¿Qué elegimos?

20 de junio de 2015

Carlos Leyba

Elecciones. ¿Comienza la despedida del kichnerismo? ¿O bien, vamos a la profundización del cristianismo? Unos van por el desalojo liso y llano del cristinismo. Otros van por la profundización del mismo: en la justicia, en la economía, en la política. Despareció de la competencia el pelotón que ofrecía el camino del medio. No me refiero sólo a Sergio Massa que lo proponía, sino a la versión de Daniel Scioli que muchos disconformes imaginaban; y a la versión de un Mauricio Macri capaz de entenderse con los que no fueran idénticos para sumar masa critica. Ahora, con un Massa reducido a su mínimo, tenemos un Mauricio extremo en la supuesta pureza y a un Daniel subordinado al extremo del cristinismo. Todo en el extremo.

El Daniel Scioli que sugería dar marcha atrás en la economía y, por ejemplo, pagarle a los Buitres; y terminar con la instalación de Justicia Legítima como pasa o no pasa de la Justicia; quedó para el recuerdo.

De la misma manera un Macri abierto al conocimiento de los otros; capaz de salir del habitáculo de su mentor ecuatoriano y de la demostración de cemento y pintura que los chicos amarillos suponen que es gobernar.

Los que se anotan pasarán por una primera zaranda que indicará quiénes corren la primera carrera, que puede ser la última dependiendo de los votos y de la diferencia entre el primero y el segundo.

Todos sabemos que sólo hay cuatro fórmulas que después de las PASO podrán llegar a la primera competencia con algún capital electoral. Muchos creemos que puede haber segunda vuelta. Pero después de las PASO, la doble vuelta, que hoy es una posibilidad, se convertirá en una probabilidad o será totalmente deshechada. Lo que ya sabemos es que, en primera y se hay segunda, Daniel Scioli y Mauricio Macri serán los dos competidores finales.

Cada uno de ellos – notablemente en el caso que hubiera segunda vuelta –representa la contraparte de una disputa entre continuidad versus cambio.

La continuidad Scioli, después de la decisión de CFK de sumar a Carlos Zannini, es exactamente la profundización de la línea de La Campora.

El cambio de Macri en el mejor de los casos es una incógnita. Si lo medimos por los antecedentes de quienes lo rodean la cuestión es confusa: muchos funcionarios de la Alianza, algunos del Duhaldismo-Kirchnerismo – amigos del Bebe Righi, etc. Y los que no tienen antecedentes políticos militan en el partido de la gestión sin política. Del cambio sabemos poco.

De la continuidad sabemos el costo de la política del hostigamiento a las minorías e imaginamos que se le sumará la tarea de descabezamiento del movimiento sindical. Ni las minorías ni un movimiento obrero sólido, pueden coexistir con el predominio de la concepción política de los jóvenes de La Campora que, de ganar, tendrán además de a Zannini, a Eduardo de  Pedro como presidente de la Cámara de Diputados y las jefaturas de ambos bloques del FPV.

A la continuidad de la economía de Axel Kicillof, signada por la alianza geopolítica con China y Rusia como potenciales financistas de última instancia, se le sumará la profundización que implica la ausencia de un programa antiinflacionario, la continuidad de la promoción del consumo como toda política del convite a la inversión, el ancla cambiaria, el cepo que cierra la salida y la entrada, las restricciones al comercio exterior y la previsible consecuencia de poco crecimiento, si alguno, y más deuda con condicionalidades nuevas. Y peligrosas para el desarrollo.

La oferta así descripta, magra y poco propicia a enfrentar los reales y enormes problemas de nuestra sociedad a los días que corren, es una deriva del modo en que se dio la constitución de ambas formulas. Eso marca el ritmo de decadencia de nuestra democracia.

El dedo presidencial, por un lado; y el dedo del Jefe de Gobierno, por el otro, han decidido la línea sucesoria prescindiendo expresamente de la voluntad partidaria la que, por otra parte, no existe.

Y eso es fatal porque su ausencia revela la inexistencia del órgano fundamental de la democracia, de acuerdo con la Constitución de 1994 y la tradición democrática de Occidente, que son los partidos políticos.

Estamos en una democracia sin partidos. Ese es nuestro primer problema político. Y ninguno de los dos probables nuevos Presidentes tiene ni la vocación ni la capacidad de superarlo.

La imposición de Carlos Zannini revela el grado de dependencia con que llegaría Daniel Scioli: un eventual reemplazo que es más una amenaza que una garantía al ejercicio de la presidencia. Zannini es, desde sus orígenes, miembro de una suerte de secta política (Vanguardia Comunista) y hombre que ha  construido poder dentro del poder y lo ha hecho tras bambalinas, en silencio. Zannini es, por el modo en que funciona en el poder, la clase de dirigente a la que hay ponerle reflectores porque actúa en la oscuridad.  La energía necesaria para esas iluminaciones ¿está disponible?

