Giro de 360 grados

20 de agosto de 2015

PUBLICADA EN EL ECONOMISTA

Carlos Leyba

La cuestión del nivel del tipo de cambio,  en el debate político, es como un fantasma. Cuando aparece no queda nadie en escena. La verdadera cuestión es lograr un tipo de cambio de equilibrio. Primero hay que definir de qué equilibrio hablamos. Julio HG. Olivera nos enseñó que el tipo de cambio de equilibrio supone el pleno empleo.

El mercado cambiario puede definir un nivel estable  del tipo de cambio pero compatible con desempleo involuntario. Con desempleo franco esa estabilidad cambiaria no refleja un verdadero equilibrio. Por ejemplo, a costa de endeudarnos podemos mantener abastecido el mercado cambiario y financiar con beneficios sociales una tropa de desocupados.

Esa economía no está en equilibrio y tampoco lo está el tipo de cambio fuera del mercado cambiario. Su estabilidad es genéticamente transitoria. La deuda y el desequilibrio fiscal concomitante, por el uso de los préstamos para asignaciones incapaces de generar el retorno, habrán de generar  – por el sobreendeudamiento que corta el abastecimiento de crédito – un desequilibrio cambiario que refleja tardíamente el desequilibrio del empleo.

Esto es lo que vimos durante la convertibilidad y durante la dictadura genocida en la gestión de José A. Martínez de Hoz en. Deberíamos agregar, al ingreso de dólares por endeudamiento neto, el ingreso de divisas especulativas como consecuencia de las tasas de interés locales superiores a las internacionales en la misma moneda y un tipo de cambio ‘’estable”. En esos períodos el valor agregado procedente del exterior – subsidiado por el endeudamiento que revalúa el tipo de cambio – reemplazaba al valor agregado fronteras adentro.

Otro caso de desequilibrio real,  en el que la estabilidad del  tipo de cambio puede ser compatible con el desempleo, es la generación de un excedente de comercio exterior sobre la base de materias primas en un intercambio comercial en el que se vende naturaleza y se compra valor agregado. En ese caso el mercado cambiario está abastecido por la colocación de materias primas con bajo valor agregado (bajo empleo) y los bienes con valor agregado se adquieren con el pago de materias primas. Mientras hay excedente comercial el mercado cambiario está abastecido a ese tipo de cambio, el tipo de cambio está estable, pero el desempleo subsiste. La economía no está en equilibrio y más tarde o más temprano, el desequilibrio se habrá de manifestar en el mercado cambiario. Cuando el excedente comercial disminuye o se anula, entonces el paso siguiente, habitual en estos lares, es estabilizar el mercado mediante deuda en moneda extranjera. Lo que nos remite a la situación anterior. Nada está en equilibrio (aunque el disimulo lo postergue) si no se cumple la condición anterior: el pleno empleo.

Llegados a este punto, sin discutir cuál es la situación actual del mercado cambiario, sabemos que a medida que el excedente comercial se ha ido reduciendo, el gobierno ha ido apelando de manera creciente al endeudamiento externo.

También sabemos que la economía está muy alejada del pleno empleo. No sólo por las cifras del INDEC (6,6 por ciento de desocupados, inexplicable; y ¡con 0 desempleo en el Chaco¡) sino por la manera en que el INDEC computa; y además por la estructura del empleo revelado. Para algunos la tasa INDEC debería ser 10 por ciento; y aún así hay que agregar una enorme cantidad de “empleo” de productividad cero. Recordemos que la palabra “emplear” quiere decir aplicar fuerza para algo. ¿Es claro?

¿De qué deberíamos hablar cuando hablamos de pleno empleo? Primero hay que dejar de lado el pensamiento de Milton Fridman y el Consenso de Washington, que establece que el pleno empleo es aquél nivel de desocupación que garantiza la estabilidad de precios. En el buen criterio el pleno empleo es aquél que acepta sólo el desempleo friccional, que es aquél que capta el paso de un empleo a otro.

No hay sistema que progrese con “empleos” sin productividad. Ni planta pública excedente, con personal que no es necesario para cumplir con los servicios públicos que garantiza el Estado, ni personas asistidas por recursos públicos que no llevan a cabo un trabajo económica o socialmente productivo. Toda persona empleada está ocupada sólo si tiene un trabajo productivo en términos económicos o sociales. Y por lo tanto cada remuneración implica agregar valor a la sociedad. Otra cosa es garantizar consumidores al mercado. Garantizar consumidores, sin horizonte de producción, es generar desequilibrios.

Una sociedad de pleno empleo será tan productiva como lo sea la productividad de su sector público más la productividad de su sector privado. Esa productividad global es la que, en última instancia, determina, ya no el equilibro cambiario, sino la competitividad de ese tipo de cambio.

¿Qué determina la productividad global del pleno empleo? La densidad de capital de la sociedad. Densidad del capital reproductivo, el aplicado a producir de manera directa; del capital de infraestructura, el aplicado a darle “conectividad” sistémica al aparato productivo; del capital social que suma la formación de las personas, el sistema de normas convalidado por las actitudes personales y la organización. Todo eso hace a la densidad del capital de una sociedad.

