CONFUSION Y BRILLO

19 de agosto de 2015

Carlos Leyba

Esta semana la brecha cambiaria, la diferencia entre el tipo de cambio oficial y el paralelo, alcanzó otra vez el 66,6 por ciento. Si no fuera por la coma en el medio de la cifra tendríamos el 666 que, como dice el Apocalipsis (13,13) es el número de la Bestia. En nuestro manual de supervivencia, aún con la coma, ese número es un signo de la bestia que amenaza a la economía nacional.

Ya que estamos en el Apocalipsis recordemos que también habla del Dragón (13, 2 y 4) que, vaya casualidad, personifica en nuestro tiempo el inmenso poder de la economía china cuya industria parece estar en un período de freno. Y ya sabemos lo qué puede pasar cuando el primero en la fila desacelera. Por lo pronto, otro que viene en la misma cola – Brasil – también desacelera en la velocidad económica y además en la cabina de comando – los que manejan – se están agarrando a piñas.

Ninguna de estas dos cosas es buena para nuestra economía y nuestra sociedad, más allá de que estén o no íntimamente asociadas. Desacople cambiario interno, desaceleración china y brasilera y conflictividad política en el país vecino, pegan fuerte en los senderos de la geopolítica optimista y en la circulación de los flujos internos que pueden debilitar nuestro cuerpo social.

Situaciones como ésta, la economía y el contexto externo, han sido acompañadas por la naturaleza con las lluvias abundantes convertidas en feroces inundaciones. Ellas pusieron al desnudo – de una manera u otra – el estado social a la intemperie de nuestro sociedad. Además el asesinato, por la espalda, de un hombre joven y humilde en un pueblo pequeño del norte argentino, episodio extraño, puede o no haber sido consecuencia de la violencia política. Pero fue un testimonio del ascenso del clima de violencia verbal, cotidiana, prólogo de la inseguridad y la anomia.

A la intemperie frente a la naturaleza y frente a la violencia, cimbronazos externos y desacoples de la economía; requieren de la iluminación de parte de aquellos que lideran, conducen, gobiernan. Es que estas son zonas obscuras.

Para iluminar están los discursos presidenciales. Pueden brillar o no; pero su sentido último es el de la iluminación. Iluminar sobre el estado de la Nación o bien sobre el futuro de la misma, la ruta de navegación, el plan de vuelo.

La reaparición discursiva de CFK no iluminó. Sobre la marcha de la economía que más allá de la brecha cambiaria, ha quedado claro que en estos años ha profundizado su dependencia de dos economías, en reversa, como la Brasilera y la China y de dos productos, la soja (superavitaria) y la industria automotriz (deficitaria), no ha merecido una mirada presidencial certera.

El INDEC ha falseado casi todo y las interpretaciones presidenciales aluden a una realidad inexistente. En el discurso no existen el déficit fiscal, la caída de las exportaciones, el límite de las reservas del BCRA, la tasa de inflación, la parálisis de la inversión, el estancamiento del empleo privado y, finalmente, el ostensible estancamiento de la economía. Elementos más que suficientes para que, quien preside el Estado, ensaye una explicación. No hubo una palabra en este reingreso a la palestra: no iluminó.

Las inundaciones pusieron en claro que hay cosas que se hicieron mal y cosas que no se hicieron. No hubo una palabra. La lógica de quien conduce no es enumerar lo que se hizo. Lo que manifiestamente fue insuficiente. Se trataba de  señalar lo que se va a hacer para que no se vuelva a repetir. No lo hizo.

Quien conduce debe tener un programa, que en estas emergencias dolientes, no puede menos que mostrar para demostrar la acción futura mientras la Provincia continua siendo azotada por la naturaleza. Aunque nada se pueda hacer para evitar las inundaciones, siempre mucho se puede hacer para que no haya inundados. Esto es más que evidente. No hubo una palabra.

Si hubo un reconocimiento sorpresivo de la existencia de personas pobres en los barrios inundados. Reconocer la pobreza, en el discurso oficial, es una novedad. Lo hizo para criticar a los políticos que habían llegado hasta allí para exhibirse. Reconoció una asociación entre inundados y pobreza. Un reconocimiento tardío. Pero importante. Al término de una década, y a pesar del inventario de lo hecho, hay inundados y hay pobres porque hay graves problemas de infraestructura económica y de infraestructura social. Una iluminación acerca de esto hubiera sido importante.  No la hubo.

