Ojos que no ven

9 de mayo de 2015

Carlos Leyba

Al pasado no lo podemos evitar, pero si tomamos conciencia del presente podemos evitar las consecuencias en el futuro. Los ojos que no ven, que impiden sentir, tienen consecuencias gravísimas sobre la sociedad y su futuro; y es notable como, intelectuales habitualmente lucidos, se niegan a confrontar al presente con las propias categorías con las que analizan el pasado.

Ojos que no ven, corazón que no siente. La sentencia popular se aplica a quienes miran con claridad la historia, que usan adecuadamente el espejo retrovisor, pero que no aciertan a divisar el presente. Indignados con hechos del pasado; y encantados con los mismos hechos del presente. El corazón no siente lo que los ojos se niegan a ver.

No hay realidad sin teoría. Las interpretaciones son importantes. Pero no menos importantes son los hechos. Hay quienes usan el marco teórico y derivan interpretaciones diferentes para los mismos hechos según que unos pertenezcan al pasado y otros al presente. En criollo, no medimos con la misma vara. ¿A qué viene esta reflexión un poco alambicada?

Esta semana, en una celebración de una organización sindical, de mucho peso político, se verifico el avance de la voluntad de unidad de distintos sectores del movimiento obrero. La presencia de dirigentes de todas las CGT y de miembros de ATE, en un clima de entusiasmo por palabras que delineaban el rumbo que los sectores nacionales aspiran para el futuro argentino, nos indicaba que hay enormes posibilidades que se recomponga la columna vertebral. Así definió el General Perón al movimiento obrero.

Y así lo comprendieron los sectores económicos y muchos sectores políticos que acompañaron a Perón en 1973.

Columna vertebral imprescindible para que el movimiento nacional se ponga de pie y comience a caminar. Sin ella, hasta ahora, ha sido claramente imposible que se forje el proceso integrador que el concepto nacional implica. Ejemplo, los dos gobiernos, el menemismo y el kirchnerismo, que llegaron al poder levantando su pertenencia al peronismo y desde allí al movimiento nacional, que por definición es integrador, produjeron de hecho la división del movimiento obrero y gracias a ello, lo excluyeron del protagonismo que, en un gobierno de proyecto nacional, le cabe a todas las fuerzas sociales representativas.

El quiebre de la columna vertebral no es ajeno a que esos dos gobiernos, más de veinte años, hayan administrado la economía con funcionarios ajenos a la tradición del peronismo y del movimiento nacional. No es casual la superposición de ambas cosas.

La posibilidad, en marcha, de la unidad del movimiento nacional vía el movimiento obrero, abre la posibilidad de un hecho político nuevo. Que siendo imprescindible no será fácil concretarlo.

Durante la celebración mencionada, un muy respetado columnista, enrolado en el oficialismo, invitado – a causa de su trayectoria – para la presentación de una obra sindical, realizó una exposición en la que recordó el valor del peronismo como respuesta al modelo agroexportador y dependiente, que se había materializado en el pacto Roca Ruciman.

El orador puso sus ojos sobre la matriz de la dependencia que surgía de ese acuerdo y que consistía en la compra de bienes industriales baratos en Gran Bretaña, la potencia imperial de entonces, a cambio de nuestras materias primas.

Aquel acuerdo contenía dos errores fundamentales. El primero atarse a un carro vencedor para lograr – en síntesis  – el crecimiento. Atarse impide reacciones tanto de defensa como de ataque. Y el crecimiento en ese caso, de existir, es uno de arrastre y por definición, no uno de autonomía. No es ese el crecimiento que queremos. Ese es el crecimiento que se deriva de la estrategia del que nos arrastra. Claramente el acuerdo Roca Ruciman limitó y demoró el desarrollo industrial con todas las secuelas que, sobre la distribución del ingreso y el progreso social colectivo, implica ser un país solo proveedor de materias primas versus ser un país diversificado.

Atarse al carro significa siempre perder la capacidad de diversificación. Y eso es perder la capacidad que el crecimiento, de existir, se convierta en desarrollo.

El segundo error fue ( y es) creer que las potencias imperiales lo son sine die. Es decir que, alcanzado ese estadio, lo serán para siempre. Si así lo fueran, atarse al carro, es comprar un seguro de expansión. Esta visión, que es muy común en los economistas que siempre trabajan sobre hipótesis lineales, implica que el presente se prorroga en el futuro. Y la historia nos enseña que no es así.

Pues bien el expositor de marras sostuvo, con verdad, que el peronismo y el naciente movimiento sindical de entonces, habían logrado inaugurar un proceso de diversificación industrializante de la economía, como respuesta no solo de una visión distinta de las posibilidades de crecimiento de la economía sino también como respuesta al ocaso del imperio británico.

Pero esa reflexión no se proyectó al presente que es para lo que sirve la reflexión histórica. Un presente en el que el acuerdo con China, lo hemos repetido, no tiene diferencias con el acuerdo con Gran Bretaña y si las tiene son seguramente negativas: es peor.

