¿Cómo?

2 de mayo 2015

Carlos Leyba

Los resultados compartidos en general, si nos limitamos al área de la economía, son crecer, mejorar la equidad distributiva, eliminar la pobreza, aumentar la productividad promedio, aproximarnos a vivir como lo hacen los países que llamamos del primer mundo. Es difícil encontrar un dirigente político que predique otra cosa. Aunque por cierto hay matices.

Algunos describen resultados inmediatos: ¡consúmalo ahora!. Otros sostienen la idea de resultados futuros: hagamos crecer la maquina de producir. A partir de aquí desaparece la unanimidad. La dimensión del tiempo de realizaciones hace la diferencia: lo inmediato versus lo que cimenta.

La mayor dispersión está en el cómo. Y lo que ordena los espacios políticos es, justamente, el cómo.

La manera más banal de descalificar al adversario es asignarle otros propósitos. De esa manera se evade la discusión central que es siempre la que se refiere al cómo. En eso está la mayor parte de la diferencia. Fíjese que, al menos desde Nikita Jruschof, aún en el socialismo real la propuesta de qué cosas poner en la mesa de consumo no se diferenciaba – en las intenciones al menos – de las propuestas de la mesa capitalista.  Usted puede pensar que el método socialista era esencialmente incapaz de atender esa mesa en tiempo y forma. O pensar que la “planificación centralizada” podía lograrlo. Es decir “mismos resultados” y “cómo” antagónicos. Este es el nivel del cómo a nivel sistema.

Pero dentro de un mismo sistema se puede ser político de la línea “consúmalo ahora” que ofrece la ventaja de generar bienestar inmediato. Esta sería, por ejemplo en el socialismo, la línea cubana inicial. La otra línea, volcada a la máquina, ofrece futuro más sólido a cambio de esfuerzo. Para el socialismo sería la línea José Stalin.

Los de “consúmalo ahora”, en el extremo, ponen pan para hoy y hambre para mañana. Los de la máquina ahora, en el extremo, se proponen una economía de potencia que es un futuro promisorio demasiado lejano del tipo “hoy no se fía, mañana si”.  Pusimos el socialismo como ejemplo porque es obvio que en el capitalismo, que es lo que hay hoy en existencia, ocurre la misma discrepancia.

La lógica es un equilibrio entre ambas grandes líneas, pero el carácter depende del énfasis: mareados por el presente o escrutando el futuro. En el primer caso las crisis siempre son un peligro. En el segundo pueden ser una oportunidad: estamos acumulando y mañana disponemos de capacidad.

Terminado el socialismo nos quedan estas opciones dentro del capitalismo. Algunos describen una economía regulada por la lógica de los mercados. Otros adscriben a distintos grados de regulaciones. Nadie en su sano juicio sigue esas consignas hasta el extremo: todo mercado o toda regulación. Pero hay juicios insanos.

Hay quienes sostienen la necesidad de protagonismo del Estado. Y otros militan por la menor presencia del Estado que sea posible. Ni tan tan; ni muy muy. Sin el Estado no hay política y no estaríamos escribiendo esto.

Volvamos al principio. La dimensión moral de los resultados califica la dimensión moral de la política. Pero, previamente, la calificación de los resultados debe ser sometida a la prueba de sustentabilidad. Esto es tan importante como ignorado.

De poco vale alcanzar resultados fugaces, por buenos que sean, si lo son a costa de pesares inmediatos una vez terminado el brillo de los resultados efímeros. Parece bastante obvio. De qué valdría apuntar a un resultado que fuera efímero y que, en el mejor de los casos, hiciera que la situación concluyera en el punto de partida del que nos quisimos alejar.

No debemos remontarnos al pasado a la búsqueda de políticas que “dieron resultados” que duraron poco y cuyos costos, una vez desbaratado el escenario – siempre artificial -que dio lugar a los resultados, fueron de magnitud tal que nadie quisiera volver a intentar el “éxito”.

Claro que, para que el análisis sea preciso, es necesario computar que tanto el auge, la zona del éxito; como el ocaso, la zona del fracaso, hayan sido gobernados por la misma política. La conclusión no vale si “la política se abandonó”. Vale si hubo continuidad.