Si alguna vez Scioli predicó la necesidad del diálogo, la formula con Zannini acaba de abortar esa posibilidad de manera fulminante. Los sectores inversores, los sectores medios, hoy seguramente piensan  “ya no sos mi Margarita ahora te dicen Margot”.

La decisión de Mauricio Macri de elegir a Gabriela Michetti como compañera de fórmula revela el enorme grado de endogamia que vive la cúpula del PRO donde todo, siempre, queda entre los que “ya fuimos”: la “familia”a la manera de la tradición de la mafia italiana; lo que se hereda no se hurta.

El método de oficialismo y oposición es el mismo. Y el resultado también: ambas formulas son “puras”. Esa pureza tiene dos consecuencias precisas.

La primera es que la potencial rebelión de Scioli fue abortada antes de empezar. La segunda es que la potencial vocación política de Macri se agotó en un segundo.

La rebelión Scioli, en el caso del oficialismo, habría implicado la ejecución del principio de que al menos “algo cambie” para que “todo” pueda quedarse como está. Ahora sabemos que nada cambiará. La dirección impresa en la última etapa K desde la incorporación de Axel Kicillof, será potenciada por Carlos Zannini.

Sabemos que en política no existe la “clonación exitosa”. Justamente CFK gana elecciones sin haber sido ni ser un clon de Néstor Kirchner. Sin embargo CFK eligió una fórmula que trata de clonar a sí misma. CFK quiere poner una réplica de CFK a cargo del Estado. El ingreso de las ideas y el procesamiento de las mismas pasa por el cedazo de La Campora. Y eso es lo que Zannini viene a garantizar.

Por su parte MM ha demostrado, con la integración PRO de la fórmula, la ausencia en su módica cabeza de vocación de construcción política.

El más importante de los dirigentes políticos desde 1945 a la fecha, Juan Perón, enseñaba que “el rancho se construye con barro, paja y bosta”.

El significado es que la construcción política se hace con elementos distintos en su origen, que puedan ser amalgamados y que no manifiesten rechazo, como en un transplante de órganos tal vez mal elegidos. MM eligió construir con un solo material y sin amalgama: No hay ideas. Las ideas tiene el poder de amalgamar.

En la radio esta mañana de sábado Gabriela Michetti no pudo, no supo, no quiso, ofrecer una sola idea para gobernar mas allá de su amistad con Mauricio.

Las dos fórmulas presidenciales a su modo son sectarias, no políticas. Ambas revelan que los partidarios de la “fuga hacia adentro” ganaron. CFK lo empujó a Scioli a La Campora; y Mauricio sólo se animo a repetir la formula con la que ganó las elecciones de la Ciudad. Nada de ampliar.

Ambos candidatos, de hecho, dejaron afuera aquello que habría abierto una posibilidad de maduración política.

Scioli esta ahí por la decisión de CFK. Pero también por el fracaso de Cristina en  el intento de construir, primero, su propia continuidad; después por su fracaso de construir su propio reemplazo; y finalmente su fracaso al tener que ungir como candidato a alguien que sumó popularidad por presentarse como algo distinto. La inclusión de Zannini significa borrar lo distinto; también reducir el impacto de haberlo ungido a Scioli; pero mantiene incólume el fracaso en la construcción del reemplazo aunque el candidato está de tal manera condicionado que sólo puede ser la continuidad, al menos, hasta que la crisis lo gobierne.

Macri esta ahí básicamente gracias a la vertiginosa declinación de la figura de Sergio Massa. Llenó un vacío. El desgranamiento que sufrió Sergio denuncia la mala calidad del pegamento que unía a ex dirigentes del oficialismo, que era su construcción;  con votantes de la oposición, que era su carisma. A esa frágil unión se la llamó “massismo”. Una marca que no alcanzó a llenarse de contenidos. En principio los votos de Massa en las PASO nos darán una idea de cuánto más puede recoger el oficialismo para la primera vuelta. Por otro lado, los votos de Margarita Stolbizer nos darán una idea de cuánto más puede recoger el candidato Macri en la primera vuelta. Es que seguramente los votantes de Margarita claramente quieren cambios. Mientras que la mayor parte de los de Massa seguramente quieren conservar cosas del oficialismo.

De cualquier manera en la primera vuelta, después de las PASO, ninguno de los cuatro se bajará. Pero los dos primeros, Scioli y Macri, le quitarán votos a los que le siguen. Dificil que los votos de Stolbizer vayan a Scioli; e improbable que la mayor parte de los votos de Massa migren a Macri.

Hechas las sumas la conclusión de las PASO será que es posible una primera vuelta, la que por final cerrado, habilite a una segunda vuelta y que en ella el ganador se consagre con muy poca diferencia. En ese caso habrá nacido un presidente con débil respaldo popular neto. Y con una tarea inmensa.

Si es Scioli ¿cómo lograr que todo siga como está sin hacer ningún cambio?