Dónde falla el capital reproductivo, la infraestructura y su conectividad, la formación, el apego a las normas o la calidad de la organización, la productividad tiene puntos de fuga.

Todos sabemos que la economía y la sociedad argentina presentan hoy (el tiempo agrava las cosas) enormes baches para lograr una marcha hacia la productividad. En la práctica hace cuatro años vamos para atrás: la productividad bajó.

Las intensas lluvias, transformadas en gigantescas inundaciones, demuestran ausencia de organización (antes y después de la catástrofe), ausencia de normas y de apego a las normas del sentido común (dónde y cómo se construye); ausencia de formación (en las personas que desarrollan actividades privadas y en los funcionarios que piensan y ejecutan las normas), ausencia y escaso mantenimiento de la infraestructura apropiada.

Por otra parte, la tasa de inversión reproductiva es, hace largo rato, sencillamente una lágrima. Lo es por el volumen, por la asignación sectorial y regional. La tasa de inversión, de acumulación reproductiva, desde hace largo tiempo está por debajo de las necesidades para que podamos permanecer en el mismo lugar; y ni hablar de apuntar al crecimiento (producir más de los mismo) y mucho menos al desarrollo (desarrollar el potencial e incrementar el nivel de la gama de lo producido).

No volveremos sobre la infraestructura porque está todo dicho. Pero recordamos que la energía escasa ha desactivado ampliaciones mínimas en el aparato productivo o ha incrementado los costos a partir de generar energía propia para asegurarse el horizonte productivo; el sistema de transporte lejos de ser una oportunidad es un redondo castigo para la producción y un incentivo a la concentración y al desbalance demográfico.

Las causas profundas de la baja productividad son múltiples. Entre otras señalamos un porcentaje mínimo de trabajadores – que difícilmente pase del 10 por ciento – empleados en sectores de “alta productividad” por falta de inversión; el hecho de que una de cada tres personas trabajan en negro – lo que habla de la marginalidad –; o el exceso escandaloso de empleo en el sector público que, con excepciones como ANSES o AFIP, es de bajísima productividad (educación, seguridad, salud, justicia, administración).

Pero ese agotamiento de la productividad también es la causa y la consecuencia de una sociedad que durante 40 años no ha logrado sino multiplicar el número de personas que viven bajo la línea de pobreza. Simple, el número de pobres durante la tercera presidencia del General Juan Perón, en 1974, era de 800 mil personas con una población de 22 millones. Hoy la pobreza condena a 12 millones. La pobreza la multiplicamos por 15. Si el total de la población hubiera aumentado en la misma proporción hoy los argentinos seríamos 300 millones de habitantes. Con esa población los pobres serían el 4 por ciento. Cuarenta años de acumulación de pobreza hablan a las claras de una caída vertiginosa de la productividad social y, naturalmente, de la productividad económica. Se lo puede ocultar atrás de los números pero la realidad golpea desde lugares inesperados.

Hasta aquellos años, que culminaron en la tercera presidencia de Perón, existía el consenso, gestado por Marcelo Diamand, acerca de que en nuestra economía, partida en dos velocidades – la primaria y la manufacturera, la rural y la urbana –, para obtener el pleno empleo productivo requería de dos tipos de cambio.

Por un lado el tipo de cambio requerido para el sector primario, el más productivo y de más alta competitividad del planeta, era y es, menor que el tipo de cambio que hace posible (y rentable) al sector industrial. Pero, además, sin industria no es posible el pleno empleo.

Y no sólo el pleno empleo sino también es central el sector industrial para lograr incrementos en la productividad global, para impulsar los empleos de mayor calificación, para incrementar el nivel de los salarios, para contribuir a la mejora en la distribución del ingreso y, finalmente, para mejorar el nivel del producto potencial, que es la manera de contribuir al crecimiento futuro y al desarrollo de la economía. Y esto es de validez universal.

La desindustrialización, como está comprobado en los países desarrollados, emergentes o en vías de desarrollo, reduce el producto potencial, la distribución progresiva del ingreso, los salarios reales, la calificación del empleo, y la productividad global. A este proceso no es ajeno el nivel de desequilibrio de empleo del tipo de cambio.

Volviendo al principio. El fantasma que asusta a la política y a los asesores, no es sólo el dilema de que, en una economía inflacionaria, el que no devalúa inevitablemente revalúa; sino que, cuando se habla de tipo de cambio, sin decirlo y tal vez sin saberlo, se habla de un programa, un modelo, un sistema no sólo de política económica sino de estructura de la sociedad. De eso no hablan ni oficialistas ni opositores.

Convengamos que esto es demasiado complejo para un elenco de hijos del marketing y poco apegados a las tediosas cuestiones del largo plazo que obligan a pensar. Cosas propias de tipos como Olivera o Diamand que estaban en otra cosa.

La pregunta, después que pasa el susto del fantasma, es en qué están los candidatos y sus asesores. O qué piensan acerca de qué cosa es el equilibrio cambiario. Por ahora, silencio de radio, nave a la deriva. No sólo estamos sin viento sino que seguimos sin rumbo. Giro de 360 grados. Parece que nos movemos pero estamos en el mismo lugar del que partimos.

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20 agosto 2015

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