Muñecas rusas

26 de abril de 2015

Carlos Leyba

La Rusia que visitó CFK no está en su mejor momento. La inflación ronda el 17 por ciento anual y el PBI derrapa  3,5 por ciento en 2015. Estancamiento con inflación adentro supone mayor necesidad de vender afuera y la búsqueda de nuevos socios. La buena noticia para nuestros nuevos socios es que no se espera, en los mercados, una nueva baja del petróleo. Es que la geopolítica yankee del petróleo ya ha dado sus frutos. Otra buena noticia para Rusia es que no se avizora un aumento de la tasa de interés de Estados Unidos. En tercer lugar las cuestiones políticas han bajado la intensidad crítica de los últimos tiempos y finalmente, aunque la salida de capitales continúa, lo hacen a menor ritmo que en 2014.

Rusia, que no está en su mejor momento, recibió a Cristina y la escuchó como se atiende a un nuevo socio que puede generar un nuevo espacio para el desarrollo comercial. Como en todos los casos de los países emergentes grandes, que ahora sufren de desaceleración interna y excedentes de capacidad productiva, su interés está del lado de vender, más que del de comprar.

Con los nuevos socios tenemos el mismo interés lo que, en economía, no significa complementariedad natural. La complementariedad, como la competitividad, hay que construirla. Y eso requiere – sería bueno hacerlo antes de firmar – tener un proyecto articulado para generar un espacio de complementación productiva. El programa no está y el riesgo que corremos es la compulsión a comprar.

Sin la claridad conceptual de la construcción de la complementariedad, de parte de los que buscan acuerdo, en este caso nosotros, esos acuerdos se resumen a financiar para vender industria. Valor agregado en el envase de armas, trenes, o lo que sea. Vaya si lo sabemos.

Brasil ha llevado a cabo – con los desarrollados y los emergentes – la práctica de obtener financiamiento para la compra de bienes de capital, pero instalando la condicionalidad brasilera de transferencia tecnológica y sobre todo, transferencia de valor agregado: una parte sustancial se hace en Brasil. La construcción de la complementariedad tiene como principio establecer la prioridad de nuestras condicionalidades: si me das esto te doy aquello. Simple.

Lamentablemente con China y con Rusia, estos acuerdos, pertenecen a la literatura clásica de la dependencia. No hay otra posibilidad para un gobierno sin Plan estratégico y para una dirigencia empresaria local que aparece más interesada en ganar la comisión, que genera *******participar en un mega negocio como chaperón, que en el desarrollo de las fuerzas productivas locales.

Es notable ver como, acuerdo tras acuerdo,  el protagonismo privado queda en manos de los miembros de la “nueva oligarquía de los concesionarios” expertos en la caña de pescar en la maceta o, como decía el gerente de Repsol, “expertos en negocios regulados”.

Es decir, nada nuevo. Los países que aspiran a emerger y que no están dispuestos a generar las condiciones de retención del excedente que producen, siempre caen en la tentación de comprar a crédito que es una de las posibilidades de comprar caro. En todo el sentido de la expresión costo. Costo de dependencia tecnológica, costo de experimentación, etc.

Pues bien repasemos. En la primera etapa, el kirchnerismo,  apuntó a la geopolítica latinoamericana. La caminó Néstor mientras fue el Jefe, con o sin lapicera. Representaba la posibilidad de ocupar un lugar destacado en el Continente cumpliendo el papel de adelantado junto a los países que habían dado pasos fuertes como Bolivia, Ecuador y Venezuela. Bolivia y sus recursos naturales. Ecuador y su programa educativo.

El rendimiento económico a futuro de esa estrategia, además de político, no podría ser otro que el del intercambio en otra dimensión. En principio no prosperó más allá de la tendencia. La cuestión que podría haber girado la relación hacia el desarrollo, etapa superior del intercambio, fue la creación del Banco del Sur que naufragó antes de zarpar. Naufragio acompañado por la morigeración del precio de las commodities.

Cristina, ante la retórica regional sin frutos, giró. Y su primer paso apuntó a reestablecer los lazos con el financiamiento de Occidente. El llamado camino de Boudu bien distinto que el de Néstor. Fue, en términos habituales en el FPV, un giro a la derecha.

Es que la caja local se desvencijaba por el doble efecto de las nuevas condiciones internacionales y el agotamiento del modelo simplificado que se aplicó durante el mandato de Cristina. No olvidar que se le fugaron 100 mil millones de dólares entre los dedos y que sólo pudo detenerlos el cepo. Gracias.

Aquel giro fue hacia Occidente al que, para tener buenas migas, primero hay que pagarle. Y lo hizo. Generosamente y por demás. Como le toca siempre al que llega tarde. Club de Paris, Repsol, Ciadi. En todos lados se pagó generosamente.