Si es Macri ¿cómo lograr un cambio perceptible, como pasar a la otra orilla sin construir previamente un puente?

La realidad en economía es extremadamente difícil para ambos. El punto de partida es común. Scioli está condenado a permanecer en el mismo lugar, que es como cortar la provisión de oxigeno y seguir viviendo. Macri está condenado a definir una dirección visualizable, salir de dónde estamos, y arrancar a toda velocidad.

Si las formula del FPV se hiciera del poder, lo que no cabe duda, es que sólo habrá continuidad. Scioli ni remotamente podrá aplicar el programa de Miguel Bein y Aníbal Fernandez no podrá promover, como en 2002, la designación de Guillermo Calvo, el ortodoxo economista residente en USA. No. Esas “confusiones” habrán quedado afuera. No les quedará más que la continuidad. ¿La continuidad de qué? Veamos.

El gobierno de CFK concluye en una etapa que, a pesar del estancamiento, mantiene la adhesión de una larga primera minoría del electorado y de grandes intereses económicos gracias a que, el kirchnerismo ha instalado dos elementos estructurales de singular importancia.

El primero, de extraordinarias consecuencias sociales y económicas, que es lo que antes de ahora hemos llamado el “Estado Fiscal Consumista”; y el segundo, de extraordinarias consecuencias políticas y económicas, que es lo que hemos llamado “la nueva oligarquía de los concesionarios”.

El “estado fiscal consumista”, como lo indica su nombre, es la idea de que la tarea del Estado es formar “consumidores” a como de. Y no la de formar productores con creciente productividad.

La “nueva oligarquía de los concesionarios” es la administración, a favor de grupos concentrados, de las concesiones que derivan de la acción del Estado. Beneficiarios de la obra pública, de las regulaciones bancarias y del juego. Todas esas actividades son concesiones. Donde hay una concesión hay un negocio protegido. No hacen falta aranceles ni tipo de cambio para ser protegidos. La protección es natural. El banco, el casino y la represa están acá y no hay competencia posible con el exterior. De eso se trata. La nueva “oligarquía de los concesionarios” es el modelo de poder y transferencia económica más compatible con el “estado fiscal consumista” porque es el poder en una economía de consumidores.

La economía de productores es una que genera empleo de productividad. El crecimiento descomunal del empleo público, sin mejora en la calidad y provision de bienes públicos, no contribuye de ninguna manera a la productividad; como tampoco lo hace la proliferación de empleo negro, changas y versiones sin capital del cuenta propismo; y menos la política de planes de asistencia social permanente sin destino dirigido a la creación de empleo productivo.

La consecuencia de ese modelo es la construcción de una oligarquia disociada de la producción y desvinculada de las necesidades que la producción requiere y por lo tanto avalista de una polìtica que no promuve la inversión reproductiva y que por lo tanto sostiene la creación de consumidores sin contrapartida de producción.

El resultado de esa política es el agotamiento de los stocks. Y cuando los mismos llegan a su fin se procede a la deuda y a la monetización de los activos naturales. Esto es a lo que estamos asistiendo con los convenios con China y Rusia.

Llegados a este punto, y de no mediar el retorno de términos de intercambio extraordinariamente favorables, la nueva gestión K continuará el derrotero del presente: financiar al “estado fiscal consumista” para ampliar la base de consumidores y sostenerlo, con el apoyo de la oligarquia de los concesionarios, en el nuevo endeudamiento de liquidez por recursos naturales (incluye todas las formas de infraestructuras) mediante condicionalidades de dependencia incluida la cesiónd e jurisdicción.

La continuidad no tiene otra alternativa porque esa es la política vigente y si se ganan las elecciones se confirma que, por ahora, esa política es la base del éxito electoral. ¿Mareados por el éxito?

¿Y si pierde la continuidad? ¿Cuál es el cambio?

Hasta ahora el primer ausente de la Argentina es el futuro. En el oficialismo porque la continuidad y la profundización sólo son una proyección de lo hecho y no una propuesta hacia el futuro. En la oposición con poder electoral, que es lo que cuenta, la única discusión es la palabra “cambio” pero referida al presente. Cambiar el presente no es definir el futuro. Es acomodar las cosas de otra manera.

La gran elección no está en pantalla. Hasta ahora ninguno de los dos mejor ranqueados ha podido, sabido o querido imaginar, describir o proponer un futuro que necesita que se le diga cosas tan simples como ¿cómo piensan superar el drama de que la mitad de los jovenes son pobres? ¿cómo piensan superar el drama de la expulsión migratoria que genera cinturones de miseria urbana? ¿cómo piensan superar la economía para la deuda que persiste hace 40 años y que ahora sólo ha cambiado la sede de la banca que financia?

Esas respuestas y otras de similar envergadura constituyen la imagen del futuro. Y ninguno de los dos candidatos ni siquiera apunta a señalar un pensamiento razonable.¿ Qué elegimos?

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20 junio 2015

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