetive, no hemos allanado el camino de la productividad ni hemos resuelto, porque están presentes, ni los grandes dilemas de la estructura productiva ni los problemas de la macro.

Camino difícil. Los primeros tramos, sea quien sea el que conduzca, parten de inflación y estancamiento que es en lo que estamos, más allá de la confianza de los consumidores y de la confianza en el gobierno.

La inflación dificulta el uso de herramientas sencillas para reactivar la actividad. Y las herramientas “sencillas” para contener la inflación empujan para abajo la economía real. No hay instrumentos internos para resolver de a uno estos problemas. Se requieren herramientas complejas para resolver ambos problemas (inflación, estancamiento) a la vez. La primera es una especial arquitectura política.

Desde 1983 todos los gobiernos han partido de una situación crítica. Y el próximo también lo hará. Todos los gobiernos superaron sólo transitoriamente la situación. Los costos sociales y económicos fueron pateados al futuro. El fin de cada período fue acompañado de una crisis. Lo pateado al futuro se acumula.

¿Cómo concluye CFK más allá de la parafernalia de palabras y los efectos visuales David Copperfield que genera la magia del INDEC?

Respecto del pasado inmediato presenciamos declinación de todas las variables: inflación, nivel de actividad, dinámica exportadora, empleo, salario real, tasa de inversión.

Por otro lado, la mayor parte de los problemas estructurales permanecen en el mismo estado desde hace décadas. Por ejemplo, enorme dimensión y continuidad de la pobreza; debilidad de la infraestructura económica (transporte, energía); incapacidad del sistema educativo, judicial y de seguridad para generar el mínimo necesario de armonía colectiva para la resolución de conflictos; insuficiencia de la inversión reproductiva para industrializar el empleo y las exportaciones; fuga del excedente y consecuente reducción del producto potencial a mediano plazo.

¿La mayoría de la sociedad percibe la situación de corto plazo como un derrumbe? ¿Ha naturalizado la inevitabilidad de los problemas estructurales? ¿El “cambio” es inevitable? ¿Qué entendemos por cambio?

Las encuestas reflejan opiniones divididas acerca del corto plazo; y una naturalización de la convivencia con los problemas estructurales. No hay una percepción de la inevitabilidad ni de la necesidad de cambio. Eso dicen las encuestas de confianza citadas. Y acerca del cambio hay poca claridad como consecuencia de la orfandad pedagógica de los líderes políticos. Es decir, con la excepción de Scioli y Bein, que dicen seguirán por el mismo camino; los demás nada anuncian en concreto.

Veamos las condiciones necesarias para el cambio de ruta, partiendo de la base que la actual será recorrida por Scioli. Primero cambio de tripulación; después de diagnóstico respecto del implícito en este gobierno; y luego de objetivos; de instrumentos; y de relaciones con los agentes centrales de la sociedad.

En este último punto Daniel Scioli – entre la buena onda con los Buitres, y la idea de “hablo con todos”, y las excelentes relaciones que mantienen él y su Señora con los medios y periodistas de Clarín que, en estos días, lo ven alto y de ojos azules – no se diferencia del resto de los candidatos. En Daniel Scioli el cambio se limitaría a ese plano. Pero todo lo demás sería pura continuidad.

Hay un sexto elemento crucial. Se trata del “para qué” de la economía. Hay una idea – que ha permanecido constante desde la dictadura a la fecha – que es la del contexto de una economía “para la deuda” que se contrapone al contexto de una economía “para el desarrollo”. Es que sin desarrollo, aunque crezcamos, estamos condenados a la deuda.

En esta era democrática no han cambiado las condiciones del “para qué” de la economía. La economía del largo plazo se ha estructurado como una economía para la deuda por ausencia de desarrollo. La tasa de crecimiento del PBI por habitante desde 1998 es una constatación de la ausencia de una economía para el desarrollo.

La economía para la deuda, sin que quienes la conducen sean del todo conscientes, es la de la ejecución de un proyecto ajeno de largo plazo. No la ejecución de un proyecto propio. La primera condición para ejecutar un proyecto propio es tenerlo.

Y para tenerlo el Estado debe disponer de una central de prospectiva y programación. Y ese órgano, que lo hubo, desapareció con la Dictadura.

La Democracia aún no lo repuso y el proyecto integral propio no fue formulado. En ausencia del propio se ejecuta el ajeno. La intensidad del proyecto propio está en relación a la dimensión del consenso.

Desde la Dictadura el mundo financiero y las multinacionales plantearon las condiciones de la expansión de la deuda y formularon el marco interno conocido, finalmente, como el Consenso de Washington. El resultado fue la combinación de endeudamiento, extranjerización y fuga del excedente. Y la trayectoria de la macro que está asociada a esas variables. La saturación de la deuda dio por tierra ese mecanismo. ¿Concluyó la economía para la deuda?

El presente no es uno que pueda asociarse de manera directa ni al mundo financiero, ni al de las multinacionales ni al Consenso de Washington. Pero sin embargo, en los últimos dos años, el gobierno puso en marcha la ruta para el endeudamiento internacional (CIADI, Club de Paris, YPF Repsol, etc.). La insólita resolución del Juez T. Griessa cerró ese camino. Pero se abrió otro: el Consenso de Pekín.

El crédito de la potencia China, atado a sus condicionalidades, supone un sistema de prioridades que no las decide la prospectiva y el programa nacional, sino los intereses de la gran potencia. Es un proyecto ajeno que hace que la economía para la deuda se abastezca de otra vertiente para seguir dando el mismo resultado: una economía primarizada con déficit industrial estructural.

Ahora podemos resumir todo. Un cambio de ruta, siendo que serán todas difíciles, requiere las cinco condiciones. Pero ninguna es suficiente.

El verdadero cambio radica en la sexta condición: el para qué. Lo que nos pasa es  consecuencia de una economía para la deuda y para el proyecto ajeno. Y no importa quién sea el acreedor. Ningún candidato todavía ha siquiera mencionado una estrategia para el desarrollo.

Y sin embargo lo que importa es que nos industrialicemos. Y eso no ocurre sin un proyecto propio. Que requiere condiciones políticas sustantivas. Ese también es un camino difícil, como todos los demás, pero es el único que nos lleva a una sociedad mejor.

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11 abril 2015

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