El ejemplo más claro, más completo y más próximo de continuidad es el de la convertibilidad. El “milagro” de la estabilidad fue hijo de las desregulaciones, privatizaciones, la deuda externa, la apertura comercial y financiera, y todas ellas fueron posibles por la convertibilidad y su descomunal atraso cambiario. Pero justamente el derrumbe de la estabilidad traducida en desempleo, parálisis y pobreza, ocurrió durante la convertibilidad y la profundización de todas las medidas conexas. Fueron sus propios resultados los que dieron por tierra a la convertibilidad que rigió hasta que se declaró el default que, por otra parte, ya había ocurrido sin declararlo.

Ejemplo claro; la moral de la política debe juzgarse por sus resultados y estos son aquellos en que, finalmente, resultó la política.

Traducido, la convertibilidad fue esencialmente inmoral porque lo fueron sus resultados, concentración y pobreza; endeudamiento que llevó a la parálisis a la economía toda. Quienes la ejecutaron son responsables de los resultados finales.

No es bueno, para la sociedad, que quienes fueron responsables o cómplices, no asuman su papel en el error; y no reconozcan su participación.

¿Qué ganaríamos con el reconocimiento? Primero el examen de conciencia. Les cabe a ellos el peso enorme, que aún hoy perdura, de las consecuencias de la pobreza, la deuda social; y de la destrucción del aparato económico que dio lugar a la profundización de la economía para la deuda, la que aún hoy nos tiene atados de pies y manos.

¿Por qué viene a cuento? Porque – aunque en distintas etapas de la convertibilidad – en todos los equipos de todos los hoy candidatos presidenciales hay presencias protagónicas de esos responsables. Los hay, y en lugares destacados. Y de ninguno de ellos hemos escuchado o leído el examen de conciencia, la crítica y el propósito de enmienda. Es lógico que estemos en alerta.

¿Qué tiene que ver esto con el presente y con el futuro?

Durante unos años, la economía K, se solazó de los resultados en términos de crecimiento, de empleo, de reducción de la pobreza y de los llamados superávit gemelos, fiscal y externo. Y todo eso acompañado del desendeudamiento con acreedores externos. No hace falta estar demasiado informado para apuntar que si la economía hoy apuesta al endeudamiento, en cualquiera de sus formas, la política del desendeudamiento externo ha sido clausurada. Vuelta de campana.

Ha sido clausurada expresamente durante la gestión Axel Kicillof, aunque hubo toma de deuda externa por parte del Estado Nacional antes de la llegada del equipo TNT. El mercado, los chinos, Venezuela, etc. han sido fuente de recursos externos porque a pesar de la bonanza extraordinaria que dio lugar a muchos años de excedente, superávit, de comercio internacional, otra vez el presente y el futuro inmediato se piensan como tiempos de colocar deuda en el exterior.

Lo triste es que, a pesar de un período de aparente desendeudamiento externo y disponiendo de una relación deuda externa a PBI o de deuda externa a exportaciones, bajísima con respecto a nuestra historia o con respecto a la economía mundial, somos uno de los países que pagan más caro y reciben dinero por períodos mas cortos del planeta. Insólito si no le agregamos una explicación.

Los mercados (los bancos, los prestamistas) nos califican así (país de tasas caras) porque hemos hecho todo lo posible para tener una baja reputación crediticia internacional y no hemos hecho nada para no necesitar tener una reputación internacional. Podríamos prescindir de necesitar una reputación internacional crediticia si no necesitáramos crédito. Pero necesitamos crédito porque no hemos hecho nada para modificar una estructura económica que nos obliga a demandar crédito en moneda dura.

Tuvimos un colosal excedente de comercio mientras el precio de la soja y las condiciones de la producción nos proveyeron de los recursos para vivir vertiginosamente. No aprovechamos a esa oportunidad para liberarnos de la dependencia financiera externa que es algo más que simplemente pagar.

Pero cuando esos precios, por las razones que fueran, dejaron de cumplir esa función, la economía real, la que surge de las entrañas, se manifestó tal cuál es. Los excedentes fugaron porque en el país no están dadas las condiciones para ahorrar (inflación, tipo de cambio, tasas) en el país y en pesos; y porque no están dadas las condiciones para invertir (normas, incentivos, primarización). Y además el uso y abuso de la primarización de la economía impidió toda posibilidad de compensar sustituyendo importaciones y exportaciones. El país viejo, cuando se acabó el brillo de las commodities, volvió a ser el de la economía para la deuda.

Y con ese retorno de la deuda, no deseado en la teoría pero militado en los hechos, se apagó el crecimiento, se terminó el progreso del empleo, se estancó y hasta tiró para arriba la pobreza y se llamaron a silencio los superávit gemelos, fiscal y externo.

