Abundancias y carencias

18 de julio de 2015

Carlos Leyba

¿Dónde estamos? Nuestro PBI por habitante se encuentra, en 2015, en el lugar 61 entre los países  cuyos datos económicos registramos. En esta década, de formidables términos del intercambio, hemos mejorado. En 2000 estábamos en la posición 65.

Nuestro nivel de vida, nuestra productividad, medida a través del PBI por habitante, que es una medida escasa y sólo indicativa, representa el 87 por ciento de la media mundial. Estamos en el lado débil del planeta. El sur está debajo del promedio. No es un consuelo. Más grave es que tenemos un PBI por habitante que es apenas el 25 por ciento del de los países europeos. Lejos del viejo mundo.

Por ahora nuestro PBI por habitante es  un 20 por ciento mayor que el promedio de la región sudamericana.

Las posiciones en la tabla seguramente no son las que imaginábamos. Están muy lejos de las que desearíamos haber logrado en esta avanzada etapa del SXXI.

A pesar del entusiasmo del oficialismo por lo logrado en la economía en su proclamada década, si medimos el crecimiento del PBI por habitante a partir del nivel más alto alcanzado en la década de los 90  (1998) en relación al PBI por habitante de 2015, comprobamos que en todos estos años el crecimiento de la productividad ha sido, en 17 años, de sólo de 17 por ciento. Bastante menos de 1 por ciento anual acumulativo. Ni el viento de cola, ni los destacados éxitos de la recuperación económica de la década, lograron un ritmo de crecimiento extraordinario. Para tener una base de comparación recordemos que para duplicar el PBI por habitante, en 12 años hace falta crecer al 6 por ciento anual acumulativo; para duplicar en 24 años hace falta crecer al 3 y creciendo al 1 hacen falta 70 años. Esa es nuestra velocidad desde el punto previo a la caída.

No obstante el crecimiento escuálido de la década, tomado la referencia de la posición que teníamos en el año 2000 hemos avanzado cuatro lugares en la calificación planetaria. Es poco. Pero es algo. Tengamos presente que desde 1975 hasta los 90 crecimos cero. Claramente hubo largos períodos en que nos fue peor.

Frente a estas realidades incontestables, en la profesión- cualquiera sea la corriente intelectual que naveguemos-  nos repetimos hasta el cansancio la reflexión atribuida a Paul Samuelson, Premio Nobel y uno de los grandes economistas contemporáneos: “hay cuatro clases de países, desarrollados; subdesarrollados; Japón, que no nos explicamos por qué crece tanto; y Argentina, que no nos explicamos por qué crece tan poco“.

No calificamos como país desarrollado. Pero tenemos una infinidad de recursos que la inmensa mayoría de los países, que nos preceden en la tabla de posiciones, no tiene.

La pregunta que se impone es ¿Por qué no hemos logrado realizar nuestro potencial?

Cada una de las respuestas a esa pregunta colora la visión, la ideología y por qué no, el proyecto político, de quienes las emiten. Hay respuestas que ponen la explicación fuera de nuestras fronteras, es decir, fuera del alcance de la política nacional. Las hay que ponen la explicación puertas adentro. Pero en todos los casos, superada la cuestión de las causas del desperdicio del potencial, todas las visiones afirman que la Argentina dispone de un futuro promisorio.

Un futuro que se ha ido desplazando en el tiempo, miremos los resultados, y que se ha ido tornando en inalcanzable. Otra vez ¿ por qué?

En parte, al menos, porque la mayor energía de pensamiento nacional (revisemos la producción literaria, los discursos políticos) está depositada en indagar el pasado. En atribuir culpas al desperdicio del potencial. El pasado, finalmente, es la mayor fuente de disenso en nuestro país. El pasado nos divide. En ese territorio, un comentario al margen, se ubica la batalla cultural a la que asistimos. Batalla por el pasado.

Lo cierto es que a medida que el futuro se frustra, el disenso sobre el pasado se proyecta más y más lejos. Una imagen pequeña, ridícula de esa frustración que proyecta el futuro hacia el pasado, es la reciente polémica sobre el lugar que debe ocupar Cristóbal Colon en la geografía urbana y en la historia de nuestra nación. No vale la pena sumar una línea más.