Y todo iba camino de pedir crédito abundante hasta que llegó la insólita decisión de la justicia norteamericana. Y entonces íbamos por el camino despejado y a la búsqueda de crédito para poder terminar el gobierno con buenas relaciones con Occidente, caja líquida y anuncios de obras públicas e inversiones. Durante una década no habían interesado en lo más mínimo. Pero ahora nos topamos con una barrera que resultó infranqueable. La que colocó ridículamente Thomas Griesa. Decisión que dejó a las empresas europeas dispuestas a participar con el apetito convertido en hambre.

El Juez Griesa es el padre de un nuevo giro a la “izquierda” extracontinental. Una estupidez yanke la puso a Cuba en los brazos de la URSS. Pasa.

Lo que obligó a hacer este nuevo giro es, primero, la urgencia de caja (así lo dicen los parlamentarios que votaron el Acuerdo con China) y segundo, la necesidad – después de cuatro años de parate económico – de dejar, en el final del mandato, la imagen de una gestión preocupada por el futuro y el largo plazo, las inversiones, la infraestructura, etc. Se dice ahora, desde las usinas críticas del gobierno golpeadas por la abundancia de recursos para el final del período, que ingresamos en un festival de bonos referido a las emisiones locales nacionales, provinciales y empresariales. Pero además hay un festival de “obras”, una central atómica acá, una represa allá, que es lo que inspiró la firma con China (y con Rusia) de acuerdos con privilegios inexplicables y que dieron lugar al ingreso de un swap que ha sido, para la economía, como un baño en aloe vera.

Tal vez, como toda simplificación, sea exagerada. Pero el swap derramó una calma en los mercados que nadie supo prever ni imaginar y la sorpresa siempre es derrota o éxito.

Todos los gurús de la City apuntaban al aumento de la brecha cambiaria si no se acordaba con los Buitres. El asesor estrella de Daniel Scioli afirmó, en 2014,  que no era posible un escenario sin pago a los Buitres. Y entonces habría una economía calma y creciendo. Se equivocó. No le pagamos a los Buitres. Pero porque firmamos con los chinos, llegaron los fondos y la brecha disminuyó aunque la economía se estancó.

Nadie acertó porque las decisiones de CFK han sido siempre producto del secreto, y la decisión entre cuatro paredes y cuatro personas, y la sorpresa.

¿Es cierto que no pagarle a los Buitres no tuvo costo? Sí, siempre y cuando no computemos la parva de compromisos acordados previamente con Occidente tornados en innecesarios, si es que la necesidad se juzga por el resultado. O en la medida que no computemos los costos que implican la parva de compromisos con China que se prorrogan ahora con Rusia.

Thomas Griesa desencadenó, sin saberlo, un giro geopolítico notable. Y nos ha infringido, además, el costo de casi nueve por ciento en las colocaciones de bonos argentinos en dólares en los mercados. En un tiempo en que los vecinos pobres y miembros del eje progresista latinoamericano, pagan la mitad.

Pero – a pesar del giro geopolítico que logró que nos giren yuanes – la urgencia de Caja hizo que con swap y todo, el gobierno haya necesitado la vuelta a los mercados internacionales y también al del blanqueo y pagando tasas, las antes mencionadas, que son estratosféricas dada la liquidez del mercado mundial.

Ha vuelto la deuda. De a poco. Y cara como siempre. Geopolítica “progresista” con Rusia y China; y finalmente crédito occidental caro y encima de blanqueo para pagar las papas. Blanqueo. En un país en el que el narcotráfico ya es protagonista.

La realidad siempre se resiste y cuando uno se sale del camino habitual, si no tiene vituallas de resistencia, siempre termina volviendo al camino trillado. Si no invertiste antes, cuando podías, volvés a la deuda.

Desde que empezó nuestra democracia repetimos el mismo ciclo: cuando la ausencia de inversiones hace ruido aparece la necesidad de la deuda. Occidental o no. Estamos desde 1976 en una economía para la deuda y de ella no hemos podemos salir. Y ahora, en el último ciclo K, con  blanqueo y con todos los riesgos que eso implica lo demostramos.

Cristina sedujo a los empresarios rusos. Les dijo: “Tenemos el mayor crecimiento económico de toda nuestra historia, (la Argentina) es un país en el que vale la pena invertir”.

Dos afirmaciones. La primera discutible. La segunda indudable.

CFK se basa para el crecimiento en las cifras oficiales de la patética intervención del INDEC. Y exagera el resultado. Con aproximaciones razonables podemos decir que no estamos bien, pero que estuvimos peor. Hemos tenido altas tasas de crecimiento durante una buena parte de esta gestión, aunque el período completo no fue tan favorable.