Del período de auge de los resultados invocados por la política quedó poco. Y en consecuencia los resultados reales de la política son estos. Los que hoy tenemos.

¿Entonces?  ¿Cuáles son los resultados de la política K? ¿Los que alguna vez tuvo, los del comienzo, cuando la economía -después del default,  la devaluación y con el viento de cola – se recuperaba de la implosión de la convertibilidad? ¿O de los resultados actuales de los que hoy trata de escapar apelando al crédito externo, a las “alianzas estratégicas” con China y Rusia?

Los resultados del que se va son los que entrega al que lo sucede. Si los resultados a 2015 son los que hoy podemos contabilizar no hay tal cosa como un éxito. Sobre esto volveré. ¿Si no es un éxito, entonces, las políticas no tenían la finalidad de la sustentabilidad? ¿Es decir fueron de ocasión y para pasar la coyuntura, digamos, de corta duración?

El éxito, como lo señala el ADN de la palabra, supone una salida sin barreras, sin dificultades, con el camino despejado. Nada indica que sea esa la situación al día de entrega del bastón presidencial o del gobierno.

El 11 de diciembre de 2015 la economía del país estará tan complicada como hoy. Una tasa de inflación elevadísima que mantiene activo el conflicto salarial, sea porque el gobierno insiste en pautar las paritarias por debajo de la inflación real, o sea porque el sector privado, en el marco de una economía estancada, no puede apostar a cobrarle al mercado los mayores costos nominales del trabajo. Una economía estancada que no crea empleo privado productivo y que escapa a un clima de desempleo complicado, gracias al crecimiento monumental del empleo público, al trabajo en negro y a programas fiscales de compensación que sí logran mantener la base mínima del consumo con un  costo fiscal que es responsable de una parte sustantiva del déficit. El estancamiento, finalmente, ahuyenta inversiones que tienen que, además, enfrentar la barrera de la estructura tributaria inflacionaria y la ausencia de incentivos en una economía sin Plan cuya única señal es que “el campo es seguro”. Y a pesar de la seguridad del campo, somos un país primario en término de comercio exterior, las exportaciones reculan.

El consumo es hoy la prioridad de la política y allí están puestos todos los cañones públicos. Y sin embargo la marcha del consumo es dispersa y el promedio afloja. Sin inversiones, lo que limita el empleo; y con inflación que erosiona los ingresos, se hace difícil sostener una política pro consumo que tenga resultados duraderos. Y es lo que pasa.

Desde el comienzo del SXXI tuvimos una gran oportunidad: una oportunidad abierta cuando estalló la crisis. Única. Esta es la primera generación viva que dispuso de tamaña coyuntura internacional favorable. Las oportunidades lo son para generar transformaciones productivas que, en nuestro caso, deben reflejarse en el cambio de patrón de comercio internacional, del empleo productivo y de la productividad social. No ocurrió. Las cifras son contundentes. Se miden por el impulso a la inversión que no ocurrió. Algo imperdonable. Lo que impidió a la vez la incorporación de tecnología y la diversificación de la producción.

Mirando los resultados finales, y habiendo constatado que hubo tiempos mejores, podemos decir que la política K pasó del auge al ocaso, del éxito al fracaso y esto significa que no se diseñó, en el origen, una política destinada a tener resultados sustentables.

Pasaron los días felices de la soja en alza. Y lo que parecía definitivo y un crédito abierto y permanente contra el cual se podía girar generosamente, finalmente, se detuvo. Y si bien nadie está en condiciones de decir que no volverá, no es menos cierto que esa suerte no está en el escenario presente y tampoco en el inmediato porvenir. La oportunidad si pasa, lo hace una vez por generación.

Es decir quien venga, sea que quiera cambiar o continuar tiene por delante un escenario que está años luz del que recibió Néstor Kirchner. Néstor recibió el país en el pozo: pero saliendo, con los precios relativos favorables a la expansión y condiciones internacionales que mejoraban a alta velocidad. Difícil pero con escalones firmes. El que venga recibe un país que no está en el pozo, pero que no tiene ni condiciones externas tan favorables ni precios relativos para crecer. Menos difícil pero con escalones frágiles. Subir no es sencillo.  En esas condiciones hay que pesar poco para no romper los escalones. La política se tiene que poner a régimen. Y en eso lo principal es el cómo.  Cuando hable un candidato no le pregunte qué, sino cómo.  No sé como le irá.

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02 mayo 2015

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