Es que hay un stock inagotable de disputas. En los últimos años, con vocación monumental, hemos pasado de la demolición de Julio Argentino Roca al traslado de Cristóbal; y mientras tanto hemos producido una enorme confusión en la señalética urbana, museológica y edilicia llamando, en dirección a los cuatro puntos cardinales, casi todo lo que se levanta sobre la superficie con alguna variante del apellido Kirchner. Es una apuesta, a levantar sobre la demolición del pasado, un nuevo punto de referencia que, vaya paradoja, también está en el pasado.

Ejemplos, Roca, Colón, Kirchner de cuán lejos estamos dispuestos a viajar al pasado como consecuencia de la orfandad de reflexiones sobre el futuro de los próximos diez, veinte, treinta años, en los que habrán de vivir la inmensa mayoría de los argentinos que pisan nuestro suelo y que sólo progresaran si son capaces de proponerse un modelo de aprovechamiento del potencial de modo de crecer mucho mas que lo logrado en estos años, más del triple, más del séxtuple. El problema no se resuelve sumando sino multiplicando. Y eso claramente es mucho más difícil.

Dije, refiriéndome al futuro, a los que pisan nuestro suelo. Nuestro país es uno de los pocos en los que se cuentan por cientos los nativos notables que no pisan el territorio; listado que incluye  futbolistas, artistas, intelectuales, científicos, religiosos. Para todos ellos el futuro está en otro lado. Ellos testimonian que somos tierra de exportación de talento. Pero también tenemos miles y miles de nativos que pisan nuestro suelo y que no tienen reparos en tener doble nacionalidad, lo que implica, en principio, que apuestan a un “futuro compartido” en el que, la Nación de origen es sólo una posibilidad más que un destino. Esa metáfora de la tierra de exportación, tal vez revela la debilidad de la idea de destino natural de los nativos y, en consecuencia, la ausencia de energías aplicadas a pensar y construir el futuro. No es ajeno, en ese marco, el destino de los fondos de acumulación que, dependiendo de las estimaciones, llega a los 300 mil millones de dólares de residentes, los que pisan el suelo, depositados en el exterior. Estimación en la que coinciden estudios de sectores que se autocalifican de izquierda y a los que ellos califican de derecha.

Por ahí pasa, por las carencias de pensamiento y construcción del futuro,  el desnivel entre potencial y realizaciones. La fuga de capitales es una parte del desnivel. Pero, a pesar de todo, es sobre el potencial del país en lo que se funda el derecho legítimo al optimismo que todos debemos ejercer.

Pasemos una breve revista a nuestro potencial de naturaleza. Comencemos por nuestro mar y su riqueza inexplorada que oculta un inmenso patrimonio. Y la riqueza conocida que,  si bien depredada en continuado por vicios y falta de administración, es capaz de ofrecernos hoy una fuente de recursos inmensos. Nuestra riqueza minera sirve tanto a las actividades tradicionales como a las que despuntan el futuro. Nuestra riqueza agroalimentaria, la abundancia de agua, la beneficencia del clima siempre están presentes para asegurarnos nuestro potencial alimentario. Disponemos de un territorio inmenso, que ocupa el séptimo lugar en el planeta, y de apenas el medio por ciento de la población mundial. Esa contradicción que nos hace desierto, es a la vez nuestra gran oportunidad y constituye una amenaza. Tanto desde el punto de vista de aquellos que ven el fracaso de aprovechamiento del potencial como consecuencia de factores externos como desde el punto de vista de quienes acuden a las responsabilidades nativas.

El inventario del potencial, en términos del presente, es inagotable. Además nuestra fuerza de trabajo tiene la ventaja de la juventud.  No somos un pueblo envejecido y por lo tanto disponemos de los recursos humanos para explotar productivamente todo ese patrimonio legado por la naturaleza. Comparativamente, mientras en el mundo desarrollado el 16 por ciento de la población tiene menos de 16 años y el 17 por ciento más de 65; en la Argentina los de menos de 16 años son el 25 por ciento de la población y los mayores de 65 el 10 por ciento. Por ahí camina el potencial del Bono Demográfico que supone una enorme capacidad de acumulación Somos un país mucho más joven que el promedio.