La reflexión sobre el pasado importa si ilumina al presente; y si no lo hace contribuye a la distracción de los problemas actuales.

El carro vencedor de China nos arrastra a la especialización primarizante y nos condena a un déficit de comercio, de tecnología y de redistribución de ingresos. Nada hay en los convenios que nos permitan vislumbrar un resultado diferente.

Por lo tanto el carro nos podrá arrastrar a un crecimiento que nos alejará del desarrollo de toda nuestra energía productiva. En estas afirmaciones esta la aplicación apropiada a la actualidad del primer error del acuerdo estratégico con Gran Bretaña que rige idénticamente igual para el acuerdo estratégico con China.

Nuestro columnista no lo siente simplemente porque no lo quiere ver: las interpretaciones, en estos casos, tratan de modificar los hechos, lo que viene a ser un INDEC del pensamiento y por lo tanto tan inútil como la tarea de ese organismo.

Pero además en este acuerdo estratégico también está presente el problema del que ubicamos como segundo error. La economía China no crecerá permanentemente y no podrá ser de manera permanente el carro de arrastre, y está dando señales duras que puede atravesar un periodo de lento crecimiento más o menos largo. Veamos.

La nueva potencia imperial, a las patas de la cual el oficialismo se ha jugado el presente financiero (swap) y ha apostado las fichas del crecimiento, está atravesando hoy serios problemas en la base de su expansión que es el crecimiento de la industria tradicional.

Por un lado están aumentando los costos internos (salarios)  y  por el otro están aumentando los costos de la lucha contra la polución del medio ambiente. La industria de mano de obra barata y ausencia de restricciones ambientales está en pleno retroceso.

En orden a las oportunidades de inversión están en retroceso e inclusive se asiste a un proceso de fuga de capitales. En cierto modo se hace muy difícil mantener el ritmo de inversiones en infraestructura y construcciones dadas la existencia, por ejemplo, de caída en el precio de los inmuebles.

Convengamos, volviendo a nuestros acuerdos, que en esta coyuntura, China tiene una imperiosa necesidad de exportar capacidades de inversión (equipamientos) y de mano de obra.

Los acuerdos, para China, son una manera de encontrar un destino cautivo de sus excedentes; y para la Argentina el costo de haberse atado, además, a un carro que se desacelera.

La consecuencia de la tendencia a la desaceleración China, por las razones apuntadas, implica la tendencia a la baja de los precios de las materias primas lo que ya se está verificando.

El análisis del presente, con las mismas categorías que usamos para analizar el pasado, nos llevaría a un juicio del Acuerdo Estratégico Integral con China que no diferiría en nada del juicio que históricamente nos merece el acuerdo Roca Ruciman.

La diferencia es que al pasado no lo podemos evitar, pero si tomamos conciencia del presente podemos evitar las consecuencias en el futuro.

Los ojos que no ven, que impiden sentir, tienen consecuencias gravísimas sobre la sociedad y su futuro; y es notable como, intelectuales habitualmente lucidos, se niegan a confrontar al presente con las propias categorías con las que analizan el pasado.

¿Qué vincula ésta reflexión a propósito de un discurso en sede sindical? Pues bien. Mientras se escuchaba la crítica del pasado y el silencio militante acerca del presente y del futuro, dijimos, el aroma de la unidad del movimiento obrero se hacía presente en ese ámbito.

Y sin embargo, nunca como ahora ha recrudecido, desde el oficialismo, el ataque al sindicalismo argentino. Las palabras son demasiado parecidas a las de los enfrentamientos que llevaron al asesinato de dirigentes obreros en las décadas del 60 y 70 del siglo pasado. Y en particular al asesinato de José Ignacio Rucci quien había logrado concretar el protagonismo del movimiento obrero en el diseño de un proyecto nacional, durante la tercera presidencia de Juan Perón.

Los que hoy contribuyen a la división, al quiebre del movimiento obrero, y repiten el mismo discurso de los setenta, hoy lo hacen al mismo tiempo que no tienen ojos para el presente para no sentir la realidad.

En los ojos que no ven está basada la dificultad de construir un escenario integrador del futuro.

En una mesa en la que hubieran estado sentados todos los intereses nacionales jamás habría surgido este modo de acuerdo con China.

Pero difícilmente habrían estado sentados en esa mesa los intereses nacionales con la columna vertebral quebrada como lo está hoy.

Todo tiene que ver con todo, como dice CFK, y ciertamente con el movimiento obrero organizado en la mesa de las decisiones difícilmente hubiera vuelto la idea de atarse a un carro vencedor, porque el movimiento obrero sabe que el desarrollo no surge por arrastre y que además ningún carro tira para siempre.

Si hay una dirigencia que no nace por arrastre de terceros y que sabe que todos los días hay que ganarse el lugar es la del movimiento obrero.  Sus ojos están dedicados a ver y mirar para sobrevivir. Por eso, para Perón, eran la columna vertebral del desarrollo. Desde que está quebrada estamos en reversa.

compartir nota
09 mayo 2015

Ojos que no ven

Los comentarios están cerrados.