El crecimiento desde el pozo fue extraordinario; creciente utilización de la capacidad instalada e incremento del empleo con una tasa de inflación moderada. Una recuperación sólida con expansión del consumo y el empuje sorprendente de las exportaciones.

Si medimos el crecimiento a partir del momento del pozo (2002), a pesar del estancamiento de estos cuatro años, la economía ha crecido de manera importante. Pero si medimos el nivel de hoy respecto del momento más alto de la economía de la convertibilidad (1998), entonces el juicio sobre el período definitivamente no es el “mayor crecimiento de toda nuestra historia”.

El crecimiento no ha sido tanto como cree CFK; y las transformaciones estructurales de productividad económica y social tampoco se han materializado. A pesar de la década preñada de posibilidades no hemos podido resolver el problema más grave de la Argentina: la exclusión, la injusticia social o la pobreza.

¿Cuál es la causa? Ella está contenida en la segunda parte de la afirmación de Cristina en Rusia: somos  “un país en el que vale la pena invertir”.

Un país en el que el potencial supera largamente lo realizado y eso es consecuencia de la carencia de inversiones. Estamos llenos de oportunidades pero no hemos hecho demasiado para aprovecharlas. Tenemos un país con potencial que sigue siendo potencial.  No hemos dejado de ser un país de oportunidades porque, precisamente, no hemos sido un país de realizaciones.

Por ejemplo destruimos el sistema ferroviario (que implicó la degradación de la integración territorial y la destrucción de una industria local); perdimos el autoabastecimiento petrolero; agujereamos las cadenas de valor de la industria. No ahora. Todo viene de largo. El déficit de infraestructura incorpora costos que reducen la productividad al final de la cadena. Falta de inversión.

Desde 2004 – con los números del INDEC – la participación de la inversión en el PBI ha sido en promedio del 20 por ciento y  en ese mismo período  se fugaron del país excedentes por más de 100 mil millones de dólares.

La participación de la inversión en el PBI en la Argentina no es la de un país que se prepara para crecer. Ninguna de las experiencias sostenidas de alto crecimiento  se ha logrado con tasas de inversión de menos del 30 por ciento. La experiencia china ha superado largamente el 40 por ciento de la participación de la inversión sobre el PBI. No hay magia: sin altas tasas de inversión no son sostenibles las tasas altas de crecimiento.

¿Por qué buscamos todo el capital afuera cuando residentes argentinos se estima que poseen entre 200 y 350 mil millones de dólares en el exterior?

La pregunta frente a estas oportunidades es ¿por qué no nos percatamos de la necesidad de aprovechar el excedente de los capitales nacionales haciendo más atractiva a la inversión que la fuga? ¿cuál fue el proyecto pensado de largo plazo no expuesto que hubiera servido para orientar la atracción de inversiones que ahora hemos salido a buscar en China y en Rusia ofreciendo condiciones coloniales que están a años luz de las que les ofrecemos al excedente nacional?¿cómo construir una burguesía nacional, imprescindible para un país autónomo, si tanto en el neoliberalismo confeso como en  el actual neoliberalismo inconsciente, los incentivos son para el capital extranjero; y el capital nacional es invitado a la fuga por ausencia de moneda nacional e incentivos imprescindibles para la acumulación reproductiva?

Cuándo CFK mencionó a nuestro país como uno de las oportunidades de inversión tuvo una sana inspiración aunque tardía para los argentinos.

Haber sostenido durante años el teorema neoliberal y ortodoxo, de que el consumo dispara la inversión; y no materializar en concreto que en un país como la Argentina la transformación de la estructura productiva requiere un sistema de incentivos contundentes para la inversión y aprovechamiento del excedente, ha sido el gran error de estos años plenos de oportunidades.

El remedio, la búsqueda de las alianzas estratégicas con China y Rusia sobre la base del intercambio de productos primarios nuestros y el aporte de capitales para infraestructura con tecnología de esos países, con adjudicación directa, es aceptar las condicionalidades menos convenientes para el desarrollo. Condicionalidades envasadas en tasas de interés nominalmente bajas. Ese remedio no cura la enfermedad.

¿Qué hicimos para aprovechar nuestras oportunidades? Poco.¿Qué estamos haciendo para hacerlo? Tal vez lo equivocado.

La prueba es la dimensión de los beneficios de atracción que acabamos de ofrecer a China y a Rusia para reparar la ausencia de inversión en el período. Todo intercambio desequilibrado genera otra pérdida. Muñecas rusas.

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26 abril 2015

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