¿La Argentina sin candidato?

1 de agosto de 2015

Carlos Leyba

El relato oficialista ha logrado conquistar tantas mentes y muchas de ellas ilustres en distintos campos. Pero se ha montado sobre la falsificación de las estadísticas públicas. Es decir se dice que pasa lo que no pasa. Y se endulza la realidad de modo que mejora de manera extraordinaria la digestión de la mentira. Hagamos un breve repaso. Los resultados macroeconómicos básicos, que toda sociedad reclama, son el crecimiento y la velocidad del mismo; el nivel y la calidad del empleo, la estabilidad de los precios y el progreso del nivel del salario real y de la equidad distributiva; la solidez de las cuentas externas y la acumulación de reservas netas para enfrentar las contingencias externas; la solvencia fiscal en términos de las cuentas públicas; la tasa de inversión como porcentaje del producto.

Esos resultados macroeconómicos, como la salud, deben resultar equilibrados. Es decir poco vale avances en algunos de esos aspectos si otros están sufriendo un retraso riesgoso.

Como consecuencia de la buena performance y armonía de esos resultados macroeconómicos, el bienestar de la población se refleja en el aumento sistemático de las condiciones de vida que se habrán de traducir en el incremento del consumo. Mas o menos hasta ahí la macro de corto plazo.

Pero quede claro que – aun teniendo una gran solvencia fiscal – la misma de nada vale si la educación, la salud o la seguridad, que ofrece el sector público, retroceden en calidad o son pobres en términos comparativos.

Tampoco vale de mucho la estabilidad de los precios, lograda por ejemplo sobre la base del ancla cambiaria, si como consecuencia de ello el país se ve compelido a endeudarse en el exterior.

Como tampoco es para vanagloriarse si el positivo saldo de la balanza comercial se logra a base de exportaciones primarias de bajo valor agregado que sirven para pagar importaciones manufacturadas de alto valor agregado fuertemente deficitarias.

De la misma manera no vale de mucho una tasa de inversión elevada, lograda por ejemplo en base a la asignación de recursos en construcciones residenciales o comerciales, que no habrán de implicar un aumento de la productividad sistémica y así.

Los logros, si son tales, lo son en la medida que responden a una concepción equilibrada de la política económica y en todas sus dimensiones: temporales (corto, mediano y largo plazo), territoriales (integración de la Nación) y sociales (inclusión plena de la totalidad).

La versión endulzada de la realidad que el gobierno, y los oficialistas, han montado a través del INDEC (versión que repiten, porque no tienen otra alternativa, los organismos internacionales de los que el país es miembro y patrocinante) empezó por negar la inflación. La misma supera largamente el 25 por ciento anual.

El gobierno niega esos niveles que conforman un aspecto más que crítico de la realidad. A esa deformación estadística le sigue la supresión lisa y llana del número de habitantes que viven hoy bajo la línea de pobreza. La UCA la ha estimado en el 30 por ciento mediante una encuesta de 5000 casos,  más de 10 millones de argentinos que están en esa condición. Que son menos que los que se acumularon en la crisis de 2001/2002; pero que son del orden de los que produjo el menemismo durante la segunda década infame. Con lo que – en pobreza – esta no es ni remotamente una década ganada.

Pero adicionalmente, las manipulaciones del INDEC, han intentado disimular una economía estancada desde hace 4 años e ignorar que si proyectamos la tasa de crecimiento del PBI por habitante desde 1998, último pico del menemato, hasta la actualidad, el ritmo de expansión de estos 17 años – con la soja y el consumo volando – nos permiten duplicar el PBI por habitante en nada más y nada menos que 70 años. Algo dramático.

Es que después de una caída brutal, como la crisis de la convertibilidad, crecer (rebote de gato) no es difícil; y menos si, además, nos cambian los términos del intercambio de manera favorable (soja), pero ese impulso se desvanece si no somos capaces de retener el ahorro local (fuga de 100 mil millones de dólares durante la gestión CFK) y convertirlo en inversiones reproductivas. Inflación, pobreza, finalmente estancamiento. Esto es lo que nos pasa.

El discurso oficial de la industrialización tiene que explicar por qué el porcentaje de la industria al PBI no aumenta desde los 90. Sólo hay industrialización si la industria genera un mayor porcentaje del valor agregado y además si la elasticidad de importaciones a producto, es decir, el crecimiento de las importaciones en relación al crecimiento del PBI baja. Aquí ni aumentó la participación de la industria ni bajó la elasticidad de las importaciones a PBI. Y – como si fuera poco – hace dos años que la industria nacional está en reversa.

A ese problema hay que sumarle que hace tres años no se crea trabajo privado (de alta productividad) aumenta el empleo público (de baja productividad si vemos los resultados de los bienes públicos provistos por el sector público), que más del 30 por ciento de la fuerza de trabajo está en negro. Además de las consecuencias sociales inmediatas de estos problemas que afectan al  presente; se proyectan al futuro de las cuentas públicas por cuanto obliga a una acción social reparadora donde el funcionamiento normal brindaría recursos.

Justamente, no debemos olvidarlo, el desequilibrio de las cuentas públicas deriva, entre otras causas, de las políticas fiscales de compensación (subsidios, asistencias) que serían innecesarias en una economía de pleno empleo legal y salarios reales derivados de una productividad en crecimiento.

En breve, la realidad se contradice de manera manifiesta con el  ‘‘relato oficial’’ y con las fervorosas convicciones de muchos analistas que transitan estadísticas inexplicables.