Tampoco hubo una palabra iluminadora sobre la violencia que ha llevado una muerte más. Uno de nuestros dramas es la asociación de la muerte y la política. Por eso cuando existe el mas mínimo riesgo que el de Jujuy sea un nuevo caso, la palabra de iluminación es la que desarma la apelación a la violencia. No hay otra luz posible. Y tampoco estuvo en el discurso.

Finalmente hubo una propuesta. Que las acciones de las empresas que cotizan en Bolsa que posee la ANSES no puedan ser vendidas si no es mediante una ley votada por mayoría especial. No está mal que tamaño patrimonio no quede, como hasta ahora, en las manos de una administrador designado por la Presidencia. Eso es bueno.

Lo que no es bueno y está mal es que la ANSES haya mantenido el espíritu de las AFJP. Me explico. Las AFJP eran un sistema de capitalización en cuentas individuales de los aportes de cada uno de los afiliados. Más allá de la estafa del sistema en sí, se trataba de una apuesta privatista que, paradójicamente, se ha mantenido para el sistema de reparto. Podemos discutir acerca de la probable rentabilidad futura de la inversión bursátil. Pero no hay duda que esos fondo, mas de 500 mil millones de pesos, invertidos en nuevas empresas socialmente prioritarias (proyectos productivos en el interior) jugarían un papel fundamental en la estrategia de desarrollo. Para lo que hay que tener una estrategia de desarrollo. Justamente esta defensa de CFK, de la inversión en acciones  de empresas maduras, demuestra su inexistencia. Por ejemplo algunas de las empresas en cartera de la ANSES desarrollan barrios cerrados. Una insensatez galopante: los trabajadores sostienen la filosofía country.

La tenencia de acciones de empresas existentes es una rémora de los 90. Una opción, desde el punto de vista del desarrollo, absolutamente reaccionaria. La mujer del Cesar además de aparentar debe ser honesta. Es el dicho al revés. Pero en el mundo al revés hay que invertirlo. Decir que es progresista o anti neo liberal y aplicar los fondos de los trabajadores en empresas existentes maduras es todo lo contrario del pensamiento progresista y un alegato a favor del modelo neoliberal de las AFJP. Aldo Ferrer propuso hace 40 años un fondo para la creación de empresas a partir de los fondos previsionales. Sus declarados seguidores del ANSES y del gobierno deberían darse por enterados.

Volvamos al principio: la cuestión del nivel del tipo de cambio es hoy la más urticante. El miedo a la Bestia del 66,6. La verdadera cuestión es lograr un tipo de cambio de equilibrio que, como Julio HG. Olivera nos enseñó, es el de pleno empleo. Ningún otro es de equilibrio.

El mercado cambiario puede definir un nivel estable  del tipo de cambio con desempleo involuntario. Y por eso no es de equilibrio. Por ejemplo podemos endeudarnos para abastecer al mercado cambiario y financiar con deuda beneficios sociales una tropa de desocupados. La economía no estaría en equilibrio y tampoco lo estaría el tipo de cambio fuera del mercado cambiario. Esa estabilidad es genéticamente transitoria. La deuda y el desequilibrio fiscal, vía aplicaciones de préstamos a asignaciones incapaces de generar repago, habrán de generar sobreendeudamiento y un desequilibrio cambiario posterior que reflejará tardíamente el desequilibrio del empleo.

Eso fue la convertibilidad y la gestión de José A. Martínez de Hoz. Deberíamos agregar el ingreso de divisas especulativas como consecuencia de las tasas de interés locales superiores a las internacionales. El valor agregado procedente del exterior – subsidiado por el endeudamiento que revalúa el tipo de cambio – reemplazaba al valor agregado fronteras adentro.

También la estabilidad del  tipo de cambio puede deberse al excedente de comercio exterior logrado con la venta de naturaleza (soja) y la compra de valor agregado (industria). El mercado cambiario, en este caso, está abastecido por el saldo neto de materias primas con bajo valor agregado o bajo empleo. Mientras hay excedente comercial el mercado cambiario está abastecido. Pero el desempleo subsiste. La economía no está en equilibrio. Cuando el excedente comercial disminuye o se anula, entonces el paso siguiente es estabilizar el mercado cambiario mediante deuda externa, que nos remite a la situación anterior. Nada está en equilibrio (aunque el disimulo lo postergue) si no se cumple la condición de pleno empleo. Estamos entrando ahí. Es lo que hace Axel Kicillof y lo que promete Miguel Beín. O lo que sugiere Mauricio Macri.