Pero al igual que las riquezas inexploradas y sub aprovechadas, gran parte de nuestro potencial en materia de recursos humanos, el Bono Demográfico, está desbaratado por los años que arrastramos con un nivel de pobreza extraordinaria que traba el desarrollo de toda esa energía humana.

Los años de pobreza acumulada deterioran la capacidad, afectan las calificaciones del siglo XX y por cierto inhiben alcanzar las que corresponden al SXXI. Tengamos en cuenta que el último estudio de la UCA sobre la pobreza sostiene, con sólidos fundamentos, que desde 2010 a la fecha, en promedio el 27 por ciento de la población ha sobrevivido en condiciones de pobreza y que lejos de disminuir en 2014 subió a más del 28 por ciento. Si tenemos en cuenta que la mayor parte de quienes viven en condiciones de pobreza son jóvenes y que la mayor parte de los jóvenes del país viven en esas condiciones, entonces, el Bono Demográfico está lejos por sí de representar una fuente de energía y productividad hacia el futuro. Es más hay allí una demanda de inversión gigantesca para poder realizar el aprovechamiento de ese potencial que tiene toda nación que no envejecido.

Entonces, disponemos de abundancia en la base: ricos en naturaleza y ricos en jóvenes. ¿En qué radica nuestra falla o flaqueza? ¿Por qué lo de Samuelson? La respuesta está en las herramientas que conectan ambas cosas, riqueza de la naturaleza y riqueza de juventud, para hacerlas productivas. Esas herramientas son el capital y la organización.

La calidad y cantidad del capital acumulado y la calidad de la organización, en todas las dimensiones de la vida social, son condición necesaria para dar salida a todo el potencial natural y humano disponible. Por donde lo busque las fallas de desarrollo surgen de las carencias de capital y de organización.

Las carencias de capital, además de en los resultados productivos que hemos comentado, quedan documentadas en la participación de la inversión en el destino del producto social.  En 2004 la inversión representó el 16,8 por ciento del PBI y en el promedio de 2012/13/ 14 el 17,1 por ciento del PBI. Una tasa de inversión de mediano plazo que difícilmente alcance para superar la tasa de crecimiento escasa que hemos obtenido.

Con esa dimensión y dinámica  de la inversión el aprovechamiento del potencial es más que insuficiente y por eso, no logramos crear empleo privado, reducir el empleo en negro, mejorar la productividad, aniquilar la pobreza y superar los bajísimos resultados del sistema educativo en el que, por ejemplo, los egresados de la escuela secundaria representan sólo el 38 por ciento de los alumnos de primer año. Esa es una medida de la deserción y de la baja productividad del sistema educativo.

Por dónde estamos y por el potencial del que disponemos, y por las carencias enormes en materia de inversión, a pesar de la capacidad de acumulación reflejada en el capital fugado, surge a las claras la imperiosa necesidad de dar respuesta a las inmensas fallas de organización.

Lograr el capital, la inversión,  y la organización necesaria es, en definitiva, la tarea del desarrollo.

Y esa tarea será más exitosa y consistente o sustentable, cuanto más amplia sea la concepción del término capital y del termino organización.

Si en materia de recursos, naturales y humanos, tenemos una falla profunda en cuanto al inventario, estado y control de lo disponible; es también importante señalar que estamos flojos de concepciones en materia de capital y organización.

Esa es la tarea de la política: pensar la organización que no tenemos para aprovechar el potencial (persistencia de altas tasas de pobreza, despilfarro de recursos; fracaso educativo) y diseñar una política de captación de inversiones que comienza con hacer inútil, improductiva, insensata la fuga de la acumulación.

El pescado se pudre por la cabeza. Y una cabeza colectiva orientada hacia el pasado y carente de imaginación para el futuro, es la explicación principal de porque crecemos poco y estamos tan lejos de los niveles que imaginamos que nos corresponden por ser ricos en naturaleza y en juventud. Vamos a envejecer y el valor de la naturaleza tiene sus límites. Es otro tema.

Por eso desarrollar el potencial exige un desarrollo político del que, por ahora, carecemos.

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18 julio 2015

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