El repaso que hemos realizado de algunos elementos fundamentales para un diagnóstico de la economía (variables básicas) y de la sociedad (precaria oferta de bienes públicos) enfrentan a quienes hoy administran y a quienes aspiran a administrar mañana a la misma realidad.

En todo caso los que están hoy tienen la ventaja que el enfermo se agrava con el tiempo; y pueden ser optimistas porque los problemas de hoy son menos graves que los de mañana y los de mañana serán de otro a quién podrán acusar de las consecuencias de los daños causados por ellos.

Enfrentados a estos problemas que están en la superficie y que no ocultan los problemas estructurales de una sociedad que se niega desde hace muchos años a resolverlos, la pregunta que surge es si realmente la Argentina tiene hoy un candidato. Ese que le pone a la energía propia, a los recursos de la sociedad, la dirección, el rumbo necesario para que todo lo que es favorable supere el peso de los años de atasco. Aquí surge una expresión que tiene que ver con el candidato que complementa para lograr la felicidad.

“El que convino no vino y el que vino no convino” era la expresión con la que se graficaba la razón de la soltería de la niña merecedora y en edad de merecer. Mirando para atrás no cabe duda que tenemos una Argentina incompleta que se quedó vistiendo santos.

Según las encuestas electorales, los candidatos que han venido, no parecen ser los más preparados y capaces de desarrollar el futuro del país,  al menos para quién esto escribe. Y los que tienen esos dones, que seguramente los hay, no mueven el amperímetro en las encuestas.

Entonces, lo que llega no parece convenir y lo que parece convenir, parece no llegar. Y la Argentina merece. Y hace tiempo que espera.

¿Dónde se forman los candidatos con dones? En la política entendida como virtud. ¿Dónde se forma la política como virtud? En los partidos. ¿Qué se hace en los partidos? Se maduran ideas, programas, planes para el conjunto de la Nación, para el presente y sobre todo para el futuro; se forman personas, con el tiempo necesario, para que maduren virtudes, compromisos.

Los días que corren están flojos de esos partidos y la política está amenazada de muerte por el marketing, la confusión entre política y gestión, y sobretodo porque el poder no se concibe como el verbo que nos permite hacer; sino que se concibe como el sustantivo que podemos obtener, tener  y conservar como sea.

En otras palabras estamos flojos de partidos y de los valores de la política. Todos lo sabemos. Todos lo decimos. Y sin embargo pretendemos de la política resultados, uno de ellos los candidatos, que sin partidos son imposibles de lograr.  Volvamos.

¿Esta metáfora de la soltería y el candidato, es apropiada para nuestra realidad? ¿Es el escenario que está en el cuarto oscuro del próximo domingo?

Los que no comparten la expresión inicial, los que tiene un candidato (el que vino) que creen que conviene, son los que ya tienen decidido su voto y posiblemente, sean un porcentaje importante del electorado aunque dividido. Otro porcentaje importante no considera a ninguno realmente valioso, tiene claro quién no conviene, es el voto en contra. Finalmente una porción no tienen una posición adoptada. No sabemos. Pero, reducidas las opciones a su extremo, de un lado están los que quieren que se queden lo que están y que todo siga como está; y del otro los que sólo quieren el desalojo sin tener demasiadas precisiones sobre las características de los nuevos inquilinos.

El acto electoral define un nuevo inquilino del poder. Y muchas veces lo que se procura es el desalojo de quién lo ocupa, sin tener demasiadas definiciones (o expectativas) acerca de a  quién se le otorgará el nuevo contrato.

La ausencia de definiciones, acerca de las condiciones del próximo alquiler, es la que lleva inevitablemente a procurar después y sin más el desalojo. Y sigue la secuencia.

Por ahora con los dos candidatos principales (Mauricio Macri y Daniel Scioli) estamos sobre una “curva de indiferencia’’ en la que en un extremo hay ajuste y en el otro deuda. A más deuda externa menos ajuste y viceversa.

Scioli dice, para el público K, nada de ajuste y nada de deuda. Pero al público no K le repite la misma curva de indiferencia de Macri, nos hamacamos entre deuda y ajuste.

Por lo menos algunos de los que no tienen demasiada chance, por ejemplo de la Sota o Adolfo Rodríguez Saa, se animan a recordar la última lección de Juan Perón y también la lección del canon occidental del Estado de Bienestar, hoy olvidado, que en estado de ‘’estanflación” y restricción externa, la condición necesaria (aunque no suficiente) para salir de la condición de crisis, es un acuerdo de trabajadores, empresarios, la dirigencia política y el Ejecutivo, sobre los objetivos y los instrumentos de realización, sabiendo que el primero de esos objetivos es terminar con la pobreza y el primero de esos instrumentos es un gigantesco proceso de inversión.

La única garantía para construir ese programa es un compromiso que haga converger al 80 por ciento de las voluntades. Esas serían las bases de un contrato de alquiler explícito, consensuado y con mirada de largo plazo.

El no intentarlo implica repetir la fuga hacia delante que en materia económica y social viene transitando nuestra ya no tan joven democracia.

No olvidar que la fuga hacia delante garantiza escombros en el pasado y abismos en el futuro. Hay que interrumpir la secuencia del desalojo para sacarle renta al enorme patrimonio que hemos heredado y estamos desbaratando. Necesitamos un programa, un contrato y un consenso y ese es el verdadero candidato.

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01 agosto 2015

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