Hoy – a pesar de las palabras presidenciales – la economía está muy alejada del pleno empleo. No sólo por las cifras del INDEC que marcan 6,6 por ciento de desocupados (otra vez) que es igual mucho y peor que sólo es explicable con 0 desempleo en el Chaco;  sino – más grave – por la manera en que el INDEC computa; y peor aún si se desnuda la estructura del empleo revelado. Algunos estiman la tasa INDEC real en 10 por ciento; y aún así hay que agregar una enorme cantidad de “empleo” de productividad cero. El pleno empleo es aquél que acepta sólo el desempleo friccional que capta el paso de un empleo a otro.

No hay sistema que progrese con “empleos” sin productividad. Por ejemplo planta pública excedente para los servicios públicos que garantiza el Estado, o el computo de personas asistidas por recursos públicos que no llevan a cabo un trabajo económica o socialmente productivo. Toda persona empleada debe tener un trabajo productivo en términos económicos o sociales. De esa manera cada remuneración implica agregar valor a la sociedad. Otras cosas son brindar recursos a quien no le brinda la oportunidad de empleo hasta tanto se le brinda esa oportunidad; o brindar consumidores al mercado. Garantizar consumidores, sin horizonte de producción, es generar nuevos desequilibrios.

Una sociedad de pleno empleo será tan productiva como lo sea la productividad de su sector público más la productividad de su sector privado. La productividad global determina la competitividad real del tipo de cambio de equilibrio.

La productividad del pleno empleo depende de la densidad de capital de la sociedad. El capital reproductivo y de infraestructura; el capital social, que implica la formación de las personas, el sistema de normas convalidado por las actitudes personales y la organización.

La economía y la sociedad argentina presentan hoy enormes baches para una marcha hacia la productividad. En los últimos cuatro años la productividad bajó.

Las inundaciones demostraron ausencia de organización (antes y después de la catástrofe), ausencia de apego a las normas del sentido común (dónde y cómo se construye); ausencia de formación,  ausencia y escaso mantenimiento de la infraestructura apropiada.

La tasa de inversión reproductiva es una lágrima. El volumen y la asignación sectorial y regional, están por debajo de las necesidades de crecimiento (producir más de los mismo); y mucho menos de las de desarrollo (desarrollar el potencial e incrementar el nivel de la gama de lo producido).

Las causas profundas de la baja productividad son múltiples; pero también es la causa y la consecuencia de una sociedad que durante 40 años ha multiplicado el número de pobres. Durante la tercera presidencia del General Juan Perón, en 1974, eran 800 mil personas debajo de la pobreza con una población de 22 millones. Hoy la pobreza condena a 12 millones. Multiplicamos por 15. Si la población hubiera aumentado igual hoy seríamos 300 millones de habitantes. Esto describe la caída vertiginosa en el largo plazo de la productividad social y económica. Con 28 por ciento de pobreza es evidente que no la hemos superado.

Hasta los 70 existía el consenso de “tipo de cambio” gestado por Marcelo Diamand. Nuestra economía, es una de dos velocidades:  la primaria y la manufacturera. Para obtener el pleno empleo se requiere de dos tipos de cambio. El requerido para el sector primario, el más productivo y de más alta competitividad del planeta, será menor que el tipo de cambio que hace posible (y rentable) al sector industrial.

Pero sin industria no hay pleno empleo, ni incrementos en la productividad para impulsar los empleos de mayor calificación, para incrementar el nivel de los salarios y mejorar la distribución del ingreso y el nivel del producto potencial.

La desindustrialización, que produce el tipo de cambio inapropiado, sea en los países desarrollados, emergentes o en vías de desarrollo, reduce el producto potencial, la distribución progresiva del ingreso, los salarios reales, la calificación del empleo, y la productividad global.

Volvamos al principio. La Bestia del 66,6 nos señala que en una economía inflacionaria, el que no devalúa inevitablemente revalúa. Pero cuando se habla de tipo de cambio, sin decirlo y tal vez sin saberlo, en realidad se habla de un programa, un modelo, un sistema no sólo de política económica sino de estructura de la sociedad. De eso no hablan ni oficialistas ni opositores.

Por eso los discursos no iluminan aunque brillen. La brecha cambiaria, las inundaciones, la pobreza, la violencia, las acciones de la ANSES, China, Brasil, todos son capas de una cebolla que recubre una realidad que en lugar de ser pensada y conducida, se nos impone y nos sacude, Se nos impone la urgencia. Esa es la señal de que es tarde.

Carecemos de la voluntad de la luz en estos días de confusión … y brillo que encandila y no ilumina.

compartir nota
19 agosto 2015

CONFUSION Y BRILLO

Los comentarios están cerrados.